OCHO: REFLOTANDO EL BARCO HUNDIDO

 

OCHO: REFLOTANDO EL BARCO HUNDIDO

 

Aquella mañana de miércoles parecía que los dioses que gobernaban los caprichosos cielos habían decidido disminuir la fiereza del temporal; pero aún así, un constante sirimiri continuaba regando la tierra.

Sin preocuparse por estar empapándose a causa de la lluvia conocida como “calabobos”, Elena recorrió parsimoniosa la distancia que mediaba entre su coche y la puerta de entrada al edificio de oficinas. Al contrario de lo que había supuesto dos días antes, estaba a mitad de semana y se encontraba de muy buen humor. Más aún, se sentía viva, renacida como aquel que escapa por los pelos de una muerte segura. Preveía que el curso de la empresa iba a dar en las horas siguientes un giro poderoso que les devolvería al rumbo adecuado.

Entró y se sacudió el pelo, tal y como un chiquillo que acaba de ser metido en casa por su madre, enfadada al verle saltar de charco en charco bajo un aguacero. Eulalia, la recepcionista, mostró una clara expresión de sorpresa al observar un comportamiento tan inusual, hecho que hizo brotar una radiante sonrisa en la luminosa cara de Elena.

-Buenos días, señorita Mentxaka.

-Buenos días, Eulalia.

A Elena le había surgido el impulso de espetarle un directo “hola, jodida vieja avinagrada, a ver si te echan un buen polvo y pones mejor cara”, pero se reprimió. Se asombró de tales pensamientos; no eran propios de ella. “Debo estar volviéndome majara perdida con toda esta tensión” pensó, y siguió su habitual ronda de saludos a lo largo de cada uno de los departamentos.

Cuando por fin concluyó con su ritual matinal, se metió en su despacho y se dejó caer en su mullido sillón. En vez de concentrarse en el agujero en el que estaba metida la empresa, dejó vagar su imaginación a sus anchas, algo totalmente impensable para cualquiera que la conociese. Unos golpes suaves en la puerta la sacaron de su ensimismamiento.

-Pase –contestó, recuperando una postura un poco más formal contra el respaldo.

Esperaba ver aparecer a Jaime, preguntándola a ver si se había enterado del incidente de Manresina, al igual que había hecho la mañana anterior con Caplasa. En vez de su cabeza luciendo una incipiente deforestación en la coronilla, fue la sombría cara de Marta la que hizo acto de presencia.

-Hola, Marta; ¿qué te trae por aquí?

-Verás, Elena –replicó la secretaria del departamento comercial-. ¿Cómo te lo diría yo? Es por lo que comentamos ayer al tomar café; no has convocado a la gente a una reunión general.

Se había olvidado por completo. Mientras compartía con Jaime y la propia Marta los beneficios y placeres de la segunda materia prima que más divisas producía en el mundo –sólo por detrás del petróleo-, la eficiente administrativa la había confirmado sus sospechas acerca de la difusión de la situación de la empresa entre la totalidad de la plantilla. Alguien había cazado las palabras justas al vuelo, y el rumor se había extendido como un reguero de pólvora.

Elena no sólo no lo había negado, sino que además la dio ciertos detalles ayudada por pequeños matices aportados por Jaime. Tras varios minutos de conversación, Marta la convenció para que reuniese a todo el personal de Industrias Plásticas Mentxaka a la mañana siguiente y les pusiese al corriente. Era mejor que se enterasen por boca de la propia Elena de las opciones que había, y que se preparasen para lo que ocurriese al final, antes de que el malestar se generalizase entre los empleados.

La idea le había parecido a Elena la forma de actuar más correcta y leal para con sus asalariados, y le prometió a Marta que lo haría al día siguiente. Iría departamento por departamento, y junto con su saludo les iría convocando para una reunión en la que lo expondría todo.

Pero la mañana del miércoles había llegado, y la propuesta de Marta había caído al pozo del olvido. Ya por el estado de ánimo de Elena, por la agradable reminiscencia del segundo sueño con Koldo o por la destrucción de otro de sus rivales.

-Tienes toda la razón, Marta –consiguió decir por fin-, pero esta noche ha pasado algo que puede ser decisivo en nuestro futuro inmediato.

-¿El qué, si se puede saber? –Marta tenía un cierto aire ofendido, como quien se siente engañado por quien más confía.

-Parece que no te has enterado de las inundaciones sufridas en La Rioja.

-No; hoy no me ha dado tiempo a escuchar la radio. Anoche estaba tan nerviosa por lo que estuvimos comentando ayer que me desvelé, y he estado dando vueltas en la cama hasta las tantas. Acabé cogiendo el sueño, pero esta mañana me he dormido; así que me he aseado a todo correr y me he venido sin desayunar ni nada.

-Ah, eso sí que no –levantándose con la agilidad de una gacela, Elena se situó junto a Marta y le puso una mano sobre el hombro-. No puedo consentir que una persona tan valiosa para esta empresa pase una mala mañana porque el estómago no la deja concentrarse. Vamos.

-¿A dónde? –Marta formuló su pregunta mientras se ponía de pie, extrañada.

-A tomar un buen café y un bollo bien gordo. Yo invito. Y entre sorbo y sorbo, te cuento lo que ha pasado.

Salieron juntas del despacho, encontrándose con Jaime frente a la puerta del departamento comercial. Elena repitió su convite, mas el responsable del departamento financiero lo rehusó con cortesía; era demasiado pronto para él.

Aprovechando la pequeña reunión, Marta se excusó para ir a coger su bolso de su mesa. Como no quería hacer esperar a Elena, se limitó a agarrarlo por las asas y se volvió de la misma. Si se hubiese fijado en la pantalla de su ordenador, habría observado que tenía trece pedidos en su bandeja de entrada. Algunos mayores que otros, pero la suma total de los importes era bastante más elevada que la del día anterior. Mucho más.

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~ por Sir Worth en 11 septiembre, 2008.

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