15.- UNO MENOS

 

Sin parar a pensárselo dos veces, Josu salió de la casa como si una estampida de búfalos le siguiese a corta distancia. Nada más atravesar el dintel de la puerta, no llegó a ver el coche negro alejándose a todo trapo. Mas donde debiera recortarse la silueta oscura de un gigantesco todo terreno, un Patrol de la Ertzaintza permanecía quieto, con el motor en marcha. Ya desde antes de dirigirse hacia él, hubo dos detalles que no pasaron desapercibidos para Josu: la ventanilla izquierda estaba totalmente bajada, mientras que el parabrisas y la ventanilla derecha presentaban unos salpicones carmesíes que no dejaban lugar a dudas acerca de su origen.

Con consternación desde el otro lado de la puerta del conductor, el camionero notó cómo las uñas de sus dedos se clavaban profundamente en la carne de las palmas de sus manos. Ante él, el cuerpo sin vida de un ertzaina reposaba inerte, en una posición grotesca. La torsión de su tronco hacía que, mientras sus piernas permanecían en el lugar adecuado para practicar la conducción, su cintura se quebraba bruscamente hacia la derecha. El brazo izquierdo del agente se había colado por detrás del reposa cabezas  del asiento del copiloto, estando el derecho oculto bajo su cuerpo. En pleno centro de la frente, un agujero por el que la sangre borboteaba aún caliente hacía del todo innecesario comprobar que la vida había abandonado aquel conglomerado de carne y huesos.

No pudiendo reprimir un impulso totalmente abrasador en sus entrañas, Josu se hizo a un lado y vació el contenido de su estómago en tres repugnantes arcadas, salpicándose las botas y los bajos de sus vaqueros. Cuando consiguió recuperarse lo justo para devolver a su cuerpo la verticalidad original, reparó en la figura que observaba la escena desde la puerta: era Miren, con una expresión de incredulidad que había mutado por completo cualquier atisbo de su jovialidad de unos minutos atrás. Josu movió negativamente su cabeza, notando el frío azotar su nuca al dejar su largo cabello desprotegido su cuello con el vaivén. La anciana prorrumpió en sollozos, y Josu le indicó con una mano que volviese al abrigo del hogar.

De nuevo, se asomó al interior del Patrol. Un segundo vistazo le dio la oportunidad de encontrar la huella del otro disparo: la radio estaba destrozada, aunque pequeñas chispas aún surgían del orificio perpetrado por el criminal metal sobre la carcasa de plástico. No necesitaba ver más por el momento, así que retornó a la casa. Además, el aire gélido estaba comenzando a ganar la batalla por su temperatura corporal, y no llevaba ropa suficiente para presentarle cara durante muchos minutos más.

En la cocina, Miren sostenía su rostro lloroso entre sus dos nervudas manos. Al oír entrar a Josu, alzó la cabeza, mostrando unos ojos enrojecidos por el llanto incontrolado que la había poseído ante tal crimen.

-Lo… han… matado –consiguió articular entrecortadamente.

-Me temo que sí, Miren. Además, han inutilizado la radio, con lo que mis esperanzas de usarla para pedir ayuda se han ido a la mierda.

-¿Y qué podemos… hacer ahora?

-Sólo se me ocurre una cosa; sacaré el cuerpo, me montaré en el coche y acudiré a la comisaría más cercana. Allí les explicaré lo ocurrido, ¡hay que coger a esos hijos de puta!

-Sacar el cuerpo… lo podemos dejar en la cuadra. Tengo unas lonas bastantes grandes, de las que se usan para envolver los fardos de paja. Con ellas podremos taparlo hasta que vengan a por él.

-¡Buena idea! Démonos prisa, no hay tiempo que perder. Cada segundo transcurrido se convierte en una ventaja mayor para esos asesinos sin escrúpulos.

-Sí; pero antes, abríguese. Venga, tengo un jersey grueso de lana que le irá bien. Quizás le esté un poco justo, ya que mi difunto esposo no era tan grande como usted, pero aún así siempre será mejor que salir afuera en mangas de camisa.

Con su nueva indumentaria, Josu retornó al coche. Por un momento, dudó al abrir la manilla; pero después se dio cuenta de que iba a dejar igualmente el vehículo plagado con sus huellas dactilares, así que abrió la puerta y sacó el cuerpo sin vida. Sargento Mikel Etxaburu, ponía en la placa sobre su pechera.

Con un esfuerzo bastante mayor del inicialmente supuesto, terminó por llegar a la cuadra. No le costó demasiado encontrar las lonas referidas por Miren, y en pocos minutos había conseguido envolver el cadáver, depositándolo en un costado.

Se disponía a retornar a la cocina, cuando un rugido conocido se iba haciendo más y más audible; parecía que los pájaros volvían. Salió de la cuadra con cautela, arrimándose a la pared trasera de la casa, y asomó un poco la cabeza. Sólo un poco, por precaución.

El todo terreno negro había vuelto, parando de nuevo junto al Patrol con un brusco frenazo, y sus dos ocupantes saltaron fuera sin apagar siquiera el motor. Vio cómo miraban dentro, y el que había salido del lado del copiloto, el que parecía llevar la voz cantante, se puso a chillar a su chofer como un energúmeno. Éste señaló hacia el suelo, donde una mancha de sangre mancillaba la blancura de la capa de nieve junto al Patrol, para después dirigir su mano hacia la casa. Josu no lograba entender una sola palabra desde su posición, pero tampoco necesitaba la ayuda de ningún intérprete para imaginar el contenido de dicha conversación.

El conductor se quedó entre los dos vehículos, mientras que el individuo autoritario echó a correr hacia la casa, pistola en ristre. No había lugar a dudas para Josu; o se movía y hacía algo rápido, o el número de esquelas aumentaría pronto en dos más.

 

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~ por Sir Worth en 1 abril, 2008.

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