TODOS LOS GATOS SON PARDOS EN LA NOCHE

TODOS LOS GATOS SON PARDOS EN LA NOCHE

 

Los ecos de una solitaria campanada tañendo a varios centenares de metros del sórdido callejón revelaban que la una de la madrugada acababa de ejercer su efímero reinado en plena noche. Con una mirada de incertidumbre hacia su propio reloj de pulsera, un Casio digital y cutre sacado del bazar chino de dos calles más abajo, Ricardo se cercioró de que, en efecto, era tal la hora. Maldiciendo interiormente la demora de casi treinta minutos respecto a lo previsto en sus planes, se llevó un cigarrillo a la boca para sacárselo inmediatamente después. El nombre impreso en el albo papel, Lucky Strike, le confirió cierta tranquilidad y volvió a colocar el filtro sobre los labios, aspirando el delicioso aroma del ansiado tabaco. Sí, se dijo; el anterior había sido un Chester, y previo a él vino un Ducados negro. Tenía que ser extremadamente cuidadoso y no pasar ningún detalle por alto, por nimio que fuese. Cada cigarro debía ser distinto en cada ocasión, para que un montón de colillas iguales no llamasen la atención del poli de turno que husmease por el callejón tras su incursión de aquella noche. Había visto suficientes capítulos de C.S.I. como para evitar dejar cualquier rastro que dirigiese sospechas hacia él. No le extrañaba que las autoridades de los USA hubiesen pedido a series de ese tipo que no fuesen tan explícitos en detalles sobre el modus operandi de los agentes de la ley al esclarecer crímenes, para no dar pistas a los delincuentes de cómo actuar para evitar el peso de la justicia.

Un soplo de aire fresco, por no decir frío, produjo a Ricardo un breve pero intenso escalofrío. Si bien durante el día había caído una buena chicharrera, abrasando a todo hijo de vecino, al llegar la noche la temperatura había descendido quince grados, por lo que cualquier brizna de viento era capaz de poner la carne de gallina; por no hablar de cómo Ricardo notaba sus pezones tiesos como escarpias bajo la camiseta de algodón que llevaba. Podía ser peor; al menos, tenía mangas largas que cubrían sus brazos, sin dejar piel al descubierto. De hecho, la única parte de su cuerpo que no se ocultaba a la vista era la cara; había puesto especial esmero en agenciarse una indumentaria de lo más corriente, que no llamase la atención y que se pudiese adquirir en miles de sitios, un dato más sacado de las series de T.V. Desde los guantes, imprescindibles para no dejar huellas dactilares, hasta el gorro que coronaba su rapada testa, todas las prendas anulaban cualquier detalle que le hiciese reconocible a posteriori. Y, desde luego, una figura absolutamente vestida de negro, en medio de un callejón oscuro, y amparada por las sombras de la noche, le hacían prácticamente invisible a quien pasase por la boca misma de su escondite.

De pronto, el sonido de unos pasos rompió el sepulcral silencio, como un débil rey es apeado del poder por una diezmada compañía de soldados borrachos. Eran pasos rápidos y ligeros, con el típico timbre emitido por tacones de zapatos femeninos. Con cautela, Ricardo asomó ligeramente su cara para comprobar la identidad de quien se acercaba.

En efecto, era ella; la espera, que ya llegaba a los cuarenta minutos respecto a lo usual, había dado sus frutos. Un extraño hormigueo inició una extraña danza en el estómago de Ricardo: la presa se aproximaba, la cacería estaba a punto de empezar. Con una macabra sonrisa, desenrolló hacia abajo la parte inferior de su gorro. Gorro que no era tal, sino un pasamontañas con agujeros toscos que, a duras penas, dejaban el sitio justo para sus ojos, nariz y boca.

Victoria estaba pensando en la cena que la aguardaba en la nevera, lista para ser calentada durante un par de minutos en el microondas y servir, cuando un violento tirón la sacó de sus pensamientos al ser arrastrada hacia el oscuro callejón con virulencia. A punto estuvo de caer, ya que le había pillado a contrapié, pero la misma mano que asía su brazo la sujetó lo suficiente como para no dar con sus huesos contra el suelo, sino contra la dura pared de ladrillo.

-¡Eh! ¿Qué coño te pasa, imbécil? –Protestó, antes de palidecer ante la siniestra figura que la sujetaba de los brazos y la mantenía firmemente pegada al edificio. Era un tío fuerte y alto, un metro ochenta por lo menos, vestido de una forma que no la hacía presagiar un final demasiado feliz.

-Escúchame, muñequita –le susurró una voz ronca junto al oído-; no armes jaleo, pórtate bien y yo no te haré demasiado daño. Dame un motivo, y entonces conocerás el verdadero significado de la palabra dolor.

-¡Suéltame, cacho cabrón! –Gritó, pero su exclamación no tenía el mismo tono de seguridad de la primera. Intentó zafarse de la presa que el individuo le ejercía sobre sus brazos con una sola mano, y a punto estuvo de conseguirlo. Mas el otro la volvió a lanzar contra la pared, esta vez más fuerte, con lo que Victoria acabó dando con la parte posterior de su cabeza contra la dura superficie.

-Me parece que no lo has entendido –le habló de nuevo la voz, haciéndole llegar un aliento cuya descripción más benigna sería la de nauseabundo, a la par que apoyaba todo el peso de su corpachón contra el suyo. Y algo duro la estaba oprimiendo a la altura del ombligo-. Otra de éstas, y te rajo aquí mismo –echando una mano hacia atrás, el agresor sacó del bolsillo trasero del pantalón una navaja de abanico, la cual se abrió en el aire mientras avanzaba con celeridad hasta apoyarse en el cuello de Victoria.

-No, por favor –suplicó la joven, con ojos que comenzaban a tornarse vidriosos por un amago de llanto que no llegó a romper-. No me mate, se lo ruego; le daré todo mi dinero, mi cartera está ahí, en el bolso. Se me ha caído cuando me ha agarrado, pero si me deja se lo daré yo misma.

-No quiero tu dinero, dulzura –Ricardo se notaba frenético bajo la máscara, y a duras penas conseguía controlarse-. Vamos hacia el fondo del callejón, y cuidadito con lo que haces.

-No, por favor, no me haga nada –siguió suplicando Victoria mientras se veía arrastrada hacia el rincón más oscuro, donde quedaría oculta a la vista de cualquier improbable caminante. Mas sus palabras caían en saco roto.

Empujándola hacia delante de forma contundente, Ricardo la tumbó en el suelo, boca arriba. No la veía bien, ya que casi no había luz, pero aún así se apreciaba su belleza: su melena pelirroja, sus gráciles rasgos faciales, sus voluminosos pechos; por fin toda ella era suya, y no era producto de su imaginación.

Una imaginación enferma, que se obsesionó con ella desde la primera noche en que la vio. En su mente, había ideado miles y miles de fantasías eróticas en las que, si bien la forma de abordarla variaba, el resultado siempre era el mismo: él la acababa violando, primero entre gritos golpes para después ella terminar sumisa y agradeciéndole “el mejor polvo de su vida”, y pidiéndole más y más.

La misma imaginación que lo había llevado a estudiar sus movimientos, sus rutinas, comprobando el itinerario que tomaba desde su trabajo (era camarera de una cafetería, que cerraba puntualmente a las doce) para marchar caminando a su casa, no muy lejana al infecto callejón en cuyo suelo donde se encuentra tumbada.

-Has venido tarde hoy, preciosa –dijo Ricardo, antes de babosearle la boca en un amago de beso fétido y asqueroso, sujetándole las manos por encima de la cabeza con una de sus garras, mientras que con la otra le comenzó a sobar las tetas-. Me tenías preocupado, ya temía que no ibas a aparecer; y eso, justo hoy, me hubiese supuesto una gran decepción.

-Por… favor –consiguió responder ella, antes de volver a recibir la intromisión de su repugnante lengua en su boca-, no lo hagas… no te va a gustar.

-¡Calla, zorra! –la mano de Ricardo voló para soltarle un tortazo en plena mejilla, volteándole la cara  de forma terrible-. Una palabra más y te rajo ahora mismo; te prefiero viva, pero tanto me da hacérmelo contigo que con tu cadáver; ¿has entendido? ¿Lo has entendido, mala puta?

-S-s-í –comenzó a decir Victoria, antes de volver a sentir su horrible beso. La mano que la sobaba las tetas, la misma mano que la había abofeteado con tanta crueldad, estaba desabrochándole los pantalones, y notaba su tacto a través de la tela de las bragas.

Ricardo se estaba deleitando con el roce del pubis en sus dedos, y no pudo evitar bajarle tanto el pantalón como las bragas de un solo tirón hasta la altura de los tobillos. Notaba la presión de su propia polla contra el elástico de sus calzoncillos, pugnando por liberarse de su confinamiento, cuando percibió cierta distensión en Victoria. Sí; le había cambiado el brillo de los ojos; ahora ella le miraba de un modo distinto. Era como en sus fantasías; le estaba gustando, y quería más. Y, por supuesto, se lo iba a dar.

Sin más preámbulos, se introdujo en ella. Se había planteado la posibilidad de usar un condón, pero después concluyó que su adn seminal era irrelevante, si no estaba fichado. Y en cuanto terminase, se marcharía por su más que estudiado itinerario de fuga, con una coartada a prueba de cualquier pesquisa. Siempre había dicho que el látex quitaba bastante sensación al placer del fornicio, y se quería dar un pequeño lujo. Y era un riesgo calculado.

Al tiempo que la penetraba y notaba la calidez interior, ella inició una secuencia de suspiros que pronto se vio tornada en gemidos cada vez más vivos. Los sonidos que salían de sus sensuales labios lo excitaron aún más, y sus caderas tomaron ritmo por su propia cuenta. Una exclamación de placer al llegar al orgasmo salió de lo más hondo de la garganta de Ricardo, mientras que Victoria experimentaba otro simultáneo, sintiendo la calidez de la semilla de él en su interior.

Con un suspiro, Ricardo se dejó caer sobre ella y la volvió a besar, para acabar rodando y recostarse junto a ella. Su mano la acarició en la barbilla, recorriendo el contorno de su mandíbula.

-¿Lo ves, preciosa? ¿Ves cómo ha sido maravilloso? ¿Ves cómo te ha gustado?

-Déjame decirte una cosa –contestó Victoria, escupiendo despectivamente hacia el otro lado para empezar a subirse los pantalones con cierta celeridad-. Maravilloso, ni de coña; digamos que pasable. Gustarme, pues sí, qué cojones; después de todo, llevaba muchos años sin echar un polvo.

-¿Ah, sí? ¿Y eso? Con lo buena que estás, me parece extraño.

-A mí no; hace once años, cuando contaba con dieciocho recién cumplidos, un bastardo como tú me violó en el interior de un portal –Victoria ya se había puesto en pie y se abrochaba el pantalón; sus mejillas estaban sonrojadas, y su pelo revuelto enmarcaba una cara en la que la expresión denotaba algo malévolo-. Yo no era vírgen ni nada de eso, pero aún así aquel salvaje me hizo muchísimo daño; no sólo ahí abajo, sino que me llenó el cuerpo de contusiones y me dejó un ojo morado e hinchadísimo.

-¡Vaya! –resopló Ricardo- ¿Ves cómo lo nuestro no ha sido tan malo?

-Déjame terminar, guapo –Victoria se agachó, hasta colocar su cara a la altura de la cabeza encapuchada de Ricardo-. Aquel hijo de puta, al que la policía no logró atrapar, me dejó embarazada; un embarazo que me negué a interrumpir, pero que la naturaleza se empeñó en torcer en forma de un aborto espontáneo al quinto mes de gestación. Fue tan terrible la hemorragia interna, que fui vaciada por dentro; así que me da por el culo que no te hayas puesto condón, no tengo matriz en la que concebir hijos. Pero eso no es lo peor.

-Sorpréndeme –Ricardo se iba a incorporar, cuando la mano de Victoria se apoyó en su hombro, manteniéndole sentado en el suelo.

-Como quieras; aquel malnacido me transmitió el VIH. Sí, soy seropositiva; por la mueca de tu cara, veo que sabes de sobra en qué consiste. Me lo detectaron cuando me operaron por lo del aborto. Desde entonces, a pesar de que dicen que con condón el sexo es seguro, me he negado a mantener relaciones con ningún tío; no quería tener esa espada de Damocles pendiendo sobre mi frente. No era mi deseo correr el riesgo de contagiar a nadie. Me he cerrado siempre en banda a tener una pareja, o como coño lo quieras llamar. Pero –y Victoria colocó su boca a la altura de la oreja de Ricardo- cuando he visto lo que me querías hacer, me he dicho “mira, fíjate que vas a acabar echando un polvo, así que relájate y disfruta. Y por otro lado, le darás a ese cabrón su merecido”. Y así son las cosas; el otro, el de hace años, ése se me escapó. Pero tú, amigo mío, no te vas a ir de rositas. Te deseo una muerte rápida; mientras el virus no se desarrolle y se mantenga dormido, no notarás nada. Pero cuando comience a rampar por tu sangre, infectándola y royendo tus órganos, acuérdate de esta noche.

Ricardo se había quedado petrificado, así que prácticamente no notó la bofetada que Victoria le plantó en la cara, antes de echar a correr por el callejón mientras soltaba una estentórea carcajada al cielo nocturno, cual diablesa llevada por la locura en medio de las sombras de la noche.

A varios cientos de metros, dos campanadas sonaron, esparciendo su anuncio por el aire con una irónica reverberación.

Anuncios

~ por Sir Worth en 26 junio, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: