CUARENTA Y CUATRO

 

CUARENTA Y CUATRO

 

El tope de la tarjeta de crédito está fijado en mil euros por día. No es un mal pellizco, pero Carlos preferiría poder disponer de todo su efectivo. Y no volverá a utilizar la tarjeta; sería como pedir a gritos que le encuentren, allá donde esté. Se tendrá que contentar con los mil euros hasta encontrar un modo de aumentar sus ganancias. Tampoco se le presenta como un problema demasiado grave; siempre ha sido un hombre de recursos, y no tardará en hallar una nueva forma de ganarse la vida.

Guarda cuidadosamente los billetes dentro de su cartera, tras contarlos con rapidez. La máquina ha sido lo bastante considerada como para no darle billetes de un tamaño exagerado. Algunos de diez y veinte, hasta sumar cien, y el resto de cincuenta. Mejor; los de cien son bastante llamativos, y hay sitios donde no ponen muy buena cara al ponerlos sobre un mostrador. Y si algo no precisa Carlos ahora mismo es un motivo que haga su cara demasiado llamativa a nadie. El anonimato es su mejor baza.

En la calle, la lluvia se ha tomado un pequeño respiro. Aún así, sigue sin parar. En la papelera colocada al lado de la sucursal bancaria, un paraguas descansa con una de sus varillas cascadas, abandonado por su propietario como un caballo al que se le rompe una pata en medio de una travesía. Carlos abre el paraguas; no es el mejor modelo del mundo, pero por esta noche le servirá. Además, su negra tela ocultará sus facciones a cualquiera con quien se cruce. La policía va tras un tío con chupa y camiseta ensangrentada, y un hombre de camisa de cuadros con un paraguas medio roto no llamará su atención.

Con su nuevo accesorio en ristre, echa a andar. Decide que es mejor seguir el curso de la ría y luego cruzar el puente de Deusto para llegar a la estación de autobuses. Es un recorrido mucho más largo, pero más prudente que atravesar el centro de la ciudad, tan cercano a su último altercado y donde le estarán buscando con más ahínco.

Se para, y saca un cigarro de su paquete; el cartón está casi hecho trizas, debido a la presión y al continuo movimiento. Por ello, ante él no se extiende un cilindro perfecto, sino un churro arrugado y retorcido. Pero se fuma de igual forma, y extrae un par de caladas que le llenan los pulmones a la par que enardecen su espíritu.

Se guarda el mechero en el bolsillo, junto con el apachurrado paquete con sólo dos cigarros en su interior, y vuelve a retomar la caminata.

-Quieto donde estás, Carlos –le conmina una voz a sus espaldas.

-Hola, Jokin –responde, girándose lentamente-. Parece que mi disfraz no ha sido efectivo contigo.

-No hay muchas personas con un físico como el tuyo, amigo –los brazos alzados de Jokin sostienen su pistola, apuntando directamente al pecho de Carlos-. Es difícil esconder una montaña.

-Ya; pero tenía que intentarlo…

-¿Por qué, Carlos? ¿Por qué lo has hecho? ¿No te bastaba con haberle dado un par de sopapos a ese idiota y echarle de tu casa?

-Mira –la voz de Carlos se muestra firme, lejos del clásico balbuceo de quien se ve arrinconado-, sé que te va a sonar a chiste, y que lo habrás oído decenas de veces; pero no sé qué me pasó. Me largué de casa para darles la oportunidad de irse sin montar ninguna escenita, y cuando aquellos chavales vinieron a buscarme cosquillas… algo se activó en mí.

-No digas nada más; ya tendrás tiempo de hablar cuanto te plazca en comisaría.

-¿Vas a arrestarme?

-Es mi obligación por mucho que me pese, y tú lo sabes –la pistola se mueve ligeramente en el aire al pasar a quedar sujeta por una sola mano, mientras la otra busca el juego de esposas que pende de la trasera del cinturón de Jokin-. Carlos, suelta el paraguas y arrodíllate con los brazos en alto.

-No puedo entregarme, Jokin; entiéndeme. He cometido algo terrible, y no voy a dejar que me encierren hasta que me pudra. Esos chicos me agredieron y me defendí, igual que el tío del BMW. Y Jon… no se merecía un castigo así, ¡pero yo tampoco merecía que se tirase a mi mujer!

-Vamos, Carlos, tranquilízate.

-¡Cómo que me tranquilice! No, amigo mío; me siento como una de esas bolas de nieve de las películas, que comienzan a rodar por una ladera hasta adoptar un tamaño y velocidad tan grandes que nadie puede pararlas. He aguantado muchas gilipolleces en torno mío en los últimos tiempos, y de lo único que me arrepiento es de haber dejado escapar a Susana para darle un buen escarmiento.

-Carlos, te conviene callar; cualquier cosa que digas la podrán usar en tu contra.

-¡Eres mi amigo!

-Sí, pero también soy agente de la ley. Ahora, Carlos, suelta el paraguas y arrodíllate con los brazos en alto.

-Como quieras.

El paraguas es lanzado de repente contra Jokin, y cuando éste consigue apartarlo a un lado ve la masiva figura de su amigo encima de él, a punto de embestirle. Intenta gritar para disuadirlo, mas de su boca sólo sale un quejido al notar el impacto de un puño demoledor en pleno estómago que le deja sin aire. Curiosamente, es Jokin quien se arrodilla contra su voluntad.

Aprovechando el desconcierto y la inmovilidad del ertzaina, Carlos echa a correr. Podía haberle seguido atizando hasta matarle, pero ha preferido huir. Con un esfuerzo rayando lo sobrehumano, Jokin hace un prodigioso acopio de fuerzas y se vuelve a poner en pie.

-¡Carlos! ¡Quieto, o disparo! ¡No me obligues!

Por unos segundos, Carlos se detiene y se gira. Ambos amigos se miran a través de una cortina de lluvia cada vez menos espesa, y entonces la sonrisa de Carlos aflora de nuevo en su rostro. Jokin nota como si alguien le estuviese retorciendo las pelotas al contemplar esa expresión tan afable de una persona tan entrañable como Carlos. Con cualquier otro no le resultaría tan duro, ni siquiera con su propio padre. Carlos, Carlos…

Sin dejar de sonreír, el hercúleo batería retoma su carrera. La nueva advertencia de Jokin no produce ningún efecto en él, mas que el de apretar aún más el paso. Una gran rama, caída seguramente a consecuencia de la tormenta, descansa cruzada en medio del paseo, y Carlos resbala con un adoquín justo en el momento de saltarla. Justo en el momento en el que una detonación llena el vacío dejado por los truenos.

Estupefacto, Jokin contempla a su amigo levantarse titubeante del suelo. Le ha disparado a las piernas, para cortar su huída, pero la mala suerte ha querido que, al caer, el tronco ha sustituido de lugar a las extremidades inferiores. Por ello, la bala le  ha impactado en el costado, a la altura de las costillas, en vez de morder una de sus pantorrillas. Por segunda vez en esta noche, Carlos aprieta las manos contra su cuerpo, con la sangre corriendo a través de sus dedos mientras se dirige, tambaleante, hacia la barandilla.

-¡Carlos!

Sin distinguir si es producto de un desvanecimiento o un nuevo resbalón, Jokin asiste a una imagen que se le grabará a fuego en la memoria. Pues Carlos se precipita por encima de la barandilla y cae a la revuelta ría, cuyo turbulento cauce no tarda en hacer desaparecer su figura, dejando atrás un amargo grito desconsolado de Jokin.

 

 

Anuncios

~ por Sir Worth en 1 agosto, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: