EL JUEGO DE LA FRASE – ENERO 2009

Bueno, en el foro se ha recuperado este bonito juego, en el que se dan cuatro frases y cada cual escribe el relato que se le ocurra. Ningún límite, excepto el de incluir una o más frases de las cuatro que la ilustre Sonia nos da como pie. Y como hace mucho que no escribía nada, ahí va la criatura.
 
Las frases a emplear son:

 

1.- Las flores más bellas son, en ocasiones, las más peligrosas (V de Vendetta).

2.- Desatad el Infierno (Gladiator).

3.- Siempre fuiste un espejo terrible (Rayuela, de Julio Cortázar).

4.- Es difícil ser humilde cuando se es el mejor (Garfield).

 

¿Por qué será que ha habido alguien que me ha dicho que la última podría haber salido perfectamente por mi boca? Mmm…

 

Y el relato:

 

 

12 de enero de 2008

New York, 22:47

 

-¡Joder, qué puto frío! –La voz de John era la banda sonora de la bocanada de vaho que se acababa de escurrir de entre sus dientes-. A ver si la cola avanza rápido, o tendrán que despegar nuestros cadáveres del suelo con un rascador y un buen soplete.

-Vamos, no seas tan quejica –apreció Thomas, más conocido irónicamente como Big Tom por su corta estatura, mientras se subía el cuello de su flamante chaqueta de ante de seiscientos dólares-. Jessica, mi hermanita pequeña, se quejaría la mitad que tú… y tan sólo tiene cuatro años.

-Muy gracioso –John vio cómo su mano tomaba vida propia y se abalanzaba contra la nuca de su amigo de toda la vida, propinándole una sonora colleja.

-Venga, tío, aguanta un poco más; ya sabes que éste es el precio a pagar por entrar en uno de los mejores locales de marcha de todo New York. Buena música y unas tías que te cagas por todas partes; ¿no vale eso un ratito bajo el gélido aire nocturno?

-Sí, tienes razón –mirando más allá de la espalda de su compañero de juergas, señaló con cierto gesto de optimismo en su rostro, borrando su anterior pesadumbre-. Anda, tira, que la fila avanza.

Recorrieron media docena de pasos hasta situarse justo a dos posiciones de la puerta de entrada, bajo la marquesina que irradiaba con juguetón parpadeo el carmesí nombre del establecimiento: Devil’s Nest. Cuatro gigantescos montones de músculos apretados contra lustrosas pieles de ébano eran suficiente garantía disuasoria frente a aquellos que intentaban acceder al interior sin haber obtenido el pertinente visto bueno.

Viniéndole uno de sus ocurrentes chistes instantáneos a la mente, John se acercó hasta situar la boca a la par del oído de Tom. Separó los labios, mas no pronunció palabra alguna. La causa: el flamante Hammer que acababa de parar frente a la misma puerta. El rugido de su poderoso motor danzando al ralentí y su brillante carrocería negra le conferían una imagen majestuosa, como la de un toro bravo elevando su astada testa hacia el horizonte.

Del lugar del copiloto se apeó un cachas que nada tenía que envidiar a los porteros. Un movimiento rápido y preciso, del que casi se podría asegurar que había sido ensayado frente a un espejo durante horas, le bastó para recolocar su americana hasta llevarla a una posición más que elegante. Lanzó una ceñuda mirada en derredor, obsequiando a la concurrencia con un semblante que más de uno agradecería no tener que observar a corta distancia, tras lo cual abrió la puerta trasera.

Del interior emergió un rechoncho individuo con estrafalaria indumentaria y cargado de ostentosos colgantes y complementos de áurea naturaleza, al estilo llamativo y hortera que sólo aquellos que administran suculentos bolsillos con manos sucias saben hacerlo. Se dirigió con paso lento y abundantes ínfulas hacia aquella barrera que, presurosos, los celosos guardianes descerrajaron y abrieron de par en par. Un todoterreno de excepcionales dimensiones paró justo tras el Hammer, y un pequeño escuadrón de individuos trajeados se incorporó a tan profana procesión. Un auténtico séquito de sicarios custodios.

-Menuda jeta –musitó indignado John, cerciorándose de que el volumen de sus palabras no fuese perceptible más que por su amigo-. Nosotros aquí, chupando frío como putos perros callejeros, y el monga este llega y ¡¡babum!! Dentro así, sin más.

