DOCE: POR FIN (y II)

 

DOCE: POR FIN (y II)

 

Ya eran más de las diez de la tarde, y todo el personal de Industrias Plásticas Mentxaka hacía rato que había abandonado sus puestos. La única luz encendida en todas las instalaciones, aparte de la pequeña oficina acristalada colocada junto a la puerta de entrada para ser usada por Eulalia como recepción de visitas durante el día y por Rodrigo como garita de guarda nocturno, resplandecía mortecina en el despacho de dirección.

Si bien tenía un montón de expedientes y asuntos atrasados sobre la mesa, ninguno era tan urgente como para requerir que Elena se quedase hasta tan tarde; ya se irían solventando con el transcurso de los días.

Tampoco se encontraba ebria, como la aciaga noche del lunes en la que pensaba que todo su universo se hundía a su alrededor, tragado por aquel oscuro gigante de la quiebra oculto tras la esquina más inesperada. No necesitaba evadirse de la realidad, y la ingesta alcohólica matinal había sido metabolizada y depurada por su organismo hacía bastante.

No; el motivo de su prolongada permanencia en su puesto era el nerviosismo. La impaciencia. El ansia. El deseo de que se presentase Koldo en cualquier momento para concluir su peculiar trato la consumía por dentro, al igual que una cerilla es devorada por una luminosa llama tras el intenso y breve roce con la lija adherida al costado de la cajetilla de la que ha sido extraída. Su solo recuerdo la excitaba hasta límites insospechados, algo insólito si lo pensaba bien: no en vano, realmente no había estado con él más que unos pocos minutos. Pero las escenas de sus sueños eran tan veraces como sus efectos, por nula que aparentase ser su conexión con los hechos con los que Elena se iba levantando cada mañana de esa semana.

Sacó su pitillera para extraer un fino y alargado Dunhill. Se sentía tensa, como si llevase días sin fumar y King Kong hubiese dejado caer su descomunal mole sobre su espalda de golpe. Ya fuese por tan espontánea y apremiante necesidad, por el temblequeo de sus dedos o por una absurda casualidad –como la que produjo vida en nuestro planeta, en forma de toscos y primitivos seres unicelulares- el cilindro nicotinoso se escurrió con un estúpido balanceo y se cayó al suelo, rodando hasta detener su avance bajo la mesa. Elena suspiró, y se agachó. Tenía más tabaco, pero desdeñó la opción de abandonar a su suerte a aquel maldito descarriado; aquella droga legal se vendía casi al precio de oro, y bastante derroche era el desperdiciar la propia salud con tan caros clavos para el propio ataúd.

La mano se deslizó, cubriendo terreno a ciegas mientras Elena trataba de evitar que el tirador de uno de los cajones la regalase un parche o un ojo de cristal. El maldito cigarro se resistía a ponerse a tiro; casi podía escuchar su ridícula vocecita, mofándose de su clara incompetencia para recuperar un objeto tan mundano.

-Hola, Elena.

El sonido de aquellas palabras, enfundadas en el tono varonil recordado con tanto deseo, provocó una estampida bajo su pecho. Notó cómo su pulso se aceleró, sintiendo cada una de las alocadas pulsaciones bombeando sangre por su organismo, acalorando su cuerpo por completo. Se olvidó de lo que andaba buscando bajo la mesa y se incorporó, lo que le permitió comprobar que sus pezones habían reaccionado igual que en sus sueños. Allí estaban aquellos malditos hijos de puta, delatando su posición bajo la blusa, pidiendo ser rescatados de una prisión en la que habían sido recluidos involuntariamente.

Allí estaba él, al otro lado del escritorio. Tan atractivo como lo recordaba de aquella noche, con su aspecto pulcro e impoluto, su piel morena brillando a tope para contrastar mejor con la blancura de su radiante sonrisa. Y, por encima de los demás detalles, su mirada. Aquellos ojos la observaban con una expresión que distaba mucho de la indiferencia.

-Hola, Koldo; perdona, no te he oído entrar.

-Ya he visto que estabas concentrada, y tampoco quería asustarte.

-Siéntate, por favor –atisbó a decir Elena, reprimiéndose las ganas de saltar sobre él, colgarse de su atlético cuello y besarle con la mayor de las lujurias-. No sabía cuándo vendrías, pero pensé que no pasaría de esta noche. Casi se podría decir que te esperaba.

-Me imagino –replicó él, acomodándose en la silla. Cruzó las piernas con un gesto que derrochaba elegancia, y que contribuyó a que Elena apreciase el tamaño del bulto atrincherado entre sus ingles-. No es fácil pillar fuera de juego a una chica tan lista como tú.

-Bien, no sé cómo lo has hecho ni me interesa saberlo. El caso es que la perspectiva de esta empresa ha variado radicalmente desde el lunes. Hemos pasado de estar destinados a desaparecer, irremediablemente, a sacar pecho en solitario.

-Eso es lo que me consta. Ya te comenté que era eficiente en extremo; y lo que prometí, cumplido está.

-Los resultados  quedan a la vista. Y ahora me dirás cuál es tu minuta; si no, ¿qué haces aquí?

-En efecto. El trabajo ha de ser remunerado como se merece.

-¿De qué cantidad estamos hablando? –La pregunta la formuló sintiéndose terriblemente fría, hablando del vil metal cuando preferiría ocupar su boca con otros menesteres diametralmente diferentes.

-No quiero dinero.

-Entiendo; entonces, supongo que será un porcentaje de nuestras acciones. Estoy dispuesta a mostrarme generosa contigo, pero tampoco te daré un paquete demasiado importante.

-Tampoco quiero eso –Koldo la cortó, y la cara de Elena dibujó un guiño de incertidumbre.

-Pues no caigo; ¿qué es lo que puedes querer a cambio?

Aguantó casi un minuto sin decir nada, únicamente manteniendo sus ojos fijos en Elena. Ella sintió un súbito calor arrebolándose en sus mejillas; se estaba sonrojando, sin lugar a dudas, pero era incapaz de articular palabra alguna. Por fin, Koldo se levantó y extendió su mano hasta casi rozar la de ella.

-Te quiero a ti.

Apenas sus manos entraron en contacto, una explosión cegó a Elena, dejándola momentáneamente desprovista de cualquier visión. A cambio, percibió un intenso olor en sus fosas nasales; un aroma que no le era desconocido. Azufre.

Recuperó la vista al instante, para verse tumbada sobre una enorme cama muy mullida. Estaba vestida con la misma gasa de sus sueños, y sólo comprobar la roja transparencia sobre sus pechos la excitó a tope. Sus manos y sus pies estaban encadenados a la cabecera y patas metálicas del lecho, con unos grilletes recubiertos de una tela tan suave como la que llevaba puesta.

-¿Qué ha pasado? –Preguntó, girando la cabeza en todas direcciones para buscar la mirada de Koldo.

Intentó soltarse, mas fue en vano. La sensación de verse inmovilizada de aquella guisa la hizo correrse de placer, sin ningún estímulo adicional. Las gotas de sudor perlaban su cuerpo, oscilando con pequeños destellos al reflejar aquella luz difusa de ignota procedencia. Sus tetas ascendían  con una cadencia vertiginosa, desenfrenadas, al compás de aquella trepidante respiración. Y allí, frente a ella, apareció Koldo.

-Vamos; te estaba deseando desde hacía días. No me hagas esperar más, por favor –musitó, sin ocultar lo excitada que estaba-. Tómame –añadió con mucha sensualidad.

-Por supuesto. Pero antes, un último detalle. Cariño, déjame quitarme este absurdo disfraz.

Koldo gesticuló, y sus rasgos se difuminaron. Donde la piel mostraba los efectos de un buen bronceado, pasó a tornarse carmesí, de una tonalidad intensa. Los ojos abandonaron su mirada azul para convertirse en dos brasas ardientes. De ambos lados de su frente, emergieron dos cuernos de buenas proporciones, dignos de pasearse por Pamplona el siete de julio.

-El diablo… -llegó a pronunciar, tras unos segundos de estupor.

-Claro; ¿quién si no conseguiría sacar a flote una empresa que no tenía viabilidad alguna? Necesitabas un milagro… o un buen pacto. Y ahora, lo justo es lo justo; ¿o no dijiste que estabas dispuesta a pagar cualquier precio por lograr salvar tu negocio?

Sin más preámbulos, la criatura que había sido Koldo saltó sobre ella, y la penetró con brío. La sensación fue tan placentera como la había imaginado, y pronto su miedo y rechazo cedieron ante un goce carnal desmesurado. Cada vez que el miembro entraba dentro de ella, las oleadas se sucedían. Y los gritos, de haber podido proferir alguno a través de aquella boca que la besaba incansablemente, no hubiesen sido de terror precisamente. Sus caderas cobraron vida propia, y al llegar al quinto orgasmo se desmayó con una sonrisa en sus labios, escuchando a lo lejos, difuminándose, aquellos gemidos que tanto había esperado para oír. “Eres mía”.

 

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~ por Sir Worth en 19 septiembre, 2008.

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