TREINTA Y NUEVE

 

TREINTA Y NUEVE

 

Cuando el nerviosismo impera en nuestro ser, es increíble la cantidad de gestos y tics estúpidos realizados inconscientemente por nuestros distintos órganos y miembros.  A veces nos descubrimos con una estúpida sonrisa al darnos cuenta del estúpido garabato trazado sobre un papel mientras hemos mantenido estúpida conversación telefónica. Y cuán embarazosos pueden llegar a resultarnos algunos momentos de este tipo, al percatarnos de nuestros involuntarios movimientos tras llevar un buen rato haciendo esto o lo otro y ver cómo nos está mirando la gente de nuestro alrededor. Cuando menos, una muestra más de la extraña naturaleza de la mente del ser humano.

Justamente es el caso de Willy. Hastiado por los largos minutos de espera sin que Jokin vuelva al coche, y aburrido de no poder distinguir ni un paupérrimo detalle del trasiego desarrollado en la calle a través de unas ventanillas empañadas hace ya bastante tiempo, es ahora cuando advierte el tonto bailoteo de su móvil. La palma de su mano, extendida hacia arriba, es una perfecta pista donde su teléfono ejecuta giros y volteretas dignos de una hoja caduca en pleno vendaval otoñal.

Lógicamente, lo frena en seco y, notando arremolinarse la sangre dentro de sus mejillas en un segundo, lo primero que hace es mirar en todas las direcciones, para comprobar la ausencia de ojos mirones y burlescos. Pero no, no hay nadie en las inmediaciones; o, por lo menos, nadie que pueda haber asistido a tan particular motivo de sonrojo con garantías de ver siquiera un ligero esbozo.

Resopla. Sabe que es una chorrada, pero está acostumbrado a sufrir las mofas de los demás desde su más tierna infancia, y la más ínfima de las tonterías era motivo más que suficiente para que alguno de los molones de clase, de la pandilla o de cualquier grupo del que fuese partícipe el diferente-a-los-demás Guillermo Durán la tomase con él. Hasta el menos diplomado de los psicoanalistas sería capaz de diagnosticar este persistente trauma infantil, y el propio Willy es consciente de ello. Pero poseer el conocimiento acerca de un miedo y vencerlo son dos verbos bastante distintos, y a menudo recorren senderos dispares.

Vuelve a mirar afuera, pero es en vano de nuevo; no se ve una mierda, aparte de las luces de la ambulancia y de los coches patrulla. Si ha de aguardar mucho más así, tendrá que tomar una decisión al respecto. La de echar una agradable cabezada es la favorita de su lista de apuestas.

Un momento, piensa para sí, quedándose con los ojos bien fijos en la pantalla del móvil; podría ser la mejor ocasión para devolverle la llamada a Silvia. Así se enteraría de lo ocurrido, guardando una grandiosa excusa en la manga  para colgarla en caso de ponerse pesada –qué mejor disculpa que la de estar hablando desde un coche de la Ertzaintza para precipitar el fin de la conversación- y podría matar un poco el tiempo. A falta de pan…

Busca la agenda en el menú, y de pronto su dedo se paraliza al punto. No; no va a llamar a Silvia, y no por falta de interés. La apasionadamente impulsiva enfermera ha sido desbancada de lo más alto del podium, lo que a ella no le importaría lo más mínimo en caso de conocer las intenciones de Willy; en estos mismos instantes, su cuerpo tiembla tumbado sobre la cama de colcha sudada, mientras su mano recorre juguetona su propio sexo con la imagen de Carlos desnudo en su mente. Y está llegando a unas cotas de éxtasis tan altas que, aun pudiendo escuchar el timbre del móvil, no abandonaría su abnegada ocupación actual por nada del mundo.

Un escalofrío recorre el cuerpo de Willy al llevarse el auricular a la oreja, tras haber pulsado la entrada denominada “Carlos”  en su agenda. No sabe qué decirle, y el impulso de colgar llega justo tras sonar el primer tono. Hola, soy tu querido amigo Willy y aquí hay un montón de polis, con el mismo Jokin a la cabeza, buscando al asesino de unos pavos al lado de tu portal. Y oh, vaya, resulta que van tras tu pista; ¿has sido tú?

Uno a uno, los monótonos pitidos se suceden hasta la honorable salida a escena del “no responde” en plena pantalla. No sabe si sentirse a gusto por haberse evitado una incómoda conversación, o intranquilo por no poder esclarecer este lío. Aunque Carlos siempre podría devolverle la llamada perdida, con lo que…

-Tío, vas a tener que bajarte del coche –salta Jokin, apareciendo tan de repente dentro del coche como para provocar un terrible bote en Willy.

-¡Joder, qué susto me has dado!

-Perdona, no era mi intención sobresaltarte –sigue el ertzaina, con una voz taciturna acompañada por un rostro sombrío-, pero tendrás que marcharte. No te preocupes, le diré a uno de los agentes que te lleve a casa, hay coches patrulla de sobra.

-Si te crees que me voy a ir sin que me digas nada, lo llevas claro, chato –los brazos enclenques de Willy se cruzan sobre su exiguo pecho, dando a entender la firmeza de su postura-. No llevo aquí sentado media vida, dejándome el culo plano dentro del coche y sin poder salir, para que ahora vengas y me des el piro así, sin más.

-Willy –los ojos de Jokin se fijan en los de su interlocutor, sin intentar ocultarle la avalancha de incertidumbres que le recorren por dentro-, escúchame atentamente. Lo que te voy a decir ha de quedar, por ahora, entre nosotros, o me meterás en un buen lío.

-Oh, oh… me temo que no me va a hacer mucha gracia.

-Eso creo –Jokin prosigue, tras permitirse unos segundos de silencio para ordenar sus pensamientos-. La chica de la otra ambulancia…

-¿Hay otra ambulancia?

-Sí, más allá, doblando aquella esquina. Pero no me cortes; bastante me está costando decirte esto, como para que me lo pongas más difícil. Bien, ¿por dónde iba?

-La chica de la ambulancia…

-Eso; ella me ha contado lo ocurrido. Dice que estaba aquí, en la esquina, con sus amigos dentro del coche, y que un tío enorme les ha pegado un puñetazo en el capó. Y cuando los tres chicos han salido, para echarle en cara lo incorrecto de su comportamiento según ella, les ha empezado a repartir estopa a diestro y siniestro.

-¡Joder! ¿Y no han podido con él?

-Ella le ha descrito como un loco, fuera de sí; algún golpe le han conseguido dar, pero no daba muestras de ni siquiera sentirlos. Y una vez que los tres han quedado tendidos en el suelo, se ha dado la vuelta y se ha marchado por donde había venido. Willy, ha entrado en el portal de Carlos, lo ha descrito claramente.

-¡Pero no tiene por qué haber sido él! ¡Puede tratarse de algún vecino suyo, o haberse confundido ella de portal, o…!

-Willy, le he enseñado esta foto –la cartera de Jokin se abre frente a la cara del joven, quien no ha estado tan alterado en mucho tiempo-. Y no hay dudas, lo ha reconocido de inmediato.

La imagen mostrada tras el plástico protector es una vieja instantánea, tomada en los primeros tiempos de los Stainless Steel, con gente que ya no forma parte del grupo. En el centro, sosteniendo sus baquetas en las manos con sus brazos cruzados sobre su fornido pecho, Carlos se yergue majestuoso bajo la huella dactilar de un pequeño índice femenino, marcada por un sudoroso y reciente contacto acusador.

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~ por Sir Worth en 24 julio, 2008.

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