VEINTICINCO

VEINTICINCO

 

Elisa abre un poco sus cansados ojos, dejando penetrar por sus dilatadas pupilas la exigua luz emanada por la cercana farola. Le lleva unos cuantos segundos, por no decir minutos, hacerse una composición de lugar para recordar dónde se encuentra, lo cual no le extraña en absoluto. No en vano, antes de caer en un profundo sueño se había trincado la mayor parte del brik de Don Simón en poco más de dos tragos. Y eso es más que suficiente para servirle en bandeja la entrada al delirante mundo onírico de su interior.

Chasquea su lengua, reseca como en cada ocasión que duerme; siempre ha tenido la involuntaria manía de dormir con la boca abierta, y si cuando no era más que una mocosa ya le incordiaba bastante, a sus cincuenta y tres mal llevados años le proporciona un desagradable despertar. Suerte que aún queda una pizca de vino en el brik; sólo beber alivia su malestar bucal.

Con el zumo de uva fermentado descendiendo por su cascada garganta, consigue abrir del todo sus párpados. Sí, ahora ya se acuerda de dónde está; en los bajos del puente del Arenal. Hace un par de horas reposaba la inesperada cena, unas sobras brindadas por un piadoso hostelero de las cercanías, en uno de los bancos del parque contiguo al puente, cuando las entrañas del mismo cielo se han resquebrajado, dejando caer su contenido en forma de una contundente tromba de agua. Las condiciones ambientales, así como su cojera –producto de un reumatismo crónico agravado por tantos años de pernoctar a la intemperie-, la han impelido a buscar el primer cobijo a su alcance, desistiendo de retornar a su sitio preferido, un resguardado callejón en la parte trasera de un edificio del Casco Viejo donde ningún viandante mentecato entra a importunarla. No, no podía arriesgarse a empujar su desvencijado y oxidado carrito de supermercado a toda velocidad en medio de tal cortina de agua, exponiéndose a calarse hasta los huesos o a resbalar con uno de los peligrosos adoquines del empedrado de la zona peatonal de las Siete Calles.

Es por ello que el primer lugar al que ha dirigido su mirada, los bajos del puente, le ha parecido la opción más sensata. Un par de traspiés han conseguido hacerle temer una peligrosa caída, más ambos se han quedado en un mero susto. Si bien su raída chaqueta de lana está empapada, tampoco ha llegado a mojarse demasiado en su camino hasta su nuevo refugio, si exceptuamos sus pies. No es de extrañar, viendo los pocos cachos de cuero que rodean a los enormes agujeros que constituyen su calzado.

Al principio, ha esperado un poco, con la esperanza de que los espíritus que gobiernan el cielo nocturno se calmasen un poco. Mas la tormenta no sólo no ha amainado, sino que la lluvia ha ido cogiendo más fuerza y densidad a cada instante. Elisa, finalmente, se ha resignado a pasar la noche bajo el puente, y ha procedido a adecuarse un improvisado lecho con los cartones transportados en el carrito. Gracias a Dios, su costumbre de guardarlos en un gigantesco saco de plástico, de esos negros que se emplean para enormes cubos de basura, los ha librado de una perniciosa empapadura. Sólo alguna esquina presente un pequeño rastro de humedad; pero por lo demás, están en perfecto estado para ofrecerle un mínimo de confort nocturno.

Acto seguido, se ha quitado la mojada chaqueta y, descalzándose con no poco esfuerzo, se ha secado los pies con ella. Ha sido una tarea desagradable, ya que las llagas de su apergaminada piel le dolían como el castigo de mil demonios a cada contacto de la áspera lana, lejos de la suavidad de los primeros días de la confección de la prenda. Pero era eso, o exponerse a acatarrarse gravemente.

Descalza, sentada sobre el cartón y con la espalda apoyada en la fría pared del pilar del puente, ha echado mano a su carrito, buscando en su interior con dedos ansiosos hasta encontrar el brik de vino. Pese a su pulso tembloroso, ha rasgado a la primera y con eficaz pericia la línea de puntos donde indica “abrefácil”; son muchos años de práctica. El ansia por llevarse el codiciado líquido a la boca la ha hecho precipitarse, derramando una pequeña parte del contenido sobre la pechera de su camisa. Elisa ha soltado una maldición, secándose el reguero de la barbilla con el dorso de la mano, y se ha quedado contemplando un instante la mancha de su ropa.

Tras la enrojecida camisa, adivinada la forma de sus caídos pechos. Hace años, cuando era una adolescente, estaba orgullosa de sus tetas tiesas, que despertaban miradas de lascivo deseo entre aquellos hombres que apreciaban su voluptuoso contorno. Unas tetas turgentes, con las que se abrió paso en el mundo de los negocios hasta adueñarse de una pequeña pero solvente empresa a golpe de mamadas y permitir sobeteos zafios en rincones oscuros a sus mandamases. Así, consiguió hacerse poco a poco con pequeñas parcelas de poder que, una vez unidas, la dieron el control total.

Mas un día la suerte la abandonó, y una quiebra monumental dio al traste con sus aspiraciones. Arruinada y despojada de todas sus posesiones, casa incluida, inició un poco ínclito bagaje, deambulando por las calles, hasta llegar a su situación actual. Vieja, ajada, dejada, pobre como una rata y, como colofón, alcohólica.

Al principio consiguió sobrevivir vendiendo los placeres de su cuerpo, pero pronto los hombres se cansaron cuando la turgencia de los senos se tornó en flaccidez; cuando el vientre sufrió el abultamiento propio de quien abusa del alcohol; cuando las piernas se volvieron tordas y varicosas; cuando las piezas dentales contaban cuantiosas pérdidas en sus filas.

Aún así, sigue viva; a duras penas, pero sigue viva. Piensa que la vida da muchas vueltas, y que en una de ellas quizás la diosa fortuna cambie su situación. Pero hasta que ello ocurra, seguirá resistiendo. Mientras tenga para un cartón de vino, podrá hacerlo.

Sobre su cartón bajo el puente, se ha arropado con una manta de color indefinido; la mugre hace que sea incapaz de distinguir su diseño original, y su memoria tiene lagunas importantes como para recordar de dónde la sacó y cómo era. La abriga, y eso es todo lo que necesita saber de ella. Pero en una noche como ésta no sólo necesita defenderse del frío; la humedad del aire, ya alta de por sí en esta zona, se recrudece con la tormenta, y la gruesa manta no es suficiente para impedirle que sus dientes castañeteen interrumpidamente.

La mano se extiende, buscando el cartón de vino. Maldice de nuevo; está vacío.  Pero aún le queda otro más en su carrito y, sonriendo, adormece a sus demonios interiores y a las inclemencias del tiempo a golpe de vino. Como buena alcohólica, un par de tragos bastan para emborracharla, pero aún así da unos cuantos más. A duras penas consigue posarlo debajo del carrito, antes de dejarse caer del todo sobre el cartón. Los párpados vuelven a pesarle, y sabe que en una noche como ésta no habrá mentecatos que la importunen. Con esta última idea, Elisa cierra los ojos por completo y duerme.

Dulces sueños, Elisa. Ésta es tu última noche; a la mañana siguiente, alguien encontrará tu cadáver cuando baje a pasear a su estúpido perro antes de ir a su miserable trabajo. La autopsia revelará que tu muerte no será más que la consecuencia lógica de tantos años viviendo en pésimas condiciones, con la complicidad de la adversa meteorología de esta noche sin compasión.

Pero eso es algo que al mundo no le importará, créeme. Nadie te recordará, ni siquiera cinco minutos después de leer la noticia de tu caso en las páginas de los sucesos locales de la prensa. Al igual que cualquier lector de este relato, al avanzar hacia la siguiente hoja tu historia se disipará en su memoria, ya que ni tu vida ni tu muerte han aportado nada al devenir de nuestra trama.

Anuncios

~ por Sir Worth en 23 junio, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: