SEIS: DESPUÉS DE LA TEMPESTAD

 

SEIS: DESPUÉS DE LA TEMPESTAD

 

Lo primero que hizo Elena al entrar en su despacho, tras la habitual ronda de saludos por todos los departamentos, fue sentarse en su silla y llamar al gerente de Caplasa, con quien mantenía cierta amistad pese a pertenecer ambos a empresas rivales en el mismo sector.

La conversación fue breve y escueta. Por decirlo en pocas palabras, Caplasa iba a pasar a la historia; en la póliza del seguro no se incluían indemnizaciones por desastres naturales. El afán de reducir gastos por todas partes había inducido a los directivos de la empresa cántabra a rechazar ciertas cláusulas, para conseguir que la prima anual fuese lo más barata posible. Pero quién iba a pensar que algo de semejante magnitud podría ocurrir.

Bastante más despejada que cuando supo de la noticia, Elena prácticamente había desechado cualquier relación entre su extraño sueño con lo acaecido en Caplasa. Simple coincidencia.

-¿Se puede? –Preguntó la voz de Jaime, el jefe contable, tras un par de golpecitos en la puerta entreabierta.

-Que yo sepa, no te he incluido en mi lista negra… por ahora –fue la respuesta burlona de Elena. No en vano, la seriedad de la empresa se mantenía por el buen ambiente reinante entre casi todos los miembros del personal.

-Supongo que te habrás enterado del asunto del día –Jaime pronunció estas palabras mientras se dejaba caer en una de las cómodas sillas, con elegante tapicería de cuero negro, situadas frente al escritorio.

-Sí, lo he visto en el telediario matinal.

-Tienes mala cara; ¿has dormido mal?

-Un poco; he tenido una especie de pesadilla, aunque no es la palabra exacta para definir mi sueño. Supongo que es por el cansancio; anoche me quedé hasta tarde, dándole vueltas a nuestro fututo inmediato –una sarcástica sonrisa transformó el rostro de Elena en una cara radiante, al recordar la botella de whisky.

-¿Alguna idea brillante?

-Me temo que no, de momento –por un instante, estuvo a punto de narrarle su encuentro con Koldo la noche anterior, mas enseguida decidió omitir cualquier detalle-. Aunque quién sabe; igual con la caída de Caplasa nos entran algunos pedidos de golpe.

-Puede ser; pero no serán los suficientes para sacarnos del apuro. Un poquito más de liquidez, para deber  dos o tres miles de euros menos. Y eso con suerte, claro; no estamos en la mejor época del año, ya lo sabes.

-Bueno –Elena levantó la mano, en un claro gesto autoritario-, si tu objetivo era amargarme la mañana, puedes estar contento porque lo estás empezando a conseguir. Así que cambiemos de tema, ¿vale?

Un poco reacio, Jaime aceptó a regañadientes. Pasaron a tratar diversos asuntos, sin llegar a tocar nada demasiado trascendente. A dónde tenía cada uno planeado ir de vacaciones; anécdotas del inquieto hijo de Jaime, un auténtico terremoto de seis años y gracioso como él solo; comentaron el último restaurante de prestigio recién abierto en pleno centro de Bilbao, donde servían platos enormes en los que la minúscula ración de comida parecía aún más pequeña; y así, duraron un buen rato. Dada la escasa tarea a realizar, con semejante espada de Damocles pendiendo sobre sus frágiles cabezas, poco más iban a poder hacer.

-Vaya, si son casi las once –Elena se mostró sorprendida al comprobar el transcurso del tiempo en su elegante reloj de pulsera-. ¿Qué tal si hacemos una pausa para tomar un café?

-Estaba a punto de proponerte lo mismo –Jaime se frotó la ligera pero cada vez más notoria barriga-; el reloj interno lleva unos minutos dando la voz de alarma.

Ambos se levantaron y salieron del despacho. Aunque Elena contaba con una espléndida cafetera en uno de los armarios, rara era la ocasión en la que la utilizaba. A menos que tuviese alguna reunión importante, o el deber la impidiera perder unos valiosos minutos, siempre prefería bajar al bar de la esquina con alguno de sus subordinados. Por marcar más la diferencia entre los momentos, por desconectar un rato del trabajo o quizás por compartir amigablemente un encuentro más informal; o por todas esas razones juntas, a saber.

Mientras caminaban a paso distendido por el pasillo, Elena captó un detalle que había pasado por alto a su llegada. Todos la miraban con un cierto nerviosismo, y enseguida comprendió que la noticia había trascendido a la plantilla al completo. De inmediato, sintió el calor de la ira galopando en su interior, furibunda por quien hubiese sembrado aquella innecesaria semilla de intranquilidad. Pero unas décimas de segundo después, su opinión cambió como el péndulo de un antiguo reloj de salón; tal vez fuese mejor que supiesen a qué avenirse. Aunque prefería que se hubiesen enterado de su propia boca.

-Hola, Marta; ¿cómo va todo? –Le dijo a la eficiente secretaria del departamento comercial. Más que una pregunta, era una forma propia de Elena de saludar a la gente.

-Bueno, me han entrado tres pedidos de clientes que hacía tiempo que no daban señales de vida –respondió Marta, señalando varias líneas en el monitor de su ordenador-. No son gran cosa, pero para la tendencia de las últimas semanas no está mal.

-Perfecto; es una gran noticia que me va a permitir tomarme el café más a gusto.

-¿Puedo ir con vosotros? El resto del departamento ya ha ido, menos Onintze y yo –la explicación de Marta fue acompañada con un gesto disimulado hacia la obesa y poco agraciada chica sentada en la penúltima mesa de la sección, para continuar con un tono de voz sumamente bajo-. Se ha puesto a régimen una vez más, y se ha quitado el café de media mañana entre otras cosas.

-Buf, no quiero ni pensar en el mal humor que debe de tener ahora mismo –replicó Jaime poniendo cara de víctima de película de terror.

Los tres iniciaron el descenso por las escaleras, charlando animadamente. Al igual que con el resto de sus compañeros, Elena detectó fugaces miradas de soslayo por parte de Marta. No era más que martes; qué dura se le iba a hacer la semana. Más por las consecuencias que iba a tener el anuncio del cierre de la empresa, después del fin de semana, para aquellos empleados tan eficientes, que para la propia Elena. Como Marta; a Elena se le agarrotó el estómago en un amargo nudo, al recordar cómo había previsto ascenderla a jefa del departamento de recursos humanos como recompensa a su buen hacer. En unos días, lo máximo que podría ofrecerle sería una carta de recomendación y sus mejores deseos para que encontrase un buen empleo lo antes posible.

 

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~ por Sir Worth en 9 septiembre, 2008.

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