CUARENTA Y DOS

 

CUARENTA Y DOS

 

Un coche patrulla emprende la marcha, lentamente. En el asiento trasero viaja un ocupante, pero éste no es un detenido montado en contra de su voluntad. Una cara desencajada y llorosa mantiene la vista al frente, mas sus ojos no contemplan ninguna imagen situada frente a ellos. La mente de Willy divaga, difusa, recorriendo sus rincones más recónditos entre las elucubraciones más tétricas acerca del futuro inmediato de su círculo más íntimo.

Tragando un poco de saliva, Jokin se recompone a duras penas del mal trago pasado al confirmarle a Willy las peores expectativas acerca de la situación. Acerca de Carlos. Si de alguien no se lo esperaba, ese alguien era el hercúleo batería de los Stainless Steel; siempre con su carácter sereno, con su paciencia, transmitiendo una sensación indescriptible de seguridad a todo aquel que gozase de su compañía. Éste es, sin duda, el caso más desolador en el historial de Jokin. Abrumador.

Por si la tensión de los hechos desatados al compás de la furia brutalmente desencadenada no fuese suficiente, el desgarrador aullido emitido por la garganta del doble vasco de Harry Potter, seguida por un llanto desconsolado, ha dejado a Jokin como si le hubiesen echado un balde de agua helada de golpe sobre los hombros. Un gran balde. Un balde gigantesco.

En pleno estado de shock, llevar a un conmocionado Willy al coche patrulla ha sido un juego de niños. La procesión iba, y va, por dentro.

Las ambulancias también han partido, y justo ahora llega el equipo forense, desplegando todos sus bártulos y cachivaches entre los distintos efectivos de la brigada científica. Unos y otros recopilan pruebas y evidencias, correspondientes a sus respectivos campos y especialidades, intentando evitar cualquier pérdida de huellas, rastros,… Una misión rayando lo imposible cuando uno anda buscando bajo las cataratas del Niágara. O del Iguazú, si nos ponemos.

En contra de lo reflejado en el reglamento, Jokin no ha comunicado a sus superiores su implicación directa con el único sospechoso de la investigación. Cierto es que cuando ha recibido el aviso desde la comisaría no lo sabía a ciencia cierta. Albergaba una remota sospecha, cerciorada después al entrar en el piso de Carlos. Pero de momento no lo va a notificar; quiere llevarlo todo personalmente, y asegurarse de que Carlos es arrestado con un mínimo de dignidad.

Siendo el oficial de más alta graduación en este caso, y auspiciado telefónicamente por el propio cuerpo, no tiene problemas para reagrupar a los distintos agentes y encargarlas diversas encomiendas. Tras buscar, sin éxito, la furgoneta aparcada en las cercanías, se pasan sus datos para que tanto Ertzaintza como la Policía Municipal estén en alerta y se agilice la búsqueda del vehículo fugitivo.

Los forenses han terminado con sus labores sobre el campo, y proceden a introducir los cuerpos en toscos ataúdes de plástico, resina o de lo qué coño estén hechos. A Jokin siempre le dan un cierto repelús, y cuanto antes pongan distancia de por medio, mejor.

La brigada científica se halla ahora al completo en el piso. Se han tomado huellas en el coche de los chicos, en el portal, en la calle,… teniendo un porcentaje de éxito relativo, según el lugar. Es fácil suponer que en el destrozado dormitorio tendrán más oportunidades de hallar datos concluyentes. Aunque para Jokin está todo claro. Demasiado claro.

Los minutos pasan como si de horas se tratase, deambulando de una posición a otra, recibiendo llamadas y efectuando otras tantas, indicando alguna variación a sus compañeros en lo relativo a sus respectivas tareas. Mientras, la lluvia persiste en su danza implacable. Si sigue así, las inundaciones del ochenta y tres se harán más presentes que nunca a este ritmo. Qué diluvio más descomunal.

Nervios, tensión y otros factores le obligan a tomarse un pequeño descanso; necesita un respiro, para fumar un cigarro tranquilamente. Se dirige bajo la marquesina del portal más cercano, y a salvo del aguacero saca su machacado paquete de Winston. Llevaba un buen rato sin llevarse uno a la boca, y la primera calada le sabe a gloria. Bendito vicio maldito…

Por un instante, logra evadirse un tanto de todo el lío. Sus ojos siguen la evolución de las volutas de humo, su mente queda en blanco, su espalda se relaja, sus nervios pierden crispación.

Tal vez por lo inesperado de su sonido, el móvil de Jokin le saca desagradablemente de su mutismo. Se pronuncian juramentos entre dientes, hasta lograr dar con él y sacarlo del bolsillo. Le sorprende que aún siga funcionando, con todo el agua que ha chupado. Y lo que le puede quedar… La pantalla se muestra borrosa, por los goterones desdibujándose sobre ella, haciendo irreconocible el número de la llamada entrante.

-¿Sí? –Contesta, sin saber quién se halla al otro lado de la línea.

-Jokin; soy Arrieta.

-Ah, hola. ¿Alguna novedad?

-Y tanto. Tu chico la está liando petarda; no hace ni diez segundos que he recibido una llamada de la Municipal. Una de sus patrullas ha ido a cubrir un siniestro por colisión junto a la Iglesia de San Antón, y han llegado para encontrarse un tío machacado a golpes.

-¿Testigos?

-Sí; un mecánico que volvía de una reparación de emergencia en una maquinaria de una fundición conducía tras un BMW blanco. Bajando de Zabalbide ha aparecido una furgoneta que cuadra con la descripción que has pasado, y ha embestido al turismo. Su conductor se ha bajado, indignado, y el otro ha salido a su vez pidiendo disculpas, según el testigo. A tenor de lo declarado, coincide con tu sospechoso.

-Sigue, por favor –conmina Jokin, mientras echa a correr hacia su vehículo haciendo señas a cuatro agentes para que le sigan.

-Parece ser que el del BMW estaba como una furia; ya sabes, un traficante de poca monta ciego de coca, o vete a saber de qué. Las explicaciones del sospechoso no debían serle suficiente, y sin más ha sacado una navaja y se la clavado en el costado. El testigo afirma que el apuñalado vestía una cazadora de cuero, lo cual podría haberle librado de males mayores, pero sí que ha debido de acertarle pues ha visto cómo la camiseta se teñía de sangre.

-¿Y está grave? –Jokin ya se ha lanzado como una exhalación hacia el lugar referido, con un séquito de dos coches tras de sí.

-Ahora mismo, no se sabe; pero en ese momento no debía estarlo demasiado, porque con la navaja clavada le ha dado de tortas hasta dejarlo tirado en el suelo. Y muerto; bien muerto.

-¡Joder!

-Y tanto; cuando ha llegado la patrulla, se han encontrado con los dos vehículos obturando el cruce, menos mal que no hay prácticamente tráfico a estas horas. El testigo ha relatado los hechos, finalizando su declaración diciendo cómo tu sospechoso ha abandonado la escena a pie, a la carrera, en dirección hacia el teatro Arriaga.

-Entendido; voy para allá volando. Infórmame de cualquier novedad.

-Jokin…

-¿Sí, Arrieta?

-Ándate con ojo; ese tío es de cuidado.

No lo sabes tú bien, piensa Jokin al cortar la llamada, con el pie derecho incrustando el acelerador contra su tope.

 

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~ por Sir Worth en 30 julio, 2008.

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