ONCE: POR FIN

 

ONCE: POR FIN

 

Si hubiese sido preciso describir con una única palabra el estado anímico del personal de Industrias Plásticas Mentxaka, el término adecuado a emplear sería euforia. Apenas una hora después del inicio de la actividad, el número de pedidos había vuelto a experimentar un crecimiento exponencial, saturando cada uno de los departamentos a base de una explosiva combinación de estrés e ímpetu laboral. Si les hubiesen cargado de cadenas, como galeotes condenados a pagar sus viles crímenes a golpe de remo en los tiempos en que la loba romana dominaba Europa y el Mediterráneo, ni lo hubiesen notado.

Aquella mañana de viernes sí se ingirieron unas cuantas copas de champán; antes de salir de casa, Elena se dejó llevar por un impulso y cogió varias botellas de su pequeña y selecta bodega, donde espumosos y caldos de gran valor aguardaban a ser rescatados de su polvoriento olvido para mayor gloria de los paladares en los que aquellos tesoros, procedentes de viñas con maestros enólogos rebosando reputación con razones fundadas, desplegaban sus secretos esplendores a unos pocos elegidos. Y en ninguno de los casos habían sido adquiridos por Elena; todos eran regalos y presentes de cortesía, agasajos por parte de diversas empresas buscando con afán agradar a la propietaria de una firma importante. Y a partir de esa misma mañana, la más grande en el terreno de la fabricación de mangueras de plástico.

Lejos de imaginar una reunión con jerifaltes y peces gordos incapaces de meterse en una talla medianamente normal de pantalón, en la pequeña celebración sólo se contaban tres personas: la propia Elena; Jaime, el genial mago de los números y las cuentas; y la eficaz y diligente Marta, a punto de cambiar de puesto gracias a un suculento ascenso.

-Bebed, chicos, que hay más –sirviendo las copas hasta conseguir que rebosasen, Elena era incapaz de controlarse-. Esto hay que celebrarlo.

-Lo siento, pero o dejo de beber ahora o tendréis que llevarme a casa rodando –la mirada chisposa de Marta confirmaba que había llegado al umbral que separaba con una delgada línea, tan fina como el filo de un cuchillo jamonero, el puntito gracioso del pestuzo bochornoso-. No estoy habituada a tomar alcohol con frecuencia, y ya se sabe lo que ocurre cuando se hacen excesos.

-Vamos, no seas aguafiestas –soltó Jaime antes de arrebatarle la copa a la tambaleante joven para hacer desaparecer su contenido de un trago-. Un día es un día, y el motivo de esta pequeña fiesta no es moco de pavo. Además, nuestra más eficiente espía no ha de mostrarse tan recatada; ¿quién si no ha averiguado que Comanpla se ha ido a pique, junto a sus contenedores hundidos?

-¿Dónde están las llaves, matarile-rile-rile? –Pese a no haber contado nunca con grandes dotes para la canción, el alcohol le había conferido a Elena ese matiz que torna gracioso a quien no lo intenta ser.

-Han perdido su última baza, y los clientes que ayer retornaron bajo sus alas les han mandado a tomar por saco, para volver con nosotros. Estamos más que salvados.

-…En el fondo del mar, matarile-rile-ro.

-Si bien nos veremos obligados a variar ciertos puntos de esta ilustre casa, para evitar una recaída dentro de varios meses.

-…Ahora que vamos despacio…

-¿Recaída?

-…Ahora que vamos despacio…

-Sí; ¿quién nos asegura que tras un año no se monta un nuevo negocio que nos haga sombra, y volvamos a estar en las mismas cuando le salgan dos o tres émulos?

-…Vamos a contar mentiras…

-Por ello, será necesaria una ligera reestructuración. Optimizar costes y cosas de ese estilo. Pero ya nos pondremos a pensar en ello mañana… o pasado. ¿Quién quiere otra copita?

 

 

La carretilla elevadora se detuvo en seco junto a la puerta del lavabo. Con bastante enojo, Igor se bajó del asiento para echar la primera meada en lo que llevaba de mañana. No había podido parar ni para su pequeño tentempié, y eso le hacía estar de muy mala leche; el mayor agujero negro del universo se hallaba en su mismo estómago, rugiendo por ver insatisfechas sus necesidades de siempre, demandando la atención debida como el déspota tirano que gobierna con mano firme a los temblorosos habitantes de cualquier república bananera. Pero ni para llevarse algo a la boca se había tomado Igor un descanso, y tan sólo cuando la vejiga lanzó una alarmante señal de peligro de explosión hizo un paréntesis en su labor.

Camiones yendo y viniendo sin cesar, como si el fin del mundo estuviese demasiado cercano y la gente estuviese haciendo un acopio exagerado de provisiones de todo tipo para poder encarar la desgracia lo mejor posible. O, sin ir más lejos, igual que las estanterías de los supermercados eran devastadas por las hordas de consumidores tras anunciarse una huelga de transporte. En el tiempo en que Igor llevaba en Mentxaka, jamás había sufrido un ritmo así; y eso que sus dos compañeros de almacén se habían reincorporado prematuramente a sus puestos, al ser reclamados con urgencia y desesperación para poder afrontar el aluvión de movimiento que una única persona era incapaz de dar salida.

La cisterna aún ronroneaba tras de sí al cerrar la puerta, y el orondo almacenero no se percató de que llevaba bajada la bragueta hasta que el inalámbrico guardado en su bolsillo sonó con pesada insistencia.

-¡Almacén! –Consiguió farfullar mientras se subía la cremallera, sujetando el teléfono con el hombro.

-¿Ha llegado ya el camión con la mercancía de Gertisa? –la voz de Manuel sonaba apremiante.

-Sí, hace un rato… unos diez minutos.

-¡Joder! ¿No te había dicho que me avisases cuando estuviese aquí? ¡Necesitamos esos rollos como agua de mayo!

-Se me ha pasado; tenemos un trajín que ni te cuento.

-No hace falta, por aquí no es que andemos con los brazos cruzados. ¡Venga, trae esos palets cuanto antes!

-Espera un poco, que tengo un camión a medio cargar.

-¡Que se joda y aguante un poco! O vienes con esos palets, o paramos la cadena de producción. ¡Venga, deprisa!

Murmurando por lo bajines, Igor le hizo al chofer una señal con la mano para que aguardase un momento. Si cualquier otro le hubiese hablado con esos aires, el cuerno sería el lugar más cercano al que se habría visto remitido. Pero si Manuel, un tipo majo y tranquilo por costumbre, estaba tan fuera de sus casillas, era por razones de peso.

Haciendo uso de la gran habilidad adquirida en su anterior empleo, una empresa de transporte marítimo donde el manejo de la máquina implicaba maniobras bastante más complicadas que menear palets y bultos de tamaño normal, enganchó con un movimiento dos de los seis que debía transportar hasta la otra sección. Con el de delante bailando precariamente en el borde de las uñas, la carretilla desapareció a todo gas entre los largueros metálicos de ocho metros altura.

 

 

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~ por Sir Worth en 18 septiembre, 2008.

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