6.- NIEVA SOBRE NEVADO

 

Nunca jamás en su vida lo había visto, por lo menos en persona. Sí, en cualquier serie policíaca que se precie había aparecido alguna vez, pero no es lo mismo cuando tienes en tus manos una bolsa de plástico, del tamaño de un paquete de azúcar de un kilo, dejando ver a través de su transparente envoltorio un polvo blanco. No podía ser otra cosa que cocaína. O heroína, u otra mierda de esas; ni Josu sabía cómo diferenciarlas, ni era su idea ponerse a descubrirlo por él mismo.

Espoleado por la curiosidad, desgarró totalmente el frontal del retráctil del palet. Si bien las cajas de la fila superior contenían chismes como el avión de la primera caja, el resto eran idénticas a la segunda. El palet de al lado era totalmente inofensivo, como pudo comprobar. Y no creía que hubiese más cajas de tal clase en el resto del camión.

No era difícil suponer que para un cargamento tan comprometido, lo habrían metido al fondo del contenedor para burlar cualquier inspección. Lo que ocurría era que, al vaciarlo, los palets más cercanos a la puerta del mismo habían sido colocados al fondo del camión, quedando su orden invertido.

Un pensamiento que viajó de la tristeza inicial a la ira llenó todo su interior: el camión de Kakatrans, el que había volcado en la autopista, transportaba la misma mercancía, y de idéntica procedencia, que el de Josu. No le costó imaginar que el accidente no había sido tal, y si él mismo no había perdido el control del vehículo se lo debía a ir a una velocidad moderada. El otro chofer, circulando por la autopista, no habría tenido la menor oportunidad de enderezar el rumbo con un par de embistes como los de hacía unos minutos. Malditos…

Ni corto ni perezoso, fue lanzando uno a uno los paquetes al exterior. Una vez que él mismo hubo bajado a pie de suelo, extrajo su navaja suiza de su bolsillo trasero y vació el polvo blanco sobre la nieve de los costados del camino. Pero decidió dejar intacto el último: quería tener una prueba que presentar a las autoridades.

De nuevo en su cabina, cogió una de las bolsas del Eroski que siempre llevaba (“por un por si acaso”) y envolvió con ella el paquete. No quería pasearse por ahí con semejante objeto a la vista de todo el mundo; aunque un vistazo le recomendó poner un par de bolsas más: con una, se transparentaba demasiado.

Cerró con llave la cabina, no sin dejar un cartel improvisado con un folio, en el que el mensaje “averiado” se apreciaba con facilidad. Tras comprobar que había metido la cartera y el móvil en sus respectivos bolsillos, echó a andar camino adentro, alejándose de la nacional. Quería llegar a algún sitio desde el que poder hacer un par de llamadas.

 

 

 

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~ por Sir Worth en 18 marzo, 2008.

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