TREINTA Y CUATRO

 

TREINTA Y CUATRO

 

Con su manaza asiendo la botella del potente licor, haciéndola parecer un juguete dado la diferencia de tamaños, Jon prepara un par de nuevos combinados. Muy a su pesar, sin la consabida ración de hielos: los cubitos hace tiempo que han abandonado la solidez de la cristalización debida al frío.

Aún así, los refrescos conservan todavía una temperatura agradable; si bien los cubatas no serán los más idóneos del mundo, en muchas tascas la clientela mataría por conseguir otros iguales a estos dos a ciertas horas de la madrugada.

-Buf, qué calor –resopla Jon, bajando un poco la cremallera de la sudadera-. Me estoy asando; esta tía ya podía haberme dado otra cosa más fina. A este ritmo, para cuando salga de la ducha se va a encontrar con un charco en el suelo del salón.

Desde el otro lado del pasillo, el rumor del agua golpeando contra la mampara de la ducha le llega como el clamor de una lejana batalla. Mujeres –piensa-, toda una vida cuando se meten en el baño; que sí la mascarilla, que si la loción hidratante, que si tal o cual historia… No es de extrañar la cara de las dependientas de cualquier perfumería que se precie, al ver entrar a una nueva clienta: no me sorprendería ver aparecer en sus pupilas el símbolo del Euro. Tantos potingues para aplicar tanto sobre pieles mojadas como ya secas no pueden traer nada bueno.

Jon no puede impedir una brutal erección al imaginarse el cuerpo de Susana contoneándose bajo la ducha; tiene una silueta preciosa, y esos pechos se insinúan bien jugosos tras esos vertiginosos escotes tan habituales en ella.

-Tío, que es la mujer de tu compañero –se dice en voz alta, abanicándose con una revista encontrada en una esquina-. Este calentón se debe al calor que me da esta maldita sudadera; en cuanto salga de la ducha, le pido otra cosa. Es inhumano.

No bien ha pronunciado estas palabras, se pasa una mano por su despejada frente; está chorreando sudor. Buscando un poco de frescura, se baja totalmente la cremallera de la sudadera y sale a la terraza. La sensación es totalmente placentera, y Jon se siente como el beduino que llega al más plácido oasis tras una larga travesía por el abrasador desierto.

En el exterior, a salvo de la lluvia bajo el resguardo del alero del tejado, la temperatura es considerablemente más baja. Pero no protesta; es más, lo agradece al sentir cómo su cuerpo irradia el calor hacia la húmeda oscuridad de la noche.

-Sólo falta el jodido Willy para decirme que el contraste brusco de temperaturas es perjudicial para el cuerpo humano, porque blablablá, blablablá, blablablablá –grita a los cuatro vientos, imitando con un claro tono burlesco a su joven compañero-. El día que no suelte un rollo de enciclopedia le plantaré un beso en los morros. ¡¡Y con lengua!! Qué tío, si cae alguna vez bajo el agua tampoco callará; seríamos capaces de escucharle sin interfonos ni nada.

Retornando sus pensamientos a Susana, asoma la cabeza dentro de la casa, mas aunque el sonido de la ducha ya ha cesado, puede escuchar perfectamente el trasiego de su anfitriona en el baño. Removiendo botes de potingues, piensa el gigantón.

Previendo una pronta salida de Susana, entra y cierra la puerta de la terraza tras su inmensa espalda. Pero no hace más que sentarse, y otra vez el calor cierne su agobiante presa en torno a su cuello.

-Ni en el Trópico se sufre de esta manera –la revista vuelve a oscilar a gran velocidad frente a su brillante pecho descubierto-. Decidido, en cuanto salga la pido otra cosa, o me quedo con el cuerpo al aire y me la pongo cuando me vaya a ir.

Un gracioso cosquilleo se apodera de su nariz, y no puede impedir una racha de tres estornudos seguidos. Sonríe, recordando la imitación de Willy efectuada en la terraza; desde luego, sería muy gracioso acabar resfriado.

