VEINTINUEVE

 

VEINTINUEVE

 

La cara de Carlos sólo es capaz de expresar la más absoluta perplejidad, mientras que ve volar el cigarro que hace unas décimas de segundo pendía de sus labios  hasta chocar con el borroso parabrisas, a la par que contempla a una Silvia lanzada con gran energía directamente hacia él.

Con gran estupor, consigue detenerla a duras penas entre sus manazas, quedando su abalanzado rostro a tan sólo unos pocos centímetros del suyo propio.

-Lo que me apetece eres tú, ni más ni menos –le suelta la morena enfermera, al tiempo que le planta un sonoro ósculo en plena boca. Mas Carlos la separa de sí, intentando mostrarse lo más galante posible-. Qué pasa; ¿es que no te gusto?

-Mira, Silvia, no es eso –intentando conferir a sus palabras un tono sereno, Carlos vuelve a colocarla en el asiento del copiloto sin dejar de mirarla fijamente-. Eres una mujer tremendamente atractiva, lo que los chicos de la banda no dudarían en definir como un pibón.

-¿Entonces? ¿Cuál es el problema?

-El problema es que, por si no lo sabes, estoy casado –Carlos alza su mano, mostrando la enorme alianza que lleva en su dedo anular-. Con ello queda dicho todo.

-Vamos, hombre; sé que no te llevas demasiado bien con tu mujer –replica Silvia, sin ver la imagen que Carlos está desarrollando en su mente, con Willy atado de pies de manos y la lengua atenazada por unos alicates al rojo vivo-. Además, creo intuir que hace tiempo que no te dedica un miserable revolcón, y es algo que yo no sólo te puedo dar… ¡sino que te lo quiero dar!

Nada más ha terminado de pronunciar estas palabras, Silvia yergue su esbelta figura, resaltándose contra la luz de las farolas que entra por la ventanilla de su lado. Con dos rápidos movimientos de sus manos se quita la chaqueta, y se pone de rodillas sobre su propio asiento. Carlos intenta protestar, mas ella le coloca un dedo sobre sus carnosos labios. No le está pidiendo silencio; se lo está ordenando. Ante los ojos incrédulos de él, Silvia se despoja en un segundo de su escotada camiseta, y se contonea de forma que sus desnudos pechos se balancean libremente con el vaivén.

-Míralos; son tuyos, y te están esperando –los labios de Silvia se quedan abiertos, como si quisiese mantener el sonido de esa “o” final, mostrando toda la lascivia de la que es capaz. Paralelamente, sus manos se posan sobre ellos para agarrarlos firmemente-. Y si los tocas, comprobarás que están ardiendo por ti; no sabes lo duros que tengo los pezones ahora mismo.

-Silvia, creo que te he dicho claramente que no. Y no es no. Estás buenísima, y si mi situación fuese distinta quizás no te negaría una noche bestial. Pero me debo a mi esposa, y creo que debieras obrar con más cautela antes de tomar a la ligera una difusa opinión de un tercero al que mi matrimonio le puede ir más o menos. Pero nunca más que a mí mismo. Ahora vístete, si no te importa.

Sin dejar de sonreír, Silvia coge su camiseta con una mano, y apenas la ha comenzado a agarrar con la otra cuando, sin previo aviso, salta sobre el regazo de Carlos.

-¡Tómame aquí mismo! No puedo esperar ni a que subamos a casa –ella le coge una mano y la hace subir hasta sus pechos-. Te deseo, y puedo ver el mismo sentimiento reflejado en tus ojos.

Carlos vuelve a abrir la boca para protestar, pero ninguna palabra sale de ella. Ya se ha encargado Silvia de silenciarla con la suya propia, metiendo su lengua hasta el fondo y deleitándose en el calor que percibe.

 

 

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~ por Sir Worth en 27 junio, 2008.

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