CARTA DE DESPEDIDA

CARTA DE DESPEDIDA

 

-¿Ésta es la nota que dejó Lorena? –Preguntó el inspector González.

-Exacto –respondió Héctor, exhalando una larga bocanada de humo. Se le hacía muy raro estar fumando dentro de unas dependencias oficiales, pero si todos lo hacían, ¿por qué no él?

El inspector comenzó a leer la cuartilla que le había tendido, mascullando en silencio las palabras mientras avanzaba a través de los redondos y claros caracteres, tan propios de la caligrafía de su mujer. No hacía falta que lo hiciese en voz alta, por lo menos por parte del interrogado; prácticamente, conocía su contenido de memoria.

“Querido Héctor; sé que es un poco miserable despedirme de ti de esta manera, sin ni siquiera decírtelo cara a cara. Pero no aguanto ni un minuto más, y casi prefiero decirte adiós de esta forma tan vil y cobarde.

>>Estoy harta de no ser más que un elemento de segunda fila en tu vida. Para ti, no existe nada que no sea tu trabajo y, por encima de todo, tu música. Nada más llegar a casa, te cuelgas tu maldita guitarra y te tiras horas y horas con esos tediosos ejercicios y tus absurdas canciones. Sí, estoy celosa de un cacho de madera, pero acaricias con más amor sus curvas que las mías.

>>Para colmo, en cuanto te surge la ocasión, te largas con tus amigotes a dar conciertos por ahí, volviendo a las tantas y con una cogorza de campeonato. Ni me acuerdo de la última vez que tú y yo salimos por ahí, de fiesta; siempre estás cansado para mí.

>>En el fondo eres una magnífica persona, y no te mereces esto que te voy a hacer. Te dejo, Héctor. No lo soporto, y prefiero irme sin más. No intentes localizarme, te será inútil. Ni siquiera me busques en casa de mis padres; no voy a pasar por allí, les voy a evitar este trago tan vergonzoso.

>>Quizás dentro de un tiempo me arrepienta de mi elección, o quiera recuperarte aunque sólo sea como un amigo. Quién sabe. Sólo me queda pedirte perdón, y desearte que rehagas tu vida lo antes posible”.

La firma de Lorena concluía la misiva, con el largo trazo de la ele sesgado oblicuamente, como si estuviese sosteniendo al resto de las letras para evitar su caída al vacío.

-Espere aquí un momento –anunció finalmente el inspector González mientras se incorporaba, para cruzar la estancia con tres largas zancadas y desaparecer por la puerta. Héctor prendió un nuevo cigarro, dejando caer la cabeza hacia atrás y quedándose un rato mirando hacia el techo.

Tras el gran espejo situado en una de las paredes de los flancos del cuarto, el inspector Gutiérrez observaba al sospechoso, cuando su colega González irrumpió en su escondido observatorio.

-¿Qué me cuentas, Manuel?

-Míralo tú mismo –contestó González, tendiéndole la arrugada hoja-. Si quieres, la podemos enviar al laboratorio, pero creo que los grafólogos dirán que es la letra de ella.

-Desde luego, es idéntica a la de esta lista de la compra encontrada en la puerta del frigo –Gutiérrez sostenía ambos escritos a la par, yendo sus ojos de uno al otro.

-Además, su coartada es sólida; la noche que ella desapareció, él se encontraba dando un concierto en Amorebieta. Tras el espectáculo, se corrieron una gran juerga allí mismo; el resto del grupo lo corrobora.

-Ya –Gutiérrez no terminaba de mostrarse convencido del todo-, pero han declarado que, en un momento dado, le perdieron de vista. Pudo escabullirse, ir a su casa a toda leche, matarla, deshacerse del cuerpo y volver. De Amorebieta a Bilbao tan sólo hay quince minutos en coche.

-Sí, pero lo que sabemos es que se marchó con Joaquín, el otro guitarra del grupo, para acompañarle a la furgoneta para que se echase a dormir la mona un rato, porque debía de estar con una manga de espanto.

-Por cierto, ¿se ha encontrado ya a ese tal Joaquín? Su testimonio sería de gran ayuda.

-Qué va; cuando fueron a llevar todos sus trastos, en la furgoneta no había nadie. Había una gran mancha de vómito, y pensaron que se encontraba tan mal que habría salido para dar un paseo, o incluso cogido un taxi para largarse a su casa. Han pasado dos días, y no ha dado señales de vida ni en su domicilio ni en su trabajo. Y se ha buscado por los alrededores de la sala de conciertos, por si hubiese caído en una zanja o cualquier cosa, pero nada de nada.

-Me temo que tendremos que dejarle libre; no hay pruebas que le incriminen. Me temo que la llamada recibida por la madre la noche de autos no es motivo suficiente para acusarlo formalmente.

-Por cierto, se me ha olvidado comentarte algo –añadió González, secándose las palmas de las manos en las perneras de su pantalón-. Hace cosa como de una hora me han traído el informe acerca del móvil de Lorena; en efecto, el número del que salió tal llamada al domicilio de sus padres pertenecía a la desaparecida. Han intentado rastrearlo, pero sin ningún éxito a la hora de localizar dónde está ahora. Simplemente, se ha desvanecido como una brizna de hierba en el aire.

Media hora más tarde, Héctor se dirigía andando hacia su casa, situada en un pequeño y tranquilo barrio residencial no demasiado alejado de la comisaría. El inspector Gutiérrez le había ofrecido acercarle con un par de agentes, pero había declinado su oferta argumentando que prefería dar un paseo para poner un poco de orden dentro de su cabeza.

Llegado al portal, le pareció distinguir dos figuras dentro de un coche aparcado en la acera de enfrente. Lo bueno que tienen este tipo de barrios, pensó Héctor, es que aquí nos conocemos todos, y ése automóvil no es de ninguno de mis vecinos. Cantan a policías de paisano que tiran para atrás; se ve que no están convencidos del todo de mi inocencia.

Atravesó la verja de entrada, cerrándola cuidadosamente después; no eran horas para meter ruidos escandalosos. Desapareció tras la recia puerta de madera de roble.

Desde el vehículo apostado delante, los dos agentes vieron cómo se encendían las luces al paso de Héctor por distintas zonas del edificio, para finalmente observar un parpadeo azulado en la sala.

-Ese capullo se ha puesto a ver la tele –constató el que estaba sentado al volante.

-Me parece que nos vamos a tirar una noche en vela a lo tonto –su compañero presentaba una opinión similar.

Una vez encendida la gran televisión de plasma de cincuenta y dos pulgadas, Héctor se deslizó por el suelo hasta llegar a una de las habitaciones posteriores. Desde allí, salió por la ventana y se dejó caer descolgándose de la marquesina del balcón para aterrizar suavemente en el mullido césped del jardín. Palpó el bolsillo trasero de sus vaqueros para asegurarse que las llaves en él guardadas no se habían caído con el impacto.

Atravesar el seto que separaba su terreno con el de sus vecinos no le fue demasiado difícil, con una ligera ayuda del viejo manzano que extendía sus nudosas ramas hacia la otra propiedad.

Ya dentro de la otra casa, su cara cambió radicalmente. Esos policías payasos no podían sospechar que sus vecinos y amigos, los Arrieta – Fruniz, se habían marchado de vacaciones; bueno, quizás eso sí. Pero que les habían dejado a Lorena y a él las llaves para que les regasen las plantas y demás tópicos estivales, de eso seguro que no tenían ni idea.

Descendió al sótano; era una suerte que el bueno de Arrieta contase con un estudio de grabación insonorizado bajo tierra. Encendió las luces al entrar, y pudo ver a Joaquín parpadeando ostensiblemente; llevaba dos días enteros sumergido en la más absoluta oscuridad, y el brillo de los halógenos dañaba sus ojos.

-¡Desgraciado! –fue lo primero que le dijo el cautivo nada más entrar en el área aislada acústicamente-. ¿Dónde te la has llevado?

