TREINTA Y SEIS

 

TREINTA Y SEIS

 

En el duodécimo piso de un edificio de veinte alturas del barrio de Santutxu, las luces permanecen apagadas. O, por lo menos, así lo aparentan para cualquier desgraciado y osado viandante, si alguno lo hubiera con ganas de pillar una buena caladura con la tormenta en pleno apogeo. Un remojón con una pulmonía de campeonato como recompensa.

Pero a estas horas no hay almas alocadas a pie de calle. Y si las hubiera, no tendrían la menor intención de mirar hacia las viviendas de más arriba; bastante tendrían con atravesar la espesa cortina de agua, imparable desde su reanudación.

Fijándonos, por tanto, en las ventanas de esa planta situada en la cintura del coloso de hormigón, resplandeciendo y resaltándose contra la oscuridad imperante, descubriríamos la brasa incandescente de un pitillo.

Contemplando cómo el cigarro se consume lenta e inexorablemente, unos ojos llorosos miran sin ver. Aunque tampoco serían capaces de observar con nitidez, pues el llanto y el humo del tabaco les proporcionan una visión borrosa.

Confusos pensamientos mantienen alejado al cerebro encerrado tras tan bellos y conmovedores globos oculares; lo suficiente para no darse cuenta de que el cilindro blanco ha dado paso a otro de similares dimensiones, pero de un color grisáceo. La inconsistencia propia de su naturaleza provoca una súbita caída de toda la ceniza sobre el brazo contrario al que sujeta el cigarrillo, apoyado con desidia sobre el alféizar de la ventana. Mas el choque es demasiado insignificante para llamar la atención de la mente evadida.

Es otro factor el que logra arrebatarla de su interior devaneo: el desagradable olor del filtro quemándose. Sólo entonces Silvia se da cuenta de la situación, y lanza al vacío el amarillento trozo de algodón, o de lo que coño estén hechos los putos filtros. Total, no hay peligro de incendiar ninguna planta, ni de estropearle el jersey favorito a ninguna vecina. Nada más abandonar su mano, el agua se encarga de apagar el exiguo fuego.

Inconscientemente, agarra el paquete de tabaco, depositado junto a la ventana, y enciende un nuevo cigarro; el anterior prácticamente no lo ha catado, si exceptuamos la primera calada, dada al prenderlo. Y esta vez tiene la clara intención de degustarlo por completo.

Distintas emociones se agolpan en su turbado pecho, logrando una victoria efímera sobre las demás, hasta que otra la descabalga de la posición predominante. Tristeza, rabia, lujuria, ira, lascivia… y otras se van alternando, como el vaivén registrado por una onda sinusoidal, pasando tan pronto de lo alto de una cresta a lo más profundo de una sima.

Creía tenerlo todo de su parte. Un hombre atractivo, fuerte –no es capaz de sacarse de la cabeza la imagen de Carlos levantando esos pesados barriles de cerveza del bar como si fuesen latas vacías de Coca Cola- y bien dotado; sus manos han palpado el enorme y duro bulto pugnando por emerger de su entrepierna. Un tío así, tan mal avenido con su mujer según Willy, y con cara de no haber echado un buen polvo hace siglos. Es más, está segura de que ni siquiera uno malo.

Y allí estaba ella, con sus pechos ondeando al aire, reclamando la atención del macho en un claro ritual de apareamiento, buscando con su cuerpo el calor del de él. Para obtener su desprecio, y ser sacada de su furgoneta a empujones. Medio desnuda, Silvia ha esperado hasta verla desaparecer al final de la calle, con gruesos y fríos chorretones recorriendo sus tetas al aire libre. Sólo entonces se ha percatado de la situación, y rezando por primera vez desde que dejó de ser una dulce e inocente niñita de trenzas, ha implorado a Dios o a quién coño exista más allá de las putas nubes que ningún vecino la haya visto así.

Ya en su casa, se ha quitado la camisa –sólo tenía que dejarla resbalar, tan sólo estaba echada sobre sus hombros, sin siquiera abrochar- y los pantalones, para quedarse únicamente con las bragas puestas. No vislumbraba el sujetador, y lo ha supuesto dentro del embrollo formado por su chaqueta. Error. Ha caído al sumidero de la alcantarilla cuando se ha –la han- bajado de la furgoneta, y ahora la mezcla de sus efluvios provoca el delirio en la sensitiva nariz de una rata en las cloacas.

El llanto vuelve a aflorar a su rostro, y se queda un rato contemplándose en el espejo. Su físico sigue tan despampanante como siempre; ¿por qué la ha rechazado Carlos?

En su fuero interno, brota la necesidad imperiosa de hablar con Willy. Seguro que sigue despierto, si no se halla aún  en el bar con el resto del grupo. Revuelve su chaqueta, tirada en el suelo, una y otra vez. Le cuesta dar con el bolsillo donde descansa el móvil, pero acaba por dar con él.

-Qué raro –musita mientras busca en la agenda el número de Willy- no veo el sujetador. ¿Dónde coño lo habré dejado?

Con el segundo tono de llamada sonando en su oreja, apaga el cigarrillo en el cenicero tan mono comprado en Túnez, en sus últimas vacaciones. Los pitidos se suceden, hasta que la maldita máquina da por agotado el tiempo de espera al no obtener conexión.

-¡Maldito Willy! –Grita, sin importarle la hora ni los vecinos-. ¿Dónde estás cuando te necesito?

Una actual versión de la lacrimógena Magdalena vuelve a asomar su rostro colapsado y enrojecido por la ventana del duodécimo piso de un edificio de Santutxu. Si algún insensato paseante detuviese su caminata y mirase hacia arriba entrecerrando los ojos, para evitar que la lluvia salpicase de lleno en ellos, podría ver cómo comienza a arder la punta de un cigarrillo.

 

Anuncios

~ por Sir Worth en 21 julio, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: