5.- EN TIERRA DE NADIE

 

Mientras ponía de por medio toda la distancia que el camión le permitía, un vistazo por uno de los espejos le delató que parte de la carga se había movido con el ajetreo: el abultamiento en la lona del lado izquierdo no dejaba lugar a dudas. Saber que la mercancía era ligera no le quitó demasiada preocupación, pero prefería tirar un rato más; ya pararía más adelante.

Otro cigarro realizó su viaje hacia su particular pira inquisitorial; era la forma de combatir el estrés de Josu. Cuando el nerviosismo campaba a sus anchas por su mente, parecía que lo único que lo apaciguaba medianamente era una dosis de nicotina enrollada.

Pronto se dio cuenta de que la punta del cigarro no era lo único que ardía; el indicador de la temperatura del motor subía tan rápido como un mono trepa por un árbol. Maldiciendo a los hijos de puta del todo terreno, recordó un camino algo escondido de la vista desde la carretera; no se hallaba demasiado lejos. Algo bueno tenía el haber pateado esa zona tantas veces, desde que era un chaval.

Apenas un kilómetro después, el camión maniobró hacia el camino. Aunque quizás “camino” era un término demasiado pretencioso para un par de simples rodadas marcadas sobre la hierba. Hacía años que Josu no hollaba tal territorio, mas el recuerdo no se ajustaba con fidelidad a su presentación actual. Pese a ello, siguió hacia delante a poca velocidad, hasta llegar bajo una hilera de pinos que marcaba una pronunciada curva hacia la derecha. Si los ocupantes del todo terreno tenían amigos que venían en su busca y pasaban por la nacional, difícilmente descubrirían el trailer.

Tras abrir la puerta y bajar al suelo de un salto, acto bastante ágil para un hombre de casi cincuenta años, se colocó frente al morro de la tractora. A las primeras de cambio se podían percibir varios orificios en la carrocería, y estaba claro que uno o dos, al menos, habían acertado de lleno en el radiador. Imposible reparar con sus propios medios la avería. ¡Mierda!

Como si el frío y cortante viento que empezó a alzarse desde las brumosas montañas le hubiese recargado las pilas, volvió de nuevo a la cabina. Tenía un teléfono; ¿por qué coño no se le había ocurrido usarlo para llamar a alguien? A su jefe, a la policía (Ertzaintza, por aquellas latitudes), a su madre, a su ex mujer,… a alguien. Necesitaba contarle aquella locura a cualquier persona, aunque el destino no accedió a cursar su petición: no había cobertura. Y aunque la hubiera, la batería tampoco iba a durar mucho. Tras cagarse mil veces en los manos libres blue tooth, por toda la energía que consumían, y en su jefe por no proporcionarle un cargador para no quedarse incomunicado en ruta, se guardó el móvil en el bolsillo derecho del pantalón y comenzó a seguir el costado de la plataforma.

Una vez atrás, abrió el portón de la derecha y se aupó de un brinco. Desde el escaso metro y medio libre de la cama no apreciaba con claridad dónde se había movido la carga, si bien los primeros palets estaban tan tiesos como la polla de su amigo Toño en uno de esos clubes de carretera en los que solía parar al caer la noche. Por ello, sujetándose a uno de los postes, trepó encima del palet de la izquierda e inició un lento paseo por encima de la mercancía. Siendo material frágil, debía prestar mucho cuidado de que las cajas no cedieran bajo su peso que, pese a no ser excesivo para su estatura, en comparación con las cajas de cadenas musicales baratas resultaba abrumador.

Pasado el poste central, encontró tres palets demasiado escorados a la izquierda. El travesaño lateral se había partido, y por ello se había producido la anormal colocación. Menos mal que no llevaba bobinas de acero…

Con un gesto de determinación en el rostro, Josu apoyó su espalda contra el poste central y empujó con sus piernas los palets. Al principio, muy suavemente; no quería abombar aún más las cajas. Fue aumentando la presión de manera gradual, y cuando estaba a punto de terminar, un chasquido sordo en su rodilla no le preparó para el desgarrador dolor que recorrió su pierna izquierda con la suficiente antelación. Desde que un par de semanas antes había caído por un terraplén bajando del mítico monte Anboto, la pierna le había dado algún toque, pero no hasta tal extremo.

Estirando los músculos y masajeando la rodilla, el dolor se convirtió en molestia, pero sin dignarse a rebajar más su condición. Suficiente para Josu, quien se volvió para salir de nuevo al exterior.

Llegado a los palets cercanos a la puerta, no quiso realizar ningún heroísmo acrobático, y se sentó en uno de ellos, para descolgarse desde él asiéndose al travesaño de ese lado. Mas al dejar resbalar su culo, la trasera de su pantalón desgarró la parte superior del plástico retráctil negro que mantenía firme la mercancía, cayendo un par de cajas de la fila superior al suelo.

Con mil millones de maldiciones y juramentos como banda sonora, Josu terminó de bajar y se acercó a las cajas. Maldita sea, se habían abierto. Cogió la primera, colocó en su sitio las piezas de lo que parecía ser una especie de avión de juguete a pilas y cerró la caja pillando las lengüetas de cartón entre sí. Si no faltaba nada, tampoco se iban a mosquear demasiado en su destino: habitualmente, los agentes aduaneros habrían parte de la mercancía para comprobar su contenido; eso siempre que no quisiesen ejercer su peculiar y particular derecho a quedarse con algún objeto “sospechoso”. Caraduras…

Pero cuando se agachó para recoger la segunda caja, le extrañó su excesivo peso respecto con la anterior. Y al mirar en su interior, lo que pudo contemplar no le hizo gracia. Ni puta gracia.

 

 

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~ por Sir Worth en 18 marzo, 2008.

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