TREINTA Y CINCO

 

TREINTA Y CINCO

 

El manojo de llaves de Carlos cae, al engancharse una de ellas en el borde del bolsillo donde estaban alojadas. Con un gruñido, dobla las rodillas sin inclinar el tronco –demasiados programas de ejercicios para prevenir daños lumbares en un operario que ha de manejar grandes pesos han acabado por convertirlo en un hábito inconsciente- y recoge el llavero. Desde dentro, la música llega muy amortiguada, sin dejarle distinguir siquiera la melodía o la letra.

-Vaya, parece que el trío calavera continúa con la fiesta. ¡Qué suerte! Ahora me tocará aguantar petardadas con a saber qué tortura de música de fondo. Mientras no sea Alejandro Sanz o Juanes…

Con cansancio en sus movimientos, introduce la llave pertinente en la cerradura y la puerta se abre. Para desesperación de Carlos, la voz de Juanes le saluda desde los altavoces del equipo de la sala, y no puede evitar torcer el morro mientras se despoja de la calada chupa, colgándola del perchero.

Sus pasos pausados le adentran en el salón. La extrañeza de encontrarlo vacío, y no ver luz en la cocina ni en el baño, le produce una sensación un tanto desagradable. Cierto desorden, la música puesta, vasos sobre la mesa,… no es habitual en Susana, una maniática del orden y la limpieza del hogar. Siempre que no le diese la venada de tirarse todo el día en el sofá sin hacer nada, pero habían pasado varios meses desde el último “me encuentro fatal para hacer tal o cual” de su esposa.

-Pues sí que lo deben haber pasado bien –se dice a sí mismo, colocando los vasos y botellas en la bandeja-. Mejor que deje todo recogido, aunque se limpie mañana.

Colocando sus enormes y encallecidas manos a ambos lados de la bandeja, se encamina hacia la cocina. Los vasos son irremediablemente depositados en el fregadero, viéndose separados del destino de sus compañeras de armas, ya vacías, para ir a parar a la caja empleada para bajar el vidrio a reciclar al correspondiente contenedor.

Carlos se permite apoyarse un instante en la encimera; se encuentra cansado, muy cansado. Pese a su indomable espíritu juvenil, es consciente del gran desgaste que le supone ahora toda su actividad. Ya no es un chaval.

-Va siendo hora de ir pensando en cambiar de trabajo –canturrea entre dientes, con la melodía del “Lazy” de Deep Purple de base-. Quizás de instructor de buceo, o de profesor en un taller de soldadura… algo más relajado que me permita pasar más tiempo tranquilo en casa, sin viajar cada dos por tres, sin esa tensión por mareas cambiantes, tuberías a punto de reventar o tiburones merodeando con mucho apetito y aviesas intenciones.

Pero de ninguna manera se le ha pasado nunca por la cabeza abandonar la música. Si dejase de tocar, sería como un café descafeinado, sin crema ni azúcar: la vida perdería encanto para él.

Todos estos pensamientos le rondan mientras aclara los vasos y los pone en la bandeja de carga del lavavajillas, con una rutina más propia de un autómata de una planta industrial de montaje. Cierra la puerta y se seca las manos con un trapo. Un trapo horrible, para más señas, pero a Susana le encantó en cuanto lo vio, argumentando que una monada así de Agatha Ruiz de la Prada estaba hecha para su cocina. Si por Carlos fuese, el destino de esa horterada era el cubo de basura, pero por lo menos servía para secarse las manos.

Tras dejar la cocina a oscuras al apretar el interruptor, Carlos se dirige hacia el dormitorio. Tiene unas ganas horribles de pillar la cama y roncar hasta las diez de la mañana, aunque sabe perfectamente de que a las ocho, o a las nueve a más tardar, ya se encontrará despierto. Se ha habituado a dormir poco, y su reloj biológico interno es inflexible al respecto, por derrotado que está.

A punto de doblar la esquina del pasillo, escucha a Susana hablando en susurros; mal asunto. Cuando habla en sueños, al día siguiente se levanta muy malhumorada.

-Bueno, si es posible que se ponga de peor humor del que ya tiene –se dice, sonriendo como el niño que acaba de proponer una travesura.

Abre la puerta con sigilo; no quiere despertarla, ni mucho menos desvelarla. Capaz de luego no dejarle dormir, como venganza. Mas sus párpados se separan de par en par ante una escena dantesca.

-¡¡¡Pero qué ostias…!!!

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~ por Sir Worth en 18 julio, 2008.

2 comentarios to “TREINTA Y CINCO”

  1. "¡¡¡Pero qué ostias…¡¡¡", genial, amigo Sir. Real como la vida misma.

  2. Jaja; si la realidad siempre supera a la ficción.
     
    Y aún queda jugo por exprimir de esta naranja…

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