CAPÍTULO ONCE

 

Molk se despertó por la mañana con síntomas persistentes de la borrachera de la noche anterior. Había organizado una buena juerga con Aykron, y ambos acabaron tendidos en el suelo de la cantina, presos de un pesado letargo etílico.

Notando  su cabeza dar más vueltas que un burro a una noria, esquivó el aún inerte cuerpo de Aykron y se dirigió al infecto retrete. Con cierta jaqueca revoloteando a su alrededor, consiguió sacar su pene tras varioS intentos torpes e infructuosos. La larga meada le recordó la terrible ingesta de la noche precedente, notando con alivio cómo su vejiga se deshinchaba gradualmente, liberándole de una presión abdominal harto desagradable.

Antes de salir, dedicó unos minutos a observarse en el mugriento espejo. Pese a rozar la cuarentena, seguía conservando cierto atractivo, y sus músculos eran tan potentes, o más aún, que hacía quince años. Flexionó varias veces sus abultados bíceps, y finalmente volvió a la sala principal de la cantina.

Aykron proseguía su sendero por el mundo de los sueños, y decidió dejarle dormir un poco más. Aún era temprano, y quedaban al menos un par de horas antes de abrir el establecimiento. Por ello, decidió  salir a la calle para ver si el calor tenía pinta de remitir.

Al cruzar la puerta, se estiró todo lo que su enorme osamenta le permitió, abriendo su bocaza de forma ostensible en un grosero bostezo. Tras ello, procedió a quitarse las legañas con una mano, mientras que la otra bajó para rascarse sonoramente las pelotas.

Fue entonces cuando pudo ver algo muy extraño: todas las puertas y ventanas al alcance de su vista estaban atadas con cuerdas, largas sogas de cáñamo entrelazadas. Todo muy sospechoso, no le gustaba nada. Y aún le olía más a chamusquina que nada hubiese entorpecido su salida.

-Buenos días, Molk –saludó una voz a su izquierda-. Espero que hayas descansado bien, pues  vas a necesitar echar mano de todas tus fuerzas.

-Esa voz –dijo Molk, girando su grueso cuello hacia la procedencia del sonido-. Conozco esa voz, extranjero. No sé por qué te has levantado hoy con ganas de morir, ni me interesa. Te estrangularé, apretando tan fuerte tu cuello que acabaré sacando zumo de él.

-Tus bravatas puede que impresionen a unos niños asustados ante la muerte de sus padres –replicó Doyk, separándose de la pared de la cantina para despojarse de su camiseta empapada en sudor-. Pero cuando uno de aquellos niños ha crecido tan fuerte como el odio que lleva dentro, el miedo se desvanece por completo.

-Dyrkron –sonrió Molk-. Claro; por eso me resultaste tan familiar ayer cuando apareciste; te pareces bastante a Muyk. Y, por lo que veo, deseas acabar tus días igual que él…

-Bueno; igual, lo que se dice igual, creo que no. No estoy dormido para que el sucio perro sarnoso y bastardo Molk pueda atraparme por sorpresa, a traición. Veamos si eres capaz de cumplir tus amenazas peleando cara a cara, sin ninguno de los cerdos que te secundaron aquel día; ya me he encargado de que nadie pueda salir de su casa.

-Lo veo, hijo –Molk también se quitó la camisa llena de lamparones, exhibiendo sus brutales músculos-. Muy ingenioso lo de la cuerda, pero inútil. No me hace falta la ayuda de nadie para machacarte yo solo. Ven a comprobarlo…

Sin más dilación, Doyk, o más bien Dyrk, se lanzó hacia Molk como una bestia salvaje, tensando al máximo sus poderosos tendones. Molk se preparó para recibir la acometida, y cuando estaba a punto de usar su largo brazo como una temible maza sobre la cabeza de Dyrk, éste ejecutó un movimiento tan desconcertante como inesperado: se lanzó en plancha… sobre el suelo, rodando sobre sí mismo. Aprovechando el impulso conferido por la voltereta y usando toda la fuerza que exprimió a sus brazos, atrapó con sus piernas las de Molk con una llave de tijera. Ante la sorpresa de Molk, Dyrk imprimió el grado de torsión adecuado para dar con el desequilibrado villano de morros contra el suelo.

-Vamos, mal nacido –provocó Dyrk levantándose al instante con un ágil salto-. Ponte de pies si quieres acabar conmigo. Si puedes…

-¡Ahora verás, hijo de una sucia ramera! –bramó Molk, incorporándose para emprender una feroz embestida. Pero no se lanzó alocadamente; había visto los reflejos del muchacho, y no quiso arriesgarse a que le hiciera una rápida zancadilla.

Esta vez Dyrk no demostró su celeridad, sino que aguantó el choque del enorme corpachón sin moverse apenas. Molk agarró su cuello con ambas manos, ejerciendo una presión descomunal, pero no arrebató ni un soplo de aire a los pulmones de Dyrk. El joven procedió a dar una serie de cuatro puñetazos potentes y rápidos en la boca del estómago de Molk, quien cayó de rodillas, con la respiración entrecortada.

-Ya me he cansado de jugar contigo; va siendo hora de dejar a un lado los entremeses para pasar al plato fuerte –anunció Dyrk antes de asestar un increíble golpe en la cabeza de Molk, quien cayó inconsciente al momento.

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~ por Sir Worth en 27 febrero, 2008.

4 comentarios to “CAPÍTULO ONCE”

  1. Si es que lo sabia, no se me escapa ni una. Dyrk y Doyk la misma persona, oeeee.

  2. Sí, bueno, era un tanto predecible, como creo que lo será todo lo que sigue; pero me he quedado de un a gusto escribiéndolo…

  3. No era tan predecible, amigo Sir. Gran trabajo, compañero.

  4. Menos mal, que ya se me estaba poniendo cara de tonta…. (ningún comentario a mi comentario) jeje

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