DOS

 

A punto de llegar al borde del espigón, Carlos deposita sus herramientas con cuidado sobre el suelo, haciendo Jon lo propio, y ambos comienzan a colocarse los cinturones con los plomos cuando una desgarbada figura irrumpe en la escena a la velocidad del rayo.

-¡Perdonad el retraso, chicos! Tenía un recado que hacer –se excusa Guillermo Durán, Willy para los amigos.

-Sí, nos hacemos una idea –Jon responde burlonamente, con una significativa mirada dirigida a Carlos. Ambos sospechan, con razones bastante fundadas, que el miembro más joven de su equipo ha ido a fumarse un porrito a un lugar apartado para calmar sus nervios. Siempre lo hace, y parece necesitarlo para serenarse un poco. Pero jamás se ha presentado demasiado “cargado”, y sus compañeros se lo permiten sin críticas ni monsergas. No hay otro que desempeñe su labor de manera tan magistral como acostumbra, y su función es vital en cualquier operación. No sólo controla las posiciones de los hombres bajo el agua, ni se limita a comunicarse con ellos por los complejos interfonos colocados en el futurista casco de los astronautas de las profundidades. Desde la enorme consola situada en la furgoneta, supervisa infinidad de datos, desde las constantes vitales de cada uno hasta la más ligera variación en las corrientes de la zona. Un montón de detalles que revisar a cada instante, con una gran responsabilidad a su cargo. Si un canutito le quita el estrés, ni Jon ni Carlos se lo van a negar.

Un tanto azorado por las caras burlescas de sus compañeros, Willy les ayuda a colocarse los respectivos cascos sobre las capuchas. Comprueba el hermetismo de los compartimentos destinados a alojar la electrónica, ajusta un par de detalles  y prueba la recepción y emisión de audio de sus subacuáticos compañeros.

-¡OK, todo listo y en orden! Buena suerte allá abajo –les desea el joven técnico, alejándose rumbo al puesto de control instalado en la furgoneta.

Durante los últimos preparativos de Jon y Carlos previos a la inmersión, un camión grúa de pequeño tonelaje se ha acercado hasta llegar al lugar. El conductor maneja la pluma con pericia, haciéndola descender hasta el muelle con una pequeña y recia jaula metálica. El equipo de soldadura es estibado en su interior con mimo y delicadeza por parte de los dos buzos, sin descuidar detalle. Ya no quedan cabos por atar; es la hora.

-Muy bien, bájanos hasta esas condenadas olas –la orden de Jon es pronunciada a la vez que dos pares de aletas se suben a la parte superior de la jaula.

El brazo de la grúa obedece las instrucciones, levantándose primero para alejarse lo más posible del rompeolas, poniendo varios metros de distancia entre la jaula y el muro de hormigón. Si una súbita ráfaga de viento o una ola incontrolada los lanzase contra el espigón, ya se podían dar por muertos.

Sin embargo nada de esto ocurre, y Carlos y Jon pronto se encuentran en su medio, descendiendo varias decenas de metros rumbo a su objetivo.

El propósito de este trabajo es reparar una tubería dañada de la red  de desagües de la zona de ampliación portuaria, obstruida a cuenta del temporal sufrido hace unas semanas. Una parte del rompeolas había sido bestialmente arrancada de la estructura, cayendo sobre la tubería y aplastando dicho tramo lo bastante como para inundar las nuevas instalaciones de los vertidos fecales que debieran desaparecer en alta mar.

-Carlos, ¿ves ese puto tubo? –Jon enciende los focos instalados en la plataforma.

-No –resuena de forma sucia la voz de Carlos por el interfono-. El agua ha removido demasiado el fondo, y está demasiado turbia como para poder distinguir nada desde esta distancia.

-Chicos, seguid bajando y la encontraréis enseguida –apunta Willy desde su atalaya-. Está apenas a unos diez metros más abajo, ligeramente a vuestra derecha. De paso, no estaría mal que fueseis soltando las sondas.

-¡Oh, sí, mi señor! –Jon responde con falsa sumisión, extrayendo unos pequeños objetos metálicos de una bolsa atada a su cinturón. Con cierta destreza, lanza los diminutos ingenios electrónicos, invención del propio Willy, en las direcciones apropiadas. Gracias a ellos, cualquier variación en la corriente, temperatura del fondo u otro detalle será registrada por el joven mago de los cachivaches, dictando las modificaciones pertinentes respecto del plan original.

-Jon, mira, ahí está –la manaza enguantada de Carlos señala al punto en cuestión.

-Hemos tenido suerte, Harry Potter –Jon no puede evitar soltarle a Willy uno de sus apelativos preferidos; en verdad, guarda un cierto parecido con el literario personaje-. La roca golpeó el tubo, pero rodó; no será necesario efectuar ninguna voladura.

-Menos mal; está tan cerca de la zona de impacto que no podía descartar esa posibilidad, y las imágenes obtenidas con distintos métodos no dejan de ser confusas.

-Chavales, no quiero parecer vuestro padre –Carlos dirige una sucinta mirada a Jon a través de su visor-, pero tenemos un trabajo que cumplir. Vamos a ello, no tengo ganas de que Neptuno se anime demasiado.

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~ por Sir Worth en 17 abril, 2008.

2 comentarios to “DOS”

  1. Muy interesante, amigo Sir. Seguimos a la espera…

  2. Gracias, gracias…
     
    que la espera sea merecedora de tu atención…

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