PANDILLA DE MATONES

Como ya se ha fallado el concurso literario del ka tet, ya puedo poner aquí mi humilde aportación. Os presento, pues, el honroso sex(t)o puesto de tan pacífica contienda…

 

Os confesaré que lo escribí en algo menos de una hora, el mismo día en que se acababa el plazo para presentarlo a concurso. Mi memoria y yo, ¡qué bonita relación!

 

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PANDILLA DE MATONES

 

-Dime la verdad, Manuel; ¿a que te ha gustado?

Distraído, asentí con la cabeza mientras mi vista se concentraba en mis torpes dedos de viejo. El contraste de temperaturas entre la confortable sala del cine y el viento frío imperante en la calle, cortesía de un frente de bajas presiones que venía a hacernos una turística visita desde los países del norte de Europa de los que procedía, era bastante brusco, y la repentina tiritona que recorrió mi cuerpo me impedía abotonarme el abrigo con la rapidez y destreza deseadas.

-Creo que no hace el mejor tiempo para volver a casa paseando. Busquemos un taxi, Manuel.

-Claro, cariño –respondí, fijándome en el brillo especial que danzaba en los ojos de Gabriela. A pesar de estar aproximándose a la condición de septuagenario que yo había alcanzado dos años atrás, mi mujer mantenía la vivacidad en su mirada. Y sabía cómo utilizarla para derretirme con ella; si no hubiese empleado conmigo sus artes ocultas, en vez de ver la película romántica que ella quería habríamos elegido una superproducción bélica de las que tanto me han gustado desde niño. El largometraje no había estado mal, pero no lo consideraba digno del desembolso necesario para tomar asiento frente a la gran pantalla.

Tras subirme el cuello del abrigo para proteger mi nuca de los efectos de aquel maligno aire, le ofrecí mi brazo galantemente, tal y como acostumbraba a hacer cuando andábamos el uno junto al otro.

-¡Oh, qué gentil caballero! –Me dijo antes de estamparme un cariñoso beso en la mejilla, un ósculo que desprendió en mi interior un calor tal que me hizo olvidar el fastidio de tan tediosa película.

Nos dirigimos caminando, bien apretujados el uno contra el otro, hacia la parada de taxi situada dos manzanas más allá de la ubicación de la sala de proyección. No sé si fue porque había leído mi mente y conocía la impresión que me había llevado de aquel soporífero visionado, porque los casi cincuenta años de matrimonio la dotaban de un perfecto conocimiento de mi forma de pensar o por pura casualidad, pero no hizo comentario alguno de la película, lo cual agradecí al cielo. Me preguntó qué me apetecía cenar en aquella fría noche de octubre, dándome a entender que se disponía a prepararme un auténtico festín; tal vez una forma de compensar mi involuntaria compañía.

Enfrascados en una conversación culinaria de alto copete, llegamos a nuestro destino. Un hondo suspiro de pesar escapó de la boca de Gabriela cuando divisamos la larga cola de personas que aguardaban un taxi como agua de mayo. Y de vehículos en servicio, ni rastro.

Calculé rápidamente que nos podíamos pasar una hora, como mínimo, esperando hasta que nos tocase. Si contásemos con varias décadas menos sobre nuestras espaldas, quizás nos habríamos puesto en la fila; pero nuestro desgastado organismo no resistiría tanto tiempo a la intemperie.

-Vamos –susurré en su oído.

-¿A dónde demonios quieres ir? ¿No pensarás hacerme dar una caminata hasta casa?

-Claro que no –pasé un brazo sobre sus hombros-. Cariño, hace demasiado frío para que estemos aquí esperando; y no van a llover del cielo cuarenta taxis de repente. Podemos ir andando hasta la parada que hay junto a la Plaza de Levante; seguro que allí no hay tanta gente. Y, de paso, entraremos en calor si apretamos ligeramente el paso.

-Ya –intentaba mostrarse enojada, pero vislumbré que la tenía prácticamente convencida tras su ceñuda expresión-. ¿Y si llegamos y está igual?

-Entonces me veré obligado a calentarla con el vigor de mi cuerpo, señorita.

Mi contestación la pilló por sorpresa, y soltó unas cuantas carcajadas. Una pareja de adolescentes, ocupantes del último sitio en la cola, nos dedicó una curiosa mirada. Como si sólo tuviesen derecho a divertirse los jóvenes, y los vejestorios estuviésemos condenados a la tristeza y penuria.

Emprendimos la marcha a un ritmo bastante digno para nuestra edad. Estimé que tardaríamos algo menos de media hora en alcanzar la Plaza de Levante, lo cual no estaba nada mal dadas las circunstancias.

Cada palabra pronunciada iba acompañada de una bocanada de vaho, rodeando nuestras cabezas con una especie de niebla mística, dando un aire mágico a nuestra conversación. Gabriela estaba preciosa, con su cabello canoso –siempre se había mostrado renuente a emplear tintes- confiriéndole un toque de majestuosidad que me hizo experimentar los primeros síntomas de una erección. Con un poco de suerte, tal vez mi instrumento consiguiese darme una alegría en la cama sin precisar de la ayuda de ciertas pastillas azules.

Las calles, tan luminosas como solitarias, se fueron quedando atrás a medida que nuestros pies se alternaban en tan monótona danza. Hacía mucho que no disfrutábamos tanto de un paseo, pese a lo involuntario y engorroso de su naturaleza.

Por fin, arribamos a uno de los extremos de la extensa Plaza de Levante, una inmensa explanada de cemento en cuyos bancos se producían encuentros de personas de todos los tipos y edades durante el día. Contaba con una zona de juegos infantiles que ya quisiera haber podido disfrutar yo en mis años de infancia, unos cuantos árboles que ofrecían una piadosa sombra cuando el sol se decidía a mostrarse tiránicamente abrasador y varias fuentes, proporcionando agua cristalina y fresca. Las palomas, uno de los males endémicos de las urbes, tomaban grandes festines a cuenta de las migas de pan que los jubilados les lanzaban al suelo –afición que nunca he compartido, válgame el cielo-.

Siempre tan bulliciosa y ocupada por el gentío, el contraste con la desértica visión a la que asistimos era más que patente. No se veía ni un alma, y la oscuridad reinaba en varias zonas en las que las farolas parecían haberse declarado en huelga.

-Venga, unos pocos pasos más y llegaremos al otro lado –dije, para apremiar a Gabriela.

Nuestro caminar iba acompañado del repiqueteo de nuestros tacones sobre el pavimento, resonando con bastante eco sobre el silencio nocturno. Sonreí para mis adentros, ya que aquello tenía toda la pinta de la típica escena de película de terror, cuando el peligro acechante se disponía a abalanzarse sobre los protagonistas. Obviamente, me guardé aquel pensamiento; Gabriela era bastante aprensiva en aquel aspecto, y no quería exponerme a sus represalias si le metía el miedo en el cuerpo.

Atravesábamos una de las zonas carentes de iluminación pública cuando la silueta de cuatro figuras se materializó delante nuestro. Empecé a pensar en que tal vez mis barruntos no iban desencaminados en demasía. Al parecer, Gabriela también lo presentía, vista la fuerza con la que me apretó la mano.

-¿Tiene fuego, señor? –Me espetó uno de ellos, en un tono de claro descaro.

-No, no fumo –le solté sin ralentizar nuestra marcha.

-Tal vez la señora tenga –añadió otro, interponiéndose directamente en nuestra dirección.

-Ella tampoco fuma –puede que no consiguiese disimular el nerviosismo de mi voz, pero intenté hablar con la mayor firmeza posible-. Si no le importa, joven, ¿puede retirarse de nuestro camino?

-Vaya, vaya –carraspeó el más alto de todos. Si bien aquellos cuatro individuos, que contarían con una veintena escasa de años en su DNI, eran de apariencia fornida, éste último destacaba respecto a sus compañeros. Se acercó hasta mí, e inclinó su cuerpo hasta plantar su cara frente a la mía-. Parece que nos hemos topado con todo un maleducado; ¿no os parece, chicos?

-Disculpe, pero no creo que haya proferido ofensa alguna; más bien, parece que quieran algo de nosotros –Gabriela se apretó aún más contra mi pecho mientras pronunciaba esas palabras con un cierto tono de osadía.

-Venga, dejémonos de tonterías. Ahueca la cartera, viejo; y no os olvidéis de darme vuestros relojes y joyas –continuó aquel tipo, sin disimular lo poco velado de su amenaza.

-Malditos delincuentes –nunca me había conseguido controlar en situaciones peliagudas, por lo que no pude retener aquellos epítetos sin pararme a pensar que estaba en franca desventaja numérica. Por no hablar de la frescura que su juventud inflada en gimnasio, con la inobviable colaboración de los esteroides, emanaba por sus poros.

-Si tenemos aquí a un gallito, creyéndose en la obligación de proteger a su putita –el aparente cabecilla de aquella pandilla de matones se empezó a enfadar, al ver que le sostenía la mirada duramente-. Tendremos que enseñarte una pequeña lección, dinosaurio –la forma en la que hizo crujir sus nudillos no me dio perspectivas halagüeñas.

Los cuatro se desplegaron en abanico, y tiré de Gabriela para hacerla retroceder. Sí, era inútil; no podíamos escapar corriendo, menuda gilipollez. Pero las reacciones instintivas nos rigen en situaciones adversas, por estúpidas que puedan resultar.

