CUARENTA Y TRES

 

CUARENTA Y TRES

 

Con la respiración entrecortada, Carlos consigue guarecerse del aguacero metiéndose en los bajos del puente del Arenal. Suspira, mientras observa la mano con la que presiona la herida de la navaja. El corte es bastante profundo, y si bien no aparenta haber tocado ningún órgano, la sangre continúa saliendo a borbotones. Si no detiene la hemorragia, puede considerarse con un pie en el otro barrio.

Justo cuando estaba empezando a calmarse, a serenar una rabia desatada digna del más primitivo Hulk, tenía que aparecer ese jodido chulo del BMW. Maldito hijo de puta, ni siquiera le ha dado tiempo para dar una disculpa, ha salido de su coche más tieso que un palo. No ha querido escuchar sus palabras, y si hay algo que Carlos no soporta es la gente que no deja hablar a los demás. Y, para colmo, ha sacado su puta navaja sin más, clavándola hasta la empuñadura en el costado del musculoso buzo. Lo más curioso del caso es que a Carlos le ha sentado peor ver cómo perforaba su querida cazadora de cuero, más que sentir en sus propias carnes la fatal mordedura.

“¿Puede un mosquito detener una locomotora a toda máquina?” recuerda haber dicho Carlos, antes de soltarle más tortas que a una alfombra en plena sesión de limpieza primaveral. Cuando ha reparado en la expresiva inmovilidad del gilipollas, tendido en el asfalto sobre un charco de su propia sangre, ha sido cuando ha visto por primera vez al tío que miraba desde la pequeña furgoneta parada detrás del BMW. Cómo temblaba el pobre, pensaba que sería el próximo. Seguro que ha dejado escapar un largo suspiro al ver alejarse a Carlos a la carrera.

Pero ya por el hondo corte -con la consiguiente pérdida del vital líquido rojo-, ya por el cansancio acumulado o por la tensión de un cruce tan violento de pasiones e instintos, la carrera ha visto disminuida su cadencia, y al aproximarse al puente del Arenal más arrastraba los pies que otra cosa.

Ahora, necesita contener tan indomable vómito corporal, como sea. Pero no cuenta con nada apropiado para aplicarse un elemental torniquete. O usa su propia camiseta, o no tardará en ver la luz al final del túnel.

Una tos seca, de no muy buen augurio, saca a Carlos de sus maquinaciones mentales. Mira en derredor, mas no ve a nadie. Pero aguzando la vista, consigue distinguir en medio de la penumbra una silueta; hay alguien tumbado contra el rincón, allá donde el pilar se une con el suelo. Acercándose de la forma más sigilosa permitida a un hombre herido, con más de noventa kilos a sus espaldas, se sitúa a un metro escaso del origen de la tos.

Por si la indumentaria y el cartón cobertor no fuesen suficientes para indicar la presencia de un indigente, una bocanada de un olor hediondo golpea a Carlos en plena nariz. La mujer, pues de una hembra se trata, no parece haber disfrutado del placer y los beneficios de la higiene en años. Duerme, totalmente ajena al hombre que la observa a tan corta distancia, pero su cuerpo no descansa. Quizás acuciada por la fiebre, o por un galopante síndrome de abstinencia –Carlos opta más por la segunda opción-, terribles temblores la sacuden. Qué dura es la vida en la calle.

Junto a la durmiente, un carrito de supermercado oxidado rebosa de bolsas negras de basura; el ajuar de una sin techo. Espoleado por un súbito instinto, Carlos abre una por una las distintas bolsas, muy lentamente para no provocar ningún delator sonido que despierte a la mujer. Aunque si no se ha desvelado con sus temblores y la tormenta, que más que disminuir su intensidad aparenta arreciar a cada instante, será difícil que un ruidito de nada lo consiga.

Tras revolver tres de ellas, encuentra en la cuarta algo que le sube el ánimo al herido: un bote de agua oxigenada, con una tercera parte de su contenido original –la ración de emergencia de la vieja, según la opinión de Carlos-; unas vendas, unas gasas aún dentro de su envoltorio estéril, esparadrapo y otros enseres.

Despojándose de chaqueta y camiseta, aplica un abundante chorro de agua oxigenada en una de las gasas y limpia con ella la carne mancillada por el traicionero metal. Luego, coge el resto de las gasas y las comprime con fuerza contra la herida; con la otra mano, se aplica un tosco pero efectivo vendaje en torno al abdomen. Finalmente, un par de buenos trozos de esparadrapo fijan el extremo de la venda que sujeta las gasas contra el sanguíneo manantial. Perfecto, piensa Carlos al ponerse en pie y comprobar que el invento aguanta en su sitio, sin que, de momento, más sangre escape de su contención.

El problema, según infiere el propio herido, viene con su ropa. Si bien el agujero de la chaqueta pasa prácticamente inadvertido, las manchas de la camiseta, antes rojas y ahora adquiriendo el color parduzco de la sangre secándose, no son la compañía más adecuada para dejarse ver en público. Con ella encima, no tardarían en fijarse en él y llamar a la policía. Y seguro que están deseosos de cogerle: los tres chicos del coche, el vil y traicionero Jon y el hijoputa del BMW son motivos más que suficientes para colocarle en el primer puesto de la lista de los más buscados esta noche.

La solución no tarda en presentarse, en forma de una nueva bolsa de basura dentro del carro. Ropa, usada y con olor a rancio a más no poder. Prendas tanto de mujer como confeccionadas para el uso masculino; cuando no tienes mucho donde escoger, tomas todo lo que puedas. Y la suerte parece sonreír de nuevo a Carlos, pues en el montón hay una camisa de franela lo bastante grande como para que su increíble cuerpo quepa dentro. Tocado a la usanza de un leñador urbano, deposita el resto de harapos en su sitio con una amplia sonrisa de satisfacción.

Coge su camiseta y su chaqueta, y las enrolla bien prietas, poniendo un pedrusco en el medio del bulto. El esparadrapo restante sirve muy bien para mantenerlas ocupando el mínimo volumen posible; ha quedado muy compacto. La boca de Carlos esgrime una magnífica sonrisa al lanzar el paquete a las turbulentas aguas de la ría, justo en el mismo momento en que un coche patrulla cruza la parte superior del puente a toda velocidad, alumbrando con los destellos de sus luces azules los edificios de la margen opuesta. El cuero de la chaqueta va desapareciendo lentamente en el revuelto cauce; dentro de uno o dos días volverá a salir a la superficie, y tal vez lo encuentren. Pero para entonces, Carlos estará lejos de aquí. Muy lejos.

La camisa le tira un poco por detrás, a la altura de los omoplatos. Aún así, Carlos opina que no está ni tan mal; ha sido un golpe de fortuna hallar a esta señora. Y considera una obligación resarcirla de alguna forma por su involuntaria colaboración. Saca su cartera del bolsillo trasero de sus pantalones, y evalúa su contenido: un billete de cincuenta euros, uno de diez y varias monedas que sumarán, por lo alto, un par de euros. Deja el billete más grande junto a la cabeza de la mujer, y deposita encima las monedas para evitar que el viento invite al papel a un repentino viaje aéreo.

Tiene que marcharse; no tardarán en peinar la zona a pie, y su actual posición será una de las primeras por las que pasen en cuanto dejen atrás el cercano teatro Arriaga. A dónde, no lo sabe. Tal vez consiga escabullirse en algún tren o autobús nocturno que le lleve hacia el Sur, y una vez en la costa ya encontrará la manera de hacerse con un carné falso, con el que empezar una nueva vida. Está muy claro que si se queda en Bilbao o en cualquier parte del País Vasco le acabarán encontrando. Y eso no se lo puede permitir.

Por tanto, lo primero es sacar toda la pasta posible de un cajero automático, y largarse a toda pastilla antes de que a las autoridades se les ocurra registrar las estaciones intermodales. Automáticamente, descarta el tren; la estación de Abando queda demasiado cerca como para que no estén buscándole ya por allí. Tendrá que ser el autobús, pero si no para de llover llegará totalmente empapado a Termibus, la terminal donde los autocares de largo recorrido tocan Bilbao, junto al emblemático estadio de San Mamés y la Escuela de Ingenieros de la Universidad.

-Ya llegaré –masculla entre dientes, y comienza a andar hacia el cajero situado frente a la desembocadura del puente.

 

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~ por Sir Worth en 1 agosto, 2008.

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