Capaz de todo

Imagina que un día despiertas, de la noche a la mañana, siendo la persona más rica del mundo. Alguien tan asquerosamente forrado de pasta que no te agacharías a recoger un billete de quinientos euros del suelo porque estarías perdiendo dinero; ¿sabes a lo que me refiero?

 

Supón que te pones a comprar todas las cosas que has querido adquirir a lo largo de tu vida, que realizas los viajes que siempre has deseado y que das rienda suelta a tus sueños de niñez. Y aún no has gastado ni de lejos ni un miserable uno por ciento de tus riquezas…

 

Si, por un casual, la idea de reunir a un equipo compuesto por los mejores científicos sobre la tierra se torna en tu cabeza, está claro que te lo puedes permitir. Tu cuenta corriente no admite un “no” como respuesta, por estrafalaria que sea la oferta.

 

Y claro, si el objetivo de formar tan increíble unión de mentes preclaras fuese algo tan extravagante como conferirte los poderes de tu superhéroe favorito, es obvio que precisarás, además, de un ingente gasto en equipos tecnológicos.

 

Supongamos que esta suposición mía sobre tu supuesta meta de ser un superhéroe está bien “suponida”. Quieres, a toda costa, ser capaz de mover montañas, atravesarlas, saltarlas o sobrevolarlas sin más ayuda que la ropa que lleves encima. Montas una especie de cuartel general, donde enclaustrarás a los hombres de ciencia que te dotarán de tan magníficas habilidades. Y el proyecto se pone en marcha…

 

Obviamente, además de un sin fin de aparatos repletos de lucecitas, sonidos y automatismos varios, les habrás proporcionado una lista de las habilidades que deseas ser capaz de dominar. Y es entonces cuando te convocan para una reunión.

 

No te gusta el comienzo de su explicación; te dicen que es imposible dotarte de superpoderes. Y, como es lógico, exiges argumentos sólidos.

 

La invisibilidad es la primera descartada. Aducen que siendo invisible, cosa que podrían lograr tras estudiarlo todo detenidamente, te volverías ciego. La maldita retina ha de reflejar la luz que entra por el ojo para poder formar imágenes; pero claro, siendo transparente por completo a ver qué carajo de reflejo vas a conseguir. Uno fuera.

 

La hipervelocidad continúa la lista. Aún en el caso de conseguir que tus músculos sean capaces de moverte a un ritmo endiablado, hay dos serios obstáculos en la línea de salida de tu carrera. El primero, que la fricción con el aire te derretiría a partir de una cierta velocidad. Esto, claro está, podría compensarse con algún sistema de refrigeración espacial, pero sería muy poco práctico y engorroso; y, por ende, entorpecería tus movimientos.

 

El segundo es que no habría manera de conseguir que las conexiones sinápticas entre tus neuronas se multiplicasen; y si no existe forma de que la velocidad de procesamiento de la información recibida por tus sentidos aumente exponencialmente, es tontería correr diez veces por encima de la velocidad del sonido cuando te puedes estampar contra un árbol que, pese a estar desde un principio delante de ti, no lo has visto ni acercarse porque tu cerebro aún no ha recibido, ni procesado, la existencia de tan engorrosa forma de vida vegetal en medio de tu camino.

 

Tampoco podrías gozar de una elasticidad al estilo de Reed Richards; simplemente, porque el material capaz de estirarse no soporta muy bien tensión alguna manteniendo una forma predeterminada. O, lo que es lo mismo, ¿de qué vale poder alargar unos metros tu mano para coger cualquier objeto sin necesidad de levantarte, si luego no podrás sostenerlo en vilo? Y de lanzarlo, mejor ni hablamos…

 

La superfuerza, así sin más, tampoco es factible. Sí se podría incrementar la capacidad muscular para levantar mayores pesos; esta técnica está profusamente reconocida por ingentes cantidades de usuarios de gimnasios, porteros de discoteca y demás amigos de Ester Oides y Ana Bolizantes. Pero poder levantar un tanque con el meñique es harina de otro costal; porque habría que reforzar la estructura ósea de una manera imposible, a fin de no desmenuzarte bajo la presión de tus propios bíceps y deltoides.

 

Y esto, a su vez, también influye al teórico héroe que podría aportar una solución: hablamos de Hulk, un ser que crece y aumenta de peso de tal manera que hace pensar que estamos cerca de sortear el anterior obstáculo. Pero no hace falta ser un reputado científico para conocer esa cruel ley de la naturaleza que dice aquello de que la materia, como la energía, ni se crea ni se destruye sino que se transforma. Y a ver de qué bolsillo vas a sacar quinientos kilos de músculo y hueso que te vuelvan “el mortal más poderoso del mundo”.

 

Podríamos continuar desgranando uno a uno al resto de los superhéroes o supervillanos, pero la tendencia sería la misma. A lo más que podrías aspirar, según te informaría el comité científico, es a ser una especie de Batman descafeinado o un inspector Gagdet algo menos cómico. Así que vete despidiéndote de tener superpoderes propios.

 

¡Oh, no! ¡El malvado Nicotinic Man se dispone a atacar a la multitud! ¡Llamad a su archienemigo, Lex Antitabacorum!

Pero esto no es motivo de que entristezcas o te sientas vacío. A fin de cuentas, recuerda que esta desbaratada hipótesis comenzaba con la presunción de ser rico, muy rico, tan asquerosamente rico que te limpiarías el ojal con billetes de mil dólares. Así que quitando el convertirte en un superhéroe… no hay nada en el mundo que no esté al alcance de tu mano. Disfruta, por tanto, de cualquier placer venial que cruce por tu mente…

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~ por Sir Worth en 6 agosto, 2011.

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