VES’KA-GAN

Ya sé que en los últimos tiempos no ando demasiado prolífico en mis incursiones literarias. He aquí la última, realizada para el concurso del 5º aniversario del ka-tet, con la que he obtenido más que un meritorio quinto puesto (si tenemos en cuenta que la escribí a toda leche el día anterior a la conclusión del plazo). La condición era que versara sobre la trama de la saga de La Torre Oscura… y he aquí lo que me rondó la cabeza.

______________________
 
 

VES’-KA GAN

 

 

El vapor producido por el agua caliente no tardó en empañar los cristales de la mampara de la ducha del cuartucho de aquel motel. Con la frente apoyada contra los aún frescos azulejos de la pared, Tom permanecía inmóvil de pie, quieto, intentando mantener su mente en blanco durante unos pocos segundos. Sabía que no aguantaría demasiado tal actitud, pero lo necesitaba y, por qué negarlo, le encantaba el aturdimiento que el bajón de tensión producía sobre sus pensamientos en cada ocasión en que se plantaba bajo aquella pequeña cascada hirviente.

En el cuarto contiguo Nelly yacía sobre la cama doble, en la misma posición exacta en la que Tom la había dejado antes de encaminarse al baño. Habían sido unas horas de sexo desenfrenado; la memoria de Tom se tuvo que remontar bastantes años atrás para recordar una sesión semejante. El olor del sexo consumado inundaba los rincones de toda la habitación y, pese a llevar un rato bajo el chorro del agua, aún perduraba, en parte, en el cuerpo del propio Tom.

Una noche ajetreada, no cabía duda de ello. El comienzo de aquel intenso trajín se había producido en una sofisticada fiesta repleta de snobs, celebrada por todo lo alto en los suntuosos salones de un prestigioso hotel, perteneciente a una conocida cadena de alto standing, situado a apenas cuatro manzanas del emplazamiento del discreto motel en el que Tom y Nelly habían dado rienda suelta a sus más intensas pasiones.

 

Nelly Carver, reputada ingeniera electrónica con unas curvas acordes a lo impresionante de su currículum, charlaba sobre veleidades con varios peces gordos de empresas a punto de engrosar su prometedora cartera de clientes. Si bien era plenamente consciente de que aquellos tripudos cincuentones estaban prestando mayor atención a su pronunciado y exuberante escote, entendía que precisamente su presencia era uno de los reclamos de aquella convención, derivada a un frívolo cocktail. No; no tendría que acostarse con ninguno de aquellos cerdos que la devoraban con la mirada, pero no le resultaba muy cómodo sentirse desvestida y penetrada en las decadentes mentes de sus interlocutores.

Sintiendo la necesidad de tomarse un respiro, se excusó empleando un clásico femenino que nunca falla: arguyó que debía cambiar la copa de champán por la taza del sanitario. Para no mostrarse descortés, accedió a los protocolarios besos de despedida antes de dirigirse al salón adyacente, procurando esconder las ganas de lanzarse a correr como Ben Johnson tras una ingesta de anabolizantes.

A punto de cruzar el umbral de la puerta, un choque con un torso duro como el mármol casi la precipitó a contemplar de cerca las magnificencias y virtudes de la cara alfombra afgana que cubría casi todo el suelo; mas una mano firme la retuvo en el plano tridimensional, asiéndola de un brazo.

-Disculpe mi torpeza, señorita –se excusó el misil interceptor.

-¿Se puede saber a dónde demonios estaba mirando? –Nelly sentía el acaloramiento de la momentánea ira ascendiendo por su cara, mientras trataba de recolocar correctamente los pliegues de su ceñido vestido rojo-. Creía que los trenes de mercancías debían circular sobre raíles para poder atropellar a peatones inocentes.

-Tiene usted toda la razón, e insisto en presentarle mis más sentidas excusas –añadió el involuntario agresor, con un tono grave y cándido-. Reconozco que iba distraído, intentando recordar la melodía de una canción que no oigo desde hace mucho tiempo… y contemplar tanta belleza condensada en un único cuerpo me ha dejado anonadado.

Fue en ese instante cuando Nelly fijó su vista por primera vez en su agresor y salvador, girando su grácil cuello al detectar un piropo tan poco disimulado. Y cuando sus pupilas verde esmeralda se posaron sobre aquellos ojazos azules, rebosantes de salud y vitalidad, notó en su interior una descarga eléctrica semejante a los calambrazos de los usuarios de la vieja Sparky. Una franca sonrisa mostraba dos hileras de perfectos elementos de marfil en medio de un rostro moreno e increíblemente bello, bien proporcionado; y considerando la comparativa con el resto de asistentes al evento, pensó que era la primera vez que lo veía aquella noche. Si no, lo recordaría –se dijo a sí misma-, destaca como un buen filete en la mesa de un restaurante vegetariano.

 

Sí; mientras aplicaba el jabón de una de esas monodosis del motel sobre sus prominentes pectorales, Tom recordaba a la perfección todos los detalles del primer encontronazo. Era un buen actor, y no le costó fingir el tropezón con Nelly para entablar conversación con ella. A pesar de ello, presenciar desde escasos centímetros aquel conjunto de rasgos delicados, sensuales y, a la vez, repletos de una fiereza felina, lo dejó un tanto anonadado. Tenía que reconocer que le costó unos segundos extra continuar con la conversación.

 

-Si no lo considera demasiado osado por mi parte, me gustaría invitarla a una copa en la barra como desagravio –la invitación de Tom fue pronunciada tras ejecutar una respetuosa e inclinada reverencia, genuflexión que hubiese despertado las envidias de los más devotos en el estado Vaticano.

-Yo… -comenzó a decir Nelly, intentando trazar un esbozo de excusa para una negativa que no llegaba a tomar forma en su mente-. ¡Qué diablos! ¿Y por qué no? –Contestó finalmente, cogiéndose del brazo gentilmente ofrecido por Tom. Sí, era una fiesta con motivación laboral; pero se merecía una pequeña recompensa, de eso no le cabía la menor duda.

Un Bloody Mary para ella y un vaso de bourbon con un par de hielos fueron depositados sobre la barra con profesional celeridad por parte del camarero. Pese a lo atestado del lugar, la ruidosa muchedumbre les proporcionaba, contradictoriamente, la intimidad justa para una conversación.

-Bueno, ¿puedo saber cuál es esa dichosa canción que casi provoca mi muerte prematura?

-¿Canción? Si puedo serle sincero, señorita…

-Carver, Nelly Carver –se presentó, disimulando la sorpresa de que aquel hombre no supiese quién era ella; si se tenía en cuenta que se trataba de un acto organizado por su propia empresa para el lanzamiento publicitario de una nueva línea de productos, y que ella era una de los principales artífices de los adelantos tecnológicos del catálogo-. Pero llámame Nelly, por favor.

-Oh, por supuesto. Yo soy Thomas Underwood, aunque preferiría que te dirigieses a mí como Tom.

-Bien, Tom, ¿me vas a decir ya el título de la famosa canción?

-¡Ah, esa canción! No, no es famosa; y, sinceramente, ahora mismo sería incapaz de tarareártela; ya te he comentado que hace mucho que no la escucho.

Los vasos vacíos fueron sustituidos por gemelos de contenido renovado, y la conversación mantuvo un aire distendido, jovial y agradable. Nelly se sentía a gusto por primera vez en el transcurso de la velada.

 

Fueron, en verdad, unos minutos mágicos; Tom así los recordaba, mientras se aclaraba el jabón del cuerpo, ayudándose con las manos. Su miembro viril, exhausto por el intenso esfuerzo al que se había visto sometido, no dio muestras de animarse mínimamente al sentir el roce de los dedos sobre la piel.

 

-Parece que no soy tu único admirador –apuntó Tom, señalando con disimulo a un par de armarios roperos enfundados en trajes, de obviamente cara confección, situados a apenas unos tres metros a la espalda de Nelly. Los bultos bajo los sobacos decían gran calibre, amigo.

-¿Quiénes? –una oteada rápida la bastó para saber a qué se refería Tom- ¿Victor y Harry? No, por favor; sólo hacen su trabajo.

-Yo quiero un puesto así, si lo hay disponible…

-Déjate de guasas –Nelly intentó aguantar la risa, pero el guiño pícaro de Tom se lo impidió-. Esos dos son mis… guardaespaldas, digamos.

-No me extraña; te tendrán que despejar el camino allá por donde vayas, librándote de todos los tábanos que te salgan al paso. De hecho, no entiendo cómo es que aún sigo hablando aquí, contigo.

-No seas tonto; ésa no es su labor. No están ahí por mi gusto, que eso te quede claro; mis jefes me consideran demasiado valiosa como para permitir que cualquier caza ejecutivos me presente una oferta tan generosa como para abandonarles a las primeras de cambio.

