ONCE: DESATAD A WILLY

 

ONCE: DESATAD A WILLY

 

No quería moverse. Sí, estaba harta de tan absurdas caminatas en paños menores todas las noches; pero, por otro lado, Elena se pasaba buena parte del día deseando que llegara el momento de encontrarse otra vez con Koldo, aunque sólo fuese en sueños. Tal era la pasión y el deseo que la despertaba  su recuerdo, que pronto se olvidó de sus pocas ganas de andar y emprendió la marcha. No estaba corriendo, pero poco faltaba; necesitaba tocarle y sentir sus manos acariciándola. Y ya no se contentaba sólo con eso.

El olor a azufre y la explosión de luz pasaron prácticamente desapercibidos. Allí estaba Koldo, de espaldas a ella. Llevaba un pantalón vaquero, de ésos que tienen peto y tirantes, tan típicos de los campesinos de las películas americanas. Los músculos de su dorso resaltaban poderosos bajo aquella luminiscencia difusa, y Elena tuvo que hacer un esfuerzo importante para no saltar sobre él y comerle a besos.

-Ah, ya estás aquí, preciosa –comentó, mostrándose sorprendido de su presencia.

-Ya; como si no estuvieses esperándome, sabedor de que iba a venir como cada noche.

-Bueno, es una forma de decirlo –añadió antes de hacerse a un lado. Su mano señalaba un pequeño tallo que emergía de entre la junta de dos baldosas. Era diminuto, pero crecía sensiblemente a cada instante-. Mira lo que tenemos aquí; parece que no hemos erradicado las malas hierbas del todo. Alguna semillita malvada se ha dejado caer en el sitio oportuno, y este brote es más fuerte de lo habitual. Si no lo quitamos pronto, no tardará mucho en volver a hacerse grande.

-Y nosotros no queremos eso –la voz de Elena no pudo enmascarar su visceral ansia.

-¡Bravo! Veo que vas pensando igual que yo, y me gusta. Veamos qué hacer –expuso él, justo antes de llevarse dos dedos de una mano a la boca para soltar un silbido tan potente que hubiese sido capaz de resquebrajar la cristalería de toda Bohemia.

Elena miró en todas direcciones; era innegable que era una señal, una forma de llamar a alguien. Pero nadie aparecía, aunque Koldo no aparentaba estar nervioso o desasosegado.

-Tranquila, ya viene –era como si le hubiese leído el pensamiento.

-¿Quién viene? Yo no veo a nadie –perpleja, Elena se preguntó si no la estaría tomando el pelo.

Un sonido lejano, apenas audible, fue cobrando intensidad. Fuese quien fuese, el reclamado por Koldo se aproximaba a una velocidad muy alta. Pero no parecía el ruido de unas pisadas humanas.

-Hola, Willy –saludó Koldo.

Sin saber si pensar si se había vuelto loco y le había dado por empezar a hablar solo, Elena le iba a preguntar si la estaba tomando el pelo cuando Willy se plantó frente a Koldo, tan rápido como si se hubiese materializado del aire, producto de un sortilegio. Era un rottweiller negro como el ébano, con el tamaño de un mastín del pirineo, destilando potencia pos cada uno de sus pelos. Acababa de venir de una carrera vertiginosa, y ni un jadeo escapó de su boca, como si no hubiese hecho ningún esfuerzo.

-Es la hora del paseo, Willy. Tienes que hacer tus cosas antes de volver a casa; ¿no querrás que me enfade si me meas en el felpudo, verdad? Hala, sé buen chico y haz pipí.

La masiva cabeza se ladeó ligeramente, para permitir a unos ojos opacos observar a la mujer semidesnuda que le miraba con cierto temor. Elena no dejaba de pensar que semejante monstruo podía ser perfectamente capaz de partirla en dos con un movimiento de los brutales músculos que accionaban la prominente mandíbula, y no le haría gracia verle acercarse hasta su posición.

Para su tranquilidad, Willy hizo caso omiso de la humana para plantar su hocico contra el suelo, olisqueando millones de aromas con su finísimo olfato. Echó a andar en círculos, hasta quedarse al lado del brote; el tallo parecía ridículo, comparado con el perrazo que resoplaba en sus raíces. Y de pronto, sin más, avanzó un paso, levantó la pata trasera y regó a la única superviviente de la deforestación Koldiana con un orín de un amarillo tan intenso como su olor.

Al producirse el contacto del líquido con el vegetal, un chisporroteo acompañó a unas volutas de humo que salieron del tallo. Elena comprobó cómo la planta se agostaba y se inclinaba sobre sí misma, retorciéndose hasta quedar consumida por completo.

