UNO: A TRAVÉS DEL CAMINO POLVORIENTO

UNO: A TRAVÉS DEL CAMINO POLVORIENTO

 

El viento soplaba seco desde poniente, impactando en las espaldas de las viajeras con una cadencia tan cruel como inflexible, aliándose con el implacable sol de media tarde con agotadoras consecuencias. Incluso para cuerpos duros y curtidos como el de estas cuatro mujeres.

Los caballos apenas levantaban polvo con sus mellados cascos en aquel desértico paraje; su paso era lento, ya que las condiciones no eran idóneas para el más mínimo esfuerzo físico. Así y todo, el cansancio era un compañero de viaje testarudo; si bien en las primeras horas del día desaparecía sin dejar rastro, las acababa alcanzando antes o después, sin cejar en su empeño de formar parte de aquella pequeña expedición.

-Estoy deseando que esa maldita bola de fuego se esconda tras las montañas –gruñó Eugenia, mientras agitaba la pechera de su camiseta con la vana esperanza de que una ligera brizna de aire fresco aliviase la desazón de la canícula-. No sabía que tenía tantos poros por los que sudar.

-Pues aún nos quedarán unas tres horas hasta ese momento –replicó Flor. Se sacó un instante el sombrero y se recogió la larga melena en una cómoda coleta-. Y si he de ser sincera, a este paso no sé si llegaré a ver la noche. ¡Cómo pega!

-Por mucho que os quejéis, no vais a conseguir mejorar la situación –los ojos de Charlie observaron a sus tres compañeras de viaje tras los cristales de sus gafas, entrecerrando los párpados con esa clásica expresión de ironía que la caracterizaba-. A menos que hayáis aprendido algún cántico mágico que sea capaz de provocar un diluvio, os recomiendo que ahorréis fuerzas. No sabemos qué nos puede esperar tras la siguiente loma… y puede que nuestras vidas dependan de nuestra frescura.

-Vale, vale; no volveréis a oírme quejar en todo el día, lo prometo –Eugenia se pasó la mano por la frente, para eliminar algo del sudor que amenazaba con regalarle un picor de ojos de primera. Después, se limpió el dorso en la tela de su camiseta, en la que unas raídas letras, cuyo colorido había sido devorado por el sol y el polvo, formaban una palabra que la evocaba recuerdos de épocas pretéritas y distantes: “Nirvana”.

-Atended bien a sai Charlie –la dulce voz de Olivia Mellow se hizo un hueco sin ser forzada-. Comprendo vuestro hastío; cualquiera lo haría, avanzando hacia un destino incierto, por parajes completamente desconocidos y en los que no nos podemos orientar de modo alguno. Pero podríamos vernos envueltas en una emboscada repentina, o encontrarnos dentro de un angosto cañón en el instante exacto en el que se produjese un alud, o a saber qué.

-Lo que más me molesta, precisamente, es desconocer exactamente donde estamos –Charlie se rascó la cicatriz que lucía en el lado izquierdo de la frente. Había pasado mucho tiempo desde que un breaker la disparó traicioneramente mientras tomaba un trago en una concurrida cantina, y lo que en otro caso hubiese sido una muerte fulminante sólo quedó en una marca gracias a los imprevisibles reflejos de la curtida pistolera. Desde entonces, aquella línea sesgada en trayectoria oblicua la molestaba cuando la temperatura alcanzaba cotas extremas.

-Desde que el mundo comenzó a moverse, se ha ido haciendo más y más difícil orientarse –ahuecándose la palma de la mano para hacer visera, Flor intentó otear el incierto horizonte-. Si bien al principio no se notaba demasiado, ahora no hay quien se aclare. Ni siquiera es fácil caminar por la senda de un Haz…

-Lo único cierto es que seguimos la dirección que nos llegó con aquel extraño mensaje –Olivia pasaba los dedos por las crines de su caballo, peinándoselas toscamente, lo que el animal agradeció con un suave relincho.

Todas guardaron unos instantes de silencio. Varias noches atrás habían sentido algo en sus mentes; como una llamada a través del toque. Ninguna vaciló acerca de si se había producido, o no era más que una mera alucinación colectiva. No; estaban entrenadas para diferenciar un vulgar sueño de una señal enviada por otro miembro afín, de la misma manera en que su aprendizaje las había vuelto certeras con cualquier arma, o las había enseñado a dejarse guiar por la pura intuición en una situación peligrosa, sin permitir al más pequeño pensamiento cruzarse en el único camino hacia la salvación.

Si bien ninguna fue capaz de identificar al autor, no les cabía duda de que era una llamada de otro pistolero; lo sintieron en las vibraciones de aquella voz lejana resonando en sus cabezas. “Seguidme hacia donde el sol se levanta cada mañana” había dicho, y así lo habían hecho. Y no por presentir a un compañero de filas reclamándolas, sino por la angustia subyacente bajo aquellas escuetas palabras. Ni un motivo, ni una explicación.

Cualquier otra persona, si hubiese sido capaz de recibirlo, habría dejado pasar aquel comunicado y continuado con su vida como si tal cosa. Pero ellas tenían un credo que las obligó a ponerse en movimiento, sin necesitar ni pedir aclaraciones; no en vano, eran de las últimas herederas del legado de Arthur Eld. Montaron en sus caballos sin apenas provisiones, y tomaron el camino más recto posible hacia el este, desviándose sólo en las ocasiones en las que la orografía así lo imponía. Y aquel momento parecía perderse en el recuerdo, como si llevasen toda la vida caminando sin cesar.

Enfilaron una ligera pendiente, que fue ganando en inclinación a medida que ascendían sobre los terrones de tierra seca que se deshacían con facilidad, hasta bajo el peso más liviano. A media altura, el cráneo descarnado de una res descansaba apoyado de medio lado sobre una pequeña roca, como si el animal se hubiese tendido para reposar y al despertar se hubiese percatado del masivo hurto de materia orgánica, una de esas extrañas bromas que tanto se dan en la rueda del ka. Las chicas apenas la prestaron atención al pasar a su lado; no proporcionaba ningún dato relevante, así como tampoco entrañaba peligro alguno.

La primera en llegar a la cima fue Eugenia, quien detuvo su corcel y se frotó ambos ojos con brío.

-¿Se te ha metido una mota en esos ojazos, preciosa? Las que usamos gafas tenemos ciertas ventajas en estas situaciones –consiguió decir Charlie, tras soltar una sonora y jocosa carcajada.

-¡Decidme que no es un puto espejismo! –contestó Eugenia, señalando hacia abajo.

Tres pares de ojos siguieron la dirección indicada, para abrirse de par en par al contemplar un pequeño río, que bajaba zigzagueante desde el norte para ensancharse de manera notable justo a sus pies. A ambas orillas de aquel pequeño lago, varios árboles se apretujaban como niños a los que se les reparte golosinas, ávidos por plantar sus raíces en el terreno más húmedo posible. Sobre sus frondosas copas, aves de distintas clases planeaban gozosas, efectuando quiebros inverosímiles para sortear las ramas antes de precipitarse en vertiginosos picados sobre la superficie del agua.

-Podremos darnos un buen baño –Eugenia cerró los ojos y dejó caer la cabeza; la última sesión de higiene corporal parecía un eco de una vida pasada.

-Y renovar el contenido de nuestras garrafas; mi garganta está harta de tanto líquido calentorro –añadió Flor, relamiéndose los labios.

-Si es que aún nos queda algo; la mía está prácticamente vacía –Olivia acompañó sus palabras con unos golpecitos en el lateral de su cantimplora. El sonido que respondió a sus menudos nudillos era lo suficientemente delator.

-Por no hablar de darnos un festín con alimento fresco –sin darse cuenta, Charlie acariciaba la sartén que pendía del costado izquierdo de su silla-. Que hay pájaros, es indiscutible. Y que están pescando, y por ende hay peces, también. Quién sabe, igual hasta cae algún conejo. Y si tropezamos con el árbol adecuado, podremos añadir un poco de fruta a nuestro menú.

Los equinos iniciaron el descenso tan mansos como se habían mostrado durante todo el trayecto, pero en cuanto olisquearon el cristalino embalse natural se lanzaron a una galopada desenfrenada que sus dueñas no intentaron impedir. Ninguna recordaba las palabras de precaución pronunciadas minutos antes.

Llegados al remanso del río, los corceles se adentraron en sus orillas e inclinaron sus nobles testas, dando rienda suelta a un continuo sorbeteo. Las pistoleras echaron pie a tierra e inspeccionaron las lindes del diminuto bosque; si bien el término bosque se le hacía un poco grande a aquella agrupación de árboles, como el niño que se pone la chaqueta de su padre.

-Tenías razón, Charlie; he visto un par de conejos corriendo en aquella dirección –los rápidos reflejos de pistolera de Flor no habían sido tan ágiles como los de aquellos pequeños mamíferos al presentir la presencia humana, así que la joven volvió a introducir el largo cañón de su arma en su funda.

-No te preocupes; ya tendrás ocasión de cazar más tarde. Creo que todas agradeceremos un baño –la ropa de Eugenia ya estaba tirada en la hierba, mientras su propietaria se adentraba en el agua tal y como su madre la había traído al mundo.

-Apruebo la moción –la réplica de Oliva no se limitó a meras palabras, siguiendo a corta distancia a su predecesora.

-Bien; de todas maneras, tanto los caballos como nosotras mismas nos merecemos refrescarnos un poco –añadió Charlie, emulando a sus compañeras-. Intuyo que nos encontramos cerca de nuestro destino, tal vez consigamos llegar mañana allí, sea el lugar que sea y quienquiera que nos esté esperando. Pero será mejor si llegamos descansadas y purificadas por esta agua tan limpia.

-¡Tonta la última! –Fue el grito de Flor antes de propinarle un tremendo empujón a Charlie para lanzarse de cabeza en el tranquilo cauce. Debido a lo inesperado del choque, Charlie perdió el equilibrio y resbaló, dando con sus posaderas en el fondo, lo que no le hizo tanta gracia al haber poca profundidad en las inmediaciones de la orilla.

-¡Ah, canalla! ¡Tú que dices llamarte mi amiga, me pagas con artes traicioneras! ¡Esto es toda una declaración de guerra! Ante esta infamia contra mi egregia persona, mi honor sólo se verá restablecido bajo la justicia del Árbol Charyou.

-¡Char-you, Char-you! –corearon Olivia y Eugenia, a la par que las cuatro se dedicaron a prodigarse en aguadillas y remojones involuntarios, entre risas distendidas. El cansancio y las molestias se habían desmaterializado, como si nunca hubiesen existido, y las mujeres se entregaron a disfrutar de la acuática diversión como si de niñas se tratase.

Llevaban apenas un cuarto de hora chapoteando y bromeando cuando Olivia reparó en la repentina seriedad del rostro de Charlie. Seguía participando de las chanzas del grupo, pero sus ojos recorrían sin descanso la línea de  árboles más próximos a la orilla.

-¿Qué ocurre, Charlie? –Inquirió la más tímida del grupo.

-Psst, calla… me parece que hay alguien oculto tras la maleza.

Todas enmudecieron al punto, y afinaron sus agudos oídos. Era indudable, tras aquellos enhiestos troncos se escondían tres o cuatro individuos. Todas apreciaron los nimios ruidos de pies arrastrándose lentamente a través del canto de los pájaros, entregados a su colorista y monótono arte en las ramas más altas.

-¿Alguna lleva armas encima? –musitó la más veterana, dejándose caer a plomo hasta que sólo su cabeza quedó por encima de la superficie.

-No; y no sabía que te habías vuelto tan recatada como para ocultar tu cuerpo de forma tan vergonzosa –contestó Flor, aunque todas la habían imitado.

-Vaya, vaya, parece que estas preciosas muchachas se han dado cuenta de que estamos aquí, Fly –anunció una grave voz masculina tras el follaje.

Las hojas de unos arbustos comenzaron a oscilar de pronto, de entre las cuales salieron cuatro hombres con un aspecto bastante sucio y descuidado. El pelo, graso a más no poder, estaba pegado a las sienes como si un malévolo albañil hubiese moldeado su siniestro peinado con adobe; las barbas, ralas y desconocedoras de los beneficios del uso de unas buenas tijeras, enmarcaban rostros de adustos rasgos. La ropa no se quedaba atrás, presentando grandes lamparones entre manchas más antiguas que habían pasado a ser parte integrante de las mismas prendas. Y los cuatro iban armados; los del centro exhibían largos cuchillos, con hojas melladas y oxidadas, mientras que los de las esquinas sostenían baas apuntando directamente a las jóvenes.

-¿Breakers? –Susurró Olivia discretamente.

-No lo creo –argumentó Eugenia en el mismo tono-. No exhiben ninguno de sus jodidos siguls. Yo diría que son simples maleantes, aunque no descarto que efectúen encarguitos para los lacayos del Rey Carmesí.

-Son bastante parecidos; supongo que serán hermanos –añadió Flor manteniendo la vista fija al frente.

-Sí que es una suerte para nosotros, Monk –dijo el individuo de la izquierda, que por su edad y sus gestos parecía ser el de la voz cantante-. Creo que esta noche dormiremos calentitos en el catre, ¿no creéis, chicos?

-¡Si piensas que alguna de nosotras se metería por propia voluntad con cerdos en la cama, vete olvidando la idea, mastuerzo! –El timbre de Charlie sonó firme y autoritario, pero la respuesta fue una carcajada general por parte de los asaltantes.

-Mira, nena –respondió el cabecilla, aproximándose hasta la misma orilla agitando con suavidad su baa-, me da en la nariz que nuestros argumentos son bastante más convincentes que los vuestros.

-¿Y si no accedemos? –Los ojos de Eugenia centelleaban, mostrándose tan desafiantes como sus palabras.

-Fly, una contestona –era el hombre de la derecha, el que sostenía la otra baa, el que hablaba-. Creo que se ha ganado una pequeña lección.

El tal Fly sonrió, y sin apenas apuntar disparó la baa. El proyectil produjo un pequeño chapoteo a medio metro escaso de Eugenia, quien ni siquiera parpadeó.

-No te hagas la dura; sé que te ha impresionado notar mi flecha tan cerca de ti. Y que sepas que la próxima no irá al agua, sino que morderá carne. Tengo una puntería buenísima, te conviene no cabrearme. Así que id saliendo, o…

-¿Qué hacemos? Estamos desarmadas –la mirada de Flor buscaba sus revólveres, más allá de la posición ocupada por aquellos hombres.

-Sin pistolas, puede –musitó Charlie-. ¿Desarmadas? Piensa un poco, querida; el lecho del río alberga un inmenso arsenal –dicho lo cual, se alzó de un brinco, un movimiento tan inesperado y fugaz como el primer rayo de una tormenta imprevista.

Sus compañeras comprendieron entonces el por qué de aquella celeridad en sumergirse al notar la presencia de los extraños, y no necesitaron examinar sus manos para ver la izquierda repleta de pequeñas piedras, mientras que la diestra, tan vertiginosa que casi no se podía apreciar su contorno, iba lanzando aquellos pétreos misiles a una velocidad tan brutal como certera. En menos de un segundo, los maleantes habían dejado caer sus armas al sentir un dolor agudísimo en las manos que las sostenían.

-¡Maldita zorra! ¡Ahora verás! –El rostro de Fly estaba desencajado por la ira, y olvidándose de la baa se dispuso a correr hacia Charlie. Pero antes de que los pies pudiesen obedecer el impulso mental de su limitado cerebro, un canto rodado le acertó en mitad del entrecejo, tumbándole de la misma.

-¡Coged a vuestro amigo y largaros cagando ostias! –No sonó a fanfarronada, y menos cuando la siguiente piedra estaba lista para volar desde que la anterior había abandonado la mano de Charlie.

Sin mediar más palabras, los otros tres se aproximaron al caído y le levantaron a duras penas, intentando no hacer caso a los gritos de sus manos magulladas, tras lo cual se alejaron lo más rápido que transportar el peso muerto del inconsciente Fly les permitió. Las chicas vigilaron sus movimientos hasta que sus figuras se perdieron más allá del recodo del río.

-Nos hemos librado de una buena –exhaló finalmente Olivia, dejando que sus músculos se relajasen.

-Sí, pero será mejor no confiar tanto en nuestra suerte. No creo que éstos vuelvan, pero podría haber más –la opinión de Flor encontró tres cabezas asintiendo como respuesta-. Y quizás la siguiente vez no tengamos piedras a nuestra alcance…

-Montaremos guardia por turnos –andando hacia sus ropas, Charlie tiró a un costado la munición que aún tenía en la mano-. Yo haré el primero; aún es pronto para ponerse a buscar qué cenar, así que seguid disfrutando un rato más del agua.

Nunca un silencio contuvo tanta gratitud; mas las risas no tardaron mucho en volver a volar por encima de las tres chicas que continuaban en el agua, remojándose a placer bajo la atenta vigilancia de unos ojos observadores, resguardados tras un par de capas de vidrio graduado.

-Por Gan, daría mi caballo por un buen trago de aguardiente de hierbas –espetó para sí Charlie mientras terminaba de abrocharse la camisa.

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~ por Sir Worth en 22 septiembre, 2008.

Una respuesta to “UNO: A TRAVÉS DEL CAMINO POLVORIENTO”

  1. Hile, pistolero!!!!! Que conste que a pesar de este comienzo amistoso, no vengo en son de paz…..Te llegará en breve una carta de mi abogado por publicar esto en tu blog sin pedirme permiso a mi, que aparezco en esta historia…
     
    Era coña (un dia destos, me gano unas ostias bien dadas….) Me hace ilu que pongas aqui el relato …Eso si,a ver si quienes lo lean dejan comentarios, y eso te anima a escribir una segunda parte….;)   Saludos….

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