-¿A dónde creéis que vais? Igual pensáis que podéis correr más que nosotros. ¡Chicos, puede que sean campeones olímpicos y nos dejen con un palmo de narices!

Sus compinches prorrumpieron en carcajadas ante tan burda ocurrencia, y nosotros retrocedimos un par de pasos más. No se veía ni un alma por la calle, así que la posibilidad de pedir auxilio no era plausible. Estábamos perdidos a todas luces en aquella plaza oscura.

Reculé un paso más, y mi espalda chocó contra algo. Al principio pensé que se trataba de una pared, dada su firmeza; me giré, y vi a un hombre descomunal, mucho más grande que los otros.

-Va siendo hora de ajustar cuentas –dijo aquella mole. Su voz grave me indicó que era el fin; nos iban a machacar.

-¡Eh! ¿Y tú quién coño eres? –Le inquirió el cabecilla al recién llegado. Su pregunta me sorprendió bastante, ya que pensaba que era uno más de ellos.

-Ah, qué contrariedad. Parece que no pertenezco a vuestra pandilla –permaneció en silencio unos segundos. Pese a la oscuridad, distinguí perfectamente como dejaba perder su mirada hacia arriba, como si una profunda reflexión mental se llevase a cabo dentro de su enorme cabeza.

-¡Claro que no, gilipollas! ¡Lárgate, antes de que te partamos las piernas!

-Pues sí no soy de vuestro grupo, entonces sólo puedo ser del de estos señores –continuó el gigante, haciéndonos a Gabriela y a mí a un lado con uno de sus abultados brazos. Pude sentir su descomunal fuerza mientras nos apartaba con increíble suavidad.

Aquel hombre nos era completamente desconocido. No lucía uniforme de policía, ni tampoco sacó la pertinente placa identificándose como tal. Y la forma en la que empezó a sacudir a los cuatro bandidos simultáneamente nos indicó que era imposible que se tratase de un agente de la ley.

Espantada, Gabriela no pudo evitar chillar. Se había quedado petrificada, y me costó convencerla de que lo mejor que podíamos hacer era poner los pies en polvorosa. Marcharnos a la francesa. Huir de aquella violencia.

Porque aquel tipo no se estaba limitando a darles una simple paliza, un vulgar escarmiento a cuatro vándalos que habían osado amedrentar a una pareja de viejos desvalidos. De hecho, uno de ellos yacía con el cráneo aplastado cuando echamos a correr, alejándonos de aquella escena dantesca. Sí, corrimos como no lo habíamos hecho de niños.

A nuestra espalda, los golpes se sucedían sin cesar. No albergaba dudas sobre quiénes los estaban recibiendo, y aún escuchamos aullidos lastimeros al doblar la esquina y perder de vista aquella pelea callejera. Casualmente, un taxi libre se acercaba, y montamos en él tras pararlo prácticamente colocándome delante de su parachoques.

Gabriela y yo no hemos vuelto a hablar de lo acontecido aquella noche. Ni siquiera me permití comentarle la reseña publicada en el periódico del día siguiente, acerca de un siniestro cuádruple crimen a mano desnuda en la Plaza de Levante.

Algunas noches, sueño con aquellos sucesos. Veo al gigante diciendo que se ha cambiado de bando, y dirige sus enormes manos hacia nuestros cuellos. Siempre me despierto, chorreando sudor a espuertas; por suerte, Gabriela duerme como un tronco y no la he desvelado nunca. Cuando consigo serenarme, la doy un beso en la frente y me vuelvo a echar, rezando para que la pesadilla no se reproduzca.

Pero siempre vuelve.

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~ por Sir Worth en 18 noviembre, 2008.

4 comentarios to “PANDILLA DE MATONES”

  1. Pues, pese a que no lo voté, es de los que más me gustaron. De hecho se quedó en cuarta posición. Nos vemos.

  2. Digo lo mismo que Al. A punto estuve de votarlo. Además, en ningún momento me cupo duda de que era obra tuya. Se notaba algo descompresa ;)Buen relato, amigo Sir.

  3. Sí; ayer, el gran batería Inneril, el excelso señor Valentín (asiduo lector de estas páginas), comentaba mi inquietante y redundante temática de gente que reparte brutales mamporros a diestro y siniestro.
     
    Puede que sea una fijación… quien sabe.
     
    Pero, ante todo, gracias, chicos

  4. Oiga,no he podido evitar leerlo de principio a fin,me enganchó y eso que solo iba a mirar el principio como curiosidad,aunque yo no sea ningun experto litarario le felicito por escribir cojonudamente bien 🙂

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