CINCO

 

Nada más atravesar la puerta giratoria del restaurante, Carlos nota una fría gota de lluvia en medio de su despejada testa.

-Parece que va a llover –dice, dirigiendo a Susana con delicadeza bajo el toldo situado justo a la derecha-. Y da la impresión de que va a ser un auténtico chaparrón…

-¡Mira tú qué bien! Y encima, con esta ropa –Susana dedica una cara de verdadero fastidio-. Me voy a calar hasta el tuétano.

-¿Te apetece que tomemos un café, hasta que el diluvio pare un poco? –la voz de Carlos empieza a quedar un tanto amortiguada por el crepitar del aguacero contra la acera.

-No; he quedado con Pili para ir de compras. Si quieres, puedes venir con nosotras; no estaría mal que renovases tu vestuario.

-¿Qué le ocurre a mi ropa, o indumentaria como dicen los cultos? –el arqueo de los labios de Carlos se debe, por un lado, a lo desagradable que le resulta la estúpida Pilar Ramos, amiguísima de Susana desde la infancia y tan pija como estúpida; y, por el otro, al comentario desdeñoso sobre su vestimenta-. Que yo sepa, cuando tu forma de seguir la moda, cubriendo tu cuerpo con trapos que me resultan absurdos, me es repulsiva, no te dedico perlas como las que tú me sueltas.

-¡Y que ni se te ocurra hacerlo! ¿O acaso me dirás que hay comparación posible entre tus harapos y mis elegantes conjuntos? –Susana comienza a sonreír con ese deje insolente que tanta rabia le da a Carlos-. Vas siempre hecho un pordiosero, como si no tuvieses dinero para comprarte unos pantalones decentes y una camiseta sin agujeros. Ya podrías aprender de tu compañero Jon; él sí que va hecho un pincel.

-Bueno, quizás prefieras que vaya hecho un figurín y sea un auténtico idiota como él –el tono de Carlos va perdiendo la amigable melodía inicial-. Y ya vale; no quiero oír ni una palabra más sobre mi ropa.

-¿Has venido en tu cafetera? –Por cafetera, Susana denomina desdeñosamente la furgoneta de Carlos, una Volkswagen Transporter reformada por él mismo en su interior para servirle tanto en sus excursiones en busca de costas para bucear como para los conciertos con Stainless Steel.

-Pues va a ser que sí; si no, no hubiese llegado a tiempo para comer. Y no quería retrasarme más yendo hasta casa para luego coger el metro hasta aquí.

-Entonces, ¿me llevas? Y te vienes con nosotras al Zubiarte.

-No; o sea, que sí te llevo, pero te dejo allí y me piro.

-¿Y por qué no te quedas y me das el gusto por una vez en tu vida? De cuando en cuando, no creo que sea demasiado sacrificio.

-Punto número uno –Carlos levanta el índice de su mano derecha, a sabiendas de la rabia que la combinación del gesto con la enumeración de sus argumentos en forma de puntos produce en Susana-, no me gustan los centros comerciales. Es más, decir que no me gustan es quedarme muy, muy corto; los odio, los aborrezco, los detesto y los maldigo, y sabes que sólo entro en uno cuando es estrictamente necesario. Punto número dos, ni quiero ni necesito ropa nueva; si no te gusta ésta, miras para otro lado. Y punto número tres…

-Ya; nunca hay punto número tres –le corta Susana, con el cabreo rampando por su cara.

-…Y punto número tres: tu amiga Pili me parece la tía más pija e in-so-por-ta-ble que existe sobre la faz de este gran globo terráqueo, tan ínfimo en la inmensidad del cosmos como la capacidad de Pili para mantener una conversación mínimamente consecuente y de cierto interés para un mortal de mi talla. ¿Satisfecha con mis puntos?

-No; pero si quieres ser un maldito borde y desagradable, tú sabrás. ¿Dónde tienes aparcada la cafetera?

-Aquí, a la vuelta de la esquina. He tenido muchísima suerte de aparcar tan cerca nada más llegar, teniendo en cuenta la hora que era.

