TRES: EN LA BARRA DEL BAR

 

TRES: EN LA BARRA DEL BAR

 

Manuel se abrió paso como pudo a través del gentío que mantenía el bar repleto en casi  la totalidad del recinto. El clásico fenómeno del verano: hay menos gente, porque muchos están disfrutando de sus vacaciones. Pero, por el contrario, con los bares pasaba lo mismo, pero en una proporción más marcada. Así, los que permanecían abiertos estaban hasta las trancas.

-¡Eh, Manu! ¡Aquí!

Manuel dirigió la vista hacia donde había escuchado aquella voz; allí estaba llamándole Garikoitz, su diminuto y gracioso compañero de la cadena de producción de Industrias Mentxaka, junto con dos chicas.

-Joder, cómo está esto de lleno –atisbó a decir en cuanto llegó a la mesa.

-Pues sí –replicó Gari, ofreciéndole una silla de la que hubo que quitar los bolsos de las chicas-. Cuando hemos entrado no había mucha gente y no hemos tenido pega para conseguir una mesa. No habían pasado ni quince minutos, y ya estaba así. Siguiendo los consejos de la sabia Marta, te hemos guardado esta silla.

-Gracias, Marta…

-No me des las gracias a mí –contestó la joven secretaria del departamento comercial, riendo con ese gesto que tanto gustaba a Manuel-; dáselas a Gari. No veas cómo ha tenido que pelear por ella con una señora.

-Vaya, Gari; ¿abusando de las ancianitas? ¿Te parece bonito?

-Y no veas de qué mala ostia se ha puesto la condenada –añadió el interpelado tras dar un largo sorbo a su botellín de Voll Damn-. Le digo que está ocupada, y me ha saltado con que ya no hay educación en el mundo, que si en sus tiempos blablablá, blablablá. Menos mal que se ha ido sin más; si no, no hubiese tenido más remedio que… -Gari acompañó la última frase moviendo sus manos en un movimiento giratorio, digno del estrangulador de Boston.

-¿Y el resto de habituales? Se me hace raro estar tan pocos por aquí…

-Bueno, entre los que están de vacaciones y la crisis, ya sabes –Gari explicó su teoría con gesto ceñudo-. Corren malos tiempos para el bolsillo, y no queda más remedio que apretarse el cinturón. Señores y señoras, podemos considerarnos afortunados de tener un poco de calderilla para permitirnos ingerir el producto fermentado de la cebada en un establecimiento público, en vez de al calor de nuestro hogar, donde todo nos sale más barato. Por cierto, Manu, ¿tú no tomas nada?

Manuel se disculpó un instante, y se acercó para pedir un refresco. Se hubiese bebido un barril de cerveza de buen gusto, pero  hacía unos días le había salido una almorrana bastante guerrera y el médico le había prohibido el consumo, entre otras cosas, de alcohol. Retornó a su silla, y sacó su paquete de tabaco para fumarse un cigarro con sus colegas.

-Has tardado mucho en salir –observó Zuriñe, una rubia teñida de treinta y muchos años, de tez morena a base de largas sesiones de solarium. Todos sabían que Zuriñe le tiraba los tejos a Manuel en cada ocasión que se le ponía a tiro. Pero el deseo no era bilateral; y eso que no es que ella fuese un adefesio. Básicamente, la consideraba una persona superficial y egoísta, dos apuntes nada recomendables. Quizá se debiese a que era un hacha en el campo comercial, y de tanto tratar con mindundis de muchos humos algo se le habría pegado.

-Sí; quería dejar bien engrasados los rodillos de la vieja 7A –arguyó, aspirando una larga calada a su Ducados. Aprovechó para lanzar una furtiva mirada a Marta; ella sí que le atraía, mas nunca reunía el valor para decirle algo.

-No sé por qué te molestas en pringarte de esa grasa tan pegajosa, poniéndote perdido –la caída de párpados de Zuriñe era de manual de Hollywood.

-Bueno, el mantenimiento es esencial. Fíjate en la misma 7A; ¿sabes cuántos años tiene esa máquina? ¡Más de veinte! Y funciona estupendamente. Comprendo que los modelos más modernos trabajan mejor y todo eso; pero si cuidas un poco las cosas, te pueden dar un servicio increíble.

-No me estaba refiriendo a sustituir máquinas viejas por nuevas. Si no me equivoco, en poco tiempo nos remplazarán a todos nosotros.

-¿A qué viene eso? –Gari no dudó en mostrar su extrañeza-. ¿Van a echarnos a la calle por chavales recién salidos de la escuela?

-No; no van por ahí los tiros –recostándose en el respaldo de su asiento, Zuriñe se tomó unos segundos antes de proseguir. Como es lógico, consiguió su objetivo, que no era otro que el de acaparar la mayor atención posible-. Esta mañana se ha celebrado una reunión del consejo de dirección al completo; hasta el meapilas de Eduardo ha venido, pese a que está de vacaciones. Y en Noja, en su chalet; que no es decir que esté a veinte minutos en coche de aquí.

-Es verdad –añadió Marta-. A mí me ha parecido un poco raro verle esta mañana, y a primera hora; pero he pensado que se habría dejado su agenda u otra cosa. Ya sabéis que no puede vivir sin consultar a todas horas esa maldita agenda. No me extrañaría que hasta tenga apuntado cómo se la tiene que meter a su mujer…

-¡Marta! –Zuriñe puso un rictus de total repulsión.

-…adentro, afuera; adentro, afuera…

-¡Marta! ¡Por favor!

-…nota importante: no llamarla por un nombre diferente al suyo…

-¡Ya vale! –Colérica como una posesa, Zuriñe se giró hacia Manu y Gari-. ¡Y vosotros, no le riáis sus tonterías!

-Mujer, si tiene gracia hay que reconocérselo –consiguió  decir Manu, agarrándose el vientre con ambas manos, en el corto instante durante el que pudo contener las carcajadas a duras penas.

-Bueno, a lo que iba antes de que esta petarda me interrumpiese. La reunión era muy importante, como habéis podido ver, si hasta Eduardo ha venido –un nuevo silencio por parte de Zuriñe; más por cerciorarse de que Marta no repetía su bromita. Le caía un poco mal, sobre todo porque notaba cómo la miraba Manu, y no era algo que le alegrase el ánimo-. Por un par de frases sueltas que les he oído mientras salían, creo que la empresa se va a la mierda.

-¡No jodas! –Exclamó Marta, abriendo los ojos como platos.

-No contigo, encanto –dijo Zuriñe, mientras se preguntaba para sus adentros qué sería lo que Manu veía en una tía tan poco fina. Mona era, pero tampoco guapa; bastante menos que ella misma-. Creo que en una semana o así declararán la bancarrota. Y ya sabéis lo que supone eso; todos de patitas en la calle, y en esta época no va a ser fácil encontrar empleo. Y menos en plena crisis…

-Entonces ahora me explico por qué Elena seguía aún en su despacho cuando yo salía –añadió Marta, sin ocultar cierta preocupación en su semblante-. Es una gran trabajadora, todos sabéis cómo es. Pero que a estas alturas del año, en plena temporada baja y con tan poco meneo, se quede hasta tan tarde no puede significar nada bueno.

Con el bullicio del resto de parroquianos del bar, nadie reparó en que los cuatro ocupantes de cierta mesa se quedaron un largo rato absortos en sus propios pensamientos.

 

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~ por Sir Worth en 4 septiembre, 2008.

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