ALZAR EL VUELO

Por fin, ayer puse término a esta última etapa de secano literario, debida a la falta de tiempo (que no de ideas, tengo varias historias rondando por la cabeza).
 
Espero que este relato sea de vuestro agrado… y que no me matéis cuando lleguéis al final de estas seis páginas de Word.
 

ALZAR EL VUELO

 

Abrió los ojos con rapidez, como si despertase súbitamente de una infame pesadilla; mas Marta no recordaba ningún detalle de su sueño. Peor aún, su cuerpo dolorido le parecía decir que apenas se acababa de echar en su cama, como si no hubiese dormido más de un par de minutos. No obstante, el reloj de la mesilla, una baratija de propaganda que había encontrado varias semanas atrás en la basura, confirmó que habían transcurrido casi siete horas desde que la inconsciencia nocturna la acunó en su seno, arrullándola con su queda voz.

Trató de incorporarse, y un estallido de dolor inundó su cerebro al apoyarse sobre el costado izquierdo. Con un esfuerzo más allá de la comprensión, consiguió aguantar el alarido que había comenzado a brotar de su estómago como un géiser en su máximo apogeo. No eran ni las nueve de la mañana, y si su padre se despertaba antes del mediodía por su culpa se ganaría una buena; no en vano, él solía decir que los domingos los creó el Señor para el descanso del hombre. Amén.

Una vez que su respiración retornó al ritmo habitual, retiró la mano que se había llevado a la boca para sofocar su grito no nato. Contempló con indiferencia las marcas que sus pequeños y afilados dientes habían dejado en el dorso de la mano; sólo entonces se percató de que se había mordido inconscientemente. La piel, aunque endurecida por años de farragosos trabajos manuales, no había podido resistir aquel embate dental, dejando relucir un par de brillantes puntos rojos que comenzaban a describir una sinuosa trayectoria al resbalar hacia la muñeca. Como los niños siguiendo al flautista de Hamelín, su sangre no era capaz de escapar al embrujo embelesador de la fuerza de la gravedad.

Movida por la urgencia de no manchar las sábanas, se levantó de un sigiloso brinco e introdujo su mano en la palangana que reposaba en el hueco junto a la ventana. El dolor, si es que estaba presente, había sido aparcado con la facilidad que concede la costumbre. El contacto con el agua fría terminó de aclarar las brumas de su mente, mientras sus retinas recogían los reflejos de las casas de enfrente. Parecía que, por un día, las torrenciales lluvias habían decidido darse una pausa; si bien el cielo estaba totalmente encapotado de nubes grises, no tenía pinta de que fuese a llover. Por lo menos, no durante la mañana.

Cuando la herida de su mano cesó de perder glóbulos rojos, Marta se desnudó y se lavó todo el cuerpo. El aire era frío, y las maltrechas juntas de la ventana contribuían a que el poco calor que las paredes pudiesen mantener se diluyera como un azucarillo en el mar; así que se apresuró todo lo que pudo. Aún así, rodeó con sumo cuidado el enorme hematoma que se dibujaba sobre las costillas, justo bajo su pecho. Su aspecto era feo, aunque mejor que el que, sin duda alguna, presentaría horas más tarde cuando adquiriese una tonalidad más amarillenta. Nicotina corporal, como solía llamarlo ella.

Se puso el viejo albornoz rosa; su contacto, áspero tras tantos y tantos usos y lavados, la seguía reconfortando de alguna manera, transportándola en cierta forma a su infancia; tiempos de feliz inconsciencia, cuando su madre aún no había partido al descanso eterno de la mano de un feroz cáncer de páncreas. Se recogió el pelo en una coleta, se calzó las zapatillas de tela y salió al pasillo.

El silencio imperaba en el aire, sólo interrumpido por los ocasionales impactos de la gotera sobre el cubo que, situado en medio del pasillo, impedía que el líquido elemento tomase una posesión territorial que no le correspondía, pero que reclamaba con tesón cada día de lluvia. Lágrimas de la casa, se dijo Marta, antes de darse cuenta de que el cubo estaba a punto de derramarse. Cogió otro vacío de la cocina y reemplazó el lleno justo tras la caída de la última gota. Mientras retornaba a la cocina, la oscura mancha de humedad filtrada parecía regodearse a su espalda: quítalo las veces que quieras, yo lo seguiré llenando. Y en algún momento, conseguiré desbordarlo…

Sin hacer el más leve ruido, limpió el polvo de los muebles, barrió los suelos y fregó con esmero hasta los más recónditos rincones hasta dejar la casa como una patena. En una extraña mezcla de pasos de ballet clásico y de saltos de gacela, imprimió una velocidad vertiginosa a sus actos. Más que por acabar lo antes posible, ejecutaba tan fugaz ritual para evitar reparar en fotos, libros y cualquier otro objeto que despertara el más mínimo recuerdo en su cabeza. Porque la alegría de rememorar felices instantes pretéritos se hacía añicos, cual espejo lanzado por la ventana, al chocar con la realidad.