-Tienes mucha energía para no haber comido nada en un par de días –replicó Héctor sin mirar hacia la silla donde Joaquín se encontraba inmovilizado por unas recias esposas. Desapareció un instante, para volver con una pistola en sus manos-. De todas formas, no te preocupes por Lorena; dentro de poco estarás con ella, hijo de puta –y le propinó un golpe fortísimo en la boca con la culata del arma.

-¿Qué la has hecho? ¿Qué me vas a hacer?

-Tranquilo, que esa adúltera te está esperando con los brazos abiertos. Maldito canalla; y tú te decías amigo mío… -Héctor se situó tras Joaquín, y le liberó las muñecas con un rápido movimiento-. Ahora, antes de reunirte con ella, sólo te voy a pedir una cosa.

-Escupe rápido; quiero irme cuanto antes de aquí –Joaquín se masajeaba las manos y los antebrazos, entumecidos por la inmovilización.

-Muy simple; ahí tienes papel y boli. Copia lo que yo te dicte, y habremos acabado. Y ojito con intentar cualquier tontería; no quisiera tener que usar este chisme –la pistola se levantó ligeramente.

 

Tres meses después, Héctor se hallaba arrodillado con unas tijeras de podar en las manos frente al macizo de rosas plantado en su jardín, cuando escuchó la poderosa voz de Humberto, el bajista del grupo, llamándole desde la verja de entrada.

-Pasa, está abierto –gritó Héctor haciendo bocina con ambas manos para hacerse oír mejor.

-Vaya, veo que estás en plan agricultor –observó Humberto al llegar hasta la posición de Héctor.

-Sí, hacía falta meter un poco de mano por aquí y por allá.

-¿Cómo lo llevas?

-Bueno, poco a poco –Héctor se incorporó y comenzó a secarse el sudor con un pañuelo que llevaba colgado del bolsillo trasero de sus pantalones-. Aunque supongo que no es algo que consiga olvidar nunca.

-Ya; quién iba a sospechar de que Joaquín fuese un jodido psicópata enamorado de tu mujer, y que ella le correspondía.

-Sí; no daba para nada la impresión de ser un desequilibrado así.

-Pues la carta que mandó a la policía antes de suicidarse no dejaba lugar a dudas. Pobre Lorena, acabar así… Ni siquiera se encontró el cuerpo, para darle un entierro como mandan los cánones.

-Humberto, dejemos el tema si no te importa.

-Perdona, se me ha olvidado usar un poco de tacto –Humberto, azorado, desvió la mirada para intentar cambiar de tema-. Por cierto, aquellas plantas de allí no las tienes desde hace mucho, ¿no? –Comentó, señalando una glorieta donde flores de diversos colores llamativos y vistosos se alternaban para lograr una agradable composición.

-No; la verdad es que las planté hace dos meses escasos.

-Pues han crecido muy deprisa –Humberto se fue acercando al macizo floral para apreciar desde más cerca las distintas combinaciones.

-Sí; pero es que eché un par de sacos de muy buen abono –añadió Héctor, con una extraña sonrisa en sus labios.

Anuncios

~ por Sir Worth en 1 septiembre, 2008.

2 comentarios to “CARTA DE DESPEDIDA”

  1. Buen relato, amigo Sir. Con cierto guiñó al señor King y su Ventana Secreta, Jardín Secreto. Hay una cosa que me preocupa de ti. Tienes varios elementos comunes en tus relatos: músicos, esposas infieles y chicos encerrados en sótanos. Sin ser Freud, soy capaz de indentificar de donde salen dos de ellos, pero el tercero…..me preocupa, compañero, me preocupa. 😉

  2. Es que aquí abajo todos flotamos…
     
    Jaja, no sé, no había reparado en lo de los chicos encerrados. Los otros dos factores sí que recuerdo haberlos usado en algún otro relato (bueno, hubo una época en el que las relaciones conyugales lo propiciaban).
     
    Gracias por tu comentario, amigo. Es grato ver opiniones de los demás…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: