EPÍLOGO

 

EPÍLOGO

 

Son las doce del mediodía, y el sol se yergue, orgulloso, en la mitad de un cielo despejado, bañando con sus templados rayos a los paseantes, agradecidos por disfrutar de una temperatura tan agradable como extraña en pleno invierno.

Sentados en una terraza desplegada en la plaza nueva, dos hombres comparten charla y mesa. Han tardado mucho en volver a verse, por diversos motivos, pero por fin se ha juntado de nuevo.

-¿Cómo lo llevas, Willy?

-Lo llevo, más o menos. Ya sabes, va por días. A veces amanezco pletórico, y otras no puedo ni levantarme.

-Tiene que ser jodido sufrir una depresión así.

-Jokin…

-Dime.

-Hoy se cumple justo un año de…

-Sí, lo sé. Los chicos de Stainless Steel hemos organizado un concierto de homenaje a Carlos esta noche.

-Ah, pues no me había enterado. Qué bueno…

-¿Te gusta la idea?

-Sí; no sé qué cable se le cruzó a Carlos aquella noche, pero el recuerdo que conservo de él no tiene sitio para ello.

-Era un buen tío, y así ha de continuar en nuestra memoria.

-O sea que habéis encontrado un sustituto para la batería.

-Sí; al principio, hasta hablamos de disolver el grupo. No nos sentíamos con ganas, pero tras mucho hablarlo decidimos continuar. Y al de un par de meses encontramos a uno lo bastante loco como para seguirnos el ritmo a golpe de tambor. Juan te caerá muy bien, ya lo verás. No es un fiera como Carlos, pero tampoco lo hace nada mal.

-Ya veré si me encuentro con ánimos; me gustaría ir, pero…

-Willy, llevas un año de baja por depresión. Va siendo hora de que empieces a menear el culo para salir del pozo, ¿no crees?

-Vale, vale; iré, te lo prometo.

-Se me ocurre algo mejor; antes de pasar por el local para recoger todo el equipo, me acerco por tu casa a buscarte. Así luego no tendrás que inventarte una excusa que soltarme por no haber venido. ¿Qué tal a las cinco y media?

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Varios barrios más lejos, una mujer aguarda en la sala de espera a que llegue su turno. Bueno, más que para ella, es para su hijo; hoy ha amanecido con fiebre, y ha decidido llevárselo corriendo a urgencias para que le hagan un reconocimiento. Una madre soltera y primeriza, dos factores que la hacen más vulnerable a este tipo de pequeños sustos.

El niño descansa en su regazo, tranquilo. La verdad es que no da guerra, y pese a notársele congestionado, observa a toda la gente de su alrededor con calma, a través de unos ojazos azules que no dejan indiferente a nadie.

Una enfermera le indica que pase adentro con el niño, conduciéndola hasta una sala de consultas. Le coloca sobre la camilla, acariciando su pelona cabecita mientras aguarda la llegada del médico de turno.

-Vaya niño más guapo –dice la enfermera, acariciándole la barbilla con afecto-. Se ve que ha salido a la madre.

-Muchas gracias –responde la aludida-. Es todo un piropo, sobre todo cuando lo dice una enfermera con ese tipazo. Aunque más que a mí, se parece a su padre.

-¿Ah, sí? Entonces seguro que es también un hombre guapo.

-Sí, lo era… murió, hace hoy justo un año.

-¡Oh! Lo siento, no lo sabía…

-Tranquila, no pasa nada. No tenía por qué saberlo. Y sí, era un tiarrón, de dos metros, muy fuerte y apuesto,  con unos ojazos azules como los del niño.

-¿Hace un año? ¿Y qué tiempo tiene el niño, entonces?

-Tuvo que ser la misma noche en qué murió cuando lo engendramos. Pasamos… un muy buen rato, por así decirlo. El niño hizo ayer tres meses.

-Yo también estuve a punto de ligar con un tío espectacular hace un año; fue la noche de aquella tormenta tan grande. Lástima que no quiso nada conmigo.

-A saber qué clase de hombre puede rechazar a una mujer así.

-Lo mismo me dije; pero, por lo que me comentó un amigo…

-Buenos días –suelta el recién llegado médico, cortando la conversación para atender un simple caso de resfriado infantil-. ¿Qué le pasa al pequeño Jon?

 

________________________

 

Cientos y cientos de individuos deambulan por los muelles de un puerto pesquero de una pequeña población de Cabo Verde. Hombres de todas las razas y procedencias acarrean fardos, reparan redes y descargan el contenido de las bodegas de los barcos.

Entre la muchedumbre, un individuo destaca por sus dotes autoritarias, vociferando órdenes a diestro y siniestro. Es un veterano lobo de mar, con su piel curtida por el sol y el salitre, y su cana y rala melena no conoce otro peine que el viento de popa. Luce una camiseta ceñida, dejando ver el volumen de su barriga y de sus grandes pectorales a través de la delgada tela. Un atuendo poco apropiado para un físico de tales características, mas a él le trae sin cuidado lo que el resto pueda pensar de él. Es el patrón de uno de los mayores barcos que faenan en estas aguas, lo que le confiere una categoría importante en un pequeño país que, poco a poco, ve impulsada su relación económica con el mundo exterior. Está acostumbrado a ser considerado casi un rey por los despojos humanos que pululan por el puerto, y no intenta disimular que así le gusta que sea.

-¿Es usted el patrón? –le dice una voz fuerte justo detrás de él.

-Así es –responde, echando una rápida ojeada al hombre que acaba de requerir su atención. Alto, fornido, de treinta y tantos, con desaliñada melena y barba de tres días. Su ropa presenta un maltrecho estado, normalmente atribuible a llevarla puesta más tiempo del deseado-. ¿En qué puedo ayudarte, hijo?

-Busco trabajo, y me preguntaba si en su barco habría hueco para mí.

-Bueno, eso depende de ti. Veo que tienes fuertes brazos, así que supongo que no te asustará tirar de cajas. Pero, ¿has navegado antes?

-Sí, señor; pero nunca en un pesquero. Me dedicaba a reparaciones en plataformas petrolíferas y otras instalaciones marinas.

-Magnífico; un manitas nunca viene mal a bordo. Una última pregunta: ¿sabes nadar?

-Nado y buceo como nadie, señor.

-Perfecto; te haré una prueba durante esta travesía. Si en los próximos dos meses no demuestras lo que vales, te daré la patada en cuanto toquemos puerto, junto con el sobre con la paga que te hayas ganado. ¿Entendido?

-Sí, señor.

-Bien, pues sube a cubierta y preséntate a Toko, mi contramaestre. Es aquel tipo moreno con la camiseta verde de tirantes. Él te dará las primeras órdenes. Y, a menos que tengas alguna pregunta más, mejor que vayas. ¿Cómo te llamas, hijo?

-Pablo Meneses, señor.

Tras despedirse con un breve saludo, Pablo se dirige hacia el llamado Toko, quien no pone muy buena cara a la nueva adquisición.

-Acompáñame, te diré lo que has de hacer. Pero no me toques los cojones; no me gusta la gente que desatiende sus obligaciones, ni los vagos, ni los que toman sus propias decisiones. Te aseguro que no te conviene verme enfadado.

-Espero que tú tampoco me des motivos para cabrearme –responde Pablo, quitándose la camiseta para dejar al descubierto un torso repleto de grandes y marcados músculos-. ¿O puede un mosquito detener a una locomotora a toda máquina?

 

 

FIN

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~ por Sir Worth en 1 agosto, 2008.

Una respuesta to “EPÍLOGO”

  1. Un gran final para un gran relato. Enhorabuena, amigo Sir. Impecable como siempre.

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