CAPÍTULO DOS

 

 

La noche estaba cayendo, dejando un gélido manto de escarcha sobre la hierba de los pastos. Muykron entró en la casa tiritando; pese a llevar un buen rato corriendo tras el ganado para meterlo en el establo, el ejercicio físico no había conseguido hacerle entrar en calor.

-¡Muyk, por los dioses, ponte junto al fuego! –dijo Jan, apresurándose en acercar una cómoda butaca al lado de la chimenea-. Me tenías preocupado con la helada tan cruda que está cayendo fuera; ¿por qué no has venido antes?

-Tenía que meter las reses en el establo, jefe, o las pasarían putas por la noche.

-Muyk, los animales son estúpidos, pero no tanto como para no resguardarse con este tiempo –añadió Jan, echando un nuevo leño a la hoguera y colocándolo oportunamente con el atizador-. Si hubieses tardado un poco más, quizás me hubiese quedado sin el mejor capataz de toda la región.

-¡Ah! ¿Acaso has contratado a otro? Pues ya puede mover el culo o se le congelarán las pelotas –contestó Muyk, exhibiendo una pícara sonrisa que rápidamente dio paso a sonoras carcajadas en ambos hombres.

En la cocina de la casa, sus dos esposas se afanaban en culminar la preparación de una buena cena caliente, completamente necesaria en días tan adversos. El cocido humeaba llenando la estancia con un aroma muy sugerente para cualquier estómago agradecido, removido con paciencia por Solonia, la mujer de Jan. Perbena, la compañera sentimental de Muyk, sacaba los platos y cubiertos a usar en la mesa.

-Perbena, creo que haremos mejor cenando en la misma cocina; el calor de la cocina la hará más confortable que el comedor, a pesar de que Jan ha prendido un buen fuego.

-Sí, señora; ahora se lo comento a los hombres –replicó Perbena.

-¿No puedes llamarme por mi nombre? –Inquirió Solonia-. Muyk y Jan se tratan de igual a igual; ¿por qué no podemos hacer nosotras lo mismo?

-Señora, soy consciente del buen trato dispensado por los señores hacia nosotros, pero no dejo de ser su criada y considero correcto mantener un mínimo de respeto.

-¡Ya estamos! Mira que puedes llegar a ser pesada…

-Sí, señora, lo que usted quiera. Si me disculpa, avisaré a los hombres y luego iré en busca de los niños.

-La última vez que les he visto andaban en el cuarto de tu hijo, no creo que se hayan movido de allí.

En efecto, ambos niños seguían en el mismo lugar, contemplando las ilustraciones de un bello libro, extraído de la selecta biblioteca de Jan. Los dibujos adornaban las historias de heroicos aventureros de tiempos pretéritos y las loables gestas atribuidas a cada uno de ellos.

-¿Ves, hermanita? –dijo él-. Así mató este gran caballero al dragón, y todos vivieron felices.

-¡Qué bueno, qué bueno! –Palmoteó la niña-. Hermanito, oigo a tu mamá subir por las escaleras; creo que es hora de cenar.

-¡Pues vamos! –Gritó poniéndose en pie de un salto-. ¡Tonto el último… o la última!

-¡Espera, espera! ¡No vale, has hecho trampa!

En la mesa, ambos matrimonios se sonrieron con las ocurrencias de los niños, los “hermanitos” como tenían a bien llamarse. Y es que su afecto era como el de dos hermanos, pese a ser hijos de dueños y criados, de estratos sociales opuestos. Pero dentro de esos muros, las consideraciones sociales no tenían nada que ver con lo acostumbrado fuera de ellos, y ambos disfrutaban de la mutua compañía como si de verdaderos hermanos se tratase.

Una vez concluida la cena, los hombres se retiraron hacia la chimenea del salón. Con sus pipas prendidas y humeantes, Jan observaba cómo mudó la expresión de la cara de Muyk.

-Te noto pensativo, viejo amigo –afirmó Jan, exhalando una larga columna de humo.

-Creo que tenemos  razones, Jan; el tiempo está cambiando de forma muy extraña, y no tardará mucho en convertir estas tierras fértiles en un árido lugar.

-O sea que nuestras sospechas eran fundadas; bien, será el momento de ir preparando las maquinarias que ideamos para mantener este vergel tal y como está, aunque más allá de nuestros límites el paisaje mude al del desierto.

-¿No te preocupa la reacción de los vecinos? –El rostro taciturno de Muyk era todo un poema-. Si vienen épocas de vacas flacas, todos esos envidiosos se nos echarán encima.

-Bueno, no será porque no se lo hayamos advertido. Si no han querido prepararse para la adversidad, ayudaremos en lo que podamos, pero tampoco podrán pretender que hagamos milagros.

-Eres demasiado confiado, Jan; tomaré algunas precauciones… extra, por si las moscas.

-Como quieras, amigo mío. Pásame una cerilla, se me ha vuelto a apagar la pipa.

 

Anuncios

~ por Sir Worth en 15 febrero, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: