CUARENTA

 

CUARENTA

 

Abortar el intento de chantaje psicológico por parte de Willy no le resulta demasiado difícil a Jokin; su voz no tiembla al ordenarle de manera tajante que permanezca dentro del vehículo, si no desea ser llevado a casa por uno de los agentes. Lo realmente duro llega al girarse para, acompañado de un par de policías de uniforme, encaminarse a paso rápido hacia la casa de su mejor amigo.

Y no sólo su mejor amigo; quizás una de las mejores personas de todo el mundo. Con cada zancada, siente un pequeño desgarro en su interior al rememorar increíbles y gratos recuerdos en compañía de su hercúleo colega. Trata en vano de sacudirse tales pensamientos de la cabeza, notando el impacto de las crueles gotas de lluvia sobre su empapado cabello. Esta noche tiene una atmósfera un tanto extraña, piensa, como si estuviese llorando por lo ocurrido. A saber qué le ha podido suceder para comportarse de una manera tan atípica en él.

El portal no supone obstáculo alguno. El muelle está cedido de tanto uso, y la última persona en cruzar la puerta no se ha molestado en comprobar su correcto cierre, quedando ésta ligeramente entornada. Uno de los agentes es apostado junto al ascensor, yendo el otro siguiendo la carrera de Jokin, saltando los peldaños de dos en dos a toda pastilla; es necesario comprobar que el sospechoso no se haya quedado en alguno de los rellanos.

Dado lo tardía de la hora, no se cruzan con ningún vecino en su meteórica carrera hasta la última planta. Jokin se ve forzado a conceder a su acompañante unos segundos de descanso para recuperar el resuello; se le ve un hombre atlético y entrenado, pero aún así el frenético ritmo del bajista de Stainless Steel le ha dejado sin aliento.

Asintiendo con la cabeza, el agente indica que ya se encuentra en condiciones de continuar, y Jokin no tarda ni medio segundo en acercarse a la puerta. Según se dice por ahí, un suceso determinado puede ser una casualidad en el vasto espectro de las probabilidades del universo; pero dos son demasiada casualidad. Y encontrar una segunda puerta entornada sume de negrura las remotas esperanzas de Jokin por tener que excusarse frente a su amigo por una metedura de pata.

Ambos desenfundan sus armas reglamentarias, y con una señal predeterminada entran sigilosos en la vivienda. El pasillo y las primeras estancias están sumidas en una total oscuridad, mas un ligero fulgor resplandece en la parte más alejada. Con todo, siguiendo un procedimiento impuesto más por la costumbre que por el propio reglamento en sí, van adentrándose en cada uno de los cuartos, turnándose a la hora de entrar y cubrir al otro. Nada, ni nadie.

Por último, terminan por llegar al dormitorio de Carlos y Susana, origen del resplandor divisado al efectuar la entrada menos deseada en la hoja de servicios de Jokin. Antes de abrir la tercera puerta que encuentran entornada en este edificio, los dos se toman un segundo para mirarse a los ojos. El ertzaina uniformado no conoce a Carlos de nada, pero la descripción que de él ha dado Jokin, así como el de su portentosa naturaleza, parece haber hecho mella en el hombre bajo la boina roja; se percibe con facilidad su nerviosismo, aún sin fijarse en la exuberante sudoración de su frente o en el ligero contoneo de una pistola sujetada con sendas manos.

“Ya”, dice Jokin con sus labios pero sin emitir sonido alguno, y los dos entran de golpe. La escena dibujada en el cuarto es demasiado dantesca, incluso para el mismo Dante. Los muebles están destrozados, desvencijados; el espejo reposa en el suelo, abarcando con mil añicos más superficie de la usual; ropa revuelta por doquier, como si fuesen folios situados junto a una ventana abierta por descuido; en las paredes, el gotelé se alterna con grandes desconchados e impactantes manchas de sangre; la cama, partida por la mitad, y en pleno medio del colchón se encuentra un desnudo Jon tendido en una posición lo bastante elocuente como para llamar directamente al forense, en vez de al equipo médico de emergencia.

Aún así, Jokin tiende una mano y el agente da dos rápidos saltos para situarse junto al cuerpo y colocar sus dedos a la altura de la yugular. Sin pulso, justamente eso quiere decir el movimiento de la cabeza a ambos lados.