Girándose con lentitud, Tom apreció la mucosa gota en la punta de la nariz de John,  que no tardaría en iniciar una fugaz y corta carrera contra los adoquines al ser reclamada por la intransigente fuerza de gravedad. Era un espectáculo francamente cómico, mas prefirió omitir tal detalle y cualquier comentario al respecto.

-Está claro que no sabes quién es –dijo, tras unos silenciosos segundos.

-Por supuesto que sí; ¿qué te apuestas a que se trata del hijo del Papa?

-Supongo que el nombre de Joe Walsh te sonará.

Enmudecido al punto, John contempló cómo Tom volvía a mostrarle su elegante nuca, como si quisiera concederle un tiempo para digerir su última frase. Claro que sabía quién era Joe Walsh, ¿y quién no? El mayor traficante de droga de la ciudad, del estado y a saber si no lo sería de todo el país. Sus cortos dedos se alargaban por arte de magia, hasta lograr introducirse en cualquier sitio, negocio o situación que se propusiera. Nadie movía una mano en el hampa de New York sin que Walsh estuviese al tanto, así como ningún billete salido de siniestros asuntos escapaba al increíble control que sometía. Y aquel que no se ajustase a sus directrices podía acabar buscando peces en el fondo del Hudson con unos preciosos zapatos de cemento.

Dentro del Devil’s Nest, la muchedumbre danzaba frenética al compás de los atronadores ritmos electrónicos y casi tribales que el prestigioso Dj organizaba tras la tremenda mesa de mezclas que le ocultaba del populacho. Aún así, un amplio pasillo se formó frente a Walsh y sus guardaespaldas, permitiéndole acceder al reservado que ocupaba en el piso superior.

El abrigo de piel de armiño se vio lanzado contra la mesa de billar del reservado, y los ciento siete kilos de Joe Walsh cayeron como un bíblico castigo sobre el sofá de cuero, que resistió estoico y sin un solo quejido por parte de sus muelles semejante embestida.

-Cameron, ¿por qué no mueves tu negro culo y me traes a Dean?

-Ahora mismo, Joe –ágil como una gacela y sigiloso como un gran depredador felino, el leal escolta interpelado partió raudo y desapareció al ser tragado por la multitud. Tenía una misión que cumplir: buscar al dueño del local, uno de los títeres de Joe. Y si algo no le gustaba a Joe era que le hiciesen esperar; por ello, Cameron no dudó en propinar fuertes empellones a quienes se interponían en su camino.

Una camarera con escasa ropa hizo acto de presencia, depositando una bandeja con un vaso y el bourbon preferido de Joe en la mesilla situada frente a él. Al inclinarse, su precario escote cobró holgura, permitiendo una generosa vista panorámica de unos senos abundantes y turgentes que Joe admiró boquiabierto.

-Gracias, preciosa –el sonoro cachete en el culo no la pilló de improviso, con lo que aguantarse el impulso de soltarle una bofetada le fue bastante fácil; incluso su cara parecía agradecer tal trato-. Ven –dijo Joe, introduciendo uno de sus dedos en la falda y tirando de ella por el elástico-, toma una propina por alegrarme la vista.

Sarah cogió el billete de veinte pavos con una sonrisa de gratitud y se alejó con un sensual contoneo que fue seguido por todos y cada uno de aquellos hombres.

-Está buena, pero que muy buena –tomándose unos segundos para prender un gordo puro cubano y dar un par de hondas caladas, Joe se dispuso a lanzar a sus hombres una de sus opiniones universales-. Un poco fría en la cama, para mi gusto. Si queréis sobarla tiene unas tetas de la ostia, pero no os la recomiendo como un buen polvo. ¿Dónde cojones está el puto Dean?

Asomándose a la dorada balaustrada, Joe oteó el local de cabo a rabo sin conseguir dar con Dean. Cameron corría idéntica suerte en medio del torrente humano, a juzgar por la forma en que estaba agarrando por la pechera a uno de los camareros de la barra. A punto de volver al cómodo sofá, Joe no tuvo más remedio que detenerse.

Junto a una de las columnas de la pista de baile, una chica de exuberante presencia, físico explosivo y espectacularmente vestida con unos escasos centímetros cuadrados de tela roja como la sangre de un lobo cautivó la atención de Joe. Su solitario baile era un recital de la lascivia y coquetería que tanto atraían al orondo capo.

-Tráeme a esa tía –le soltó a uno de sus hombres sin apenas mirarlo-. Ésa sí que tiene que dejarte la polla temblando. ¡Vamos, rápido!

Pocos segundos más tarde, tenía ante sí a aquella mujer de vertiginosas curvas. Sus ojos, de un azul turquesa, mantuvieron fija la mirada en Joe bajo aquel flequillo pelirrojo que ocultaba parcialmente su rostro. El resto de su larga cabellera se arremolinaba en la parte posterior de la cabeza, recogido en un moño coronado por un pasador que emitía destellos plateados. Una pícara sonrisa se formó en sus labios voluminosos, resaltados con un color que sólo podía ser definido como rojo pasión.

-¿Cómo te llamas, preciosa?

-Elizabeth; pero mis amigos me llaman Liz –su voz suave y sedosa provocó una inmediata erección bajo los pantalones de Joe, hecho que no pasó inadvertido por ella-. ¿Te importa si me siento a tu lado? Estoy un poco cansada, llevo bastante rato bailando.

-Claro que no –devorándola con los ojos, Joe se desplazó ligeramente hacia un costado, con ese gesto que invita a tomar asiento junto a uno sin que realmente le esté cediendo más sitio del que ya había-. ¿Puede el viejo  Joe llamarte Liz, Elizabeth?

-Por supuesto –su piel bronceada reflejaba la mortecina luz del antro, y Joe se  sentía morir de deseo-. Es más, me gustaría poder conocerte más… profundamente. Si tú quieres, vamos.

-Oh, nena, claro que sí –como un puma al acecho, Joe se lanzó sobre ella; mas Liz apartó sus manos con delicadeza, impidiéndole el acceso a tan escultural cuerpo-. ¿Eh! ¿Qué demonios te pasa?

-Vaya, es que no me siento muy a gusto si tengo mirones cerca –adoptando el tono de voz que una niña modosita hubiese empleado, señaló con la barbilla a los cinco guardaespaldas-. Me gusta estar a solas cuando me junto con mis amigos.

-Idos a tomar una copa, muchachos –espetó Joe para sorpresa de sus acólitos.

-Jefe, no creo que sea buena idea –comenzó uno de ellos.

-¡Joder! Está a la vista que no esconde ningún arma bajo este vestido tan corto y ceñido. ¿Qué creéis, que es una amenaza? Vamos, largaros y no volváis en un rato.

Ante tan expedita orden directa, el quinteto de secuaces se encaminó a las escaleras, abandonando en silencio la estancia.

-Mucho mejor ahora –la mano de Liz se deslizó en la entrepierna de Joe, para mayor delirio del extasiado traficante, quien se dejó hacer al sentir un placer como nunca había imaginado que unas simples caricias le podían proporcionar.

-Oh, nena; eres bella –gimió prácticamente babeando-. Muy, pero que muy bella.

-Puede; pero recuerda: las flores más bellas son, en ocasiones, las más peligrosas.

A la par que pronunciaba estas palabras, su otra mano se deslizó hacia atrás y extrajo el pasador, provocando una catarata de pelo rojo alrededor de su rostro. Joe no cabía en sí de excitación ante tal imagen digna de la mejor película porno. Sólo se percató de la siniestra silueta del pasador cuando el brillo metálico descendió meteórico frente a sus ojos, desapareciendo justo debajo de la barbilla.

-¡Eh! ¿Qué ostias…? –Fue todo lo que Joe pudo gritar antes de notar el cortante contacto sobre su nuez; si Liz aplicaba un poco más de presión, le atravesaría el cuello con aquel estilete camuflado.

-El solar de la calle Cuarenta y Tres, seis de agosto de dos mil cinco, once de la noche. ¿Te acuerdas? –La cara de Liz se había tornado en un macabro semblante que no intentaba ocultar la ira contenida.

-La Cua-cua-cuarenta y tres… P-p-pues n-no caigo.

-Déjame que te refresque la memoria, maldito sapo tartamudo. Aquella noche mataste a Hank Denver, mi novio, sólo porque tenías una puta pistola nueva y la querías estrenar. O eso es lo que fuiste diciendo por ahí.

-¿Yo? Esp-p-pera, aparta eso y te explicaré –la epidermis de Joe estaba perlada de gotas de  sudor frío.

-¿Explicarme? No me jodas, capullo, no necesito a nadie que me diga cualquier chorrada. Tan sólo he venido a cobrarme una vieja deuda.

