CINCO: SOMOS KA-TET; DE MUCHOS, UNO

 

CINCO: SOMOS KA-TET; DE MUCHOS, UNO

 

-Y allí dejamos a aquel perro, atado a una inmensa roca y lloriqueándonos para que no le abandonásemos allí, de esa manera. Por mí como si su polla ha servido de almuerzo a los coyotes del desierto; se lo tenía merecido. Si consigue librarse y escapar, será por la voluntad del Ka, y no la nuestra. Le pedimos a Alana que nos indicase el lugar donde esos bastardos tenían confinadas al resto de las muchachas, y hacia allá nos dirigimos con aquellos aullidos a nuestras espaldas.

>>Como suponíamos por las explicaciones de Alana, aquel campamento no distaba más de media hora llevando a las mulas a paso tranquilo. Tendríais que haber visto cómo nos ovacionaron, besuqueándonos los pies como si fuésemos el mismo Jesús Hombre. Nos costó bastante convencerlas de que aquellos tipos no iban a volver, estaban dispuestas a exponerse a los peligros de la noche con tal de abandonar aquel cuchitril. Por fin, la razón entró en sus cabezas y todas pernoctamos bajo techo; y eso sí que lo agradecimos nosotras. Si bien aquellos catres cochambrosos no eran lo que una dama denominaría como una cama decente, tras tantas jornadas durmiendo al raso nos pareció un auténtico lujo. Y esta mañana nos hemos despedido al alba; querían seguir nuestra misma dirección, pero se lo hemos desaconsejado. No sabíamos qué nos podíamos encontrar… aunque os añorábamos mucho, pistoleros.

Las últimas palabras de Hinata fueron jaleadas por los siete hombres de la estación de paso con rugidos de alegría y entusiasmo. Comparada con los vacuos acontecimientos de su monótono viaje, la heroica gesta de las tres muchachas era toda una epopeya acerca del deber de un pistolero para con el resto de mortales.

Un tintineo de cristales atrajo la atención de todo el grupo. Las cabezas se volvieron, los cuellos se giraron y las espaldas se torsionaron para ver cuál era el origen de aquel peculiar ruido.

-Madames, monsieurs; si me permiten la sugerencia, tengo justo lo apropiado para celebrar tan gozoso encuentro –con un peculiar acento, Bruneliere avanzaba sosteniendo una bandeja repleta de copas. En la otra mano, un par de botellas de whisky acapararon las miradas del colectivo.

-Confío en que nosotras también podamos participar del brindis –la poderosa voz de Charlie rugió desde la puerta, seguida de las risas de Olivia, Flor y Eugenia-. Me muero por un buen copazo.

No bien se acababan de reponer de las emociones desatadas por el encuentro con Sophie, Sombra e Hinata, los chicos se lanzaron como una exhalación para abrazar al cuarteto de recién llegadas. Varias sillas cayeron hacia atrás, víctimas inocentes del ansioso impulso de algún adolescente. Y de alguno que ya no era tan joven, pero no por ello con menos brío en su cuerpo.

Entre risas y tragos, Eugenia narró los acontecimientos librados en el baño del río, provocando ciertas miradas risueñas y aperturas de bocas variadas.

-Así que esos hombres tuvieron la gran suerte de veros desnudas –dirigiéndose hacia el rincón donde el piano descansaba de la desacostumbrada sesión de la noche anterior, Pipe entrelazó sus dedos hasta que consiguió sacar un crujido sonoro-. Voy a componer una bonita tonada acerca de ello ahora mismo.

-Alto ahí, pistolero –cortó Flor tras apurar el contenido de su vaso-. Antes de deslumbrarnos a todos con tu talento musical, más convendría que nos preparásemos para la tormenta de arena que se desatará aquí en no demasiado tiempo.

-¿Tormenta de arena? –Extrañado, Rodri se asomó por la puerta y oteó el horizonte-. No parece que el cielo esté muy revuelto.

-Puede que desde aquí no dé esa sensación –añadió Olivia, encaminándose resuelta hacia el joven pistolero-, pero cuando nos disponíamos a ascender por la pendiente de la última loma antes de ver la estación de paso, a nuestras espaldas se estaba formando un buen revoltijo, precisamente en el recodo del río donde tuvimos ese encuentro tan especial. Puede que no sea más que un remolino de aire que se va desplazando por la superficie de la tierra, sin llegar a grandes alturas, pero aquellos árboles se bamboleaban de lo lindo. En cuanto acaricie la arena del desierto, la hará danzar a su ritmo.

-Y por la velocidad del viento, supongo que en poco más de una hora lo tendremos encima –agregó Eugenia-. Antes de cualquier festejo, y no creáis que no tengo ganas de una pequeña juerga tras estos días de hastío, mejor será que hagamos una batida general a esta casucha para afrontar el vendaval.

Ni una sola boca puso en duda la previsión de las chicas. Todos se apiñaron en un círculo, y Valandil fue asignando las tareas a efectuar.

Les Paul y Darkcloud se encaramaron al tejado y sellaron los huecos a fuerza de martillazos y clavos. No podían dejar un milímetro libre para que la arena se colase en las habitaciones, y se tomaron su misión tan a conciencia como sólo un pistolero podría.

Sombra, Hinata y Sophie se dedicaron a clavar tablones por la parte exterior de las ventanas. Los cristales tenían la fea costumbre de romperse en mil añicos de cortantes aristas, y a nadie le agradaba lucir gratuitamente arañazos finos en su piel.

La labor de poner a resguardo a todos los caballos y mulas recayó en Flor, Eugenia, Charlie y Olivia. Por suerte, el establo presentaba bastantes buenas condiciones, por lo que apenas tuvieron que trabas un par de huecos. El hecho de que no contase con más aberturas que el enorme portón de entrada evitaba el tener que preocuparse por la integridad de ventanas, así que pudieron dedicar  un buen rato a aliviar a las bestias, cepillando sus pelajes y llenando los comederos y abrevaderos a rebosar.

Pipe y Kevin se entretuvieron retirando los muebles y objetos próximos a las paredes exteriores de la propia estación. Por mucho que la fachada aguantase la embestida, aquellos tabiques iban a oscilar con ganas. Armarios, mesas y camas se amontonaron lo más alejados posible de las posiciones más extremas dentro de las estancias.

Por último, Bruneliere y Rodri se dedicaron a preparar la comida. Era un poco temprano, pero no querían arriesgarse a dejar a sus estómagos sin alimento durante demasiado tiempo. Nadie podía calcular cuánto tardaría la tormenta en dejarles tranquilos, y la idea de no comer caliente hasta la noche era insoportable. Echaron mano de las distintas vituallas que cada uno de los grupos había aportado, ya que en las alacenas de la cocina sólo encontraron unos pocos restos podridos. Un delicioso aroma se fue expandiendo desde el fogón hasta los rincones más alejados del edificio, y más de uno tuvo que reprimirse para no sucumbir a la tentación de desatender su cometido para picar algo.

Como un eficaz comandante, Valandil recorría incansable todos los rincones, comprobando la marcha de cada una de aquellas pequeñas divisiones, echando una mano en las ocasiones en las que era requerido.

-Ya está –anunció Kevin al bajar a la cantina, seguido de sus compañeros-. Esa maldita tormenta puede venir cuando quiera, estamos preparados para soportar su azote.

-Parece que nos hayamos puesto de acuerdo –replicó Charlie mientras se servía un buen vaso de whisky-. Hemos acabado todos prácticamente a la vez.