Restaban escasos minutos para las once cuando dejó tras de sí la puerta de casa. Puso especial cuidado en que quedase entornada; las jambas llevaban años descuadradas, y sólo se podía cerrar bien con un enérgico portazo. El hecho de que el edificio de una planta estuviese vencido justo hacia ese lado hacía que la puerta se lanzara sola hacia el marco, provocando un estampido sónico que Marta no debía permitir si quería que su padre continuase su rutina dominical.

Avanzó a paso vivo por las retorcidas callejuelas del pueblo. El aire gélido la golpeaba cruelmente en las mejillas, insensibilizadas por el frío, por lo que no reparó en el inconsciente lagrimeo de sus ojos hasta que una gota alcanzó, resbalando por su rostro, la comisura de sus labios. Parpadeó con fuerza, para exprimir las lágrimas restantes, y se las secó con el pañuelo que extrajo del bolsillo de su abrigo verde. No le gustaba nada aquel abrigo, pero era el único que tenía; y era como el chiste de las lentejas: si quieres las comes, y si no, las dejas.

Saludó con su mejor sonrisa a doña Magdalena, la madre del boticario, mientras aceleraba sus zancadas antes de que la mujer la sometiese a su habitual retahíla de preguntas. No le apetecía tan temprana ración de chismorreo gratuito.

Por fin, alcanzó el límite septentrional del pueblo. La calle adoquinada, llegados a ese punto, se transformaba en un polvoriento sendero que ascendía, zigzagueante, hasta la ermita erigida en la cima de la colina. Mas el terreno, con la ayuda de la lluvia, se había tornado en un patinoso barrizal. Aún así, Marta seguía queriendo subir hasta la ermita, por lo que decidió echarse a un lado para pisar sobre la hierba mojada. Corría mayor riesgo de resbalar, pero evitaría presentarse en casa con los bajos de los pantalones teñidos de barro. Su padre no le diría nada si sólo llegaban mojados.

Con la energía de sus saludables diecisiete años, pronto sintió tanto calor que tuvo que desabrocharse el abrigo; notaba cómo las mejillas se le enrojecían, y ello la hizo sentirse realmente viva por primera vez en el día. A buen ritmo, no tardó en llegar al pórtico de la ermita. Durante unos segundos, contempló las piedras de sillería que ornaban la entrada a aquel pequeño templo rural erigido en honor a Santa Bárbara; le gustaba la sensación de seguridad que le transmitían aquellas sólidas rocas trabajadas por manos expertas a saber cuántos siglos atrás. Después, se sentó en el espartano banco de madera alojado bajo la tejabana lateral y dejó vagar sus ojos por el horizonte. Una fina llovizna añadió un hermoso efecto óptico al paisaje, dándole un toque bucólico.

Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, pensó Marta con una sonrisa que no podía ocultar un fondo de amargura. Miró furtivamente a uno y otro lado, para asegurarse de que realmente estaba sola allá arriba; la gente del pueblo no solía subir tan pronto a la ermita, y no creía que aquel día el clima invitase a ello, pero debía cerciorarse de ser la única persona en los alrededores.

Tranquilizada al respecto, sacó del bolsillo interior del abrigo el móvil y lo encendió. Siempre lo llevaba apagado; no quería que un traicionero pitido de “batería baja” delatase su ignorada existencia a su padre en el momento menos adecuado. Introdujo el pin, y aguardó a que el aparato captase la señal de la red del operador. En cuanto el parpadeo de la pantalla le indicó que el chisme estaba listo, pulsó un par de botones y se llevó el auricular a la oreja.

-Buenos días, preciosa –saludó una voz grave desde el otro lado, con un cierto tono de somnolencia.

-Hola, Miguel; ¿no te habré despertado?

