NÚMEROS ROJOS

 

UNO: UN VERANO MUY TRANQUILO

 

Era la hora del bocadillo de media mañana; como cada día, el momento más esperado por Igor. En cuanto el reloj marcaba las once, abandonaba cualquier tarea que tuviese entre manos para dirigirse con férrea determinación hacia el pequeño comedor, un cuarto habilitado en uno de los laterales de la fábrica para desempeñar tales funciones. Ya podían protestarle sus compañeros de la sección de producción, o los camioneros que venían a cargar o traer material para la planta, cuya contribución al mercado nacional e internacional consistía en la elaboración de mangueras de plástico. Igor ejercía labores de almacenero, junto con otros dos individuos; pero en la última semana del mes de julio, ambos estaban de vacaciones, por lo que todo el trajín tenía un único punto de desahogo: Igor.

Con paso cansado, arrastrando los pies como si tuviese una pesada mochila cargada a sus espaldas, se acercó hasta el banco más cercano al ventanuco y dejó caer su orondo trasero de golpe. El crujido de la madera del asiento evocaba aires de un quejido dirigido a unos oídos que no lo entendían, o que quizás no lo querían entender.

Su cara aniñada se tensó gracias a una sonrisa al sacar la fiambrera de la bolsa de plástico. En su interior, una generosa tortilla de patata aún caliente aguardaba el momento de ser vorazmente ingerida. Para cualquier otro, una tortilla de doce huevos sería el alimento de tres o cuatro días; pero Igor, con ciento dieciséis kilos repartidos desigualmente a lo largo de su metro ochenta y tres, necesitaba agregar una cantidad de comida enorme para conservar tan masiva estructura orgánica.

Tal y como suelen hacer los niños, se anudó la servilleta de descomunal tamaño tras el cuello, cerciorándose de que la parte delantera no le agobiaba bajo la papada, y procedió a dar buena cuenta de su almuerzo. Normalmente, ninguno de sus compañeros compartían con él estos momentos; su voraz manera de masticar y deglutir resultaba, para cualquiera con un mínimo de educación y sensibilidad, desagradable como poco.

Al cabo de unos escasos minutos, un sonoro eructo señaló el final del evento, tal y como la sirena de la fábrica marcaba la conclusión de la jornada laboral. Frotándose la hinchada barriga lentamente con ambas manos, Igor se encontraba en plena gloria. Si existía el cielo –pensaba para sí-, el Paraíso ha de consistir en una kilométrica mesa repleta de platos, con exuberantes viandas y manjares en cada uno de ellos.

El fastidioso sonido del claxon de un camión devolvió al almacenero más joven de la plantilla a la realidad de una mesa cubierta por migas. Pasó lentamente la servilleta por la superficie del tablero, tan fugaz como eficiente, tirando la mitad de los restos a la papelera. La otra parte fue a parar al suelo, para ser pisoteada y esparcida durante varios metros por dos botas de seguridad del calibre cuarenta y cinco.

Al aproximarse a la puerta de acceso a los muelles de carga, vio un camión aculado. La trasera le resultó harto conocida: era el camión de Pepe, un chofer autónomo que trabajaba para la propia fábrica, entre otros clientes.

-¿Qué pasa, chaval? –Saludó Pepe mientras se apeaba de la cabina-. Por tu cara, veo que acabas de terminar el bocata. Espero que no te hayas atragantado por mi culpa.

-No, qué va –respondió Igor, restregándose la manga de la camiseta por alrededor de los labios, tratando de eliminar cualquier resto de comida visible y no deseado-. Supongo que vienes a cargar algo, traes la caja vacía.

-Qué listo que eres, no se te escapa ni una. Sí, vengo a por un pedido para Gernika; por teléfono me han comentado que serían tres palets.

-Sí, ya sé cuál es; está preparado. Lo que me extraña es que te hagan venir para un reparto tan pequeño, en vez de esperar un par de días o de hacer que venga la agencia de paquetería.

-Ay, hijo; éstos son tiempos difíciles para la economía. Llevamos varios meses en plena crisis, o “desaceleración suave” como dicen los señoritos de Madrid. Parece mentira que no te hayas dado cuenta de cómo ha subido la vida últimamente.

-Bueno, la verdad es que tampoco me he fijado mucho. Hombre, un paquete de tabaco está bastante más caro que hace medio año, pero no creo que sea para tanto.

-Cómo se nota que vives todavía con tus padres –masculla Pepe, prendiendo la punta de un Farias con una cerilla-. Si estuvieses pagando una hipoteca, la luz, el agua y bajando al supermercado para rellenar la despensa, no hablarías de la misma forma. Por no hablar del gasto que generan los niños: ropa, colegio y todo eso.

-Es que como en la casa paterna no se está en ningún lado –replicó el almacenero mientras se alejaba para montarse en la carretilla elevadora.

-¿Y no te da vergüenza? Con treinta y cinco años, ya tendrías que estar emancipado –Pepe no estaba seguro de que sus palabras hubiesen llegado hasta los oídos de Igor, quien había desaparecido por entre las estanterías de ocho metros de altura.

Fueron necesarios diez minutos para que los tres palets estuviesen en el interior del camión; tal era la parsimonia del obeso personaje en cumplimentar una tarea que, sin esforzarse demasiado, podría haber finiquitado en la mitad de tiempo.

-De todas maneras –prosiguió Pepe mientras recogía los albaranes y firmaba en el justificante de salida de la mercancía-, y retomando el tema de la crisis, ¿no has notado que, de un tiempo a esta parte, hay bastante menos currelo?

-Sí que hay pocos pedidos, pero estamos en verano y agosto está a la vuelta de la esquina, así que tampoco me parece tan raro.

-Eso es verdad;   pero para la época en la que estamos, no es normal tan poco. Sin ir más lejos, esta mañana he coincidido con un amigo, un antiguo compañero mío de los tiempos en los que trabajaba en la agencia RecaTrans, y me ha comentado que ayer estuvo cargando en Amurrio, donde la competencia vuestra. Le ocuparon tan sólo dos metros de cama; y ya sabes lo poco que es eso para ellos. Allí no hacían más que salir camiones y camiones hasta las trancas, y hasta había que esperar un rato para poder acular. Pero este chico me dijo que no había nadie más, aparte de él.

-Jo, eso sí que es raro –contestó Igor, recogiendo el recibo firmado.

-Hazme caso, chaval, y vete ahorrando todo lo que puedas –soltó Pepe, yendo ya para la cabina del camión-. Nos esperan uno o dos años muy, pero que muy jodidos.

Levantando una mano a modo de despedida, Igor permaneció unos minutos en el muelle, observando primero cómo Pepe se perdía en la lejanía para pasar a divagar en su propio mundo interior. Los comentarios del veterano chofer solían tener bastantes fundamentos, siendo extraño que se cumpliese lo contrario a lo vaticinado por él.

-Tiempos de vacas flacas –exclamó, por fin-; espero que no sean tan malos como para que anden despidiendo a nadie por aquí. No en vano, soy el que menos lleva en esta empresa y sería uno de los primeros en ser despedido.

Fiel a su apodo de “cabeza loca”, estos barruntos no aguantaron muchos más envites dentro de su obtusa mente. En cuanto Igor sintió la llamada de la naturaleza y traspasó la puerta del baño, otras ideas captaron sus cavilaciones.

 

 

 

 

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~ por Sir Worth en 2 septiembre, 2008.

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