NUEVE: UNA VIEJA CANCIÓN DE LOS ROLLING

 

NUEVE: UNA VIEJA CANCIÓN DE LOS ROLLING

 

Se negó a acelerar el paso; y, mucho menos, a ponerse a correr como una colegiala en pos de un autógrafo del típico producto discográfico diseñado para alborotar a las adolescentes. Ya sabía lo que iba a encontrar, y no le cabía duda de que la estaba esperando. Pues que se jodiese; no tenía ganas de andar como una loca, ya lo había hecho la última noche. No era por el cansancio: es difícil agotarse al soñar. Pero su intención no era, ni mucho menos, la de agitarse en vano.

Mientras alternaba un pie con el otro, Elena dedicó unos cuantos minutos a examinar más detenidamente la gasa roja que la cubría mínimamente. Desde luego, el confeccionista se había lucido con la prenda, ya que resaltaba todos los rasgos femeninos hasta su máxima expresión; e incluso pensó que parecía que se lo habían hecho a medida. Le sentaba de miedo. ¿Pero a qué venía materializarse en su propio sueño con ropa que parecía sacada de la fantasía sexual de un hombre? Elena nunca se había imaginado a sí misma de semejante guisa. Y se preocupó al notarse excitada y anhelante del previsible encuentro con Koldo.

Más previsora gracias a la experiencia, la explosión de luz no consiguió cegarla al tener sus ojos tapados con una mano. Por ello, tardó bastante menos en acostumbrarse al abismal salto de las tinieblas a la claridad. Cuando se sintió preparada, descubrió su cara y buscó con su mirada.

Allí estaba el árbol de Comanpla, solitario sin sus escoltas; como un extraño Gólgota, donde sólo hubiese sido crucificado Cristo sin la compañía de los dos ladrones. Colgado de una cuerda que pendía de lo más alto de la copa, Koldo se columpiaba sujetándose con un brazo; el otro lo necesitaba para evitar que su tiesto cayese al suelo.

-¡Oh, ha llegado la dama de mis sueños! –Su cara se convirtió en una mueca digna de un sátiro.

-Creo que, en este caso, el sueño es mío –replicó Elena al instante, sin disimular un ligero matiz de molestia en su voz.

-Vamos, vamos; no te pongas así. Ya te dije que tenía mis métodos, y has podido comprobar su alto grado de efectividad –de un salto, Koldo aterrizó a medio camino entre Elena y el propio árbol con una acrobacia que hubiese dejado patidifusos a todos los trapecistas circenses; y todo ello, manteniendo la maceta en una sorprendente verticalidad-. Dime, si no, por qué está nuestra planta tan hermosa.

La había depositado en el suelo, y de un vistazo Elena pudo constatar la mejoría en el ente vegetal; había crecido tanto que ya pedía un transplante a un tiesto mayor. Hasta creyó oír el crujido que el roce de las raíces producía al moverse lentamente contra el barro cocido de la vasija, alargándose un milímetro tras otro. Aún no podía llamársele árbol, pero andaba cerca de la denominación de arbusto. Incluso ya se apreciaban pequeños frutos en su parte superior. Como no, se trataba de diminutos rollos de manguera.

-Ya casi hemos acabado nuestra labor de jardinería, bella dama; tan sólo resta eliminar el escollo más gordo.

-¿Y qué va a ser esta vez? ¿Una motosierra? ¿O mejor un bote de gasolina, para calentar este patio tan lóbrego?

-Querida  doncella, no puedo creer que tengas frío –añadió él, girándose para dirigirse al árbol que aguardaba, silencioso, la mano de su verdugo-. Aquí gozamos de una temperatura magnífica, y lo digo yo, friolero como pocos. Y no, no voy a emplear ésos métodos; no están mal, pero prefiero usar otro más… ¿Cómo lo diría? Refinado.

Exhalando un hondo suspiro, Elena le vio agarrar el extremo de la cuerda del que había estado colgado y tirar de él mientras rodeaba el grueso tronco. Casi cuando estaba a punto de desaparecer de su campo visual, Koldo se agachó ligeramente y se puso a atar el cabo a algo; a qué, no lo podía saber. Entre nudo y nudo, el afanado jardinero silbaba entre dientes la melodía de una canción. A Elena le sonaba muchísimo, sabía que era un tema muy conocido con unos cuantos años, pero no recordaba ni su título ni el intérprete.

-¡Vamos allá! –gritó Koldo antes de desaparecer detrás del árbol de un brinco.

Un traqueteo atronador irrumpió en el aire, y Elena no pudo más que dejar su boca abierta al contemplar el enorme tractor que estaba saliendo lentamente a escena. En su parte trasera, la cuerda se cruzaba sobre sí misma en torno a un grueso perno. Y tenía pinta de ser muy sólido.

Con un alarido triunfal, Koldo maniobró de forma que el morro del tractor describiese un giro de ciento ochenta grados, y entonces pisó el acelerador a fondo. Un rugido ensordecedor precedió a una densa columna de humo que escapaba del colosal tubo de escape, y Elena no tuvo más remedio que llevarse la mano a las orejas y tapárselas. Era peor que estar frente a los bafles de los Manowar en medio de un infernal acople con los que el popular cuarteto de heavy metal acostumbraba a castigar los oídos de sus fans.

El pesado vehículo cobró mayor velocidad a medida que avanzaba, hasta que la cuerda se tensó. Por unos segundos, parecía que el árbol iba a aguantar la tremenda fuerza de arrastre; pero un chasquido reverberó bajo los pies de Elena cuando fue desarraigado de un tirón. Como poseído por un loco frenesí, Koldo siguió avanzando, arrastrando el tronco detrás de sí y dejando un inconfundible rastro de mangueras maltrechas.

Atónita, Elena le perdió de vista. Tras unos minutos, dos o tres a lo sumo, dejó de percibir el estruendo. No podía creer lo que sus ojos le decían que había ocurrido, y menos aún que Koldo desapareciese tan rápido. El hecho de pensar en él la excitó, y bajó la vista al sentir cómo sus pezones se endurecían y se ponían tiesos. Ahí estaban, empujando hacia delante la gasa, reclamando mayor atención.

Dos manos aparecieron desde detrás y apretaron ambos pechos. Elena soltó un prolongado gemido de placer y se echó hacia atrás, arqueando su cuerpo para aumentar la presión sobre sus tetas. Un nuevo gemido fue sofocado al besarla Koldo, obligándola a girar su cabeza. Los brazos de Elena danzaron en el aire y sus dedos buscaron el culo de él, y cuando sus manos lo encontraron lo atrajo hacia ella con fuerza. Notaba un bulto grande, caliente y palpitante contra sus lumbares, y continuó besándole al frotarse contra él.

Una de las manos de Koldo fue deslizándose hacia abajo, y comenzó a acariciar la zona de la gasa que cubría la entrepierna de Elena. Ella se notaba frenética, y sintió que sus caderas cobraban vida propia, agitándose en un movimiento longitudinal y rítmico.

-¿Te gusta? –Le dijo la voz de Koldo, dulce, melosa, excitante y sensual, junto a la oreja, justo antes de mordisquearle el lóbulo; un nuevo estallido de placer se desató  en Elena.

-Sí; no quiero que pares, ¡sigue! –El grito de Elena resonó en su propio cuarto, despertándola. Aún jadeaba, y el pelo estaba pegado a sus sienes por efecto del copioso sudor. Sus pezones seguían tiesos como escarpias, y comprobó que abajo la situación era la de un submarino en el que han abierto una vía de agua. El roce de sus dedos la estremeció de arriba abajo, y Elena se dio rienda suelta a una masturbación compulsiva. El goce era extremo, y cuando llegó al orgasmo tras un breve paseo digital en torno al clítoris y sus cercanías mordió la almohada para sofocar su grito. Aunque vivía sola, fue un gesto reflejo de cuando no era más que una quinceañera y se dejaba llevar por la llamada de la carne tirada en su cuarto, esperando ver aparecer en cualquier momento a su madre para decirle que ya tenía la cena lista.

Una vez dándose por satisfecha, rodó por la cama hasta alcanzar el despertador. Eran casi las siete, y desconectó la alarma. Si seguía así, pronto le sería innecesario, ya que amanecía a una hora temprana y de bastante mejor humor que cuando el maldito trasto la sacaba de su reposo con su desagradable sonido.

Como las secuelas de un terremoto, pequeñas sacudidas de placer la recorrían a cada paso de camino a la ducha. Dejó caer el agua muy caliente, y disfrutó cada gota pasando sobre su piel. No pudo reprimirse las ganas, y volvió a masturbarse con tanto brío que hubo de agarrarse al grifo para no caer; las piernas se habían vuelto de goma en un instante.

Cuando creyó que ya tenía suficiente, salió sin secarse y se sentó frente al televisor. No tuvo que aguardar demasiado para ver lo que esperaba. Un camión cisterna, que llevaba un producto inflamable y corrosivo, se había salido de la carretera al perder el control el chofer a cuenta de un reventón en una de las ruedas gemelas de la tractora. Efectuó varias eses antes de atravesar la verja donde Comanpla se alzaba en las cercanías de Amurrio, y enfiló hacia unos altos tanques que servían de silos para otros productos también inflamables y corrosivos. La consecuencia lógica: ¡pum! Todas las instalaciones a la mierda. Por increíble que pareciese, el conductor había logrado mantener la sangre fría y saltar de la cabina ante lo inminente e irremediable del choque, resultando ileso. El hombre salía contento en la pantalla de la televisión, mostrando unas pocas magulladuras.

De un extraño buen humor, Elena desayunó con tranquilidad. Después, se vistió con lo primero que pilló en el armario, y salió a la calle. Allí, su A6 esperaba a su paseo matutino.

Inmersa en el tráfico, Elena se dio cuenta que llevaba un rato conduciendo sin música, y encendió el radio-cd. Inconscientemente, buscó unos segundos por el dial hasta dar con una emisora de su gusto, con la apoteosis del final de “Stairway to heaven” de los maravillosos Led Zeppelín a todo volumen. La canción se fue desvaneciendo, seguramente por obra del tío que estuviese pinchando en algún sitio a varios cientos de kilómetros, y mientras una melodía moría, otra comenzaba su andadura. Los dedos de Elena tamborilearon en el volante, al ritmo de “Sympathy for the devil”, de los Rolling Stones, y al punto sintió el impulso de echarse a la cuneta y frenar de golpe, entre los pitidos de los enfadados automovilistas que venían tras ella.

Era la canción que estaba silbando Koldo en su sueño, y tuvo que esperar un par de minutos antes de que su pulso se tranquilizase y pudiese reincorporarse a la circulación.

 

 

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~ por Sir Worth en 15 septiembre, 2008.

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