POLVO EN EL CAMINO

CAPÍTULO UNO

 

 

Mediodía de domingo en un soleado día de verano; el calor era asfixiante como para intentar permanecer un solo minuto bajo  el sol. No era de extrañar, por tanto, encontrar la calle principal de Milkon casi tan desértica como los parajes de los inmediatos alrededores, exceptuando a un par de señoras enfrascadas en un aburrido cotilleo, falto desde hacía mucho tiempo de nuevos ingredientes a añadir a su particular cocido. Y, por supuesto, al borracho que dormía la mona bajo el arco destartalado de la cantina del lugar.

Fugaces remolinos de aire remontaban el vuelo de tanto en tanto, mas su soplo no era refrescante, contribuyendo a que el aire mantuviese constante su sequedad y la cantidad de polvo en suspensión. Uno de tales golpes de viento áspero cruzó la calle en el mismo instante en que las vecinas, con ojos ávidos de novedades, avistaron por vez primera al extraño visitante que arribaba al pueblo por su parte norte.

Su aspecto no podía definirse como agradable; montado sobre un caballo de noble porte, aunque un tanto famélico, sus ajadas ropas estaban cubiertas del polvo del desierto. Su rostro permanecía oculto bajo un sucio pañuelo, estratégicamente colocado para evitar la aspiración de cualquier partícula no invitada a la fiesta de la respiración del sujeto; y sus ojos apenas eran visibles a la sombra del sombrero de fieltro, presumiblemente negro en tiempos pasados.

Pese a ir ligeramente encorvado sobre el cuello de su montura, no parecía demasiado pequeño, y si bien la capa disimulaba en su interior el contorno de su cuerpo, su apariencia no era la de un hombre débil. Más aún, el hecho de ir inclinado hacia delante no era un síntoma de fatiga: hablaba a su animal, acompañando sus palabras con palmadas y caricias por la crin y el cuello, como dando los últimos ánimos ante la proximidad de la meta prometida.

Ambas vecinas permanecieron en silencio, sin apartar su mirada del desconocido. Ni una sola palabra amable asomó por la comisura de sus venenosos labios para responder al toque del extraño en su sombrero, a modo de saludo cortés. Sin embargo, el viajero no aparentó darle mayor importancia a tal indiferencia y continuó su camino hacia el abrevadero. Tras desmontar de un salto, aparentemente gesto imposible a la luz de su parsimonioso cabalgar y la prejuzgada fatiga inculcada por su andrajosa y polvorienta vestimenta, acompañó con dulzura la testa del equino con la afectuosa complicidad de una de sus manos hasta el gran vaso dispuesto para la tracción animal, y usando la otra para dar impulso a la fuente abastecedora del preciado líquido oculto bajo la coraza de roca y tierra suelta del suelo. El rocín comenzó a dar suaves pero constantes lengüetazos, señal de ser un animal acostumbrado a condiciones extremas y entrenado para saber cómo proceder sin dañar su organismo. No en vano, aún en aquella época mucha gente enfermaba al ingerir agua en cantidades ingentes y velocidades de vértigo tras pasar un infierno al viajar a través del desierto sin tener a mano, durante varias jornadas, una cantimplora con un nivel satisfactorio.

El desconocido se despojó del pañuelo protector de sus vías respiratorias y lo remojó en el lado opuesto al ocupado por su caballo, regando con él su rostro. Una faz un tanto extraña, puesto que no ocultaba su juventud, unos veinticinco  o veintisiete años, pero la hirsuta barba y las arrugas surcando el semblante decían lo mucho que debía de haber vivido en tan corto lapso de tiempo.

 Una impresionante melena de un pelo negro como el ébano cayó más abajo del nivel de sus hombros al retirar el sombrero. Ni siquiera el polvo acumulado a pesar de la protección del fieltro restaba grandeza a tanto cabello, ansioso de volver a hacer acto de presencia tras un encierro largamente prolongado. Incluso las viejas cotillas sintieron una punzada de amarga envidia por tal despliegue de cabellera, comparándola con las suyas propias en sus mejores tiempos.

Una vez abrevada su montura, la dirigió hacia el poste vacío más próximo a la taberna, atando las riendas al mismo con un gesto rápido, firme y eficaz. Unas palmadas más en su costado, acompañadas de unas palabras a modo de breve despedida, y se giró para internarse en la cantina.

El vocerío de todas las personas del interior del antro se acalló de golpe, mientras varias decenas de ojos observaban la figura recién aparecida por la puerta. Tras un “buenos días” sin respuesta por parte de sus observadores, sintió cientos de miradas atravesándole mientras caminaba lentamente en dirección a la barra. Acomodándose en un tosco taburete, apoyó sus recién lavadas manos en la cochina madera, a la espera de ser atendido.

-¿Qué le pongo? –le preguntó el tabernero, un hosco personaje con una turbia mirada desafiante.

-Buenos días, amigo –respondió el extraño-. Quisiera un buen trago del licor de hierbas más fuerte que tenga.

-A juzgar por su aspecto, no creo que le haga demasiado bien –contestó el hostelero, colocando delante del nuevo cliente un gastado vaso-. ¿Cree conveniente un trago tan potente tras una travesía por el desierto?

-Bueno, de algo hay que morir, así que mejor haciéndolo a gusto –replicó el recién llegado, contemplando cómo el líquido transparente llenaba el vaso casi hasta llegar a su límite superior-. ¡Salud! –dijo, antes de apurarlo de un solo trago.

-No querrá otro, ¿verdad? –apuntó su vecino de la izquierda.

-Me ha quitado la palabra de la boca. ¡Otro más, por favor! –respondió tras paladear el gusto remanente en el interior de sus dientes-. Por cierto, necesitaría un lugar donde hospedarme por unos días; ¿dónde puedo encontrar una posada?

-Me temo que a varios días de camino de aquí, y más allá del desierto –argumentó su nuevo interlocutor-. La posada de Madnilla cerró hace ya años, cuando todas estas tierras se volvieron yermas, ahuyentando a los visitantes que atravesaban con regularidad y en abundancia el camino del paso hacia el sur.

-Bueno, ¿y sabe de alguien que quiera alojarme en su casa hasta que mi caballo se reponga de los rigores del viaje? Ha sido una travesía dura, y un animal tan espléndido merece un buen descanso.

-No lo creo posible –dijo el hombre-. Éste no es precisamente un pueblo próspero, y aquí todos padecemos escasez, ya sea de alimento, bienes,… o dinero. De todas formas, puede intentarlo en casa de Serbi, es la única lo suficientemente loca como para aceptarlo. Déjeme darle un consejo, señor…

-Doyk –continuó el joven-. Mi nombre es Doykron, pero todo el mundo me conoce por Doyk.

-Bien, Doyk; en este pueblo no somos demasiado amigos de los desconocidos, sólo nos han traído problemas cada vez que han aparecido, y su sucio dinero no servirá para paliar nuestras necesidades. Así que quédese el tiempo justo para poder proseguir su camino, e intente no meter sus narices en nuestros asuntos. ¿Queda claro?

Doyk mantuvo fija y serena su mirada sobre tan desagradable tipo, pero se abstuvo de realizar comentarios de ninguna clase. Vació su segundo vaso de una forma pausada, saboreando cada uno de los pequeños sorbos libados lentamente, acto que no pareció gustarle en absoluto a su nuevo consejero personal, quien comenzó a fruncir el ceño.

-¿Alguna explicación más? –preguntó inquisitoriamente el anfitrión.

-Bueno, señor –asintió Doyk-, yo le he dicho mi nombre, y creo cortesía debida darme a conocer el suyo.

-Me llamo Molk, aunque se me conoce por ahí como el “Rompehuesos” –contestó Molk, levantando su enorme corpulencia de su asiento para mirar a Doyk desde la nueva perspectiva conferida por la disparidad en alturas. Pese a que Doyk no era demasiado alto, tampoco era pequeño, y Molk le sacaba casi cabeza y media-. ¿Satisfecho?

-Bueno, si me indica la dirección donde puedo encontrar a esa tal Serbi me iré de aquí ahora mismo…

-No tienes pérdida; es la última casa de la calle, en dirección sur. Está medio derruida, así que te será fácil reconocerla. ¡Ah, y no te olvides de darle recuerdos de mi parte! Díle que hoy no pasaré a… verla.

-Bueno, así lo haré –afirmó Doyk encaminándose hacia la puerta-. ¡Que tenga un buen día!

Cuando atravesó la puerta para salir al exterior, Molk se quedó mirando hacia fuera, con un gesto de disgusto no disimulado. No era necesario conocerle demasiado para saber que algo le preocupaba, rondándole por la cabeza.

-¡Eh, Molk! –dijo Aykron, su “ayudante personal”, como le gustaba decir a él mismo-. ¿Qué estás pensando, con semejante cara de concentración?

-No me gusta nada ese tipo; aparte de esa estúpida manía de comenzar con un “bueno” todas sus respuestas, hay algo en él que me escama. Me resulta familiar, pese a que su acento y sus maneras son de la región del norte, por encima de la Sierra Negra; pero algo en él se me antoja conocido. Habrá que andar con ojo…

Aykron sólo asintió; él no había visto nada raro, pero si Molk lo decía, mejor sería hacerle caso. Rara vez le fallaba la intuición en casos así, y si Aykron había aprendido algo a lo largo de los años era que no convenía llevar la contraria a Molk.

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~ por Sir Worth en 14 febrero, 2008.

6 comentarios to “POLVO EN EL CAMINO”

  1. Bueno, bueno, bueno…comienza bien la historia. Polvo en el camino…a Edu seguro que le encantaría esta historia, y eso que aun no he leído más que el primer capítulo.
     

  2. Gracias; es agradable oir opiniones tan favorables desde el comienzo. A ver si consigo mantenerla…

  3. Pues la verdad es que con Lobo Solitario has puesto alto el listón, así que no nos defraudes… 😉

  4. Intentaremos, pues, dar la talla (45 de pie, por favor).
     
    A ver qué os parece lo de mañana; adelanto que cambia el ritmo…

  5. Vaya desilusión. Cuando leí el título Polvo en el camino pense que se trataba de la última película de Nacho Vidal. 😉

  6. Piensa el ladrón…
    ;P

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