Joe abrió la boca, dispuesto a soltar lo primero que le viniese a la mente para distraerla. Lamentablemente para él, el puñal se introdujo de golpe los centímetros suficientes como para impedirle emitir sonido articulado y reconocible alguno, a la par que una buena dosis de su hemoglobina fue lanzada a presión considerable. El intenso chorro estuvo en un tris de salpicar la cara y el escote de Liz; pero, cual pantera negra, lo esquivó inclinándose hacia delante. Con incredulidad, Joe Walsh alzó ambas manos hacia su lacerado gaznate… y cayó inerte hacia atrás, con los ojos vidriosos y la yugular perdiendo sangre a espuertas, formando una silueta creciente en torno a su cuerpo.

Liz flexionó sus largas y bien torneadas piernas, incorporándose. Apenas se había producido ruido, y el jaleo de la sala había impedido que ninguna señal de peligro llegase hasta los guardaespaldas de Joe, quienes, ajenos a lo acontecido, se hallaban al pie de la escalera inmersos en una profunda y metafísica conversación acerca del último partido de los Knicks. El pulso de la joven, apenas acelerado durante la acción, latía sereno como el de un niño; los dos largos años de entrenamiento habían servido de algo, al fin y al cabo.

Se acercó al cadáver mirándolo con profundo desprecio, y a modo de despedida le dedicó un sonoro escupitajo, digno de los más toscos estibadores portuarios. Comprobó que no presentaba manchas sanguinolentas en la piel y vestido, y giró para encaminarse  hacia la escalinata, la cual descendió con paso lento y majestuoso.

Cinco pares de ojos se clavaron sobre ella, y sus dientes inmaculados de blanco marfil refulgieron al abrir la boca.

-Chicos, voy un momento al baño –anunció, parando su marcha unos segundos-. Vuelvo enseguida, pero Joe me ha pedido que no le molestéis; no está… visible, digamos –y reanudó su caminar, contoneando sinuosamente sus caderas.

-Espera, te acompaño –sugirió uno de los escoltas. Deformación profesional, se podría decir; y si esa chica era del agrado de Joe habían de tratarla con cierta deferencia.

-No es necesario, guapo –la caída de párpados resultó tan coqueta como pretendía-. Conozco el camino. Además, hay cosas que una mujer ha de hacer en privado.

-Joder, está buenísima –soltó uno de los sicarios, dejando bailar sus caderas en un explícito vaivén-. Menudo polvazo que tiene.

-¿De quién habláis? –Gritó una voz a su espalda. Cameron volvía de su infructuosa búsqueda; al parecer, Dean no había llegado aún al local.

-De esa tía que se ha estado cepillando el jefe ahí arriba. Ahora le ha dado un respiro, pero espero que no la deje muy cansada… ¡y nos la ceda luego un poquito! ¡Sí, nena, sí!

-¿Le habéis dejado solo? ¡Imbéciles! –Exclamó Cameron, subiendo las escaleras de tres en tres.

No tardó ni un segundo en dar con el cuerpo de Joe, mas tardó unos cuantos en recuperar el control sobre sí mismo. Aquella zorra le había matado delante de las narices de esos pazguatos, con lo que es como si el error hubiese sido del propio Cameron. Y a los amigos y socios de Joe no les iba a hacer gracia. Ni pizca. Sólo entregar a la culpable le podría librar de una muerte brutal, o quizás algo mucho peor.

-¡Encontradla! –Ordenó furioso, sintiendo cómo la sangre le golpeaba violentamente en las sienes-. ¡Desatad el infierno, si es preciso, pero traédmela! ¡Y viva!

Los hombres se dispersaron por la discoteca, arrollando a los que se interponían en su camino. Dos se dirigieron al baño; era el lugar menos probable para encontrarla, pero no había que desdeñar ninguna posibilidad. Otro se lanzó hacia la pista de baile, y un cuarto corrió hacia la zona de la barra. Cameron, seguido por el último guardaespaldas, voló literalmente hasta la puerta.

En el exterior, Liz esbozó nuevamente su sonrisa a los cuatro porteros y se alejó caminando ligeramente por la acera, pasando junto a la cola. Como si de una prestigiosa modelo se tratara, un reguero de miradas masculinas se iba volviendo a su paso, produciendo una fila de caras bobaliconas y babeantes.

-¿Ves? ¡Mira qué pedazo de pava! –El codazo de Big Tom se clavó en la tercera intercostal de John, arrancándole un sonoro gemido-. ¡Qué fresca! Tiene que ser una mujer de sangre ardiente; ¡si va casi en pelotas con el frío que hace!

-Sí, sí –respondió John, con aliento recobrado-. ¡Ahí dentro tiene que estar el paraíso! A ver si nos dejan entrar de una puta vez.

Para cuando Cameron accedió a la calle, Liz había doblado la esquina y se había introducido en su viejo Ford Mustang, un ejemplar que había abandonado la cadena de montaje en el ochenta y ocho. Sus clásicas líneas, delimitadas por una carrocería negra tan pulida y brillante que lo hacían parecer mucho más joven, habían sido estacionadas allí la noche anterior para conseguir tan estratégico lugar que facilitase su huida.

El potente motor de cinco litros rugió al girar la llave en el contacto, y los ocho cilindros en V lo lanzaron a la clandestinidad de la noche oscura cual bala asesina, dejando una larga estela de humo blanco. Larga y blanca, como la cola de un vestido de novia.

 

*             *            *           *

 

El último engranaje que restaba por colocar se resistió un tanto, pero finalmente entró en su hueco con un chasquido delator. James asintió, orgulloso en su fuero interno; los años habían menguado su pericia, pero no tanto como podía preverse. Alargó la mano derecha y, sin mirar, tanteó hasta que sus dedos notaron el frío contacto del vaso de culo grueso. El ambarino whisky escocés aguardaba a que su añejo sabor acariciase el paladar del hombre, y éste no se sintió defraudado al percibir el líquido gusto a madera vieja en su boca.

-¿Has acabado de reparar esa antigualla? ¡Ya era hora!

James se volvió hacia el origen de aquella voz femenina tan conocida. Sus ojos brillaron con un fulgor especial al contemplar a Liz. Bajó sus manos curtidas hacia los costados, proporcionando el torque justo para que su silla de ruedas girase ciento ochenta grados, y se deslizó hacia ella con un suave impulso. Liz, dejándose caer literalmente sobre el regazo del hombre,  le estrechó fuertemente entre sus brazos mientras regaba su rostro con un torrente de besos.

-He pasado mucho miedo, hija; me alegro de que vuelvas sana y salva –consiguió pronunciar finalmente.

-¿Es una lagrimilla lo que veo en ese ojo? Te estás volviendo un blandengue, viejo.

-Ten cuidado, o este viejo te dará una buena azotaina en el trasero hasta que recuerdes el respeto debido a tu padre. Y ahora, si no te importa, levántate si quieres que el aire siga entrando en mis pulmones.

Una risa traviesa se deslizó desde los labios de Liz, y aflojó la presión de sus brazos. Tenía razón, quizás se había pasado un poco con el achuchón; y James no gozaba de una salud de hierro, precisamente.

-El mecanismo del reloj de pared de la abuela Elma ha quedado como nuevo. Mamá estaría orgullosa de ti –comentó, fijándose en la labor que reposaba sobre la mesa de trabajo.

-Puede; pero no tanto como lo estoy yo de ti. Supongo que tu estado exultante se debe a que tu misión ha sido exitosa –un pañuelo de papel semiusado recibió una descarga líquida de las fosas nasales de James.

-Al cien por cien; la verdad, que hasta me ha resultado mucho más fácil que lo que me había esperado; ya me ves, sin un rasguño –extendió ambos brazos, para añadir mayor veracidad a sus palabras-. Ese cerdo picó el anzuelo; gracias por elegir este vestido.

-Te sienta de miedo.

-Lo sé; con este atuendo, ese hijoputa no ha tardado ni cinco minutos en fijarse en mí. El resto, coser y cantar.

-No me extraña, Liz; estás guapísima. ¿Sabes? Cada año que pasa te pareces más a tu madre; es increíble cómo tus rasgos han ido evolucionando hasta tal punto en que hay veces que, al verte, se me olvida que eres tú y no ella. Ella… –la voz de James quedó suspendida, hasta convertirse en un tembloroso hilillo apenas audible.

-Vamos, papá –Liz se apresuró en abrazar de nuevo a su progenitor, cuidándose de aplicar menos presión esta vez; lo quería consolar, no asfixiar-. Hace más de cinco años que mamá murió, y un hombre duro como tú tendría que tenerlo más que superado.

-Mírame; uno de los más brillantes integrantes del cuerpo especial del servicio secreto llorando a moco tendido –se restregó una mano por ambos ojos, esparciendo la humedad a lo ancho de sus cuencas oculares-. Tan brillante, que no pude proteger a mi esposa del ataque de un grupo de pandilleros. Ella, muerta; y yo, parapléjico por culpa de esa maldita bala alojada en mi columna y que ningún puto matasanos se atrevió a extraer.

-Papá, tú no tuviste la culpa de aquello; simplemente, estabais en el lugar y momento equivocados. Como le pasó a Hank: sin una causa, sin un motivo. Ocurrió.

-Es increíble hasta qué punto has llegado a endurecerte… ¿me pasas el whisky? Tengo la boca seca –James apuró el contenido de un trago, y devolvió el vaso vacío a Liz-. Tras lo ocurrido a tu madre, temí por ti. Por tu salud mental, me entiendes –apoyó su índice contra la sien y lo retorció lentamente-. Y no sólo lo has superado mejor que yo, sino que cuando… lo de Hank, me dejaste perplejo cuando me pediste que te entrenase para matar.

-Ojo por ojo, que dicen por ahí.

-Sí; y si cuando salí del hospital no fui a hacer lo mismo con aquellos malnacidos, fue porque habían sido abatidos por su propio destino en un ajuste de cuentas entre bandas. El que a hierro mata…

-…a hierro muere. Eres, y siempre fuiste, un espejo terrible que refleja extraños  y siniestros brillos. Acabo de matar a un hombre, ¿y se te ocurre soltarme precisamente eso?

-Es distinto. Esa gente vive y se alimenta del mal, se sumergen en bañeras llenadas con la sangre de sus víctimas. Tanto da si es un muerto por un disparo, o por la mierda que venden en las calles. Tú, en cambio, has cerrado una herida que debías restañar para poder continuar con tu vida. Y, para ello, te has sometido a dos años de duro entrenamiento. Nunca te he oído quejarte, por muchas flexiones que te obligase a hacer, por añadir más y más kilómetros a tus carreras, por gritarte y someterte a tensiones extremas que has superado sin más, por hacerte repetir una y otra vez los mismos ejercicios, las mismas llaves, los mismos golpes, por alejar más y más los blancos en tus prácticas de tiro… Ahora, te miro como un escultor una vez que ha descubierto la magnificencia de la obra que ha labrado durante sesiones y sesiones. Y no sé si me gusta o no: bella y letal, como una pantera.

-Bueno, ya vale. Cambiemos de tema, ¿te parece? –Liz se levantó de su silla, expelida hacia arriba como si su asiento dispusiese de un poderoso resorte.

-Como quieras. ¿Qué te apetece hacer?

-Lo primero de todo, me voy a dar una buena ducha de agua caliente. Quiero quitarme de encima el olor de ese tugurio y de esa gentuza. Después, ¿qué te parece si nos tumbamos en el sofá y vemos una peli  con un gigantesco bol de palomitas para cada uno?

Un cuarto de hora después, con el pelo aún húmedo y embutida en un gracioso pijama con motivos florales estampados en su tela, Liz ayudaba a su padre a abandonar la rigidez de la silla de ruedas para instalarle en la comodidad del mullido sofá.

-¿Echan algo decente en la caja tonta, o tiramos de archivo? –Inquirió Liz, sosteniendo en su mano derecha el mando de la televisión, mientras que en la otra mostraba un grueso archivador, inflado por un montón de largometrajes descargados de Internet.

-La tele es una mierda…

-No dices lo mismo cuando echan “House” –se apresuró a cortarle.

-Como iba diciendo… busca alguna película de las que me gustan.

-¿Romántica?

-No; no sé, una que no sea lacrimógena, por favor.

-Ah, ya; ¿una romántica, tal vez?

-Liz…

-Bueno, si querías que pusiese una romántica, lo podrías haber dicho desde un principio.

-Buf, ¡por dios! –Simulando un enfado que no sentía, James provocó sonoras carcajadas en su hija al dibujar histéricos aspavientos con sus nervudos brazos-. ¡Pon lo que quieras! Ya te has hecho con la tuya, como siempre.

-Jajajá, sabía que lo lograría –canturreó con rintintín, mientras alcanzaba el reproductor de DVD con una serie de saltitos.

-Deja ya de dar gritos como una loca, y pon algo de una vez.