Los catorce ocupantes de la estación de paso se fueron dejando caer sobre los respaldos de las sillas; estaban agotados por el esfuerzo, con el condicionante de la presión psicológica de estar limitados por un fenómeno tan aleatorio como una tormenta de arena. Pero en el exterior ya habían advertido que el aire comenzaba a arremolinarse; la predicción de Eugenia, en cuanto al tiempo que invertiría la tormenta en arribar hasta su posición, había sido de lo más exacto.

Alzándose de su asiento como si alguien hubiese colocado un muelle bajo sus posaderas, Hinata se dirigió hacia la puerta.

-De nada servirá nuestro trabajo, si franqueamos la entrada al viento –dijo mientras agarraba el pomo. Pero en lugar de hacer girar la puerta sobre sus goznes hasta trabarla bajo el marco, se quedó mirando hacia el horizonte.

-¿Ocurre algo? –La voz de Sombra acompañó a la mano que se posó, amistosa y cercana, en el hombro de Hinata.

-No, que va… sólo que miraba a ver si estaba todo en orden ahí fuera.

-Esperabas encontrarle aquí, ¿verdad?

-Sinceramente, sí; supongo que estará demasiado lejos como para haber recibido el toque.

-No te preocupes. No hace falta que te lo diga, pero te lo digo de igual modo. Ya le conoces, seguro que está bien.

-Ya; pero le echo de menos.

-Te entiendo.

-Lo sé.

Finalmente, haciendo acopio de valor, Hinata se resignó y cerró la puerta. En las mesas, varias velas habían sido dispuestas en el interior de grandes vasijas, una práctica precaución que evitaría que su llama prendiese en la madera o los manteles en caso de que fuesen tiradas por el viento, si éste consiguiese abrirse camino a través de los impedimentos preparados por el grupo.

-Por las barbas de Arthur Eld, ¿tengo que machacaros los huesos a golpes para que sirváis ya la comida? –Vociferó Sophie, levantando un puño en señal de falsa amenaza en dirección a los dos chefs.

-Por Gan, cualquier cosa antes que recibir una soberana paliza por parte de una pistolera hambrienta –replicó Bruneliere, quien se levantó junto con Rodri para dirigirse hacia la cocina entre la risa general.

Pero los chistes y los chascarrillos cesaron rápido, dejando una sinfonía de cubiertos y mandíbulas batientes como única banda sonora en aquel improvisado comedor. Pese a las velas, la penumbra reinaba en la sala, soberana majestuosa dentro de un recinto cuyos recursos de iluminación externa habían sido eliminados por manos presurosas y certeras. Aunque en aquellas circunstancias poco habría importado el gozar de amplios y despejados ventanales; afuera, el cielo se había oscurecido casi por completo.

-Ya se notan los resoplidos del viento –comentó Darkcloud, dejando caer su cuchara sobre un plato tan limpio que cualquiera hubiese pensado que acababa de sacarlo de un armario.

-Mirad cómo se mueven las jambas de la puerta –agregó Eugenia, desabrochándose ligeramente el botón superior de sus vaqueros, quitando presión a un estómago tan lleno como satisfecho.

-¡Esto es la bomba! –Sosteniendo bajo su barbilla una de las velas, Rodri esbozaba una maquiavélica sonrisa-. El sonido del viento de fondo en un ambiente tan siniestro… ¿quién se anima a contar la primera historia de fantasmas?

La mano de Charlie se alzó, presta a contar un episodio escalofriante que le narraron en su infancia, pero un ruido sordo y potente sumió a todos en un mutismo no programado.

-¿Qué ha sido eso? –Espetó Les Paul, echando mano a las culatas de sus armas.

-No lo sé, pero ha sido demasiado fuerte para un soplo impetuoso –Valandil, al igual que el resto, habían emulado el precavido gesto de Les Paul.

-¡Mirad, la puerta! –En pie, Olivia señaló en su dirección a la vez que un nuevo estruendo llenaba el cuarto. Todos comprobaron cómo la madera de la puerta se combó, acompañando a aquel sonido.

-Chicos, prepararos; me da que tenemos invitados –los ojos entornados de Sombra intentaban traspasar el dintel -. Que no nos acusen de malos anfitriones.

El tercer golpe fue el definitivo. Las bisagras saltaron de su sitio, por lo que la puerta se abrió al revés de lo acostumbrado. Una buena polvareda precedió la entrada de tres figuras embozadas, quienes, para sorpresa general, procedieron a recolocar la abatida barrera en su sitio lo mejor que pudieron con la rapidez del rayo.

Aquellos individuos iban vestidos con prendas negras, totalmente cubiertas de polvo y suciedad, como sólo unos zumbados viajando en medio de una tormenta de arena en pleno desierto podían lucir. Grandes arcos, de construcción tosca y rudimentaria, se cruzaban en el pecho de los dos más grandes, más altos que Kevin y Bruneliere, los dos de más estatura hasta segundos antes de aquella interrupción. El tercero, aparentemente desarmado, mostraba su silueta siniestramente difuminada en el aire, de la misma manera en que los objetos lejanos se distorsionan por efecto del calor que emana del suelo en el desierto.

-Quietos donde estáis, desconocidos, o lo lamentaréis –gruñó Rodri desde detrás de los dos amenazadores cañones de sus pistolas.

Los tres extraños se miraron con desconcierto, y una estruendosa carcajada se escapó tras los pañuelos con los que cubrían sus rostros, sin duda para protegerse de una ingesta de arena no deseada. Aquella risotada, amortiguada por la tela sobre sus bocas, desconcertó aún más al grupo de pistoleros. Les superaban ampliamente en número, pero en un mundo que se había movido se podía esperar cualquier cosa.

-Antes de decidnos quiénes sois, tirad vuestros arcos al suelo. Y muy despacito –ordenó Flor, en cuyos ojos brillaba un relámpago de furia.

-¿Así saludáis a los desfallecidos viajeros que buscan cobijo? Desde luego, qué mal está el mundo. En mis tiempos, la gente tenía un poco más de educación –soltó, con clara ironía, el más alto de los tres.

-Mira, listillo, si sigues por ese camino acabarás echando en falta unos cuantos dientes –Charlie parecía poseer ojos de fuego.

Ante la sorpresa general, Hinata se abrió paso entre sus amigos y saltó sobre el que acababa de enfurecer a Charlie, arrebatándole el pañuelo con un rápido movimiento.

-Vaya, esto ya me va gustando más –dijo el desconocido, dando un largo beso a la pistolera.

-Alto, alto, esto es muy raro –estupefacta, Olivia parpadeó varias veces, como si no creyera lo que estaba viendo.

-¿Qué tiene de raro… que una mujer bese… a su hombre? –Replicó el otro arquero, descubriendo el rostro pícaro de Viajero Jack-. Eh… amigo mío… mejor que enseñes tu jeta… antes de que parezcas salido de un nido… de polillas.

El aludido interrumpió su impetuosa muestra de afecto, y la famosa sonrisa de Sir Worth quedó enmarcada en su característica perilla.

-Las polillas amarillas me sientan de maravilla –contestó Sir, guiñando un ojo a Hinata.

-¿Está muy lejos ese mar? –Hinata enlazó el juego de palabras.

-¡Oh, no! Ya empiezan a hablar raro, así cualquiera les entiende –añadió Les Paul, lo que provocó una carcajada generalizada.

-Un momento –aún con cierta tensión en su semblante, Valandil señaló al último individuo-. Vosotros sois bienvenidos, no hace falta que os lo diga; ¿pero qué clase de criatura os acompaña?

-Tiene pinta de ser un hechicero; ¿por qué se desdibuja su silueta en el aire?

-Amigos… dejad tranquilo al pobre Tulio… tuvo el infortunio de meterse… en un círculo de piedras. A saber qué desgraciado lacayo… del Rey Carmesí dejó… un encantamiento… Es como si estuviese aquí… y, a la vez… en otra parte… Nos costó mucho… sacarlo sin caer nosotros en el embrujo… Pero por lo demás, es el mismo… un poco más callado, lo único.

-Joder –Sophie se acercó a Tulio, para palpar aquel contorno difuso del pistolero conocido por sus sempiternas botas rojas-. Acojona un rato. ¿Estás bien, Tulio?

Por toda respuesta, el aludido asintió. Su excepcional estado no le permitía comunicarse como quisiera con sus bienhallados pistoleros, pero unos pocos gestos se hicieron valer más que mil palabras.

Acomodados en las sillas que Pipe, Bruneliere y Darkcloud acercaron a los extenuados caminantes entre el polvo, entre Viajero y Sir relataron las peripecias de su periplo. Los tres se encontraron en medio del trayecto, ya que cada cual procedía de un origen distinto, pero todos habían recibido aquella extraña llamada. Juntos recorrieron varias ruedas, pero en una sima sufrieron una emboscada en la que la proporción numérica les era desfavorable a todas luces.

-¿Eran breakers? –Quiso saber Sombra.

-No, eran ladrones de medio pelo –respondió Sir Worth mientras se liaba un cigarrillo-. Hace mucho que no veo un maldito breaker, y es bastante mosqueante.

-Berejenbreaker –corrigió Viajero, lo que desató una nueva oleada de risas.

El trío abatió a todos los bellacos que se les pusieron a tiro, pero pronto se quedaron sin munición. Como aún había demasiados bribones en pie, decidieron intentar escapar, y abriéndose camino entre las hordas consiguieron evadir momentáneamente el peligro.

Pero sus perseguidores no se dieron por vencidos, y siguiéndoles con la tenacidad de un sabueso. Por ello, decidieron probar una vieja treta, y al pasar cerca de un terreno rocoso saltaron de sus caballos. Colocaron unas ramas de espino bajo sus colas, lo que contribuyó a que los equinos continuasen una alocada carrera hacia ninguna parte.

-No me hace ni puta gracia que hayáis maltratado a unos pobres animales inocentes –dijo Charlie, mirándoles por encima de las monturas de sus gafas.

-Es el precio… por contar con la incomparable compañía… del gran Viajero Jack… entre vosotras… ¡Chicas, Viajero está aquí!… ¡Podéis aduladle a placer!

Aprovechando la seguridad que les proporcionaba un firme sobre el que no podían dejar la más somera huella, los tres aventureros retomaron su viaje a pie. Sin balas, hubieron de procurarse aquellos elementales arcos para poder cazar y defenderse; aunque no volvieron a toparse con elementos hostiles. Al de unos días, se produjo el desafortunado incidente por el cual Tulio se vio condenado a una especie de exotránsito extraño, ya que si bien no había sido catapultado a otro mundo, tampoco estaba del todo en el suyo.

-Bueno, ya vale de historias –cortó Hinata, tomando de la mano a Sir para levantarle, encaminándose hacia las escaleras-. Este mozo sucio y descuidado necesita descansar, y antes un buen aseo.

-Chicas… habrá que sortear… quién será la afortunada… que agasaje de igual manera… al pobre Viajero.

Un par de horas más tarde, con estómagos satisfechos y cuerpos aseados, los últimos en llegar a la estación de paso eran puestos al corriente de todas las novedades en lo que al resto de miembros se refería. Nadie pasó por alto la plácida sonrisa que descansaba en las caras de Hinata y Sir, quienes buscaban constantemente la mirada del otro.

-Ah, amigas… si el viejo Viajero os hubiese encontrado… en cueros en aquel embalse… el final de la historia hubiese sido muy distinto.

-Vaya, vaya; parece que ya está todo el ka-tet al completo –exclamó una voz potente desde el otro lado de la puerta.

 

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~ por Sir Worth en 29 septiembre, 2008.

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