-Mmmm, sí, pero no importa –respondió Miguel tras un prolongado bostezo-. ¿Va todo bien por ahí?

-No, mi amor; anoche mi padre llegó bastante borracho a casa, y su alegría la dejó fuera de la puerta.

-¿Te ha vuelto a pegar ese viejo indeseable? Dime la verdad –sonaba a caballo entre preocupado y enojado.

-Sí; primero me manoseó las tetas, y cuando me revolví para apartarme la emprendió a golpes –las palabras, entrecortadas por un nuevo llanto naciente, eran como un susurro angustioso-. Ya no aguanto más, Miguel; no puedo seguir así, vivir atemorizada, pendiente del humor que tenga mi padre a cada rato. Y no es que no le quiera, pero…

-¿Cómo puedes decir que quieres a esa bestia? ¡Hasta aquí hemos llegado! Mira, Marta, voy a ducharme, desayuno a toda hostia y me voy pitando para el coche. Creo que –unos segundos de silencio- podré llegar allí a eso de las cinco. Quiero que me esperes en la parada de autobús que hay justo en la entrada del pueblo. Te recogeré y te traeré aquí conmigo, lejos de sus garras.

-Pero Miguel, ¿cómo me voy a ir así como así, nada más que con lo puesto?

-Ya nos apañaremos cuando volvamos; pero hemos hablado de esto más de una vez, y ya sabes qué es lo que te dije que haría si seguías así. ¡Joder! ¡Hijoputa!

-Miguel…

-Está decidido, princesa; quiero verte en la parada del autobús, ¿vale?

-Vale –musitó Marta, tras vacilar unos instantes-. Allí estaré. Te quiero, Miguel.

Colgó, y guardó de nuevo el móvil en su escondrijo una vez lo hubo apagado. Como siempre, Miguel tenía razón; y tenía que hacerle caso. Sí; estaba decidida a ello.

Aguardó hasta que logró serenarse por completo, y con la calma inundando su espíritu emprendió la vuelta a casa. Sin advertir que la lluvia hacía rato que había cesado, se dirigió hacia la panadería de Carmen, conocida como “la del retrete” desde que, según se decía, fue sorprendida en el baño de un bar en plenas labores de autosatisfacción sexual. Y en los pueblos, todo se sabe; pero, pese a las habladurías, era de las pocas personas hacia las que Marta profesaba un afecto de verdad. Un poco hosca de maneras, pero sincera hasta la médula… y, sobre todo, buena persona, algo que no abundaba en aquella población.

Había bastante gente haciendo cola, por lo que no pudo dedicarse a charlar un rato con Carmen. Le dio lástima no poder despedirse de la única que había mostrado interés por ella, al sospechar que su padre era de los de mano larga en doble sentido; pero nadie debía enterarse de cuáles eran sus planes. Por lo menos, hasta que hubiese conseguido alzar el vuelo de su maldita prisión.

Con la barra de pan en la mano, entró en casa con el mismo cuidado empleado al salir; mas ya no eran necesarias las precauciones. El canturreo que salía del baño, al fondo del pasillo, indicaba que su padre estaba inmerso en las protocolarias abluciones matinales. Y por las melodías que llegaban a oídos de Marta, se encontraba contento; por lo menos, no la emprendería con ella.

-Buenos días, papá –le saludó cuando dio por concluido su aseo, saliendo del cuarto de baño con la piel tersa y despidiendo un agradable olor a after shave y a Blumen, su colonia favorita.

-Hola, hija –respondió éste secamente-. Deja el pan en la cocina; me visto, y salimos para la iglesia.

-Sí, papá.

Agarrada del robusto brazo de su progenitor, un hombre de cincuenta y un años con un porte increíble para su edad y para la artritis que, según él, le impedía desarrollar cualquier actividad laboral, salieron a la calle. Marta estaba harta de malvivir a costa del poco dinero que conseguía ganar a fuerza de fregar escaleras y del nimio subsidio que su padre había logrado arrebatar a la Seguridad Social, cuya cuantía se iba como la mierda por el desagüe en cuanto el cabeza de familia iniciaba su peregrinación por las tabernas del pueblo.

Pero aquella mañana, mientras el cuerpo de Marta acompañaba al hombre que la había dado el dudoso honor de su apellido de camino a los servicios eclesiásticos, su mente flotaba por derroteros muy lejanos. Mientras el coro parroquial obsequiaba a los asistentes con su cacofónica amalgama de voces blancas quebradas, agudas y disonantes, los pensamientos de Marta estaban dedicados en exclusiva a Miguel.