La puerta del baño se abre a lo lejos, y otra ráfaga de estornudos le impiden distinguir bien a Susana, quien le ha dicho algo desde el otro lado del pasillo, por lo que se levanta y lo cruza dando grandes zancadas.

-Susie, ¿has dicho algo? –Mas Jon se siente incapaz de pronunciar más palabras, al darse de bruces con una Susana ligeramente mojada y envuelta en una toalla, dejando sus hombros y piernas al descubierto.

-Sí –replica ella, un tanto divertida al ver la mirada de desconcierto de Jon-, que me iba a poner algo de ropa y volvía contigo. Y tú, ¿dónde vas tan descamisado?

-Por favor, mira a ver si encuentras una camiseta, me da igual lo hortera que sea, cualquier cosa que sea más delgada y fresca que este instrumento de tortura.

-¿Tanto calor te da? ¡Exagerado!

-¿Exagerado? Mira cómo estoy sudando –abriendo por completo ambos lados de la sudadera hacia los costados, Jon coge una mano de Susana y la posa contra sus duros pectorales-. Y ahora dime que estoy exagerando…

Susana asiente, sin decir nada; la humedad de la piel de Jon es lo bastante locuaz por sí misma. Mas Jon cree distinguir un cambio en el brillo de la mirada de ella, y nota cómo la pequeña mano le aprieta el pecho con más fuerza.

La enorme boca se abre, con la clara intención de objetar ante tan extraño y peligroso comportamiento, sin conseguir pronunciar sonido articulado alguno. Y creedme, amigos míos, si os digo que cualquier hombre que se precie de su masculinidad enmudecería en tal situación. Cuando una belleza capaz de oscurecer la gracia de la más encantadora diosa del Olimpo deja caer el somero cacho de tela usado para cubrir su cuerpo, la razón se obnubila y sólo la pasión es capaz de abrirse camino.

-Susana, ¿qué haces?

-Calla y hazme el amor; aquí y ahora –susurra con clara insinuación.

Por un instante, o el tiempo de una vida entera según se mire, Jon la agarra con sus manos para separarla de él, y sus labios se abren con la intención de suplicar por mantener las cosas tal y como están. Pero Susana no le da ni la más mínima oportunidad, y las dos bocas ya se están fundiendo en una serie de apasionados, cálidos y húmedos besos.

-Te deseo, Jon –la mano se desliza, experta, sobre el paquete de él, percibiendo la creciente respuesta de un bulto agrandándose más y más por momentos.

Sin poder contener el irracional impulso que recorre sus venas como fuego vivo, Jon la alza con suma facilidad gracias a la brutal fuerza de sus poderosos brazos, y sin parar un segundo de besarla la lleva hasta la cama, donde la deposita con delicadeza para deslizar su lengua por tan suculentos pechos.

Susana arquea su tronco inconscientemente, tal es el placer despertado en sus pezones con tan húmeda fiereza; mas la incertidumbre cede tan rápido como ha llegado, y unos dedos ávidos encuentran su objetivo, dejando al descubierto el gran miembro oculto por los caros pantalones y calzoncillos.

Las uñas acarician el pene, sigilosas, desde su base. Cuando llegan a la punta, Jon cree estar a punto de explotar, y sin poder frenar las violentas pulsiones palpitando por todo su cuerpo, penetra a Susana con una enérgica y seca embestida. Los primeros gemidos de ella mueren dentro de la boca de él.

 

 

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~ por Sir Worth en 17 julio, 2008.

2 comentarios to “TREINTA Y CUATRO”

  1. Ufffff…..creo que va a haber tormenta.

  2. Es que por el Norte ese tipo de fenómeno atmosférico se desata con cierta facilidad, de forma virulenta e inusitada.
     
    Hoy el cielo está gris y lloviznante, pero no creo que dure.
     
    ¡Ah! ¿Qué no era ese tipo de tormenta? Aaaah…

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