Jokin echa mano al teléfono para indicar la nueva situación, pero un quejido ahogado resuena en alguna parte de la habitación. Un lamento de dolor, emitido por una garganta femenina, obligándole a guardar de nuevo el móvil en su bolsillo para mirar en derredor. La luz es débil, mortecina; quizás sea la causa de no haber apreciado la silueta de una mujer semienterrada bajo la madera astillada que solía tener la tranquila costumbre de pasarse días y días como la sencilla puerta izquierda del armario ropero.

No hace falta intercambiar ninguna palabra para ver a ambos agentes dirigirse con velocidad junto a ella, y mientras su compañero levanta la pesada puerta, o lo que queda de ella, Jokin agarra a Susana con toda la suavidad posible y la arrastra hacia una zona más despejada. Es tal su estupor por todo lo visto en tan poco tiempo, que sólo se percata de la desnudez de ella cuando Sabin, el otro policía, tiende una sábana sobre un torso magullado y repleto de heridas y regueros de sangre.

-Jokin… -los sonidos salen de su garganta con notoria dificultad-, me alegro… de… verte.

-¡Susana! ¡Gracias a Dios, estás bien!

-Estoy, Jokin… simplemente… estoy. Lo de… bien –una virulenta tos corta su ahogado discurso.

-Tranquila, voy a avisar a los de la ambulancia; ya verás cómo sales de ésta.

Mientras Sabin indica que será él quien llame a los sanitarios, Jokin empieza a preguntarle a Susana lo ocurrido. Entre toses, pausas y jadeos, la joven narra cómo se ha dejado llevar por el alcohol, acabando en la cama con Jon lo que, inicialmente, era una tranquila cena para tres amigos. No sabe el por qué de tal decisión, es como si estuviese presenciando la escena a distancia en vez de ser la protagonista, pero el caso es que Jon y ella han comenzado una buena sesión de gimnasia sueca. De hecho, no es capaz de decir por cuánto tiempo han estado derritiéndose el uno en el otro. El dolor le recorre todo en cuerpo con agudas punzadas, pero aún así no puede reprimir una pícara sonrisa al recordar todo el placer experimentado.

Y justo al llegar al clímax, en el preciso instante en que Jon se ha corrido dentro de ella -sin preservativo para más señas-, y ambos han quedado fundidos en un apasionado abrazo aderezado con sudores, sonrisas y suspiros, Carlos ha entrado en el dormitorio. Susana se ha quedado de piedra al verle, tanto como Jon. Y esperaba que su marido montase un auténtico escándalo; es lo más lógico, dadas las circunstancias. Jokin asiente; conoce la experiencia, aunque en su caso no era su mujer, sino a su novia a la que pilló in fraganti con un antiguo ex. Y le costó mucho reprimirse las ganas de descerrajarle todo el contenido del cargador de su arma en las pelotas al pollo de marras.

Pero Carlos no; haciendo gala de su flemática forma de ser, ha aguardado unos segundos para tomar aire. Susana asegura que pensaba que su pecho iba a reventar como un globo con demasiada presión dentro, de tanto que se ha llegado a hinchar. Mas no ha realizado ningún gesto violento, ni ha dado gritos como un hombre de las cavernas; se ha limitado a quedarse quieto, mirándoles fijamente a los sorprendidos amantes.

-Tengo sed, Jokin… -la garganta de Susana clama por un poco de agua fresca.

-Aguarda –replica, dejándola un momento para volver con un trapo mojado-. Susie, no puedo darte de beber; si tienes una hemorragia interna, no haría más que empeorar las cosas. Te tendrás que contentar con que te humedezca los labios.

-Como… usted diga… señor agente.

-Entonces –continúa Jokin, mientras pasa el borde del trapo siguiendo el contorno de la sensual boca de Susana-, si Carlos se ha quedado quieto, ¿qué coño ha pasado?

Retomando la historia, la maltrecha mujer rememora las palabras de Carlos: “voy a salir a dar una vuelta, para aclararme la cabeza. Cuando vuelva, no quiero veros a ninguno de los dos aquí”. Dicho esto, se ha girado en redondo y ha salido dando un pequeño portazo. Jon seguía algo pedo, y en cuanto ha escuchado el ruido de la puerta se ha descojonado a mandíbula batiente. Ella, en parte algo perpleja, se ha contagiado de la estentórea risa del gigante de ojos azules, aunque su espontánea alegría no ha durado demasiado. Le ha pedido a Jon que recogiese sus cosas y se fuese; ella se quedaría para intentar hablarlo con Carlos. Pero Jon ha seguido pavoneándose, haciendo poses propias de culturistas y jactándose del temor de Carlos para con sus increíbles músculos.

El relato se ve forzado a una nueva pausa con la entrada de los médicos, quienes comienzan a reconocer a la mujer tumbada en el suelo. El cadáver de Jon, oculto parcialmente bajo una manta, no precisa de su atención.

Mientras montan la camilla para colocar a Susana sobre ella, la joven continúa su historia. Jon ha seguido insistiendo en besarla y abrazarla, pero se sentía lo suficientemente avergonzada y arrepentida de su actuación como para rechazarlo. Obviamente, a Jon no le ha sentado nada bien, y una retahíla de improperios ha manado de su boca, regalándole los oídos con un montón de palabras malsonantes. Susana se ha seguido mostrando firme en su decisión, mostrando su cara más seria.

Jon, a medio vestir, seguía con su perorata, cuando la puerta de la entrada ha sonado con brutal impacto contra la pared del pasillo. Carlos ha entrado en el cuarto como una exhalación, y se ha ido directo contra Jon. Éste, más joven y ágil, no ha esperado a recibir el puño que Carlos empezaba a lanzarle, y le ha soltado un golpe tras otro. Golpes que Carlos ni se ha molestado en intentar esquivar, recibiéndolos todos estoicamente, sin un mísero quejido. Jon seguía atizándole con todo, y Carlos aguantaba sin pestañear, con los ojos inyectados en sangre.

Así han estado un rato, sigue Susana mientras es introducida en el ascensor, hasta que Carlos ha levantado los brazos de repente, agarrando con sus manazas el cuello de toro de Jon. Uno dando golpes, y el otro apretando. Hasta que los puños de Jon han ido perdiendo cadencia y contundencia, para quedar colgando inerte de la mortal presa de Carlos. No contento con ello, ha parecido enloquecer aún más, y se ha dedicado a golpear todos los muebles de la habitación. Usando para ello el cuerpo del difunto como masiva porra.

-A mí… no me ha… pegado directamente –las puertas de la ambulancia se abren para admitir en su seno a la herida-, pero… me ha caído encima… la lámpara… y luego el armario… creo que ni me veía… No sé si se… había dado cuenta de… que Jon… estaba… -el llanto irrumpe de pronto en su rostro- ¡Dios, le ha… matado! Y ha seguido usándolo… para destrozar todo… el cuarto. Incluso… un par de veces… lo ha descargado… contra el armario… que tenía encima. Y, de repente… ha parado y… se ha ido.

-¿Así, sin más? –Jokin no puede ocultar su extrañeza.

-Sí… no sé qué es… lo que le ha podido… pasar para que… volviese tan pronto… y tan cambiado… tan fuera de sí.

-Creo que me hago una idea, Susie. Ahora, tengo que dejar a estos chicos que te lleven al hospital. Te iré a visitar.

-Jokin…

-¿Sí?

-Carlos… es un poco raro… pero le sigo queriendo. Cuídale antes de… que se meta en algún lío –son las últimas palabras de Susana antes de arrancar la ambulancia.

Durante unos segundos, Jokin se queda plantado en mitad de la calle, viendo cómo las luces giratorias se alejan a toda mecha bajo el segundo diluvio universal.

Casi la mata, se dice a sí mismo, y se ha cargado a un tío mucho más grande y más bruto que él. Y, sin saber que ha conseguido dos clientes más para el tanatorio y un nuevo inquilino para el ala de muertes cerebrales del hospital, me pide que evite que la haga más gorda. Genial.

Cabizbajo, retorna a su coche, recordando retazos de la conversación mantenida en el bar. Las manos de Carlos sosteniendo el muelle de su mechero, mientras explicaba a la buenorra de Silvia el significado de la descompresión. Los brazos del fornido buzo levantando los pesados barriles de cerveza como si fuesen de papel. Y se ha visto a sí mismo diciendo cómo Carlos era como una válvula de seguridad,  y que el día que reventase no quería que le pillase delante.

-¿Qué ha pasado, Jokin? –Willy espera ansioso las explicaciones del ertzaina.

-En pocas palabras…. Se ha producido una descompresión.

 

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~ por Sir Worth en 28 julio, 2008.

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