DIECISÉIS

 

DIECISÉIS

 

Las siluetas de dos jóvenes se recortan frente a la entrada del pabellón industrial donde se ubica la sede social de Stainless Steel. La noche está completamente cerrada, y justo en el mismo segundo en que llegan a la puerta, un nuevo aguacero irrumpe con virulencia, continuando la labor de sus vespertinos antepasados.

-De buena nos hemos librado –comenta Willy, mirando el difuminado contorno de los vehículos cercanos, alterado por los salpicones de las gordas gotas.

-¿Qué has dicho? –Silvia siempre ha tenido una voz potente, y ahora lo vuelve a demostrar con una súbita elevación de tono-. Con todo este ruido casi no se oye nada.

-¡Que nos hemos librado por poco! –Willy repite su observación, empleando buena parte del aire contenido en sus ínfimos pulmones.

-¡Sí! ¿Y a que esperas para abrir? El viento está soplando de lado, y nos estamos mojando pese a la tejabana del portón.

-No tengo llaves –dice Willy, llevándose una mano al bolsillo de la chaqueta.

-¿Cómo?

-¡Que no tengo llaves!

-¡No hace falta que me grites! Ya te había oído –espeta Silvia, con ligera impaciencia-. Te preguntaba cómo tenías pensado entrar sin llaves; no he venido hasta aquí para coger una mojadura gratuita.

-Aguarda un momento, tía –del bolsillo, emerge un móvil. Willy llama a Carlos, dando los consiguientes tonos hasta que el receptor cuelga directamente. La vieja señal entre ambos-. Ahora bajan a abrirnos, está todo previsto.

No han transcurrido ni un minuto cuando el retumbar de unas pisadas se eleva por encima de la sinfonía pluvial, sonido que para de golpe a la vez que la puerta es abierta desde dentro.

-¿Qué tal Willy? –Carlos le da un firme y caluroso apretón de manos a su compañero de trabajo-. Vaya, veo que hoy vienes acompañado.

-Sí; ésta es Silvia, mi mejor amiga –el baile de las cuencas orbitales de Willy pasa inadvertido por Silvia; Carlos entiende que es esa amiga de la que tanto le ha hablado el muchacho-. Silvia, este es Carlos, colega profesional y magnífico batería.

-Encantada –añade la aludida, intercambiando los protocolarios besos en las mejillas con el fornido hombre que acaba de aparecer de las entrañas del edificio. Está impresionada con la visión de un hombre musculoso, vestido con una mínima camiseta de tirantes y unos pantalones cortos. El sudor de la actividad física brilla sobre sus anchos hombros, pese a la escasa iluminación proporcionada por el alumbrado público, y una gota descendiendo desde su frente hasta su barbilla pone de relieve el masculino atractivo natural del amigo de Willy.

-Lo mismo digo –Carlos acompaña sus palabras con una sincera sonrisa-, pero pasad rápido u os calaréis hasta el tuétano. Y yo me estoy quedando frío, ¡así que pasad!

Ambos siguen el consejo de Carlos más por instinto propio de conservación que por hacerle caso, y un segundo más tarde la puerta se cierra tras de ellos, interponiéndose en el camino de las frías gotas.

-No me habías dicho lo bueno que está –le susurra Silvia al oído de Willy, mientras encaminan sus pasos tras los de Carlos para subir la pendiente.

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~ por Sir Worth en 29 mayo, 2008.

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