CUARENTA Y UNO

 

CUARENTA Y UNO

 

Es difícil mantener el nivel de control necesario para ejecutar una conducción adecuada en una noche cerrada, con una cortina espesa de lluvia impactando sin cesar en el parabrisas con la cadencia del martillo de un herrero loco e infernal. Por si esto fuese poco, añadiremos los destellos de las luces de los vehículos que se nos cruzan en cada calla, en cualquier intersección, cuyos haces se difractan en la acuosa película de nuestra luna, cargando aún más los ojos. Aderecemos el guiso con el cansancio acumulado durante toda una larga jornada, habiendo madrugado a las cinco de la mañana para dirigirse a un trabajo de gran desgaste, tanto físico como psicológico, desempeñando la ardua labor bajo presión. Presión por ser conocedores de que la más mínima equivocación puede suponer un gran desastre, en forma de explosión por una soldadura mal hecha, de asfixia al ser sepultado bajo un montón de escombros, de muerte por inanición al ser arrastrados a alta mar por las implacables corrientes de los fondos oceánicos. Además de la presión de todos los litros de agua salada suspendidos sobre las cabezas de quienes se afanan a más metros de profundidad de lo aconsejable por los límites establecidos por la naturaleza y la fisiología humana.

Si con todo esto ya es difícil guiar un vehículo a través de charcos que rivalizan en tamaño con ciertos lagos, un factor más torna en quimérico cualquier itinerario con una feliz llegada al destino propuesto. El ir sin una meta preestablecida, con las sangre hirviendo como un caballo de lava desencadenada galopando por venas y arterias.

Como un autómata, Carlos conduce mecánicamente. No va a toda velocidad, respeta los semáforos, la distancia de seguridad y los adelantamientos. Pero si le preguntásemos a dónde se dirige, sólo obtendríamos un encogimiento de hombros por respuesta. Eso si fuésemos lo bastante osados como para acercarnos a él en su actual estado.

Las grandes manos sujetan con firmeza el volante; es tal su tensión, que sus enormes nudillos están blanqueados. No quisiera estar en el lugar del volante, amigos, pues mi cuello no resistiría semejante presión.

Mas sus pensamientos no rondan en torno a la señal de ceda el paso de la esquina, o en el coche que le acaba de adelantar a más de cien kilómetros por hora en una zona cuya limitación es de cincuenta. No; están lejos de la Transporter que callejea por un Bilbao nocturno y fantasmal.

No puede dejar de pensar en lo ocurrido, sin llegar a explicarse cómo ha podido ceder a tan bajos instintos. Recuerda cómo se ha marchado de su casa, tras haber presenciado cómo su mujer, la que en tantas ocasiones le ha negado los placeres del lecho, se estaba acostando con su compañero de trabajo. Un tío majo, pero tan estúpido como superficial; un montón de músculos sin seso, un maniquí de opereta, un chuleta de gimnasio. Concediéndole lo que a él le denegaba. Magnífico.

Al salir del portal, ha tardado unos segundos en darse cuenta de que seguía lloviendo como si el mundo se fuese al garete, y ha optado por dar una vuelta en la furgo para refrescar sus confusos pensamientos. Por tanto, ha apretado el paso para llegar a ella cuanto antes; la lluvia no muestra el menor síntoma de piedad.

Cuando estaba cruzando la esquina de la calle, justo han salido esos chicos de su coche tuneado. Se le han puesto delante, y le han pedido fuego. Cualquiera que conociese la situación de Carlos entendería las nulas ganas de entablar la más pequeña relación social, y con seco “no tengo” ha respondido sin aminorar su marcha.

Gallitos. Se han sentido ofendidos, y uno le ha insultado. El otro le ha echado una mano al hombro, sujetándole con fuerza, y al girar el cuello Carlos ha visto cómo alzaba su otro brazo, terminado en un poco amistoso puño.

Igual pensaban que contaban con la ventaja de la energía de la juventud, la superioridad numérica y el factor sorpresa. Error. Como si fuese lo más fácil del mundo, ha esquivado el golpe como si nada. Y ahí ha terminado la historia de Carlos. Digo terminado, porque quien ha tomado las riendas de la situación era otra persona, ciega de ira por tanta violencia gratuita, por sentirse el centro de todas las burlas del cosmos, y la rabia acumulada durante tanto y tanto tiempo ha explotado en un nanosegundo. Un nuevo big bang, para ser más preciso.

El idiota no se esperaba la celeridad de unas garras de acero, volando con fatal precisión hasta su laringe. Lamentablemente para él, ni uno solo de los golpes de su amigo ha frenado la mortal presa, consiguiendo una muerte bastante más dulce que la que le sucedería.

Sólo el chasquido de las vértebras ha sacado a Carlos de su mutismo, soltando el despojo humano de repente para lanzarse a repartir una sucesión incontenible de nudillos sobre el cráneo del otro estúpido. El primero le ha lanzado directamente de espaldas contra el asfalto, y el resto han conjuntado sus bestiales efectos con la ayuda del duro suelo.

Una chica ha gritado desde dentro del coche; un chillido plañidero acompañado del sonido de una puerta abriéndose. Un tercer aspirante a alimento de gusanos se disponía a salir del interior, mas tan pronto su cabeza ha emergido por el hueco, la bota de Carlos ha volado, soltando una coz que provocaría envidias en el más bruto de los mulos. La cabeza del último energúmeno ha evitado uno de esos portazos tan desagradables, aún a costa de casi conseguir partirse como un coco seco bajo la contundencia de un martillo.

La chica ha salido por el otro lado, y su boca rezumaba improperios. “Asesino” era el más dulce, por así decirlo. La lluvia caía por su cara, pero así y todo era fácil distinguir los regueros de lágrimas descendiendo por sus mejillas, embadurnadas de maquillaje deslucido por el agua de celestial procedencia.

Y entonces lo ha dicho: “¿por qué no vas a tu casa a zurrar a tu mujer, en vez de pegar a mis amigos?”. O quizás no ha pronunciado tales palabras, y sólo ha sido una voz interior, dentro de la mente de Carlos. Fuese una cosa u otra, se ha incorporado y se ha girado. No veía la hora de llegar de nuevo a casa y castigar a esa zorra; pero había otro con bastante más prioridad.

Ambos seguían en el dormitorio, y verle aparecer les ha dejado un poco sorprendidos. Pero el maldito Jon, como el gallo del corral, se ha erguido todo lo que su osamenta le permitía, y se ha vuelto a poner chulo. Como si tuviese derecho para ello. Carlos recuerda que su puño ha cobrado vida, y se ha alzado contra su oponente, mas el otro lo debía estar esperando y se ha adelantado. Ha comenzado a descargarle a Carlos golpes sin cesar, demoledores y contundentes, cada uno capaz de tumbar a un caballo. Pero Carlos no los sentía. Veía cómo le daba una y otra vez, pero increíblemente su organismo no acusaba la menor molestia. Ante la mirada de incredulidad de Jon, lentamente ha levantado sus manos para encontrar, de nuevo, un cuello fuerte y ancho como una columna del acueducto de Segovia. Agarrar y apretar.

La vida se ha ido esfumando del cuerpo de Jon, hasta que Carlos se ha encontrado sujetando un cacho de carne. Pero su ira seguía recorriéndole, y ayudándose del cadáver aún caliente ha destrozado el dormitorio. Irónicamente, ha tenido la involuntaria colaboración de quien ha contribuido a destruir su matrimonio. Lo poco que quedaba de él, al menos.

Cuando ha conseguido detenerse, ha dejado caer al muerto, sin observar la amplia devastación a su alrededor. Un elefante hubiese sido más cuidadoso en una cacharrería, de eso no hay duda. Pero Susana, misteriosamente, se había esfumado. Ni rastro de ella.

Ha sido entonces cuando se ha percatado de sus actos. Tres vidas segadas, tal vez cuatro, borradas del mapa de un solo plumazo. Todo por haber perdido el control, la primera vez en toda su vida. Siempre ha deplorado a aquellos que, de una forma u otra, ejercían la violencia. El uso de la fuerza por la fuerza, el acto más vil y deleznable en el ser humano.

Y ahora, mientras conduce tras haber esquivado furtivamente a todos los ertzainas apostados junto a los tuneros provocadores de la primera escaramuza, se sorprende a sí mismo al descubrir que se encuentra a gusto. Peligrosamente a gusto.

Un rápido vistazo le descubre su situación; se encuentra bajando el último tramo de la empinada calle de Zabalbide, una de las más largas y zigzagueantes de la ciudad. Arriba al cruce final, justo ante la atenta mirada de la antigua iglesia de San Antón. Las decenas de golpes recibidos en todo su torso comienzan a reclamar su atención con agudas punzadas de dolor; no en vano, ha recibido un duro castigo físico al haber sido molido a palos.

Concretamente, un punto de sus costillas, justo bajo el brazo derecho, le suelta un latigazo eléctrico con el que ve las estrellas. Sólo por un segundo, pero es tiempo más que suficiente como para distraerle.

Un BMW blanco impacta contra el morro de la furgoneta, provocando que la gran figura de Carlos sea lanzada hacia delante, a duras penas contenida por un cinturón de seguridad forzado al límite.

-¡Gilipollas! –Salta el ocupante del turismo, bajándose rápidamente para acercarse hacia la puerta de Carlos-. ¿En qué coño ibas pensando? ¿No has visto el ceda el paso o qué, mamón?

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~ por Sir Worth en 29 julio, 2008.

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