4.- GENIO, EL DE ALADINO; CURVAS, LAS DE LA MUJER

 

Ilógicamente, de momento la nacional extendía sus innumerables curvas encadenadas sin apenas tráfico. Lo esperable era encontrar una densidad respetable, al estar colapsada la autopista más adelante, pero tampoco le dio más vueltas. A saber qué vería dentro de un rato.

Las nubes dejaban entrever parcialmente al incipiente sol de aquella mañana invernal, y Josu no dudó en colocarse las gafas de sol a las primeras de cambio; el reflejo de la luz en la nieve podía conseguir cotas en extremo desagradables.

Por el espejo atisbó los seis o siete coches que le seguían como la estela de un lento cometa. Se imaginó a los anónimos conductores, juramentando y cagándose en la madre del chofer que entorpecía su camino a través del sinuoso recorrido, donde la falta de visibilidad apenas permitía ejercer el ansiado privilegio del adelantamiento.

Por fin, un tramo recto de bastante extensión hizo acto de presencia. Ante todo, cortesía; se echó ligeramente a la derecha, pegando las ruedas a la raya del arcén lo más que la nieve de las orillas le permitía, para así facilitar la maniobra a sus involuntarios seguidores. Lo iban a pasar de todas todas; mejor que durase un instante, eliminando cualquier accidente provocado por los nervios.

Uno tras otro fueron desfilando por su costado; más que turismos, parecían coches de Fórmula Uno. Una de las cosas que tiene la conducción: cualquier persona, ya fuese imbécil, fracasado, estúpida,… poseía las neuronas suficientes para pisar el pedal hasta el fondo en cualquier instante. Si la gente fuese un pelín más prudente, y tomase consciencia de la máquina letal sobre la que cabalgaba, no habría tantas desgracias personales que lamentar a diario.

Ya quedaba el último coche; el todo terreno negro de nuevo. Pero su velocidad no era tan exagerada como la de sus predecesores; todo lo contrario, apenas iba ligeramente más rápido que el camión. Josu inspeccionó el camino; por suerte, seguía sin venir nadie por el carril contrario. Aún así, levantó el pie del acelerador; no quería pegar un frenazo para que el idiota de al lado pudiese sortear al zumbado de turno que apareciese de repente a tropecientos por hora.

El todo terreno estaba ya sobrepasando la tractora del trailer, y fue entonces cuando Josu se quedó con los ojos como platos: era la primera vez que un coche le embestía. Si se tratase de un automóvil corriente, apenas hubiese notado el choque; pero la bestia negra contenía suficientes caballos dentro de su robusta estructura como para obligarle a dar un buen bandazo.

La bocina del camión atronó en las laderas de los montes cercanos; igualmente, los improperios que manaban de su boca retumbaban en el interior de la cabina. El firme estaba demasiado mojado, y con tocar un poco el freno podía desencadenar una torta monumental.

Pero el conductor del cuatro por cuatro repitió su pérfida maniobra, dejando claro que la anterior no había sido ningún despiste. El impacto, terrible, obligó a la cabeza del camión a desplazarse bruscamente a la derecha; Josu giró el volante al lado contrario de inmediato. Un sudor frío brotó en su nuca al ver el efecto del cambio en la dirección: el remolque empezaba a culear, mostrando con descaro que él también quería adelantarle. Llegaba la tijera…

Sin pensarlo dos décimas de segundo, Josu pisó el acelerador a fondo, mientras clavaba el freno trasero. Poco le importaba llevarse por delante al hijo puta con su coche; una tijera, a esa velocidad y en esa carretera, podía ser su última maniobra.

Sangre fría, nervios de acero, años de experiencia al volante de monstruos de cuarenta toneladas (entre su propio peso y el de la carga); y, sobre todo, un par de huevos muy bien puestos. Todos estos factores consiguieron recuperar el control del trailer bajo las manos de Josu, quien no dudó en seguir acelerando para embestir al todo terreno en pleno costado.

Justo antes de ver cómo el coche se salía de la carretera, pudo apreciar cómo, por la ventanilla del copiloto, un brazo emergía como una pitón lanzada al ataque; y sus intenciones no eran menos letales: empuñaba un arma automática; una Uzi, según creyó Josu.

La ráfaga de balas descargó su contundencia en el aire, y antes de despeñarse la negra carroza de la muerte ladera abajo, Josu juraría notar que algún proyectil había mordido en su camión.

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~ por Sir Worth en 14 marzo, 2008.

3 comentarios to “4.- GENIO, EL DE ALADINO; CURVAS, LAS DE LA MUJER”

  1. Ay!! que angustia. Me he metido en el papel y hasta estaba girando yo el volante!!!

  2. Que emocion! Quien será ese que dispara. Me tienes intrigada. ¿Alguna mafia?

  3. Aquí viene lo difícil…
     
    No tengo nada más escrito, ni siquiera pensado. A ver por dónde me da la ventolera…

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