DOS: LA ESTACIÓN DE PASO

 

DOS: LA ESTACIÓN DE PASO

 

Mientras tres jóvenes pistoleras retozaban en el agua, con una cuarta guardándoles las espaldas, a unas cuantas ruedas de distancia más al este cuatro hombres caminaban a pie por el desierto. Se movían despacio, pero con paso firme, decidido e inexorable, atravesando las dunas del desierto con el rumbo fijado en el oeste.

El sol estaba en pleno declive, y sus rayos no eran tan crueles al impactar en las oscuras pieles. Aún así, seguía haciendo demasiado calor, y el sudor tornaba los colores de sus chaquetas en tonos más oscuros.

-Vamos, no puede quedar mucha más distancia; lo presiento –sentenció el joven Rodrielcapo desde la cabeza de la fila-. ¡Aligerad un poco el paso, tíos!

-Es fácil decirlo cuando se es tan pequeñajo como tú –contestó Bruneliere con cierta sorna a sus espaldas-. A ver si poniéndote encima veinte centímetros y unos cuantos kilos sigues tan vivaz.

-Más te vale no meterte conmigo, grandullón, o te daré una buena paliza –Rodri alzó el puño, queriendo demostrar a aquel pistolero que no se arredraba pese a ser el más joven y bajo del grupo.

-Tranquilo, tranquilo –mostrando las palmas de las manos a la altura del pecho, el barbudo Bruneliere pedía calma-. Sólo estaba bromeando, no te lo tomes a mal. Qué temperamento, chico; en mi Mejis natal, la gente apreciaba de otra forma las tomaduras de pelo entre amigos.

-Venga, Rodri, no te enfades; es una forma de malgastar energías a lo tonto. Es uno de los efectos del calor, y del cansancio que nos provoca –con la clara intención de apaciguar ánimos, el veterano Valandil de Gilead trató de variar el discurrir de la conversación saltando a otro tema-. ¿Alguien sabe dónde estamos exactamente?

-Creo que donde Jesús Hombre perdió su corneta –replicó Pipelare, añadiendo una musical carcajada a continuación. Había captado a la perfección el trasfondo de las palabras de Valandil, y la compenetración entre dos de los pistoleros más veteranos era enorme. No en vano, habían librado cientos de pequeñas historias y lides juntos, desde antes de que el mundo comenzase a moverse.

-Yo sé dónde no estamos –más relajado, Rodri resopló al secarse el sudor de la frente con un ajado pañuelo, tan sucio y polvoriento como sus propias botas-.  Esto no se parece al Mejis de este barbón, ni a Lud, ni a ninguno de los Callas que he recorrido… ¡Por la Tortuga, ni siquiera estamos cerca de Tronido para machacar a unos pocos de esos Breakers!

-Es extraño, ahora que lo pienso –Pipe se rascó el hirsuto mentón, gesto característico que llevaba a cabo cuando reflexionaba acerca de algo-. No nos hemos topado con ninguno de ellos en todo este viaje, y me parece raro. Muy raro.

-Sí, yo también opino que es algo anómalo, viendo la actividad que esos títeres del Rey Carmesí han mantenido hasta pocos días antes de nuestra partida, después de recibir la llamada –Bruneliere apartó su rubio flequillo a ambos lados de su cara y vertió un fino chorro de agua de su cantimplora.

-Más te vale que no derroches demasiado combustible, amigo –aconsejó Valandil, tan prudente como siempre. Su atesorada experiencia como incansable viajero a lo largo de los confines del mundo resultaba de gran valor.

-Si han sido cuatro gotas, hombre. Además, si estamos tan cerca de nuestro objetivo como asegura Rodri, tampoco pasará nada, ¿no? Digo yo que quien quiera que sea el que nos ha convocado, habrá tenido la astucia de elegir un lugar con unas instalaciones mínimas. Agua, comida, leña,…

-…una casa repleta de chicas guapísimas, reclamándote a gritos con tu nombre bordado en su ropa interior –Pipe empleó la melodía de una antigua canción como base sonora de su chanza, ocurrencia que fue recibida con gran jolgorio por todos los demás.

Continuaron avanzando, aligerando el ritmo lo justo para contentar el impetuoso temperamento de Rodri pero sin forzar demasiado la marcha. Habían recuperado el buen humor, y la temperatura había tenido la apreciable decencia de descender notoriamente, redoblando los ánimos de los cuatro pistoleros.

Pero como toda ventaja concedida por la naturaleza, ésta también llevaba pareja un inconveniente. El sol se encontraba ya muy bajo en el horizonte, casi tocando las lomas que se extendían en la lejanía, molestándoles en los ojos ya que seguían su mismo curso. Aprovechaban los descansos que las sombras de las dunas les proporcionaban mientras se encaramaban a ellas, pero cada nueva cima era testigo de la aparición de juramentos, maldiciones y palabras malsonantes. Intentaron colocarse los sombreros, de forma que la parte delantera de la visera les protegiese, mas a las claras quedaba que no era suficiente.

-¡Joder, tengo los ojos más llorosos que los de una comadre! –Se quejó Valandil, mientras se afanaba en encontrar un retal de tela libre de polvo y suciedad para poder limpiarse los párpados.

-Aguantad un poco, compañeros; creo que ya hemos llegado –la voz de Rodri denotaba un alto grado de emoción-. Como podéis comprobar, antes tenía razón; estábamos muy cerca.

A unos dos kilómetros, tres estructuras de madera se apiñaban en un área en la que el marrón desvaído del desierto adoptaba una discreta tonalidad verdosa. Su ubicación, sobre un promontorio de exiguas dimensiones, daba la impresión de ser juguetes que un niño hubiese dejado caer, quedando en una disposición un tanto aleatoria, impropia de una planificación cuadriculada como tanto gustan los hombres a la hora de alzar sus moradas. Sin duda, en otros tiempos mejores, habría más edificios alrededor, pero en un mundo que se ha movido muchos lugares habían sido objeto del más lastimero olvido.

-Sí, yo también siento que ésa es nuestra meta. Parece una estación de paso –deslizando una mano hacia atrás, Pipe la introdujo en la bolsa de arpillera colgada a sus espaldas para extraer de ella un oxidado catalejo, cuya superficie metálica estaba tan maltrecha que hacía suponerle una existencia más dura que la que el artesano que lo creó había concebido-. Toma, Bruneliere; además de ser el más alto de nosotros, eres el que mejor vista tiene. Echa un vistazo; hemos de asegurarnos de que no hay ninguna presencia hostil.

-Como gustes; a ver –tomándose unos instantes para ajustar la distancia focal entre las lentes del dispositivo, el aludido fijó su único ojo abierto en aquellas tres construcciones-. Sí, es una estación de paso aparentemente abandonada; veo el edificio principal, donde estaría ubicada la posada, una casucha en la parte trasera con toda la pinta de ser una letrina, y lo de la izquierda yo diría que es un establo. Desde aquí, no hay señal de presencia humana, ni amigos ni enemigos.

-¿Y a qué esperamos? Bajemos; no hemos dado este suave paseo para darnos la vuelta antes de llegar –decidido, Rodri echó a andar cuesta abajo.

-Más despacio, pistolero –una vez resuelto el problema ocular, Valandil alcanzó al adolescente y posó una mano amigable en su hombro-. Que no veamos a nadie no significa que no debamos tomar precauciones; puede que nos aguarde una celada, y el exceso de confianza no haría sino perjudicarnos.

Moviéndose como si de un solo hombre se tratase, los cuatro empezaron el descenso con paso cauto. Las pistolas continuaban en sus fundas, pero los ocho brazos se aseguraron de que aún permanecían en sus sitios, listas para escupir balas en caso de ser necesaria su intervención.

Las miradas recorrían con exhaustiva insistencia los alrededores, buscando cualquier señal de peligro por los rincones. Un ligero soplo de viento les empujó suavemente en la dirección de la estación de paso, haciendo aletear los faldones de sus camisetas. Por suerte, les llegaba desde detrás, con lo que la amenaza de esa fastidiosa sensación que produce la arena al introducirse bajo los párpados era insignificante.

Apenas habían completado la mitad de la distancia que mediaba entre la duna y la estación, un resplandor suscitó un repentino escalofrío en aquellos hombres sin miedo.

-¡Mirad! Alguien se acerca desde el oeste –señaló Pipelare, desenfundando inconscientemente.

-¡Mierda, no veo nada! ¿Podéis distinguir algo? –Al igual que el resto, Rodri se llevó la mano a la cabeza para procurarse una improvisada visera.

-No con la claridad que me gustaría –admitió Bruneliere-, pero creo que son tres personas a caballo. ¡Joder, estamos vendidos! Esos tipos van directos a la estación de paso, y desde allí nos verán, si es que no lo han hecho ya. Y estamos demasiado lejos de cualquier refugio, tanto desde las propias casas como de las dunas.

-Y vienen a toda velocidad; prepararos para un posible enfrentamiento, pero no disparéis hasta cercioraros de quiénes son –acariciando la madera de sándalo de la culata de sus pistolas, Valandil se dispuso a enfrentarse a lo que viniera.

Los tres jinetes no tardaron en alcanzar el promontorio, y de inmediato sus gestos delataron que habían descubierto la presencia de los cuatro caminantes. Si bien titubearon unos segundos, irrumpieron en un galope tendido que resonó atronador en la sequedad del desierto.

-Las cartas están repartidas, muchachos; veamos quién tiene la mejor mano –relamiéndose, Rodri notó cómo su cuerpo se tensaba hasta el límite. Percibía la llamada del combate, y un pistolero jamás se arredraba en tales circunstancias. Mas de pronto sus músculos recuperaron la laxitud, y guardando sus pistolas salió al paso de la comitiva.

-¡Eh! ¿Pero qué haces? –Atónito, Pipelare no comprendió la actitud del joven hasta verle fundirse en un fuerte abrazo con el primero de los recién llegados, quien se tiró prácticamente en plancha sobre el pequeño pistolero, ocultándole de la vista de los demás al taparle con su corpulenta osamenta.

-Después de todo, parece que hemos llegado a la par que unos viejos amigos –añadió Valandil, con una sonrisa refulgente.

En efecto, aquellos hombres eran Les Paul, Kevin y Darkcloud, otros miembros de renombre de aquel grupo que había dado en denominarse como Ka-tet del diecinueve. Precisamente, Kevin era el que había placado literalmente a Rodri, a quien estaba ayudando a incorporarse. Pese a la manifiesta diferencia de estatura y envergadura –era un dedo más alto que el propio Bruneliere-, los quince años de Kevin sólo superaban en uno a Rodri, y juntos se habían iniciado en la senda del plomo.

-Vaya susto que nos habéis dado –expuso Valandil tras la pertinente ronda de efusivos saludos-. No sabíamos si erais Breakers o bandoleros.

-Lo mismo digo –replicó Darkcloud junto a su famélico ruano-. Ha sido Kevin quien os ha reconocido.

-No era muy difícil; con ver a un enano al lado de un rubio barbudo, no me ha supuesto esfuerzo saber quiénes erais, al menos, dos de vosotros.

-Algo parecido me ha sucedido a mí –un suave puñetazo amistoso se incrustó en el costado de Kevin cuando Rodri empezó a hablar-. Una montaña humana con ese pelo esponjado tan revuelto es inconfundible.

-Y qué, ¿cómo es que venís a pie? –La cara de Les Paul no escondía su extrañeza.

-Bueno, hace varios días que atravesamos el desierto sin encontrar prácticamente agua. Los caballos no aguantaron, y tuvimos que abandonarlos a medida que se iban desplomando.

-Más que del desierto, parecéis salidos del mismísimo infierno –bromeó Darkcloud, señalando la estación de paso-. Vamos a ver si hay una fuente con la que quitaros toda esa mierda de encima.

-Ni que tuvieseis mucho mejor aspecto vosotros, y eso que se os nota descansados –replicó Pipelare-. De todos modos, agradezco que nos cedáis el primer turno; cuando duermo, sólo sueño con una bañera inmensa y rebosante de agua fresquita.

El nuevo grupo ascendió hasta el porche de entrada de la posada. De cerca, era aún más grimosa; numerosos huecos poblaban la fachada de blanca pintura descascarillada, allí donde la madera podrida no había resistido los embates del viento. Casi todas las ventanas carecían de postigos, y las pocas que aún los conservaban no apostarían gran cosa por su permanencia. La puerta batiente, que daba la bienvenida al viajero, sólo contaba con una de sus hojas; ladeada y medio caída, su único gozne chillaba lastimero con cada ráfaga de aire.

-Sea quien sea el que nos ha traído hasta aquí, no cabe duda de que no ha elegido el hospedaje más confortable –cierto desánimo se escapó de los labios de Bruneliere.

-No me puedo creer que os hayáis convertido en unas nenazas –Les Paul acompañó sus palabras con unas palmaditas en la pétrea espalda del rubicundo-. Siempre había oído que el desierto fortalecía a las personas.

-Sí; cualquiera de nosotros ha dormido en mil sitios peores –agregó Darkcloud-. Por lo menos, los cristales de las ventanas están enteros; en las habitaciones del piso superior estaremos cómodos.

-Una cama… -Valandil no veía la hora de tumbarse en un mullido colchón, harto de pernoctar sobre el duro suelo.

Pese a estar seguros de que no había nadie en las inmediaciones, entraron con recelo. Kevin, por decisión propia, se mantuvo en la puerta, escrutando las cuatro direcciones con sus ojos del color de la miel; nunca se sabía cuándo podía aparecer un invitado no deseado. El resto se dedicó a recorrer todo el edificio, atravesando sigilosamente la cantina para llegar hasta la escalera que conducía al siguiente piso.

El suelo estaba plagado de cristales rotos, y las manchas en ciertos puntos de la madera delataban los lugares en los que las botellas habían perdido su codiciado contenido alcohólico. El enorme espejo situado tras la barra lucía diversos impactos, en forma de estrellas que habían resquebrajado su superficie con círculos concéntricos, y una larga raya lo recorría casi de lado a lado. Las alacenas que lo flanqueaban aún albergaban algunos recipientes intactos en sus estantes más altas, pero ninguno de los pistoleros se permitió pensar en dar un trago hasta comprobar que la zona era segura.

Sortearon los trozos de vidrio y las astillas de madera con cautela, observando las claras señales de una pelea producida tiempo atrás. Valandil y Les Paul se dirigieron hacia una esquina, tras la cual quedaba oculta una parte de la estancia, y los demás subieron al piso de arriba.

-¿Alguna novedad? –Interrogó Les Paul al contemplar a sus amigos de vuelta por las escaleras. Tanto Valandil como él estaban apoyados contra un mueble que, curiosamente, seguía cubierto con una tela para protegerlo del polvo.

-Nadie; este sitio está vacío. Y quitando las tres primeras habitaciones, que parecen haber sido arrasadas por una manada de búfalos desbocados, el resto está en perfectas condiciones para su uso –replicó Darkcloud, quien fue el primero en bajar-. ¿Vosotros habéis descubierto algo?

-Bueno –la sonrisa de Les Paul se giró hacia un costado, buscando la complicidad de Kevin, que observaba la escena con expresión divertida desde la puerta-. Poca cosa… aparte de esto –añadió, levantando la tela de golpe.

-¡Un piano! –exclamó Pipelare, sin ser consciente de que había saltado hacia delante para volcarse sobre aquel contraste de teclas blancas y negras, con un par de agujeros en el extremo derecho.

Todos rieron y aplaudieron mientras una animada melodía fluía de unos dedos que, si bien no recordaban cuándo se produjo su última actuación musical, gozaron tanto como los oídos del público.

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~ por Sir Worth en 23 septiembre, 2008.

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