TREINTA Y OCHO

 

TREINTA Y OCHO

 

Han pasado apenas unos minutos desde el precipitado cambio de destino en el viaje de Jokin y Willy, pero al llegar al lugar de los hechos el técnico de físico similar al de Harry Potter siente que hayan transcurrido horas. No veía el momento de ver frenado un vehículo lanzado como una exhalación por las desérticas calles de la capital vizcaína, aunque no deja de reconocer el excelente control y pilotaje de Jokin. Pero, sin querer menospreciar a su amigo ertzaina, este tipo de cosas prefiere verlas desde la distancia, a ser posible a través de la pantalla de su televisor.

-Quédate en el coche, no salgas por nada del mundo –ordena el policía autonómico, sin poder ocultar su rostro de preocupación, en claro contraste con el anterior a la recepción de la llamada de la comisaría.

Willy, por toda respuesta, asiente con su cabeza en silencio. Pese a la pertinaz lluvia, cuyas gotas dificultan la visión a través de las ventanillas subidas del coche, el joven distingue perfectamente dos bultos tirados en el suelo, junto a una ambulancia cruzada en medio de la calle. Dos bultos que, por su forma, tan sólo pueden ser cadáveres, malamente tapados por una de esas mantas térmicas de aluminio.

Subiéndose hasta arriba el cuello de la chaqueta, Jokin aprieta el paso hasta llegar junto al vehículo medicalizado. Uno de los ocupantes de la ambulancia le hace un claro gesto para que se aleje, mas su mano se detiene al ver cómo una cartera asciende y se abre, dejando ver la placa de policía.

-¿Qué situación tenemos, doctor?

-Bueno, este chaval de aquí dentro ha tenido bastante suerte; sólo presenta una fuerte conmoción cerebral, pero podrá contarlo. Sus dos amigos –el médico señala hacia los dos cuerpos- no han sido tan afortunados.

-¿Causa de la muerte?

-Sin haber practicado la autopsia, no dejan de ser especulaciones. Aún así, confirmarán mi primera opinión, los síntomas son claros. Uno ha fallecido por asfixia, tiene la cara completamente cianótica y marcas de manos en el cuello. Cuello que, por cierto, está roto, aunque para suerte de su propietario se ha partido post mortem; y para ello hace falta fuerza. Mucha fuerza.

-Me imagino –Jokin escucha sin mirar a su interlocutor; intenta localizar a la chica que ha dado el aviso. Necesita su testimonio como testigo directo-. ¿Y el otro?

-Le han machacado el cráneo a golpes; le han atizado unas cuantas veces, con bastante saña a mi parecer. Chorrea sangre por nariz, boca y oídos… si quiere mi opinión, es obra de un auténtico animal. ¿Quién si no puede haber hecho esto a tres jóvenes fuertes como toros?

-Me hago una idea, doctor. ¿Dónde está la joven que ha llamado?

-Oh, en la otra ambulancia; gire aquella esquina a la derecha y se dará de frente con ella. Estaba histérica, y mis compañeros han preferido alejarla un poco de aquí para que no viese a sus amigos ahí…

-Gracias; voy para allá-se despide Jokin, a la par que aparecen un par de coches patrulla al final de la calle, con las luces del techo destelleando con su monótono baile.

Un rápido y poco cordial saludo entre los agentes recién llegados y Jokin precede a una serie de indicaciones y órdenes por su parte, acerca de cómo proceder para acordonar la zona. Por suerte, piensa Jokin, es bastante tarde, y unido a la tormenta nos evitará muchas miradas de curiosos.

El despliegue de los policías de uniforme se efectúa silencioso y efectivo, y uno de ellos es requerido por Jokin para acompañarle hasta la segunda ambulancia. Un par de toques bastan para ver el portón lateral deslizarse lo justo para permitir a una desaliñada cabeza asomarse desde el interior. Con una sensación de macabro deja vu, el bajista de Stainless Steel vuelve a presentar su acreditación oficial, lo que le granjea el acceso al interior del vehículo sanitario.

-La hemos tenido que sedar bastante, estaba muy nerviosa –señala el médico, mientras una joven semidesnuda parpadea lentamente desde el borde de la camilla. Jokin observa a la muchacha; es una chica bastante guapa, pero el rimel corrido y la mirada perdida, propia de alguien inflado a tranquilizantes, le confieren un aspecto ligeramente fantasmagórico-. Nos ha pillado de milagro, estábamos a punto de irnos hacia el hospital cuando ha llamado a la puerta.

-Tranquilo, no les retendré mucho tiempo más. Sólo quiero hacerle un par de preguntas, si su estado lo permite.

-Está consciente, y responde a estímulos externos, si es a lo que se refiere. Pero procure no alterarla demasiado; una nueva crisis, y tendríamos que dormirla del todo.

Por toda respuesta, Jokin le da un par de palmadas en la espalda al doctor y se arrodilla frente a la joven, colocando su rostro unos centímetros más bajo que el de ella.

-Hola, guapa; soy ertzaina, y quería hacerte unas preguntas sobre lo ocurrido. ¿Te importa contestarlas?

A varias decenas de metros, Willy se revuelve nervioso en su asiento. Ha perdido de vista a Jokin, y ya lleva varios minutos danzando por ahí fuera. Se está demorando demasiado; durante el trayecto, le ha comentado que le confirmaría enseguida si en realidad se trataba de Carlos o no. Y cada segundo transcurrido aumenta el peso de la duda sobre su cabeza.

Tan ocupado está Willy intentando atisbar algo, mirando hacia la ambulancia, que no se percata de la alta y oscura figura que sale de un portal cercano con paso vertiginoso, atravesando a grandes zancadas la acera que queda a espaldas del porrero homosexual más versado en avances electrónicos en varios miles de kilómetros a la redonda, para acabar metiéndose en una furgoneta que no tarda en arrancar y salir con velocidad moderada. Una figura que preferiría vislumbrar en la penumbra de un dormitorio…

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~ por Sir Worth en 23 julio, 2008.

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