OCHO

 

En el andén de la estación de Abando, Willy teclea rápidamente en su portátil. Le encanta sentarse en sitios públicos que disponen de conexión WiFi; así, la sensación de aislamiento que le crea su faceta de internauta disminuye sensiblemente.

Y es que la pantalla de cristal líquido tiene el poder de absorber por completo su atención; más aún cuando consulta páginas de contenido técnico, intentando encontrar algún nuevo invento que pueda acoplar al equipo electrónico de apoyo a los buzos.

Detiene un momento su vertiginoso bailoteo dactilar para quitarse las gafas; ya vuelven a estar sucias, y es una de las cosas que no soporta. Con el objeto de no poner al ordenador en riesgo de caída al suelo, decide prescindir de los habituales servicios de los bajos de su camiseta como material limpiador de lentes, extrayendo del bolsillo de su chaqueta una gamuza de óptica.

Tras una concienzuda maniobra, comprueba la transparencia de los cristales; es perfecta, ya tiene sus gafas tan impolutas como quería.

Un vistazo al reloj situado junto a la pantalla que avisa de las salidas y llegadas de los trenes, tanto de cercanías como los destinados a largos recorridos, le ayuda a retornar al mundo real; ya son casi las seis. Hora de terminar, por esta vez.

Ha quedado a las seis en punto. Por fortuna, el punto de reunión no se encuentra demasiado lejos; sólo ha de bajar a la planta que da acceso a la calle y salir por la puerta trasera. Aún así, no le gusta llegar tarde; por ello, se apresura en guardar el ordenador en su funda y se dirige hacia las escaleras mecánicas.

Afuera, un giro de cabeza le confirma que ha sido el primero en llegar. Se echa la mano al bolsillo, para recordar, al palpar vacío su contenido, que el tabaco lo ha terminado hace ya un buen rato. Por suerte, pegado a la puerta de la estación se encuentra un estanco, así que entra para adquirir un paquete de Winston. Es la única marca que fuma; a excepción de cuando la máquina del bar le dice “producto agotado”, forzándole a dirigirse al Marlboro, pulsando el botón correspondiente con un temblor subyacente. Que no haya Winston, pase; pero si tampoco el cajetín correspondiente al Marlboro encierra el contenido deseado, apaga y vámonos. Una vez, en fiestas de Semana Grande, no le quedó más remedio que coger Pall Mall, y casi tira el paquete a la ría tras dar la primera calada.

Con honda satisfacción, sale del estanco y prende un pitillo. Le encanta la sensación del humo entrando por todos y cada uno de los recovecos de sus pulmones, para expelerlo con potencia.

Nada más dar la segunda calada, aparece Aitor por las escaleras que llevan al casino. Para variar, con su característica celeridad en el paso.

-¿Qué tal, tío? –Willy le tiende la mano según le saluda.

-Bien, bien; aunque con prisas, como siempre.

-Ya; me supongo –intentando no parecer demasiado nervioso, Willy le tiende el paquete de Winston-. ¿Quieres?

-¡Hombre! Sabes que nunca desprecio un cigarro…

-Por cierto, ¿lo has traído?

-Por supuesto –contesta Aitor, dándose unos golpecitos en el bolsillo superior de su chaqueta vaquera-. Cincuenta euros, tal y como has pedido.

-Vale; aquí tienes la pasta –la mano de Willy vuelve a adelantarse hacia Aitor, pero esta vez con la palma hacia abajo; no quiere que nadie pueda ver el billete de cincuenta pasar de uno a otro.

-Su tabaco, gracias –responde Aitor, entregándole el pequeño paquetito con hachís al tiempo que recoge el dinero, con la habilidad concedida por la proliferación de iteraciones en tal maniobra.

-Bueno; me piro, que llevo prisa; cuando quieras, me vuelves a llamar.

-Vale; hasta luego –se despide Willy, sin estar muy seguro de que Aitor le haya escuchado, pues ya se aleja a toda pastilla.

Con la reserva de costo llena, Willy se dirige sonriente hacia la Gran Vía; hace unos minutos que la lluvia ha cesado de caer, así que decide ir andando tranquilamente, hasta llegar a cierto bar en el que podrá tomarse un rico café, con el aliciente de que el consumo de cigarros enriquecidos no está mal visto por el propietario.

Un porrito, un café y el periódico; ante tal perspectiva, Willy aligera el paso. Además, ahí siempre le ponen una chocolatina deliciosa cada vez que pide café…

 

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~ por Sir Worth en 30 abril, 2008.

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