2.- PARADA Y FONDA

 

Había apurado un cuarto de hora al disco, pero por lo menos estaba en un área de descanso. No le hacía gracia pernoctar en cualquier sitio, expuesto a cualquier desvalijador nocturno. Pese a que en el norte no había tantos problemas al respecto, conocía de boca de muchos chóferes amigos bastantes casos de asaltos en las rutas del sur; esas malditas mafias rumanas eran capaces de dejarte en calzoncillos, aprovechando el pesado sueño que sus gases somníferos producían en el incauto conductor de turno. Parece mentira, pero un simple tubo de goma puesto en la entrada del radiador era todo lo que necesitaban.

Se acercó al restaurante, con ganas de cenar: su estómago se removía como los de los portadores de los fetos de “Alien”. Tras saldar su deuda para con su sistema gástrico, y por ende con la cajera del establecimiento con la tarjeta de la empresa, vació su vejiga en los modestos pero limpios servicios. Era de agradecer encontrar la loza brillante, sin esos cercos amarillentos que tanto proliferan en bastantes bares de carretera, y los ambientadores ejecutaban su labor a la perfección.

Afuera, las primeras gotas de aguanieve iniciaron su danza descendente. Por suerte, Josu había podido observar un par de máquinas quitanieve en el mismo parking, por lo que desechó la idea de tener que esperar horas preciosas a la mañana siguiente para poder reanudar su marcha. Prendió un cigarro de camino al camión; no le gustaba fumar dentro de la cabina poco antes de dormir. Mientras andaba, dedicó una pausada mirada a los vehículos de su alrededor; la mayoría, camiones como el suyo, de paso en su ruta a alguna parte. Un viejo dicho del ramo dice: si tienes que parar a comer en ruta, hazlo donde veas muchos camiones parados. Toda la verdad; nadie mejor que un camionero para saber dónde se portan bien en los fogones al pie de carretera.

Además, estaban las dos quitanieves y varios coches; la mayoría, por la pinta, utilitarios del personal de la estación. Aunque un enorme todo terreno negro, precioso e imponente, destacaba con luz propia entre el resto. Un trasto bonito, pero innecesario en la mayoría de los casos, pensó Josu. Por norma general, los adquirían urbanitas para circular por calles o carretera. Allá ellos, si quieren asumir un consumo desmesurado y un impuesto que amenazaba con encrudecerse más para tales automóviles.

Josu pisó la colilla con su pie derecho y trepó hasta la cabina. Había dejado el calefactor encendido, con lo que encontró un ambiente caldeado y confortable en el interior. Con su habitual parsimonia, se descalzó y desnudó; el edredón nórdico de la litera le aseguraba protección más que suficiente para afrontar la gélida noche.

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~ por Sir Worth en 12 marzo, 2008.

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