-¡Buen chico! –Las palmaditas en la cabeza del can eran fuertes, pero el animal parecía agradecerlas, contento por lograr la satisfacción de su dueño-. Y ahora, a casa.

Willy desapareció, dejando un estampido tras de sí al romper la barrera del sonido. Elena, apenas repuesta del efecto de la meada, quedó anonadada con tal celeridad.

-No me habías dicho que tuvieses perro.

-Tampoco me lo has preguntado –Koldo se metió las manos en los bolsillos de su pantalón-. Bueno, creo que ya puedo dar por concluido mi trabajo. No hay motivos para que nuestra planta vea amenazado su crecimiento, y apuesto a que su futuro va a ser grandioso.

-Me imagino que ahora me dirás qué es lo que quieres a cambio –sin ningún disimulo, Elena deslizó los tirantes de sus hombros. La gasa roja fue resbalando por su cuerpo, hasta llegar al suelo. Desnuda, sacó pecho, ofreciéndolos claramente.

-No, aún no. Quiero que mañana llegues a tu despacho y compruebes que realmente se ha solucionado todo. Entonces hablaremos de mi minuta.

Quieto. Él se había quedado quieto. Una vez se hubo callado, permaneció en la misma posición. Allí se encontraba ella, Elena Mentxaka, tal y como su madre la trajo al mundo, luciendo un cuerpo hermoso y atractivo, deseosa de ser tomada por aquel hombre. Pero aquella noche no daba muestras de intentar tocarla. No podía más.

Desesperada, Elena se lanzó sobre Koldo con todo su ímpetu. Se colgó de su cuello y le besó; él abrió la boca, y permitió que la lengua de Elena recorriese su paladar, sus dientes y sus labios. Mientras, ella le cogió una mano y la posó en una de sus tetas, justo sobre un pezón duro como un punzón de acero, ardiente como un incendio.

Elena se notaba más cachonda y excitada que nunca, y sin pensárselo le soltó los tirantes y le bajó el pantalón hasta la cintura. Asió con fuerza el inmenso pene que la llamaba desde la entrepierna, notando cómo aún continuaba creciendo bajo su presión.

-Te deseo, Koldo –le susurró al oído-. Tengo mucha hambre de ti, necesito que me tomes ahora mismo.

-Cada cosa a su tiempo, preciosa –respondió él.

Allí estaba Elena, desnuda y sudorosa en su cama. Se había quedado con muchas ganas, y se entregó a una masturbación que, si bien era placentera, no la llenaba como deseaba. Ella quería notar dentro de sí el miembro de Koldo, por lo que sus dedos le sirvieron de triste consuelo. Aún así, no pudo parar hasta lograr tres orgasmos seguidos, y no reprimió ni uno solo de los estridentes gritos de placer que sus pulmones exhalaron al aire. Estuvo tentada de continuar, mas pensó que cuanto más demorase su llegada al trabajo, más tarde estaría con Koldo. Y ése era el premio gordo; el de consolación no era nada a su lado.

Fue a todo correr al baño, y antes de entrar para poder mear encendió la radio. Mientras escuchaba las noticias con un chorro sonoro bajo sus posaderas, y la alarma del despertador sonando a lo lejos, no pudo reprimir un ataque de risa.

Tuvo que esperar diez minutos para sentir la alegría más intensa de los últimos años. Un hombre de voz cavernosa narraba los hechos acaecidos en el Mediterráneo, asegurando que lo que iba a decir era verdad, por ridículo que pareciese. Un barco porta contenedores había zozobrado a unos diez kilómetros del puerto de Barcelona, yéndose a pique en pocos minutos con toda su carga.

La tripulación había conseguido ponerse a salvo en un bote salvavidas, de donde los había rescatado una embarcación de Salvamento Marítimo. Sus testimonios eran unánimes y rotundos: una inmensa ballena les había embestido, abriendo una brecha irreparable. A consecuencia del impacto, algunos contenedores habían caído al agua de la misma; curiosamente, se mantuvieron a flote más tiempo que el propio buque, mortalmente herido por una vía de agua que le precipitó hacia lo más profundo.

Eufórica, Elena lanzó la radio contra la pared; el aparato enmudeció en el acto, mostrando sus tripas al mundo.

No era necesario que nadie le dijese de quiénes eran algunos de los contenedores que Poseidón y Neptuno usarían para dar cobijo a varios de sus hijos…

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~ por Sir Worth en 17 septiembre, 2008.

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