-Vaya, vaya… así que tus superiores temen que la alondra eche a volar de la jaula de barrotes de oro. ¡Brindo por los gavilanes custodios! –Y, alzando su vaso, Tom hizo desaparecer su contenido de un trago-. ¿Otra copa, signorina?

-No puedo resistirme a tan encantador ofrecimiento por parte de un digno cavaliere…

Era indudable que Tom se sentía francamente atraído por ella; y la misma Nelly notaba cómo vibraba su organismo con cada palabra, con cada roce, con cualquier cosa que él hiciera. Lejos, muy lejos, se escondía el propósito original de la noche; se estremecía interiormente con tan sólo imaginar cómo sería dejar que el pedazo de semental rubio de delante la montase, poseyéndola como una bestia salvaje. Por ello, cuando Tom la propuso veladamente abandonar aquel bullicio para adentrarse en la cómoda y privilegiada discreción de cierto motel que conocía, y que no distaba demasiado de allí mismo, no se lo pensó dos veces.

 

Frente al espejo colocado sobre el lavabo, Tom observaba su cabeza, afeitada con un ceremonioso ritual, preludio de la ducha caliente. La piel del cráneo lucía ligeramente más clara que el resto, pero el contraste no era demasiado llamativo; y, mucho menos, a esas horas de la madrugada –las cinco cuarenta y siete, según el reloj de pulsera.

 

Con un par de maniobras de despiste bastante arduas consiguieron dejar a Victor y Harry con un buen palmo de narices a cada uno, y al de media hora de abandonar el esplendor de las arañas del techo del hotel ambos buceaban en la penumbra del motel, buscando con ansía la boca del otro, las turgencias de los senos, la firmeza de los músculos de unos brazos de acero.

Probaron mil y una posturas, dejándose llevar unas veces para dominar las restantes. Nelly jamás había supuesto que podría sentir tal cantidad de orgasmos con un mismo hombre en la misma noche, y Tom parecía incansable cual Hércules acometiendo sus doce tareas.

Por fin, con una virulenta eyaculación, Tom se dejó caer a un costado de la cama. Su cuerpo brillaba a la luz de la mesita que Nelly encendió, perlado en toda su extensión por copiosas gotas de sudor.

-Creo que te ha gustado un poco, ¿verdad, hombretón?

-Buf… me has dejado sin aliento.

-¿Quieres? –Tras encender un pitillo, Nelly se lo ofrecía al amante yacente.

-¡Oh, el clásico cigarrillo de después! No puedo negarme, sería una descortesía –replicó, inhalando una honda calada que fue lentamente expelida. Los dos permanecieron varios segundos siguiendo con la mirada la evolución de las volutas del humo.

-Bueno, creo que va siendo hora de equilibrar la balanza –Nelly rompió el silencio, tras posar la punta de su cigarro sobre la llama del mechero.

-¿Mmmm?

-Sí, vamos; lo sabes prácticamente todo de mí, pero tu vida es un completo misterio… si descontamos que eres muy gracioso charlando en un bar.

-Por no mencionar que todo un artista en la cama, claro…

-Uy, dejémoslo en pasable –se acercó a él, y le besó muy despacio, introduciendo la lengua en su boca-. Venga, cuéntame; ¿dónde te criaste? ¿A qué te dedicas?

-Déjame pensar… sí, ya voy. Nací hace casi treinta años en un pequeño pueblo de Kentucky, en el seno de una familia granjera. Me harté de la vida de campo, así que en cuanto terminé el instituto me largué; ya sabes, la sangre adolescente corre con más fuerza que el cerebro.

>>Deambulé por aquí y por allá, hasta que encontré un trabajo relativamente decente en una fábrica de productos plásticos. Alquilé un pequeño apartamento; bastante destartalado y cutre, he de admitirlo, pero lo consideré mi primer hogar, y no sólo porque fuese de lo poco que podía permitirme pagar.

>>Pasaron así varios años. Ascendí progresivamente hasta ser nombrado encargado de una de las secciones, y cambié el apartamento por una modesta casita de una planta, ya algo decente. También cambié el autobús público por un Mustang del ochenta y ocho, ¡cómo me gustaba aquel coche!

>>Así que ya ves, la vida me sonreía, tenía un trabajo, dinero, un techo y un coche. De cuando en cuando, alguna chica aparecía en escena; pero quitando gloriosas excepciones, se podría decir que fueron flor de un solo día… o, mejor dicho, de una única noche. Oye, estoy muerto de sed, ¿quieres un poco de agua?

-No; gracias, Tom –Nelly le siguió con la mirada mientras veía desfilar su espalda escultural en dirección al baño, donde el sonido de un chorro siguió al de otro-. Sigue, por favor –le pidió a su retorno.

-Bien… ¿por dónde iba? Vale, vale, ya voy: allí estaba yo, joven, soltero y con una vida alucinante. No es que estuviese rodeado de lujos, ¿vale? Pero tenía mis necesidades cubiertas, poseía bastantes comodidades y me sentía lleno de energía; no en vano, estaba en la flor de la vida, en la cresta de la ola…

>>Un día, se me acercó el jefe de personal y me tendió un sobre; era una carta de despido. Cuando logré sobreponerme al aturdimiento, le pregunté el motivo. Sus ojos no podían ocultar cierta tristeza; a él mismo le habían entregado un escrito similar. La situación económica de la fábrica era más que delicada, y habían hecho un buen recorte para evitar la bancarrota.

-Vaya… ¿y qué hiciste entonces?

-Imagínatelo; aunque me constaba que estaban más que satisfechos conmigo, pasé varios días con una depresión de caballo. Pasé del todo a la nada de repente, y acusé el golpe; vaya que si lo acusé.

>>Tras unas cuantas noches en las que no recuerdo cómo llegué del bar a casa, me rehice de mis cenizas y me puse a buscar empleo. Así que cogí, me afeité, me acicalé y me puse de punta en blanco para recorrer cada empresa de la zona. Para empezar bien la que intuía mi primera de las muchas sesiones que me separaban de un nuevo trabajo, fui a un bar cercano a casa con la idea de desayunar copiosamente mientras ojeaba las ofertas del periódico.

>>Allí estaba yo, con mi café humeante y mi pastel de manzana frente a la sección de ofertas y demandas de la prensa. Mis ojos resbalaban de un anuncio al siguiente, dado que ninguno ofrecía puestos decentes o una mínima remuneración. Tenía claro que, en caso de ser necesario, acabaría aceptando el peor trabajo del mundo; pero mis pequeños ahorros me permitían cierto margen de maniobra.

>>Pues bien, de repente reparé en un recuadro que llamó mi atención. “Se solicita gente despierta y activa para desempeñar importantísima labor. Remuneración alta, según la valía demostrada. Concertar entrevista para el proceso de selección en el 555 – 71315464”.

>>Nunca me han dado buena espina este tipo de anuncios; pero, no sé por qué, aquel día fue todo lo contrario. De la misma, anoté el número y llamé desde el teléfono del bar. Imaginaba que una señorita muy amable me tomaría los datos para emplazarme para un encuentro al de unos días; mi sorpresa fue mayúscula cuando al otro lado del teléfono una señora de, como poco, sesenta primaveras me citaba aquella misma tarde en la misma ciudad.

>>Llegué con cierto recelo, ya te he comentado mi impresión sobre ello. En una sala bastante grande, unos hombres trajeados nos fueron distribuyendo por las largas filas de sillas que habían instalado. Nos repartieron unas carpetas cerradas, en las que nos aguardaba el cuestionario que debíamos rellenar. A la orden de uno de aquellos tipos abrimos las carpetas, dándose inicio a la prueba.

>>Creo que la cara de tonto que se me puso hubiese ganado el campeonato mundial. Todas las preguntas eran del tipo 2 + 2 = … Y las mías no eran diferentes a la de los que estaban a mi alrededor, según pude comprobar mirado en derredor con un vistazo fugaz. Me dije a mí mismo que aquella patochada era una completa pérdida de tiempo, así que recogí mis cosas y entregué mi cuestionario en blanco al tipo serio que custodiaba la entrada. Según me dirigía hacia él, notaba cómo se clavaban en mi nuca las miradas de todos aquellos estúpidos que iban a gastar hora y media de su vida en lo que, presuponía, era algún estudio sociológico encubierto de una universidad.

>>El tipo de la puerta, un anciano enjuto con el poco pelo que le quedaba totalmente cano, no varió un ápice la seriedad de su rostro. Me abrió la puerta, y cuando salí al corredor que me llevaría lejos de aquella majadería su voz me sorprendió a mis espaldas. “Por favor, entre en la segunda puerta de la derecha”. Estupefacto, más aún si se podía, me volví y me lo quedé mirando. “¿Cómo”? fue mi única respuesta. “Joven, ha sido el único en pasar esta primera prueba. La siguiente le aguarda tras esa puerta” me dijo, antes de retornar a la sala donde los demás se afanaban en sumar cantidades de un dígito.

 

La imagen de Nelly con la boca abierta al llegar a ese punto de la narración de sus peripecias apareció de pronto en la mente de Tom,  provocándole una sorda sonrisa. Hasta con cara de tonta era preciosa, vaya que si lo era. Mantuvo un buen rato el recuerdo de ese momento mientras metía las prendas que había llevado en la fiesta en una bolsa negra de basura, pero el contorno del bello rostro se esfumó cuando trató de localizar el maletín de cuero que le había acompañado desde la salida del hotel. Una chispa iluminó su cerebro al mirar hacia la silla cercana a la ventana; o, más bien, debajo de ella, pues, escondida por las penumbras del cuarto, allí reposaba la rectangular silueta deseada. Dos rápidos clics liberaron los cierres, y extrajo del interior una camiseta blanca, un pantalón corto de deporte gris, una sudadera con capucha y unas zapatillas de jogging en las que, aprovechando el exiguo espacio disponible, había tenido que alojar los calzoncillos y calcetines a juego con el resto de la vestimenta.

 

-Joder –el asombro de Nelly se mostró incontenible en su fuero interno; aún así, se podría decir que no era apenas conscientes de que había cortado a Tom en un punto muy interesante-. Vaya asunto más extraño…

-Y que lo digas, muñeca. Tras aquella puerta, pues la curiosidad me pudo, dos hombres similares a los de la anterior sala me aguardaban, parapetados tras un gran escritorio metálico. Me indicaron que me sentara, y allí pasé el resto de la tarde haciendo millares de pruebas de lo más diverso: de capacidad verbal, de lógica, psicológicas,… un montón de preguntas y sucesiones de imágenes en las que debía indicar la siguiente figura a colocar en la sucesión…

-Sí, un test psicotécnico; los que habré hecho yo en la adolescencia, en las pruebas de acceso a la universidad –de nuevo, Nelly le tendió un cigarro que fue aceptado sin miramientos.

-Bueno, los primeros sí podrían ser de ese tipo; yo también había hecho alguno, no creas. Pero acabaron por mostrarme unas series sin pies ni cabeza; era un galimatías brutal, y creo que no acerté ni una sola de las respuestas. Estoy convencido de que era una especie de trampa, al igual que la del cuestionario de sumas tontas. Fuese como fuese, salí de allí a la una de la madrugada con un sobre que, según me indicaron, sólo debía abrir una vez llegase a mi casa.

>>Figúratelo; para cuando entré en mi hogar, dulce hogar, ya eran casi las dos. Estaba cansado, me escocían los ojos, los párpados querían cerrarse solos y cada paso me costaba horrores de lo que parecía que me pesaban las piernas. Aún así, no pude resistirme a descubrir qué coño había en el sobre.

-Un billete de avión y una dirección en la ciudad de destino –apuntó Nelly, poniendo cara de “estoy segurísima de ello”.

-¡Bingo! Nueva York, primera clase. ¿Cómo lo has sabido?

-Por lo que vas contando, parece que una de las grandes se había fijado en ti; a mí me pasó algo bastante parecido. Pero sigue, estoy intrigadísima –como para dar mayor credibilidad a sus palabras, Nelly simuló devorar sus cuidadas uñas.

-Bien; el billete era para el día siguiente, nada menos que a las ocho. Pero no pienses que la perspectiva de tan escasas horas de sueño me arredró; al contrario, en vez de echarme para atrás noté un subidón de adrenalina increíble. Y de dormir, nada; el cansancio se volatilizó, y revolví la casa entera para hacer la maleta y dejarlo todo perfectamente ordenado. No sabía por cuánto tiempo permanecería ausente, y no me apetecía volver defraudado de una extraña aventura y que la mugre me saltase al cuello al pillarme desprevenido.

>>Así que tomé el avión, donde sí que dormí pese a la lógica excitación al ser mi primer vuelo, y me planté en la Gran Manzana. Le mostré la tarjeta con la dirección a un taxista que torturó mis oídos durante el trayecto con una perorata interminable acerca de lo que él haría si fuese elegido presidente del gobierno, y cuando pensaba que no aguantaría una chorrada más sin partirle la cara, se detuvo frente a un edificio inmenso, altísimo.

-¿Cuál? ¿Qué empresa era? Me muero por saberlo…

-Tranquila; cada cosa a su tiempo. Tras contemplar aquella gigantesca estructura de metal y vidrio como sólo los paletos sabemos hacer, crucé la puerta. Las dimensiones del vestíbulo iban en perfecta consonancia con las del exterior, y centenares de detalles distrajeron mi atención… hasta que una señorita, con una educación exquisita, me preguntó si podía serme de ayuda. Había andado hasta el mostrador de la recepcionista sin darme cuenta, como un sonámbulo.

>>Como no sabía por quién debía preguntar, pues no me había sido dado, le mostré la misma tarjeta que al taxista. Con una simpática sonrisa, me pidió que aguardase unos instantes hasta que viniesen a recibirme.

>>Mientras permanecía a la espera de tal persona, observé el ir y venir de los hombres y mujeres que caminaban, con paso decidido pero sin dar ninguna impresión de ser conducidos por una prisa angustiosa, noté que me sentía maravillosamente. Más aún, podría afirmar que me sentía mejor que nunca, ¿puedes creerlo?

>>Por fin, una señorita pelirroja me pidió que la siguiese, y ambos nos dirigimos hacia un ascensor. Justo antes de que se cerrasen las puertas, me pareció ver una especie de jardín protegido por una brillante cristalera. No sé cómo no reparé antes en él, y recuerdo que tomé nota mental de acercarme a echar una ojeada cuando bajase.

 

Y vaya que si lo hice, pensó Tom una vez que había terminado de vestirse. Con el cambio de ropa y el afeitado de la cabeza, su aspecto era diametralmente distinto al que presentaba al llegar al motel. Sólo le restaba un detalle, que resolvió en un periquete al sacarse las lentillas que alteraban la coloración de sus ojos marrones y tirarlas por el retrete.

 

-¿Un jardín acristalado? ¿En un gran vestíbulo de la planta baja? Vaya –Nelly se transfiguró en la personificación misma de la decepción-, no me jodas… ¿Me estás diciendo que trabajas para la Tet Corporation?

-Organización sita en el número dos de la plaza Dag Hammarskjöld, sin ir más lejos.

-O sea que trabajas para la competencia más directa que tengo –tal vez Nelly fuese consciente, tal vez no, de que se había apartado unos centímetros de Tom a la vez que se cubría con las sábanas-. No están contentos con adelantársenos en infinidad de contratos que dábamos por prácticamente cerrados; además, vienes camuflado de mentiras… ¿para qué? ¿Espionaje industrial? ¿O me vas a ofrecer un contrato? Te juro que no me iría de North Central Positronics ni loca…

-No, no vengo ni a lo uno ni a lo otro; el motivo te lo desvelaré en breve. Pero antes, permíteme terminar mi historia; ya lanzado, y estando tan avanzada, es una pena que no te cuente el siguiente pasaje.

-Haz lo que quieras, farsante –un nuevo cigarro apareció en la comisura de los labios, pero no hubo ofrecimiento de otro para Tom.

-Bien, allí arriba me presentaron a la que cortaba el bacalao: Marian Carver. No te voy a dar los detalles de la conversación; no, eso me llevaría unas horas que no me querrás prestar –la negación de la cabeza de Nelly corroboró la suposición.

>>Tras una serie de protocolarios prolegómenos, me contó una historia increíble acerca de mundos paralelos a éste, de una Torre Oscura que los mantenía en pie a todos por medio de unos haces de energía que unos tipejos, los disgregadores, trataban de destrozar bajo las órdenes de los lacayos de un tal Rey Carmesí. Y que otro tipo, proveniente de un legendario clan de pistoleros que trataban de mantener el orden, puso en marcha toda la maquinaria para tratar de detenerlos.

>>Este pistolero, Roland Deschain, junto con varios amigos que fue reuniendo a lo largo de saltos a otros cuándos y dóndes por medio de unas puertas mágicas, hizo un montón de cosas. Entabló múltiples combates, ayudó a la gente a defenderse contra las fuerzas oscuras que los amenazaban,… y, entre sus muchas obras, creó la Tet Corporation para confrontarla con dos empresas que suponían la manifestación, en nuestro mundo Piedra Angular, de la voluntad de quienes pretendían derribar la Torre, los Haces… y todo lo demás: North Central Positronics, como ya sabes, y Sombra Corporation.

-Estás loco, muchacho.

-Eso mismo pensé yo de la señorita Carver en primera instancia; pero algo en su modo de hablar me decía que, tal vez, no estaba escuchando las divagaciones mentales de una loca visionaria. Muchas de las cosas que contaba tenían sentido… hasta que, como en un puzzle, hasta la última pieza casó. Me convencí, y con las pruebas que me mostró, creí.

>>Desde entonces, mi misión consiste en contactar con las promesas intelectuales de ambas empresas; personas que están a punto de dar con un adelanto tecnológico que acabará por desembocar en infernales artilugios destinados a sorber el cerebro a niños, por ejemplo. No sé exactamente cómo lo averiguan; sólo que hay un grupo de telépatas –o algo parecido- afincados en México  que, con sus visiones sobre nuestro mundo u otros de los muchos que existen, señalan el objetivo que se me encomienda. Esta noche eres tú, Nelly.

>>Mi labor de hoy consistía en sacarte de la fiesta y, en otro lugar, explicarte lo que tu empresa hace o quiere hacer… y en pedirte que abandones. Tanto a ella como al aparato en el que estás trabajando en tu laboratorio.

-¡Nunca! –La fiereza del brillo de los ojos de Nelly transmitía la veracidad de sus palabras-. ¡No sé qué coño estoy haciendo aquí, escuchando los delirios de un chiflado! ¡Lárgate, o llamo a la policía! ¡Hablo en serio!

-¿No los dejarías ni a pesar de que son responsables de grandes matanzas en nuestro mundo? ¿De infinitas atrocidades en otros tantos?

-¡No! Es más, ¡pienso contarles todo esto a mis superiores! ¡Ellos sabrán como tratar con esa tal Carver! –El desdén con el que pronunció estas palabras insinuaba que Nelly no se había percatado de que compartía apellido con la dama en cuestión, sin existir lazos de parentesco.

-¿Segura?

-¡Totalmente!

-Bien; entonces, no me dejas alternativa. Cuando quien va a generar un gran mal es advertido de las futuras consecuencias de sus actos, y a pesar de ello insiste en mantenerse en sus trece, he de pasar al plan B.

-¿Qué… qué plan es ése? ¡Tom, por Dios, me estás asustando!

Nelly fue incapaz de ver de dónde había sacado Tom aquella pistola, con un largo silenciador prolongando su letal cañón. Trató de pedirle que no la disparase, pero el fulgor azulado que inundó los ojos de él la dijo que no pensaba desistir.

 

[No mato con la pistola…]

 

Desesperada, se giró y alargó el brazo, estirándose al máximo, llegando a acariciar su teléfono móvil con la punta del dedo corazón derecho justo a la vez que una bala muda se alojaba en su corazón. Como el resto de las víctimas de Tom, murió en el acto, sin sufrimiento.

 

Con la bolsa de basura, llena con la ropa y todas las pruebas que podrían incriminarle ligeramente  -pese a que sus dedos carecían de huellas digitales por gentileza de las propiedades de determinado ácido-, Tom se inclinó y besó con ternura la frente de Nelly. Estaba comenzando a perder temperatura; el rigor mortis no tardaría en debutar en aquel cuerpo que Tom había lavado y colocado en una postura similar a la que luciría en el ataúd en el que sería enterrada al de tres días.

-Lo siento, pequeña; tú elegiste… y me dejaste sin elección. Espero que encuentres paz en el claro.

Al salir al fresco aire exterior, se colocó la capucha para mitigar la sensación térmica en su cabeza, más sensible a causa del afeitado. Echó a andar en dirección opuesta a la garita de recepción; estaba seguro de que el encargado del motel estaría roncando a pierna suelta, pero no quería arriesgarse a que nadie pudiese dar una descripción detallada de su nuevo aspecto.

Caminando por la calle, con un nuevo día a punto de nacer, se internó por la jungla de asfalto y hormigón con paso tranquilo, los testículos empezando a rellenarse y la bolsa echada al hombro. Pese a que sentía una amargura interior, idéntica a la de las anteriores veces en las que había segado la vida de un semejante, no pudo reprimir una sonrisa.

-Sí, la canción de la Tortuga… te escucho de nuevo, Ves’-ka Gan.

 

 

 
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~ por Sir Worth en 16 septiembre, 2009.

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