-¿Por lo tarde que has llegado? –Susana acompaña la pregunta con un entrecerrar de ojos digno de la más villana de las brujas de cuento.

-Anda, vamos; no me apetece discutir más –Carlos echa a andar con largas zancadas según termina la frase, obligando a Susana a seguir a marchas forzadas su vertiginoso paso hasta la furgoneta.

Mientras rodea su vehículo por la calle, ya que es la puerta del copiloto la que da al lado de la acera, Carlos aprieta el botón de la llave a través del tejido de sus vaqueros, sin sacarla del bolsillo. Tres rápidos parpadeos de los cuatro intermitentes dan su consentimiento a sendos humanos para introducirse en sus entrañas.

Susana no tarda ni un segundo en abrir la puerta, entrar y cerrar tras de sí; Carlos abre por su lado, se despoja de su chupa, la tira sobre la parte trasera y entonces se deja caer sobre su asiento.

-¡Qué lento eres, hijo mío! No entiendo cómo puedes tardar tanto en poner este trasto en marcha…

-Cuando te saques el carné y conduzcas tú, lo harás como te salga del chirri –Carlos cierra con un seco y enérgico portazo-. Hasta ese momento, continuaré haciéndolo como más cómodo me resulte…

-Vale, vale; hala, arranca.

La mano se adelanta bajo el volante, llave en ristre, hasta hallar y hollar la abertura correspondiente. Un giro es suficiente para que el ronroneo de tan inmenso gatito se deje oír a pesar del tráfico del centro de Bilbao y de los golpeteos de la lluvia sobre el techo de chapa.

Mientras que el brazo derecho surca el aire buscando el cinturón de seguridad, la otra mano de Carlos saca el paquete de tabaco del bolsillo del pantalón y coloca un cigarro en su boca.

-¿Ya estás? ¿No puedes aguantar un rato sin fumar? Fumas demasiado; me estás revolviendo el estómago –la ventanilla de Susana se baja casi por completo, al accionar ésta el botón del elevalunas.

-Sabes que no; lo que no entiendo es que te moleste tanto, siendo fumadora como eres –Carlos también baja su ventanilla, pero bastante menos que Susana; lo justo para que el humo salga al exterior sin mojarse demasiado el brazo izquierdo.

-Pero es que lo tuyo es criminal; ya te vale.

-Estás a tiempo de ir hasta el metro, si quieres; pero te deja bastante mal para ir a Zubiarte. Y el tranvía, que es el que mejor te pilla para llegar allí, te queda a desmano ahora mismo.

-Ya me callo; por no oírte…

La furgoneta verde se incorpora al torrente urbano tras marcar con el intermitente. En su avance, cambia de carril de vez en cuando, sorteando a otros vehículos demasiado lentos, demasiado rápidos, demasiado en medio, demasiado listos,… demasiados improperios regala la boca de Carlos a tantos “demasiados” hasta arribar al punto de destino.

-¿Qué vas a hacer ahora? –pregunta Susana sin casi mirarle, abriendo la puerta de la misma.

-Pasaré por la tienda de música, después iré un rato a casa y luego al ensayo.

-¿Vendrás tarde?

-Supongo que no demasiado; es entre semana, y aunque mañana no trabajo, tampoco me apetece trasnochar.

-Vale; pues hasta luego.

-¿No te olvidas de algo? –dice Carlos cuando Susana está a punto de cerrar la puerta desde fuera.

-No, creo –Susana echa una rápida mirada por su asiento, como buscando cualquier cosa-. No, lo tengo todo. Hasta la noche –dice, girando sobre sus talones para correr hacia la puerta del centro comercial más reciente del núcleo urbano.

“No me has dado un beso”, piensa Carlos. “Luego el arisco soy yo”.

Con cara de circunstancias, se enciende un nuevo cigarro y pone en marcha la furgoneta.

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~ por Sir Worth en 23 abril, 2008.

2 comentarios to “CINCO”

  1. Me reafirmo, caballero, en que es su mejor obra.

  2. ¡Oh! Se ve que enviar jamones a los críticos surte efecto…

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