LA TRECE NEGRA

Con este bonito nombre se conoce la publicación digital bimensual que se ha empezado a realizar a finales del año pasado en el foro de nuestro querido Stephen King. Como podréis imaginar, está dedicada a la literatura (mayormente del genio de Maine), y llevada a cabo al cien por cien por miembros del propio foro, escritores amateur con brillantes plumas en sus manos.
 
En el segundo número (bueno, realmente es el uno, ya que el previo fue el cero), he colaborado con un modesto artículo titulado "Yonkis del papel manchado", que reproduciré a continuación. Pero no dejéis de entrar en www.ka-tet-corp.com y echadle un buen vistazo. Merece la pena…
 

YONKIS DEL PAPEL MANCHADO

 

Repasemos la historia que, quien más y quien menos, compartimos la mayoría de las personas de este mal denominado mundo civilizado.

Nacemos, llegando con estruendo tras una etapa de penurias y dolores por parte de nuestras respectivas madres. Pasamos unos años acaparando atención, cuidados y vergonzosas carantoñas (¿por qué la gente trata a los bebés como memos?), hechos relegados al ostracismo por nuestra aún no formada memoria, hasta que comenzamos a albergar los primeros síntomas de esa pandemia conocida como consciencia.

A partir de ahí, cada singladura particular adquirirá sus propios criterios. En función de la herencia genética, de la ubicación social de la familia que nos arropa y de tantos factores reseñables por los estudiosos del psicoanálisis y las teorías socio-cognitivas, tomaremos un rumbo y otro. Pero los próximos estadios a completar serán los mismos.

Arrancados de la protección del hogar, nos vemos lanzados a un lugar inhóspito, donde nos encontramos con seres semejantes a nosotros: pequeños, cabezones y bulliciosos niños arredrados por la impactante experiencia de acudir a la escuela. Allí, hombres y mujeres irán acompañándonos durante nuestros progresivos saltos de estatura intentando que el desarrollo de nuestras mentes sea proporcional y satisfactorio.

Olvidémonos ya del camino común de los seres humanos; la variedad en los diversos porvenires ya no nos interesa. Centrémonos, más bien, en un pequeño aspecto.

Y es que ya en clase o en el propio hogar, un día nos plantan delante un montón de hojas pegadas entre sí. Normalmente, plagadas de dibujos de llamativos colores y contornos divertidos y fácilmente reconocibles. Obviamente, para una cría humana los extraños caracteres que hormiguean, de cuando en cuando, en algunos rincones de las páginas carecen de significado. Es cuando te dicen que has de aprender a leer.

Te enseñan los nombres de las letras; por separado, claro está. Después, subimos un peldaño intentando juntarlas por parejas o tríos: la eme con la a, ma. La dificultad se recrudece: hemos de ser capaces de reproducir palabras enteras por nosotros mismos. ¡Buf!

Una vez que este hecho ha dejado de ser un fenómeno extraño, encadenamos las frases escritas. Mi mamá me mima, un estupendo ejemplo del adoctrinamiento infantil (aún me sorprende que no lleguemos a la gilipollez extrema con traumas de tal calibre a tan tierna edad). Ya estamos en disposición de lanzarnos a la temeraria labor de leer por nosotros mismos.

Te plantan delante libros delgados con historias absurdas de animales y objetos que hablan en una trama sin pies ni cabeza (ampliando la lista de traumas infantiles referida en el párrafo anterior). Que si un lobo se disfraza de abuela y la nieta no se da cuenta, que si unos hermanos son abandonados en un bosque por sus padres y una vieja se los quiere merendar (si luego pretenden que los atendamos en su época senil, van jodidos de cojones), y así podría continuar hasta mataros de aburrimiento.

Y he ahí donde nace mi problema. Porque, poco a poco, te van soltando más material. Y más. Y más. Y descubres que ya no te importa que los dibujos vayan escaseando hasta perecer finalmente, porque le has cogido el gusto a eso de descifrar el significado encerrado tras tan largas concatenaciones de palabras. Y pides más, y más, y más. El grosor de los volúmenes, que ya eliges voluntariamente, se amplia con cada ejemplar.

Abres la tapa, y tu mente se expande al recorrer aventuras junto a piratas que buscan un tesoro enterrado en una isla, parándote por el camino a charlar con los elfos que se esconden tras la floresta antes de subirte a una nave espacial para recorrer nuevos universos. Y para cuando te das cuenta, la maldita última página te corta todo el rollo.

Pero no tardas en abandonar el duelo para entregarte en cuerpo y alma al siguiente libro, y vuelta a empezar; un lector es un amante muy promiscuo. Las estanterías se van quedando pequeñas, y cada viaje al kiosko o la librería añaden unos cuantos gramos más de material vegetal prensado a sustentar.

Llega el momento en que tus compañeros de clase te empiezan a ver como un bicho raro. “¿Cómo te puede gustar leer? ¿Por qué dedicas tantas horas a estar ahí parado, mirando un libro? ¿Y eso te divierte?”.

Sin darte cuenta, los años han pasado. Inmerso en la madurez, la gente te mira extrañada al comprender que no compras libros para adornar el mueble de la sala (según dicen, es su uso más aceptado). La única lectura bien vista parece ser la de los correos electrónicos que contienen chorradas o el índice de las descargas del eMule.

Es entonces cuando echas la vista atrás, en el tiempo, remontándote a aquel remoto instante en el que depositaron sobre tus minúsculas manos el primer libro que leíste. Igual ni siquiera recuerdas su título o temática. Que más da. El daño está hecho, y es irreversible.

Por ello, no dejaré de agradecer en la vida aquel gesto que, en mi caso, mi querida madre realizó, iniciándome en el desciframiento de aquellos extraños signos. Sí, soy un yonki del papel manchado. Pierdo horas y horas enfrascado en historias irreales, en vez de salir por ahí, aguardando a que el aborregamiento colectivo se instale en mis neuronas. Gasto un dinero precioso en conseguir un nuevo tomo, en lugar de cascarme un par de cubatas el sábado por la noche. Empleo minutos valiosos en desterrar al polvo que se instala, malévolo y recalcitrante, en los lomos y las uniones de sus hojas. Por si fuera (o fuese) poco, hasta releo aquellos volúmenes que me impactaron hondamente.

Y nunca me parece suficiente. Siempre quiero más, y más, y más. Seguro que el día en el que muera, saldré de mi tumba para leer lo que pone en mi lápida. Espero que indiquen en ella mi enfermiza obsesión por la lectura; así, el empleado del cementerio podrá superar el impactante espectáculo  de un cadáver en proceso de descomposición colocándose las gafas para poder ir juntando, una a una, todas las letras allí esculpidas. Coño, que si lo han escrito algo pondrá… A ver, la eme con la a… 

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~ por Sir Worth en 28 enero, 2009.

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