Le conoció cinco meses atrás, en plena verbena estival de las fiestas del pueblo. Ella estaba sola en un rincón poco concurrido, fumando un cigarrillo que había conseguido birlarle a su padre. Hacía tiempo que la palabra “amigas” había perdido su significado para ella, por lo que disfrutaba de las chabacanas canciones que la charanga desgranaba al aire con su propia compañía, degustando los primeros minutos que tenía para sí misma aquel día.

Exhalaba una larga calada, cuando una voz la pidió fuego a sus espaldas. Lo inesperado de aquella interrupción la produjo un fuerte acceso de tos, y entre risas tímidas y sonrojos iniciaron una inocente conversación.

-No eres de por aquí –le soltó ella.

-No; sólo estoy de paso. Por trabajo, me tengo que desplazar continuamente de un punto a otro del país –fue la respuesta de aquel atractivo joven. Moreno, no tan alto como su padre (aunque sobrepasaba la estatura media), de facciones proporcionadas y gestos comedidos. Y, sobre todo, lo que la cautivó fue su mirada limpia.

Continuaron la charla, dando un paseo por las calles exteriores del pueblo; lejos del rugido de la marabunta. A diferencia de los chicos del pueblo, no intentó tocarle las tetas en cuanto pudo; ni siquiera hizo el menor amago de acercarse para un contacto físico.

-Vamos, Marta; ¿a qué esperas? –la pregunta de su padre la sacó brevemente de su ensoñación. Había concluido la misa, y Marta ni se había enterado.

De vuelta a casa, repasó cada ocasión que había pasado con Miguel. Cómo había regresado al de dos semanas de su primer encuentro, topándose por casualidad en plena calle. Se tiraron casi tres horas hablando, y Marta descubrió que en su vida había estado tan a gusto con alguien. Miguel acordó en pasar a volver a verla en cuanto sus continuos viajes como técnico en alguna especie de cacharros especiales le diesen ocasión.

-Si a ti no te importa, claro –añadió con una sonrisa traviesa.

-Te estaré esperando, Miguel.

Dos semanas más tarde, Marta subió acompañada por Miguel hasta la ermita; quería compartir aquel lugar especial con él.

-Es aquí donde vengo a desahogarme cuando la vida se me pone cuesta arriba –le confesó. Fue allí arriba donde le expuso su tormento particular, llorando desgarradoramente como una niña. Fue allí donde Miguel la consoló, albergándola entre sus fuertes brazos, susurrándole dulces palabras que sólo le había dirigido su madre en su niñez. Fue allí donde la puesta del sol se llevó la virginidad de Marta, con Miguel montado sobre ella dándole un gran placer tras un breve segundo de dolor; la penetró suavemente, desmintiendo las patrañas y chorradas que había escuchado a las compañeras del instituto cuando alardeaban de los tíos que se habían tirado. Y fue allí donde Miguel la entregó un pequeño paquete.

-Para que me llames siempre que lo necesites –la dijo cuando tuvo el móvil en sus manos.

Y vaya que si lo había llamado; cada día transcurría largamente hasta que, llegada la noche, Marta aprovechaba la oscuridad y el sueño de su padre para hacer una pequeña escapada nocturna, llamando a su amor allá donde estuviese. Y cuando sufría uno de los accesos violentos paternos, era la voz que salía del auricular la que conseguía serenarla.

-Voy a cambiarme; cuando vuelva, quiero la comida sobre la mesa –anunció su padre, desapareciendo por la puerta de su cuarto. Marta se enfrascó con el puchero que tenía en el fuego, con el cocido que prácticamente había dejado preparado el día anterior. Sus movimientos eran como los de un autómata, mecánicos, sin apenas pensar; en su cabeza, sólo había sitio para Miguel.

En cada conversación con él, ya fuese por teléfono, o en la parte trasera de su coche tras hacer el amor, Miguel siempre acababa por abordar la posibilidad de que Marta abandonase a su padre. En un comienzo, el miedo la empujaba a mostrar reticencias a dejar su hogar. Pero los golpes y las vejaciones continuas se encargaron de hacerla cambiar, poco a poco, de opinión. Y lo de la última noche fue el colmo.

Comió con su padre, intentando aparentar la mayor naturalidad posible. Se notaba que el hombre estaba contento; charlaba animadamente acerca de anécdotas supuestamente graciosas que Marta había escuchado millares de veces. Conocía de memoria sus detalles, hasta las pausas que tomaba su padre en momentos concretos para añadir un intento de darle interés a sus vanas historias. A pesar de su odio y hastío, Marta sonreía complacida.

Mientras ella recogía los platos y dejaba la cocina como los chorros del oro (seremos pobres, pero no cochinos; en mi casa se tiene que poder comer en el suelo), su padre se sentó en su ajado y adorado sillón. Encendió la vieja televisión, y Marta pronto pudo escuchar cómo sus ronquidos se sobreponían a un dramón de los que las cadenas gustan de obsequiar en las sobremesas del fin de semana.

Miró el reloj; las cuatro y diez. Se deslizó en su cuarto con sigilo, se desnudó, se lavó y se puso ropa con la que pudiese estar cómoda durante el viaje y, a la vez, guapa para su Miguel. Vació la mochila que usaba para llevar los libros a clase, y metió en ella un par de jerséis, dos camisetas, un pantalón vaquero y tres conjuntos de ropa interior. Introdujo la mano entre el colchón y el somier, sacando el sobre en el que guardaba el poco dinero que lograba ocultar a su padre. Treinta y cinco euros no eran gran cosa, “pero menos da una piedra”.

Llegó con cinco minutos de antelación a la parada del autobús, esforzándose en no echarse a correr por las calles; debía evitar llamar la atención, por muy presa de la euforia que se sintiese. Miró tres veces la hora, hasta que decidió fumar para calmarse un poco. No hizo más que prender el cigarrillo, cuando el ansiado Seat León azul paró a su lado. Sin dudarlo, tiró a la acera el pitillo y se metió en el coche de un salto.

Unos segundos de besos y abrazos fueron el preludio. La palanca de cambios se metió en la primera marcha, y emprendieron el viaje. Marta no miró hacia atrás en ningún momento.

“Es el mejor día de mi vida; es hora de alzar el vuelo”.

 

***************

 

Abrió los ojos con rapidez, como si despertase súbitamente de una infame pesadilla; mas Marta no recordaba ningún detalle de su sueño. Peor aún, su cuerpo dolorido le parecía decir que apenas se acababa de echar en su cama, como si no hubiese dormido más de un par de minutos. No obstante, el reloj de la mesilla confirmó que habían transcurrido casi siete horas desde que la inconsciencia nocturna la acunó en su seno, arrullándola con su queda voz.

Se levantó despacio; sus músculos se quejaban a cada movimiento, aunque el dolor era bastante soportable, irónicamente, gracias a las drogas que la habían obligado a tomar. Su mente maltrecha, envuelta en la bruma que acompaña al consumo de cualquier sustancia psicotrópica, tardó en rescatar de su memoria los hechos de la noche anterior.

Sí, la habían obligado a trabajar mucho; si no le fallaban las cuentas, había tenido trece o catorce clientes. Todos hombres feos, viejos, gordos, con olor a sudor rancio y miradas turbias que no podían ocultar la emoción de poder tirarse al nuevo chochito del puticlub clandestino. De nada le habían servido las lágrimas; es más, con el primer llanto se ganó un fuerte bofetón por parte de Miguel.

-¡Zorra! Aprenderás rápido a obedecer mis normas –había sentenciado aquel cuerpo, idéntico al del amor de su vida, pero ocupado por una esencia tan completamente distinta como desagradable y repugnante-. Aquí yo soy el amo.

Se dejó caer sobre la taza de váter que había junto al camastro en el que la habían tirado al acabar su jornada, arrojándola con el mismo desprecio con el que se deposita una bolsa de basura en el contenedor. Empezó a mear, notando un escozor tan fuerte que estuvo a punto de hacerla gritar, mas logró contenerse. Lo que no pudo aguantar fue el llanto, y las lágrimas se desbordaron a través de las tinieblas de la heroína que corría por su organismo. Qué había hecho; dónde se había metido; por qué; por qué; por qué…

Se le cerraron los párpados, y su cabeza cayó hacia delante, quedando dormida con la frente apoyada en las rodillas. En aquella celda sin ventanas, sólo la inconsciencia o la muerte podían evadirla de su nueva esclavitud.

 

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~ por Sir Worth en 9 marzo, 2009.

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