Tras veinte minutos de soportar la tortuosa trama de una mujer que lloraba al descubrir que su marido se la estaba pegando con su propio hermano, James se dio cuenta de la profunda respiración de Liz; se había quedado dormida, tumbada a su vera con la cabeza recostada contra el regazo de su padre.

-Pobre, estás rendida –pasó lentamente una mano por su cabeza, acariciándola, peinando la abundante cabellera roja con sus dedos-. Ya lo has hecho, Liz. Ya está. ¿Qué harás ahora con tu vida?

Intentó agarrar el mando a distancia, pero la cabeza de su hija le impedía estirarse lo suficiente para ello. Maldiciendo interiormente, aguantó el resto de la sesión de lloros, plañideras y final feliz con estoica resolución. Liz se merecía descansar un rato.

Nueve de enero de 2009

Philadelphia, 11:13

 

 

En el parking de un centro comercial, casi desierto a tan inusual hora para acercarse a un lugar de compras masivas y desaforadas, un lujoso  Lincoln oscuro destacaba entre los pocos coches de gama media que se repartían por las hileras vacías, agradecidas por el respiro concedido entre tanto ir y venir de vehículos en horas punta.

En el interior del Lincoln, Mark tamborileaba con los dedos en el volante. Las gafas oscuras, totalmente necesarias en un soleado día de invierno tras varias jornadas de continua lluvia, filtraban la luz poralizada que llegaba a sus pupilas, fijas en algún lugar más allá de la lontananza. A su lado, Chase se revolvió inquieto en el asiento del copiloto para descubrir el caro reloj de pulsera de su muñeca.

-¿Seguro que va a venir? –La pregunta revelaba una subyacente irritación-. Lleva casi un cuarto de hora de retraso.

-Supongo –musitó Mark entre dientes-. Ya sabes como es esta gente, tiene su forma de hacer las cosas. Así que tranquilízate; desconocemos cuánto más tardará.

-Espero que no mucho –agachándose ligeramente, Chase palpó el cuero del maletín, cerciorándose de que continuaba bajo el asiento junto con el enorme sobre que debía acompañarlo.

-Cállate y déjame tranquilo; me estás poniendo nervioso –la sentencia de Mark fue realizada sin mover ni uno de sus músculos, lo que asustó un tanto a Chase. Su hermano estaba algo pirado, por lo que prefirió no arriesgarse a que sufriese un espontáneo ataque de ira y le diera una paliza allí mismo. Ya le había propinado bastantes cuando eran unos mocosos.

Comenzó a bajar la ventanilla. El aire, pese al calor del sol, era aún frío y cortante, por lo que decidió dejar tan sólo una rendija. Extrajo una pitillera plateada del bolsillo interior de su americana, se llevó un cigarro a los labios y lo prendió con el encendedor del coche. Tragó el humo, notando cómo le llenaba los pulmones, y lo dejó ascender por sus conductos respiratorios hasta que el venenoso fluido mostró sus sinusoidales espirales a través de las aberturas de su nariz.

Contempló las caprichosas formas dibujadas en el aire por las volutas mientras subían hasta el techo, para escaparse por la ventanilla tan raudas como un preso al encontrar un agujero en el muro de la cárcel. Bajó un poco más el cristal para tirar la ceniza al suelo; a Mark no le importaba que se fumase en el coche, pero se ponía como un basilisco si alguien dejaba ceniza o la colilla en el cenicero. Por no hablar de lo que le podría hacer si caía sobre la tapicería de cuero.

Por el extremo meridional del parking entró un Mustang. Se veía que era viejo, pero bien cuidado; la pintura roja metalizada resplandecía bajo el potente foco de luz natural, el cual parecía lamer la chapa con regocijo con sus rayos, como un niño disfruta de una llamativa y suculenta piruleta. Avanzó despacio, hasta colocarse junto al costado derecho del Lincoln. Sorprendido, Chase se percató de que era una mujer quien lo conducía, lo que le causó una cierta incertidumbre.

-Baja la ventanilla, idiota –oyó decir a Mark. Ella ya lo había hecho, y aguardaba con impasible semblante a que él hiciera lo propio.

El sol le deslumbraba, de forma que no pudo distinguir sus rasgos con claridad. Aún así, tenía pinta de ser una mujer muy hermosa, con ese pelo negro peinado con raya al medio y recogido en dos espléndidas coletas. Las cejas de ella asomaron por encima de la montura de las gafas de sol que escondían sus ojos, enarcándose en un signo de impaciencia.

-Los señores Smith, supongo –dijo, con una irónica sonrisa en los labios.

-Sí, somos nosotros… -Chase titubeó un poco.

-¿Se siente incómodo por hacer este tipo de tratos con una mujer, señor Smith? Si es así, no tiene más que decirlo.

-No –los dedos de Chase cobraron vida propia y empezaron a entrelazarse nerviosamente-, sólo que…

-…esperaban un hombre. No es la primera vez que me ocurre. ¿Tienen el material?

-¡Vamos, dale el puto sobre! –Ante la pasmada inmovilidad de su hermano, Mark le propinó un fuerte empellón en el hombro. Reaccionando ante tan sugerente estímulo, Chase alargó el brazo hacia el otro coche, tendiendo el sobre de considerables proporciones.

-Ahí tiene la información necesaria. Fotos actuales, lugares que frecuenta, itinerarios, direcciones de sus amigos… -agregó Chase al desprenderse del sobre.

La mujer soltó el cierre, levantó la solapa y examinó con rapidez el contenido, tras lo cual volvió a cerrarlo. Se giró un momento, para depositarlo en el asiento contiguo, y se volvió de nuevo hacia sus interlocutores con mirada inquisitiva.

-Habrán traído el dinero acordado.

-Por supuesto –el maletín salió de su escondite, aunque tuvo poco tiempo de respirar aire libre antes de volver a hacer compañía al sobre.

-¿No va a contarlo? –Chase no salía de su asombro.

-Me fío de ustedes; además, ya saben con qué clase de gente están tratando… y lo que les puede suceder si intentan engañarme –los labios, cubiertos por un carmín dorado, dejaron al descubierto dos hileras perfectas de dientes blancos como la nieve. La mueca, en cambio, era bastante más lúgubre.

-Oiga, ya tiene lo que pidió –Mark sabía que estaba sonando impertinente, pero tampoco hizo amago por corregir su tono de voz-. Ahora díganos cuándo lo llevará a cabo.

-Necesitaré un par de días para planearlo, pero estén tranquilos; no será dentro de mucho, y supongo que no tardarán demasiado en darse cuenta. Si quieren que me cargue a su padre, el importante millonario Winford Standford, rodeado siempre de buenos y numerosos guardaespaldas, para que ustedes puedan heredar ahora su insondable fortuna y despilfarrarla en esnifar coca y en mujeres que se les abran de patas con sólo desearlo, comprenderán que necesitaré algo de tiempo.

-Es usted un tanto engreída, ¿no cree? –acostumbrado a mujeres sumisas a cualquiera de sus peticiones de niño rico, Mark no daba crédito a la actitud de aquella extraña.

-Verá, Mark Standford –Liz sonrió al ver la cara de sorpresa de Mark al descubrir que conocía su identidad-, es difícil ser humilde cuando se es el mejor. Y yo lo soy. Hasta la vista, caballeros; tendrán noticias mías. O, más bien, de mis actos.

El acelerador del Mustang obligó a las ruedas motrices a patinar chirriando antes de salir como un cohete, dejando marcas negras en el suelo y una humareda con un intenso olor a goma quemada.

Ya en la carretera, Liz relajó la presión sobre el pedal, adoptando una conducción tranquila. Encendió la radio, moviendo el dial entre distintas frecuencias hasta dar con la versión que Van Halen hizo del “Pretty Woman” de Roy Orbison. La dejó sonar, y acompañó la voz de David Lee Roth con pasión hasta que el sonido de su móvil la obligó a bajar el volumen.

-Hola, papá –contestó, llevándose el terminal a la oreja-. Me temo que tardaré unos días más en volver a casa… si, ya sabes, el trabajo; siempre surge algún imprevisto en el último momento… No, no te preocupes, será menos de una semana; en cuanto resuelva unos papeles de unos abogados, quedaré libre… No, nada importante, un mero trámite… ¡Sí! Ya sabes cómo me gustan tus chuletas a la plancha, perfecto. Yo llevaré el vino… Vale, papá… De todas formas, te avisaré antes de ir… Cuídate, te noto un poco resfriado; ¿ya te abrigas lo suficiente?… Sí, lo sé; soy una pesada, pero te quiero.

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~ por Sir Worth en 12 enero, 2009.

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