TRES: CARAVANA DE MUJERES

 

TRES: CARAVANA DE MUJERES

 

Las notas del desvencijado piano de la estación de paso se atomizaban en el aire, acorde con la proporción que el sonido muestra en la naturaleza, en consonancia con el inverso del cubo de su distancia al correspondiente foco emisor. Por tanto, no resultaba extraño que no fuesen percibidas por las tres mujeres que viajaban en el interior de una carreta, varias ruedas más hacia el sur.

Cuatro mulas componían el tiro motor del artefacto de madera, que ya debía de ser viejo cuando el mundo era joven a juzgar por los crujidos con que recibía cada bache, piedra o resalto, fenómenos  tan abundantes durante el camino. Sólo una de las ruedas conservaba sus radios al completo; las restantes giraban pesadamente, como lo haría la cara de una anciana desdentada atada al costado de una noria. La lona cobertora contaba con más hilo en zurcidos que tela propiamente dicha, y aún así se podían contar hasta nueve sietes en el costado derecho, seis en el izquierdo y cuatro en la parte superior, provocando una ligera corriente de aire en el interior. En cuanto al cuarteto de cuadrúpedos, tampoco se podía decir que estuviesen en la plenitud de la vida. Ni de condiciones para arrastrar tras de sí el peso de una tartana liviana bajo un sol asfixiante y una atmósfera saturada de polvo, arena y otras partículas flotando en nociva suspensión.

-Por fin está oscureciendo; ya era hora –esbozando su genuina sonrisa, Sombra parpadeó varias veces seguidas, como si no terminase de creer que la negrura creciente ante sus resplandecientes ojos verdes estuviese extendiéndose, cubriendo las yermas lomas de los alrededores.

-Sigo diciendo que sería mejor viajar a la inversa –Sophiecanaan resoplaba en la parte trasera. Estiraba y giraba lentamente sus extremidades, una de sus rutinas adquiridas tras uno de sus viajes por el lejano oriente. La ayudaba a mantenerse serena y en forma, algo nada desdeñable en un loco mundo que se había movido.

-¿Andando de espaldas? A ver si nos vamos a terminar tropezando –una pícara sonrisa se formó en los labios de Hinata, acompañada de un carcajeo proveniente de las profundidades del estómago de Sombra.

-¡Ah, qué graciosa la chiquilla! No, me refiero a descansar de día y avanzar de noche; los animales lo agradecerían. Y nosotras mismas también; ha refrescado un poco, pero aún así necesito que la temperatura baje unos cuantos grados más.

-Sí, tienes razón –girando sus ojos marrones hacia el interior de la carreta, Hinata tendió una mano a Sophie-. Yo también sufro el calor, no tienes más que tocar la punta de mis dedos para comprobarlo. Pero durmiendo con el sol sobre nuestras cabezas descansaríamos peor, y nos convertiría en un blanco fácil a todas luces.

-Además, no nos hemos topado con ningún sitio bajo el que cobijarnos del sol durante todo el trayecto; ni un mísero árbol –dando un soplido para apartar a un lado un largo mechón moreno de la cara, Sombra aflojó las riendas en sus manos-. Y bajo esta antigualla no es, precisamente, el lugar más seguro de la tierra. A saber si se nos echaría encima, al ceder los ejes o una de las ruedas.

-Vale, vale; ¿podemos parar ya? Tengo hambre, y unas ganas horribles de vaciar el depósito –Sophie se apretaba el vientre suavemente.

-Buena idea; mi culo está molido con tanto bamboleo –sin esperar a que Sombra detuviese las mulas, Hinata se apeó de un grácil salto-. Mirad, aquellas rocas nos permitirán cenar cómodas.

-Contando con que cuando la oscuridad se cierna por completo y el aire se vuelva frío, emitirán un calorcito que nos dejará dormir muy a gusto. El contraste del día a la noche es abrumador –un firme tirón de Sombra transmitió la orden de frenar, obedecida al instantes por las acémilas; si era por su mansa servidumbre, o porque estaban agotadas, era difícil de saber.

-Estáis locas –Sophie giró un dedo junto a su sien, haciendo orbitar alocadamente sus ojos para reforzar su mensaje-. Estamos sudando más que una vaca, y expresáis deseos de pasar una noche calentita.

-Me dirás que anoche no tenías frío, cuando te hiciste un hueco entre nosotras dos –sacando una cajita metálica de su macuto, Hinata comenzó a liarse un cigarrillo.

-No, era para que dejaseis de hablar en verso; cuando os da por hacer poemas, es que no paráis –la voz de Sophie se fue perdiendo a medida que se alejaba desabrochándose los botones del pantalón, en dirección a una pequeña hondonada en la que quedaría fuera del alcance visual de sus compañeras.

-Oír tus palabras me extraña, mi querida pistolera; pues me doy poca maña, si con versos te dijera… -comenzó Sombra.

-¡Basta! ¡No empecéis!

-…que al llegar la mañana, si te soy sincera, anhelas el calor de la cama, y te nos abrazas entera –un guiño de complicidad se formó en el rostro de Hinata al continuar.

-¡Por Gan, que cuando os ponéis…! ¡Ya ni mis cosas me dejáis hacer tranquila!

Entre bromas y risas, las tres muchachas se dividieron las tareas para prepararse antes de la pernocta. Sombra se dedicó a atender a las mulas, las que no se separaron mucho cuando las desenganchó del carro; hasta un animal tan corto de entendederas comprendía que la única manera de conseguir alimento y bebida pasaba por permanecer junto a aquella alta mujer de pelo oscuro. Hasta una de ellas la siguió cuando se dirigió a la parte trasera de la carreta para sacar un barril de madera leñosa, conteniendo a partes iguales agua caliente y aire tórrido. Unos grandes cuencos de arcilla resquebrajada en el suelo hicieron las veces de abrevadero y comedero, tal y como venían siendo usados durante aquel largo y extenuante viaje. Los cuadrúpedos emitieron resoplidos de satisfacción al dar buena cuenta de aquellas vituallas, mientras Sombra desenredaba sus sucias crines y cepillaba su pelaje, eliminando aquel sudor tan insano como oloroso.

A la par, Hinata descargó varios platos, una sartén, un cesto con unos pocos leños resecos y dos vasijas. Aquella noche era la encargada de preparar la cena, y en escasos minutos un fuego de medianas proporciones ardía entre las rocas. El baile de los elementos de tan rústico menaje se iba alternando, combinando un poquito de esto con una pizca de aquello, mezclando condimentos para lograr una amalgama cuyo aroma despertó sonoros rugidos de deseo en los estómagos hambrientos de sus compañeras.

Sophie, con su natural espíritu aguerrido, se encaramó sobre la piedra más grande de aquel conjunto mineral dando dos brincos briosos y vigiló las cercanías del campamento. Hacía varios días que no habían topado con individuos belicosos o problemáticos, pero nunca debían bajar la guardia; el peligro podía acechar tras la más insignificante mata de hierba.

Por fin, llegó el momento de ver saciados los apetitos. Pese a ser la de menor estatura, y contar con un peso que no alcanzaba los cincuenta kilos, Sophie devoró una ración doble, ante las divertidas sonrisas de sus compañeras. Sabían que un cuerpo tan activo, presto a saltar como un resorte ante el más mínimo estímulo, precisaba mucho alimento para compensar tan alto desgaste energético.

-Si sigues engullendo a ese ritmo, nos quedaremos sin provisiones en un par de días –la chinchó Hinata entre bocado y bocado.

-Buf, y hace que no veo ni un miserable lagarto que poder echar al caldero… no podremos cazar nada para ampliar la despensa -añadió Sombra.

-Escuchadme, pareja de anoréxicas –bramó Sophie desde lo alto de la roca; sólo había descendido para recoger su plato y su vaso, deleitando su paladar desde la improvisada atalaya-, si vais por ese camino acabaréis recibiendo una buena tunda.

-No te enfades, mujer, que estamos de broma –replicó Sombra, quien comenzó a recoger los cachivaches tras terminar su ración-. Además, noto que no estamos muy lejos de nuestro destino. Mañana estaremos allí, estoy segura.

-Yo también comparto ese sentimiento –dijo Hinata, mientras rebañaba su plato con un mendrugo de pan-. Aunque me gustaría que el mensaje enviado a través del toque hubiese sido un poco más claro… y extenso.

La boca de Sophie se abrió; inicialmente, su intención era la de anunciar que si era una trampa iba a propinar dolorosas patadas en las partes pudendas del emisor de la llamada, mas ningún sonido abandonó sus labios. Permaneció con las mandíbulas separadas unos segundos, con los ojos clavados en un punto concreto a las espaldas de Sombra e Hinata.

-Chicas, se acerca alguien –consiguió articular finalmente, señalando una oscura forma aproximándose a una cierta velocidad.

Sus compañeras se incorporaron al instante, depositando cuidadosamente lo que llevaban en las manos sobre el suelo para girarse. Las tres paseaban sus dedos por las pesadas culatas de madera de sándalo que pendían a ambos lados de sus caderas, sin ser conscientes de aquel gesto tan distraído y, a la vez, tan común en aquellos que comulgaban con la creencia de que lo suyo era el plomo.

La notoria penumbra ocultó durante varios metros la fisonomía de quien se aproximaba, aunque sus expertos oídos dictaminaron, por el sonido de su respiración y pisadas, que se trataba de una mujer a la carrera… y que huía de algo. O alguien.

Cuando se encontraba a unos veinte metros, pudieron contemplar a una joven no mucho mayor que Sophie e Hinata, quienes contaban con veinticinco años, aunque no llegaba a los treinta y dos de la esplendorosa Sombra. Jadeaba, dejando claro que aquella bonita figura no estaba demasiado acostumbrada a exprimir su físico, por lo que dedujeron que se trataba de alguna señorita de alta cuna, siempre que los orígenes no hubiesen desaparecido al moverse el mundo.

-¡Corred! –Gritó la extraña-. Esos hombres no tardarán en llegar.

-¿Hombres? ¿Qué hombres? –Interrogó Sophie.

-Son siete, y son mercaderes –consiguió responder la recién llegada.

-Vaya; ahora, debemos temer a unos comerciantes –la sorna de Sombra no agradó a la fugitiva, a juzgar por el vivaz relámpago que recorrió sus ojos azules.

-Sí, cuando se dedican a traficar con mujeres como nosotras. A las que son de su agrado, las venden a quienes están dispuestos a pagar una buena bolsa tras haber probado su categoría. Con las poco agraciadas –su mano cruzó transversalmente su cuello en un rápido movimiento.

-Tranquila, con nosotras está a salvo. ¿Cómo te llamas? –Hinata trataba de tranquilizarla, pero sólo obtuvo una histérica risotada por parte de la interpelada.

-Alana, aunque tanto da mi nombre como el vuestro. Dentro de poco, estaremos bajo su poder, sometidas a sus crueles designios. ¡Ah, cuán agraciadas han sido aquellas que se cruzaron en su camino y sucumbieron bajo sus cuchillos, escapando del triste destino que nos espera! Porque a las tres os encontrarán suculentas para sus negocios –dejándose resbalar, Alana se sentó en el suelo, agarrándose las rodillas con los brazos para apretarlas con fuerza contra su pecho-. De qué me sirve haber escapado, si la única ayuda que consigo en este maldito desierto es la de tres locas que se quieren enfrentar abiertamente a ellos. ¡Recordad mis palabras, cuando sintáis su fétido aliento descompuesto sobre vuestras caras mientras siembran su zafia semilla dentro de vosotras!

Sophie levantó una mano; no podía aguantar aquella sarta de memeces, y le iba a estampar un sonoro bofetón en toda la cara para tranquilizarla. Aunque consideraría suficiente sólo conseguir callarla. Pero si rápido fue su brazo, otro tanto o más se podría decir del de Sombra, quien se lo sujetó con firme suavidad.

-¡Déjame! ¡Me está poniendo de los nervios! –Argumentó Sophie.

Por toda respuesta, Sombra señaló con la mano libre en la dirección por la que Alana había llegado. Siete negras siluetas se desplazaban sobre otros tantos corceles lanzados a galope tendido. Extrañamente, sus cascos no emitían más que un suave crepitar; venían por un terreno arenoso, de ahí la ausencia del estrépito acostumbrado.

Las tres pistoleras se alinearon silenciosas, alzando desafiantes sus frentes hacia el grupo que se aproximaba. Alana notó los vigorosos efectos de los duros tendones y músculos del brazo de Sophie al ser arrastrada detrás de ellas, por lo que agradeció interiormente que aquella mano no hubiese desatado su ira sobre su bonita cara.

Monturas y jinetes frenaron en seco a escasos pasos de las cuatro mujeres. Los rocines eran animales fuertes y bien nutridos, a juzgar por el brillo que despedía su pelaje a la luz de la hoguera de campaña. Su espléndido aspecto contrastaba con el de aquellos rufianes, tocados con toscos gabanes tan sucios que ofenderían a los habitantes de una pocilga. Miradas siniestras bajo las alas de los sombreros examinaron a aquellas nuevas adquisiciones, y más de uno se acarició la hirsuta barba al imaginar lo que haría con cada una de ellas. Y en sus manos, baas y cuchillos se alternaban en una amenazadora combinación.

-¿Pero qué tenemos aquí? –Gruñó el que aparentaba ser el de la voz cantante, un hombre tripudo frisando la cincuentena. Hablaba con tono pausado, con tres energúmenos a cada lado-. He aquí que veníamos buscando a nuestra recién huída zorrita, y la encontramos con otras tres hembras que nos proporcionarán buenos réditos.

-Sí, jefe; esta debe de ser nuestra noche de suerte –contestó otro de los tiparracos. La forma de acariciarse la entrepierna despertó una profunda náusea en lo más hondo de las chicas.

-Más os vale daros la vuelta, si tenéis en estima vuestro cochino pellejo –anunció Hinata, en un duro tono que rara vez salía de sus melodiosas cuerdas vocales.

-Bueno, bueno, bueno; chicos, estas putitas no quieren ponernos las cosas fáciles –no hubo terminado de acabar su frase, el jefe apreció las seis letales cargas metálicas que aquellas mujeres lucían en sus cintos-. Ah, os habéis encontrado esas pistolas y creéis que nos asustaréis con ellas. ¿Tan tontos nos suponéis? No tenéis pinta de pistoleras; ésa es una estirpe extinguida… y jamás oí hablar de mujeres disparando –siete gargantas masculinas estallaron en carcajadas, ante tres rostros que no movieron un solo músculo. El de Alana era inescrutable; arrodillada en el suelo, lo ocultaba tras sus manos, paralizada por el terror que intuía cercano, y que se vería agravado por su osadía.

-Si queréis probar nuestros hierros, adelante –la sonrisa de Sombra era tensa, al contrario que el resto de su cuerpo.

-Guapa, moriréis sólo por haberlo pensado. Creer que nos vais a matar con esas pistolas –la mano alzada del cabecilla era una orden que las baas de sus secuaces obedecieron al punto, adelantándose al extenderse los brazos que las empuñaban. Los dedos acariciaban los gatillos, pero seis estampidos cruzaron el aire. Y a cada explosión le siguió un ruido sordo, el producido por seis hombres que estaban muertos antes de besar las piedras del suelo. Nadie es capaz de recibir un balazo en pleno cerebro y seguir como si tal cosa.

El único caballo que permanecía montado reaccionó impetuoso, al igual que sus congéneres, descabalgando a su jinete para dar con su osamenta contra el firme, con un doloroso resultado para su coxis, ese hueso bautizado irónicamente como “de la risa”.

Los ojos de aquel tunante vieron tres figuras aproximándosele a través de la capa de lágrimas que distorsionaba su visión, transido por las punzadas que le llegaban desde donde la espalda pierde su noble nombre.

-Escúchame bien, cerdo –le soltó Sophie tras escupirle en la mejilla-. Nosotras no matamos con la pistola; lo hacemos con el corazón.

 

Anuncios

~ por Sir Worth en 25 septiembre, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: