CAPÍTULO SIETE

 

Tras la sencilla pero abundante comida, Doyk se dedicó durante el resto de la tarde a efectuar diversas reparaciones a lo largo de la casa. Sustituyó maderas podridas, afianzó alguna viga, incluso tapó los agujeros del tejado. No se podía decir que fuese un trabajo de primera, más que nada por la calidad de los materiales empleados; tuvo que utilizar lo que había a mano. Pero aún así, las horas dedicadas dieron paso a una mejora considerable en el aspecto de la parte del edificio que aún seguía en pie.

Dando por concluida su jornada, se dirigió a la cocina para adecentarse en la pila de agua; el sudor recubría cada centímetro cuadrado de su piel. Serbi estaba allí, con los preparativos de la cena. Durante la tarde, apenas la había visto más que al comienzo, cuando se ofreció a echarle una mano. Pero ante la negativa de Doyk, comentó algo acerca de dedicarse a otras labores, desapareciendo del panorama hasta el momento.

Doyk cogió una gran palangana metálica y la llenó de agua, tan tibia como el ambiente caluroso había conseguido calentar. Acto seguido, se dirigió a la parte trasera, depositando el barreño en el suelo, y procedió a despojarse de su ropa. La sudada vestimenta dio paso a un torso pétreo, con músculos que aparentaban haber sido tallados a cincel, surcados de cuando en cuando por algunas cicatrices de considerable tamaño.

Una vez desnudo, se sentó como pudo en el recipiente, con las piernas colgando por fuera, permaneciendo quieto y mirando hacia el cielo. El agradable contacto con el agua y la visión de un horizonte que comenzaba a cobrar oscuridad se le antojaron relajantes, de una forma muy grata.

No sabía cuánto tiempo llevaba en tal posición, disfrutando del higiénico relax; podían ser minutos, incluso horas. De repente, un ligero sonido le sacó de su ensimismamiento, volviendo su cabeza de inmediato hacia el lugar del que procedía el ruido.

La instantánea tensión se desvaneció al reconocer el sonriente rostro de Serbi, a tan sólo unos pocos metros de su posición, devolviéndole el mismo saludo recibido.

-¡Vaya susto me has dado! –dijo a la chica-. Eres muy sigilosa, no te he percibido hasta que has estado tan cerca.

-Se te veía muy relajado y pensativo –respondió ella, acercándose hasta quedar frente a Doyk-, por no decir distraído. Llevas un largo rato aquí fuera, y he pensado que debía echar un vistazo, por si acaso.

-Bueno, como puedes observar, estoy en la gloria –añadió Doy, recogiendo un poco de agua en la palma ahuecada de su mano y vertiéndola sobre su cabeza.

-Ya lo veo, ya; pero creo que podrías estar mejor –replicó Serbi, aproximándose hacia él.

Sus ojos quedaron a la par durante un instante, observando la expresión de cada uno, y entonces Serbi apoyó sus carnosos labios sobre los de Doyk, en un beso largo y apasionado. Él la estrechó por los hombros, mientras que las manos de la joven se deslizaron por el musculoso pecho en una caricia descendente, finalizando su recorrido al llegar al duro y crecido bulto de la entrepierna.

-Veo que estás tan bien dotado por abajo como por arriba –susurró Serbi al oído de Doyk-. ¿No te apetece comprobar si estoy tan bien equipada como tú?

-Serbi, eres una muchacha muy bella, pero creo que no es conveniente que continuemos con… esto. Apenas nos conocemos.

-¿No quieres jugar conmigo? –contestó ella, quitándose la camisa para descubrir unos pechos, si bien no muy grandes, pletóricos en su forma y turgencia-. A los hombres del pueblo les encanta venir para saludar de cerca a mis amigas…

-¿Me estás diciendo que te acuestas con todos los hombres de Milton? –preguntó Doyk, con una expresión de sorpresa en su cara.

-No exactamente –replicó Serbi-. Llegan, me cogen haciendo lo que esté haciendo y… hacen de mí lo que quieren.

-¿Sin tu consentimiento? –Doyk se alzó, con la tensión recorriendo todo su cuerpo, provocando que Serbi se separase ligeramente de él.

-Sí, así es; pero es la única forma que tengo de que me dejen continuar viviendo aquí –los ojos de Serbi se estaban tornando vidriosos mientras pronunciaba estas palabras-. Y al ver que eres un hombre totalmente diferente a los que he conocido, educado, respetuoso y atractivo, he pensado que, por una vez, podía hacer el amor a gusto con alguien que me resulta excitante…

-Gracias por el piropo –contestó Doyk, comenzando a vestirse-, pero lo que me acabas de contar me parece muy preocupante. Me das a entender que eres el desahogo oficial del pueblo, aún contra tu voluntad. ¿Por qué lo consientes?

-Hace mucho tiempo, tanto que apenas guardo recuerdos claros sobre ello, mis padres hicieron algo terrible a la gente de este lugar. Apenas recuerdo sus caras, ni las de sus amigos y su hijo, que era un hermano para mí: han pasado muchos años. Por lo que me han contado, montaron alguna escaramuza bien gorda tras provocar la cizaña entre los vecinos, y murieron en la pelea. Sólo yo sobreviví. Desde aquel día, he vivido gracias a lo que malamente cultivo en mi pequeña huerta y a las aportaciones de quienes vienen a… visitarme. Al principio, traté de resistirme las primeras veces, yo sólo tenía quince años. Pero me amenazaron con abandonarme a mi suerte en el desierto si no accedía a sus deseos, así que no tuve alternativa…

Dicho esto, la joven perdió la poca serenidad que aún le quedaba e irrumpió en un llanto desconsolado. Doyk la estrechó entre sus brazos, acariciando su melena negra con una de sus manos, dejándola llorar todo lo que llevaba dentro.

Cuando por fin se calmó un poco, la cogió en brazos y se internó en la casa. La metió en la pequeña cama de la joven, y la arropó con ternura, dándole un beso en la frente.

-Tranquila –dijo Doyk-, por ahora no debes preocuparte por esas visitas tan desagradables, mientras esté aquí. Lo único que has de hacer en este instante es dormir.

-Gracias –contestó Serbi, aún con cierta congoja en su voz-. Me siento muy a gusto teniéndote en casa, Doyk. No sé, es como si te conociera de siempre; ya sé que suena extraño, no llevas ni un día aquí, pero eres tan distinto a los demás, me haces sentir tan a gusto…

-Soy yo el que ha de agradecerte tales piropos –añadió Doyk mientras se acercaba a la puerta-. Ahora duerme; mañana podremos hablar largo y tendido sobre todo esto.

-Buenas noches, Doyk.

-Buenas noches, Serbi.

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~ por Sir Worth en 21 febrero, 2008.

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