10.- UNO MÁS

 

El sargento de la Ertzaintza Mikel Etxeburu conducía meditabundo al volante de su Patrol; era evidente que para el todo terreno hacía tiempo que habían pasado sus mejores tiempos, pero aún no estaba presupuestado su relevo. Cualquier otro día, con semejante nevada por delante, Mikel estaría despotricando contra los descafeinados burócratas que se ocupaban de dar firmas rápidas para que los coches patrulla de la capital fuesen siempre unos vehículos flamantes, mientras que en las zonas rurales, donde la rudeza de la naturaleza castigaba con implacable virulencia a un parque móvil cargado de años y usos, las antiguallas quejumbrosas eran las reinas de la fiesta.

Pero aquella mañana, Mikel tenía la cabeza en otra parte. La noche anterior le habían presentado la dimisión más dolorosa de su vida: su mujer, Paula, le dijo nada más llegar a casa que le dejaba, que no aguantaba que pasase tanto tiempo danzando fuera de casa, que era muy duro para ella esperar noches enteras en vela hasta su regreso y que ya no podía más. Ninguna de las palabras salidas de la boca de Mikel consiguieron hacérselo pensar dos veces siquiera; de hecho, ya tenía dos voluminosas maletas preparadas y se largó al taxi que la aguardaba afuera, para llevarla a casa de su madre.

Mikel no pudo pegar ojo en toda la noche, dando incesantes vueltas en la cama hasta que decidió que, para no dormir, mejor era sentarse en el sofá para pasar las horas. Mas ni siquiera la soporífera programación de madrugada fue capaz de proporcionarle el descanso mental solicitado.

Por ello, cuando se presentó en la comisaría media hora antes del inicio de su turno con una cara completamente desencajada y unas ojeras de vértigo, algunos compañeros le intentaron preguntar si le sucedía algo, pero se limitó a responder que simplemente había pasado una mala noche. Eso sí, con un gruñido de muy pocos amigos.

Había decidido a emplear todo su turno en dar vueltas con el coche sin parar, con la esperanza de que controlar el estado de las carreteras con tal mal tiempo le ayudaría a evadirse un tanto. Varias horas después, había llegado a la conclusión que sus expectativas seguían sin cumplirse.

Una mancha sobre el asfalto le sacó de su mundo paralelo. Podía ser un simple frenazo, pero la proximidad de la curva que hacía la carretera pocos metros más adelante le invitó a cerciorarse de que no se había producido ninguna desgracia no avistada en medio de un entorno tan hostil como poco transitado.

Su faz adquirió una expresión a caballo entre el asombro y el horror cuando divisó, desde el borde mismo del arcén, al todo terreno completamente desfigurado que había varios centenares de metros por debajo. Un vistazo rápido le desaconsejó la bajada con contundencia: podría dar tres o cuatro pasos antes de resbalar y precipitarse él también al vacío.

Volvió corriendo al Patrol, pero justo cuando abría la puerta del conductor distinguió unos reflejos extraños cerca de las marcas de neumáticos. No había duda; eran fragmentos de focos. Con lo que Mikel se apresuró de nuevo hacia la portezuela abierta y llamó a la comisaría, a la par que giraba la llave en el contacto. La precaria calefacción volvió a intentar caldear el habitáculo interior, mientras Mikel volvía a conducir por la carretera.

-Aquí Mikel Etxeburu a central.

-¿Qué pasa, Mikel? –la voz de Jon, un viejo y entrañable camarada, sonaba rasposa a través del altavoz de la emisora.

-Acabo de ver un vehículo siniestrado en un talud de una de las curvas de la nacional, a unos cinco o seis kilómetros después de la salida del peaje. ¿Habéis recibido alguna notificación al respecto?

-No me suena, pero déjame ver –el sonido sordo que siguió a estas palabras indicaba que al otro lado, el terminal había sido momentáneamente dejado de lado. Tras varios segundos, el altavoz volvió a crepitar-. En efecto, no hay nada. No me sonaba y llevo toda la mañana aquí, pero prefería asegurarme antes. ¿Es grave?

-Me temo que sí; está muy abajo, y no hay forma de llegar a pie hasta el coche, así que mandad echando leches a un equipo de rescate; puede haber alguien herido ahí abajo.

-Ok, pues tendrás que esperar un rato; están volviendo de un accidente bastante aparatoso, y no creo que lleguen en menos de una hora.

-No, no voy a esperar a nadie; hay indicios de que ha habido al menos otro vehículo implicado, y no puedo dar a ese hijo puta la posibilidad de librarse de ésta.

-¡No seas idiota! ¿Te crees que va a estar a la vuelta de la esquina, esperándote con los brazos abiertos?

-Claro que no; pero escucha, el coche que he visto ahí abajo era un todo terreno, de esos enormes. Cualquiera que  haya podido echar de la carretera a un bicho así no habrá salido indemne, y seguro que me lo encuentro en algún pueblo cercano intentando que le arreglen algo rápido en un taller.

-Como quieras; pero sabes que va contra las ordenanzas…

-¡Que les den por el culo mil veces a las ordenanzas! –y Mikel colgó.

 

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~ por Sir Worth en 25 marzo, 2008.

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