EPÍLOGO

 

EPÍLOGO

 

La luz de aquella mañana de sábado conseguía traspasar, a duras penas, los gruesos ventanales de cristal translúcido. Las barrocas lámparas del techo, encendidas durante las veinticuatro horas del día, se encargaban de aportar la luminosidad adecuada para hacer perceptible al ojo humano los objetos, puertas y muebles colocados en sus respectivas localizaciones. Pero aquellos haces no daban sensación alguna de calidez, pese a que las lujosas alfombras, cuadros y mobiliario se esforzaban en intentar compensarlo con todo su poderío. Insuficiente, pero podía ser peor.

Al contrario que en otros lugares similares, las instalaciones se encontraban en un magnífico estado. Nada de oscuras manchas de humedades como siniestros hematomas en unas paredes desconchadas; ni rastro de olores fuertes, de ésos que te obligan a buscar la excusa más burda e inverosímil para salir un momento al exterior y renovar con aire fresco unos pulmones abotargados; ningún grito ni sonido desagradable machacaba los oídos, produciendo angustia y congoja a quienes se cruzasen en medio de su implacable onda expansiva. No; aquel sitio bien podía compararse con un Ritz, con el cartel más cargado de estrellas que el uniforme de un veterano general con cientos de batallas a sus espaldas. Si al doblar una esquina se hubiese dado de bruces con un jeque árabe, Jaime no se habría sorprendido en absoluto de apreciar su suntuosa túnica aleteando al viento durante su caída, si es que alguno de sus enormes y fieros guardaespaldas se hubiese separado lo suficiente de sus compañeros como para dejar hueco suficiente para el paso de una persona hasta su protegido.

El pasillo era largo; Jaime tenía la impresión de que cada día su extensión aumentaba en varios metros, como si estuviese bajo el sortilegio de una hechicera que protegiera el acceso al castillo encantado con sus mágicas e ilusorias artes. Sus pisadas, amortiguadas por los mullidos dibujos extendidos bajo sus pies, seguían la cálida senda hacia la última puerta, ante la cual se detuvo. Permaneció unos segundos allí, quieto, en silencio, hasta que reunió el valor suficiente para levantar una mano y dar un par de golpes fuertes y secos. Al estilo de un importante ejecutivo, pensó mientras carraspeó para aclararse la voz; directo y contundente, pero sin llegar a ser impertinente.

Al otro lado, nadie parecía haber recibido la llamada; o, al menos, ninguna garganta se hizo escuchar a través de la madera para permitir la entrada a aquel visitante de triste aspecto, con los hombros ligeramente caídos y ojos vidriosos. Jaime se dispuso a contar hasta diez para insistir, mas al llegar al cuatro la barrera se abrió de par en par, dejando a la vista una figura pequeña y rechoncha, enfundada en una chaqueta marrón de tweed que no conseguía ocultar una hinchada barriga. La calva cabeza sonrió bajo sus gafas de gorda pasta negra, transformándose sus carrillos en dos globos enormes bajo sus orejas.

-Hola, Jaime; le esperaba más tarde. Pase, por favor –saludó estrechándole la mano, ese gesto tan universal de la cortesía masculina, para franquearle el paso con una inequívoca señal de su brazo.

-Gracias, doctor García –Jaime se dirigió directamente hacia una de las dos butacas colocadas frente al escritorio.

-Supongo que vendrá a que le dé el parte de estas últimas horas –añadió el otro a su vez, ocupando su sitio al lado contrario del mueble-. Y, por favor, llámame Tomás, si no te importa que nos tuteemos. Creo que ya tenemos bastante trato como para ahorrarnos formalismos engorrosos.

-Está bien, Tomás. ¿Se ha producido alguna mejoría?

-No; es más, cada vez está más encerrada en sí misma –comenzó a contar el doctor, prendiendo fuego a su pipa. No es que le encantase fumar en aquel pedazo de madera, pero pensaba que le daba un interesante toque intelectual al que no quería renunciar-. Su mirada sigue perdida, sin reaccionar a los distintos estímulos que hemos intentado provocarle. Estoy seguro de que nos siente, nos ve y nos oye; mas es como si alguien hubiese implantado un filtro en su red neurológica, y la imagen que le llega del mundo está deformada, distorsionada y difuminada. En términos que puedas entender, un caso parecido al autismo; no muestra emociones, más que cuando… -dejó colgada la última frase, bajando la mirada al quedarse callado.

-¿Sigue masturbándose compulsivamente?

-No, ya no; ayer a la tarde la enfermera jefe ordenó inmovilizarla con unas correas a las barras de la cama. Una vez que empezó, cada día iba a más; y el hecho de que esté recluida en una habitación para ella sola no quiere decir que pueda comportarse de cualquier manera. El personal de esta institución psiquiátrica está acostumbrado a soportar golpes, insultos, lloros o desvaríos; pero ver constantemente a una mujer buscando en el pozo cada vez que entran para darle su medicación, asearla o lo que haga falta…

-Entiendo –el ceño de Jaime se frunció, taciturno-. No es lo que más me gusta para ella, pero supongo que es por su bien.

-No sé qué idea tendrás de los sanatorios mentales a partir de lo que hayas visto en la tele, pero esto es diferente. Aquí no verás a enfermos babeantes vagar por el jardín con el culo rebosando mierda; todo lo contrario, están realmente atendidos en todo instante. Lo cual no deja para que se empleen algunos métodos más drásticos cuando la situación lo demanda.

-¿Te has formado ya una opinión acerca de su estado? Me refiero a cuánto calculas que tardará en reponerse.

-Mira, Jaime –Tomás se levantó, encendió de nuevo la pipa al darse cuenta que llevaba un rato apagada y echó a andar hacia la ventana, fijando su vista en el verde césped que rodeaba el edificio-. A lo largo de esta semana he tratado de mostrarme cauto respecto a hacer el más mínimo comentario acerca de una posible recuperación. La hemos sometido a todas las pruebas a nuestra disposición, y créeme si te digo que en otros hospitales no tienen un equipo tan bien surtido como el nuestro. Scanners, tacs craneales, tests de reacción,… por sólo enumerarte unos pocos. Si quieres la lista al completo, estaré encantado de proporcionarte una copia del expediente; no solemos hacerlo, pero siendo amigo de quien eres, creo que puedo concederte tal privilegio siempre que me prometas una total confidencialidad.

-Tranquilo, tu palabra me bastará. Si Alberto dice que eres el mejor del estado en este campo, no andará desencaminado –en la memoria de Jaime se encendió el recuerdo de Alberto Gerrikabeitia, un adinerado compañero de sus correrías de juventud que le había recomendado al doctor García como las mejores manos sobre las que depositar el caso tan delicado. No en vano, estaba en situación de darle un buen consejo, dada la triste experiencia de su hija, una joven con un grave trastorno bipolar que la obligaba a verse internada cada dos por tres-. Déjate de informes, por ahora; ve al grano.

-Como quieras –girándose, Tomás se acercó hasta Jaime para sentarse en la butaca contigua-. Mi opinión sigue siendo la misma que tuve al ver a Elena la primera vez, y creo que su evolución en esta semana no deja lugar a dudas. Siendo todo lo franco que puedo ser, no espero que vuelva a su estado normal nunca. Y dudo de que llegue a mejorar algún día; pero si lo hace, y nada me gustaría más en el mundo, no pienses que se parecerá en lo más mínimo a tu antigua jefa.

-Por Dios, ¿estás seguro? –Los ojos de Jaime dejaron escapar dos pequeñas lágrimas silenciosas.

-En este campo, no existe la seguridad al cien por cien; cada caso es un universo aparte. He asistido a comas profundos que no han durado más de dos días, mientras que ligeras conmociones han llevado a jóvenes fuertes como robles a un estado vegetativo durante largos años. Enfermos con un extenso historial de agresividad a sus espaldas han perdido la mayor parte de su brote psicótico en la primera semana de tratamiento, mientras que personas ligeramente demenciadas han cometido una sangrienta matanza por la menor tontería.

-Por favor –Jaime sólo pudo expresar su súplica con dos palabras, antes de notar su garganta tan cerrada como un túnel derrumbado tras un terremoto.

-Bien; lo siento, pero estoy bastante seguro de ello. Has de entender que en Elena han confluido varios factores que la han atacado por todos los frentes. El alcohol y las pastillas ya eran suficientes como para trastornar a cualquiera, según los datos concluyentes de los análisis de sangre; unidos a la enorme conmoción debida a la caída desde un tercer piso, el daño cerebral es total. Ahora vive en su propio universo paralelo, como demuestran las pocas palabras que suelta de cuando en cuando en medio de sus delirios. Frases totalmente incoherentes.

-La pobre no pudo soportar la presión de la quiebra. Se tiró todo el lunes en su despacho, sin salir de él ni recibir a nadie. A saber qué pensamientos le cruzaron por la cabeza cuando empezó a mezclar aquellos antidepresivos con el whisky; y cuando el guarda la encontró tirada en el parking podía llevar allí tirada varias horas tranquilamente. Si cayó de la ventana por accidente, o… ya sabes, si saltó… ¡por Dios, no quiero ni pensarlo!

El llanto brotó desconsolado, y lo único que pudo hacer Tomás fue ofrecerle su hombro, donde la tela de la chaqueta fue humedeciéndose en aquella búsqueda de vano consuelo. Aquel hombre había perdido cosas muy importantes de su vida: la empresa en la que trabajaba era una de ellas. Pero ser consciente de que una gran amiga, alguien a quien podía considerar prácticamente de la familia, estaba condenada a la locura eterna, era la peor de todas.

 

 

El silencio reinaba en la atmósfera, lógico al ser casi las once de la noche. Hacía rato que las cenas y las últimas medicaciones del día habían sido servidas; se respiraba tranquilidad en el ambiente.

En la habitación doscientos diecisiete, Elena se debatía tendida en su colchón, intentando en vano liberarse de las ligaduras que se mantenían inflexibles en su misión de negarle el movimiento al libre albedrío. Las sábanas habían sido cambiadas una hora antes, pero ya empezaban a empaparse con el sudor del esfuerzo. No aparentaba sentir demasiados dolores, pese a que un grueso vendaje cubría su frente, y el brazo derecho aún tendría que lucir durante una semana más aquella aparatosa escayola. Estaba frenética, fuera de sí, aunque su mirada traspasaba las paredes pintadas en suaves tonos salmón.

En cambio, el sonido del pestillo sí lo percibió, y se quedó quieta al instante. Por la puerta entró un robusto enfermero embutido en su pulcro uniforme blanco, sosteniendo una bandeja metálica y reluciente entre sus manos. Volvió a cerrar la puerta, y depositó la bandeja en la silla destinada para las visitas.

-Buenas noches, bella Elena –anunció, con una sonrisa entre sus dientes.

-Ya has venido; te estaba esperando –el rostro de ella se iluminó como un faro en medio de la tempestad.

Él se desnudó y dejó caer su uniforme al suelo, con indiferencia. La destapó, y desabrochó con suavidad el fresco camisón de raso, dejando al descubierto sus encantos femeninos.

-Te echaba de menos –añadió el sanitario, tumbándose sobre aquel cuerpo que se arqueó para recibirle, mostrándose dispuesto a comenzar.

La cama, un modelo tan caro como elegante, apenas se sacudía con las constantes embestidas de un torso sobre el otro. Ni un miserable chirrido, como los que atruenan en moteles baratos las noches de los fines de semana, quejidos de muelles que sufren su enésimo castigo derivado del sexo más pasional y directo.

No; la estructura se mantenía firme y silenciosa, y las patas apenas oscilaban un ápice. Junto a una de ellas, descansaba un uniforme blanco totalmente arrugado, en el que se veía, prendida de una de las solapas con un imperdible, la chapa identificativa que todo empleado del hospital estaba obligado a lucir siempre a la vista.

En ella, bajo el anagrama de la institución, se leían dos palabras. Koldo Agirregabiria.

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~ por Sir Worth en 22 septiembre, 2008.

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