TREINTA Y SIETE

 

TREINTA Y SIETE

 

-Gracias por llevarme –masculla Willy, limpiándose los cristales de las gafas con los bajos de su camiseta-. Me has ahorrado un taxi y una buena ducha con la ropa encima, Jokin.

-De nada –replica el ertzaina, con una sonrisa propia de quien sabe que está haciendo un gran favor inesperado-. Por cierto, ¿dónde vives?

El joven técnico le indica al policía autonómico –y bajista de Stainless Steel- cómo llegar hasta su domicilio. Tan pronto decide el mejor itinerario, Jokin suelta el freno de mano y emprende la marcha.

-Vaya nochecita, ¿eh?

-Qué quieres que te diga –responde el conductor, activando el control del aire para desempañar la luna frontal-, yo las prefiero así. Me encanta dormir con el murmullo de la lluvia golpeando el exterior de las ventanas, me produce una sensación placentera. Sobre todo si estoy metido dentro de la cama bien arropadito.

-Coincido contigo, tío.

-Por no hablar… no gracias, no quiero –la mano rehúsa el cigarro ofrecido por Willy-, he fumado mucho esta noche. Decía que otra razón para desear una noche así es que es bastante menos probable que algo grave suceda.

-¿Algo grave?

-Bueno, lo suficiente como para recibir una llamada de la comisaría requiriendo mis servicios.

De pronto, Willy se revuelve en su asiento, lanzando rápidos manotazos por todo su cuerpo, como quien intenta matar a un peligroso insecto escondido bajo la ropa.

-¿Qué pasa? No te estarás quemando; como me jodas el coche…

-No, hombre; me están llamando al móvil, y lo noto vibrar pero no lo encuentro –la cara de Willy cambia de expresión, permitiendo aflorar una pícara sonrisa-. Ya está, ya lo tengo.

-¿No coges? –Jokin pregunta, tras observar cómo Willy permanece un rato mirando la destelleante pantalla sin descolgar.

-Deja, deja –dice, volviéndose a guardar el teléfono en la chaqueta-; era Silvia. Y si me llama, es que ha intentado liarse con Carlos… y no lo ha conseguido.

-Bueno, habrá que preguntarle a mister baquetas el próximo día por su encuentro nocturno.

-No creo que le haga demasiada gracia, Jokin. Conociendo a Silvia, habrá apostado todas sus bazas; y Carlos no se sentirá muy cómodo si le sacas el tema.

-Tienes razón. Pero tú acabarás hablando con tu amiga…

-Y tanto; pero ahora no estoy de humor.

-Bien; pues entonces tú serás quien nos dé un reporte sobre…

Ahora es el teléfono de Jokin quien interrumpe la conversación, con un estruendoso sonido capaz de irritar hasta a un sordo.

-Mierda, es de la comisaría; a ver qué coño ha pasado –dice, echando el coche hacia la derecha-. Tengo que parar, se me ha roto el manos libres hace un par de días, y aún estoy esperando a que me den hora en el taller para instalar el nuevo.

-Por mí no te preocupes –salta Willy, girando la cabeza hacia su ventanilla para intentar conceder a su compañero de viaje la mayor sensación de intimidad posible.

-¿Sí?… Hola, Arrieta, buenas noches. ¿Qué pasa?… Entiendo, una pelea callejera con heridos… sí… ¡joder!… ¿hay alguna descripción del sospechoso?… Ajá… bien… okay, me hago cargo. Me dirijo al lugar echando leches, ¿dónde ha sido?… ¡¡¡Ostias!!! ¡¡¡Voy para allá!!!

-¿Algo grave? –Willy se ve obligado a efectuar tal pregunta cuando Jokin hace una salida digna de un rally de alta competición, haciendo patinar las ruedas motrices para obligar al coche a hacer un espectacular trompo, cambiando diametralmente la dirección de la marcha y haciendo subir vertiginosamente la aguja del velocímetro, mientras baja su ventanilla para acoplar en el techo la sirena equipada con una ventosa.

-Parece que tardaré un rato en llevarte a casa, Willy; era un aviso por pelea callejera. Al parecer, hay dos chicos muertos y un tercero bastante jodido.

-¡Joder!

-Déjame seguir; ha sido en la calle de Carlos, seguro que se trata de esos niñatos de los que siempre habla. Pero además una chica, amiga de los agredidos, que ha sido quien ha llamado al 112, ha dado una somera descripción del autor.

-¿Autor? ¿Un solo tío ha sido capaz de cargarse a dos gallitos de gimnasio cargados de anabolizantes y a saber qué más mierdas? Si son de esa pandilla, son de la misma calaña de esos que han intentado buscar gresca en el bar.

-Por eso –un volantazo demasiado brusco le obliga a callar para prestar más atención al asfalto, pero aún así Jokin no reduce la velocidad ni en las curvas-. Imagina cómo tiene que ser un tío capaz de ello. Y si la llamada decía que era un hombre de treinta y pico, calvo, en torno al metro ochenta y de gran envergadura…

-¡¡¡Carlos!!! –Es la última palabra articulada por Willy, para sumirse en un mutismo autista mientras soporta los bandazos a golpe de volante de Jokin.

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~ por Sir Worth en 22 julio, 2008.

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