DOS: TRAS LA PUERTA

DOS: TRAS LA PUERTA

 

Mientras en el baño del almacén se cargaba el ambiente tanto como para colgar un letrero de vivos colores, de ésos con la leyenda de “peligro: riesgo biológico” impresa, en la planta superior del edificio anexo a la fábrica recubierta de uralita el personal administrativo no ausente por vacaciones remoloneaba holgazanamente en sus sillas. Su ritmo de trabajo era el mismo que el del almacén o producción: escaso, por no decir inexistente. Los teléfonos no sonaban, los únicos mails entrantes eran spams o las clásicas chorradas que los amigos y conocidos se suelen enviar por Internet, y en la bandeja del fax ni siquiera se veía una mísera hoja de publicidad, relatando las maravillas de tal producto para la oficina o de cursos de formación.

Siguiendo el largo pasillo, el recorrido finalizaba en una elegante puerta de color caoba, cuya mitad superior albergaba un reluciente cristal esmerilado con la palabra “dirección”, de vinílicos caracteres, adherida sobre el mismo. Al otro lado del vidrio translúcido se mantenía una tensa situación, totalmente contraria al resto de la empresa.

En torno a una larga mesa ovalada, los rostros de los reunidos ante ella daban clara muestra del sentir general. Desolación era la palabra clave.

-Mira, Elena –dijo Jaime, el jefe del departamento de contabilidad, dirigiéndose a la mujer situada en el extremo más alejado-, le hemos dado vueltas y más vueltas, y siempre acabamos en el mismo punto. Ahora mismo, esta empresa es como un camión cargado a tope deslizándose en punto muerto por una empinada pendiente. Al final, nos aguarda un muro, y las opciones son evidentes: o saltamos en marcha, o nos damos la gran torta.

Los ojos de la interpelada se mantenían fijos, como si estuviese mirando más allá de la pantalla donde se habían proyectado diversos gráficos, a cada cuál más hiriente. Sus labios, apretados entre sí, no liberaron sonido alguno durante varios minutos. Pero todos los miembros del equipo directivo podían ver la infinidad de ruedas dentadas girando a toda velocidad dentro de la cabeza de Elena. Su fama de persona sesuda y juiciosa, junto con un montón de buenas ideas propuestas en momentos decisivos, seguía siendo un mito en el mundo empresarial. Mas todo gran atleta tiene sus límites, y éste parecía ser el punto y final de las andaduras de Industrias Plásticas Mentxaka.

-Está bien –musitó Elena, suspirando hondamente antes de pronunciar las dos palabras que quebraron el largo silencio-. Dadme lo que queda de semana para tomar una decisión. El lunes nos volveremos a reunir, y entonces se determinará cómo proceder.

-Dale todas las vueltas que quieras, Elena –la voz de Jaime sonó inflexible, mientras guardaba sus notas y papeles en su elegante maletín de cuero-. Pero o se produce un milagro con unos cuantos pedidos gordos de golpe, cosa bastante poco probable visto lo visto, o declaramos la bancarrota.

-Soy perfectamente consciente de cómo está el percal, Jaime. Por una semana más de espera no creo que vaya a variar demasiado. Señores, nos vemos el lunes a las nueve en este despacho. Sean puntuales.

Una punzada aguda en el corazón golpeó a Elena al ver desfilar a todos aquellos excelentes directores de departamento en silencio y cabizbajos. La escena difería mucho a tantas otras celebradas en el mismo despacho, con ambiente distendido, bromeando sin cesar, haciéndoles sentir a gusto. Por Dios, parecían más una jodida familia numerosa que una pandilla de ejecutivos.

El último en salir, Jaime, cerró la puerta tras de sí; tan suavemente, que prácticamente no hizo ruido ni la manilla. Sola. Por fin sola, después de más de dos horas conteniendo amargas lágrimas quemándola por dentro. En pleno consejo, no había derramado ninguna; ni siquiera el más perspicaz de los observadores fue capaz de apreciar la congoja albergada en el interior de la mujer. La repentina soledad, en cambio, le permitió dar rienda suelta para tornar sus ojos en dos globos vidriosos y destellantes, derramando dos finos y marcados regueros por sus mejillas.

Se puso de pie para intentar serenarse. Recorrió con la mirada los estantes, las fotos y demás recuerdos de otras épocas de camino a su escritorio: allí estaba la historia de su vida y la de su familia.

La fábrica la abrió su abuelo, hacía ya la friolera de cincuenta y siete años. Lo que comenzó en una pequeña lonja fue creciendo poco a poco, y a los seis años de su apertura se hizo necesario trasladarse a un nuevo emplazamiento de mayor tamaño. Pero la siguiente planta se quedó pequeña dos inviernos más tarde. Fue entonces cuando se construyó la actual fábrica, con unas dimensiones calculadas para ser válidas durante décadas. El abuelo Juan, hombre tremendamente previsor, hizo sus números varias veces, y luego aplicó el doble de la superficie estimada. El resultado, una gran nave industrial que no se había quedado chica.

A los doce años, tomó el relevo el padre de Elena. Gabriel Mentxaka, digno vástago de su antecesor, apuntó muy alto, consiguiendo elevar la planta a altísimos niveles a fuerza de trabajo, trabajo y más trabajo. Así llegaron a convertirse en una de las referencias, a nivel nacional, en el terreno de las mangueras de plástico. Las variedades se multiplicaban a pasos agigantados, destinándose para distintos usos: regadío, electricidad, industrial,…

El corazón de Gabriel no era tan fuerte como su empeño, y un infarto se lo llevó hacía quince años. Elena, hija única, asumió la dirección de aquel gigante entre grandes recelos por parte de casi todo el personal; sus escasos veintidós años no parecían garantizar una continuidad. Pronto les dio muestras de lo equivocado de su opinión, gobernando la empresa como un timonel de gran pericia maniobra un buque con maestría. Sus directrices se tradujeron en aumentos aún mayores de los habituales, y todo el mundo cerró filas en torno a ella. Buen ambiente, mucho trabajo, números alucinantes en todas las cuentas,… viento en popa a toda vela.

Hacía seis años, el mercado tomó un rumbo diferente. El coloso chino, con su mano de obra casi gratuita, asomó la cabeza en este sector de igual manera que en otros tantos. Las empresas de la competencia hicieron estudios, y la fabricación pasó a ser una línea en su historial. Todas pasaron a importar contenedores y contenedores del país asiático, convirtiendo sus naves en almacenes. La maquinaria se vendía, bien a otras empresas o como chatarra; ya no era necesaria.

Mucho producto con un precio de venta tirado. Un adversario difícil de combatir. En contra de lo que le sugirieron desde todos los lados, Elena decidió mantener su empresa tal y como estaba; no quería un despido masivo. ¿No se consideraban como una gran familia? No, eso no iba con ella. Nadie perdería su puesto de trabajo, ni su fábrica se convertiría en un gigantesco almacén con cuatro o cinco mozos para descargar, clasificar y preparar pedidos.

La línea comercial a seguir fue clara. La competencia basó su éxito en la reducción de costes; Mentxaka ofrecía un producto más caro, pero de mejor calidad. Fue su estandarte de batalla, y si bien la empresa vio su crecimiento interanual ralentizado, no retrocedió. La clientela estaba fidelizada, y la plantilla asegurada.

Hacía un año, el fantasma de la crisis económica desplegó su horrenda sombra por todo el estado, con un avance lento pero demoledor. Pese a que el tema estaba en boca de la gente desde hacía cuatro o cinco meses, Elena ya había detectado con anterioridad el problema. El número de pedidos disminuyó, y la cartera de clientes se redujo drásticamente. Todo el mundo se apretaba el cinturón, y los precios de Mentxaka se tornaron inasumibles para muchos compradores habituales. Se redujeron los márgenes de beneficio, pero aún así no era suficiente.

Así, se había llegado a la situación actual. Los números rojos bailaban su macabra danza, apuntando a una única dirección: el desastre. Jaime había efectuado un concienzudo informe, analizando la viabilidad de reconvertir la actividad de la empresa al igual que el resto de competidores hicieron hacía tiempo. Su conclusión: imposible. Por la maquinaria no podrían sacar más dinero que su precio al kilo, cantidad insuficiente para hacer frente a las deudas existentes para con sus proveedores. El previsible expediente de regulación de empleo también chuparía gran parte de la exigua liquidez; no contaban con demasiados asalariados con edades aptas para prejubilaciones en una plantilla de casi seis decenas de trabajadores, contando todos los departamentos.

Un milagro, se dijo Elena. O se produce algo totalmente fuera de lo normal, o declaro la empresa en quiebra. Y es imposible; esta semana no va a ser otra cosa más que siete días de continua tortura.

Tras el refugio proporcionado por la puerta de noble madera, Elena abrió el armario situado a su espalda con la pequeña llave que escondía en el cubilete de los bolígrafos. Cogió la primera botella sin mirar su contenido, un whisky añejo de una marca tan poco conocida como exquisita, y vertió el elixir en un vaso sobrio de culo gordo, llenándolo casi hasta arriba.

 

Anuncios

~ por Sir Worth en 3 septiembre, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: